El 28 de noviembre de 1993, Carlos Salinas de Gortari destapó a Colosio como candidato del PRI a la presidencia de México. Era el ritual político más importante del país en esa época, el dedazo. El presidente saliente señalaba a su sucesor y el partido obedecía. Colosio recibió el nombramiento con una emoción que parecía genuina y probablemente lo era, pero lo que vendría en los meses siguientes demostraría que recibir el dedazo de Salinas y convertirse en el presidente que Salinas quería
eran dos cosas que Colosio no podía hacer al mismo tiempo. La campaña que comenzó a finales de 1993 fue diferente a lo que el PRI estaba acostumbrado. Colosio viajaba a los lugares más olvidados del país. Se metía a las comunidades indígenas, a los barrios más pobres, a los pueblos donde los candidatos presidenciales normalmente solo llegaban en carteles.
Y lo que veía en esos viajes lo afectaba de una manera que era visible para quienes lo acompañaban. No era teatro, era un hombre que miraba la realidad de su país y que procesaba lo que veía con una honestidad incómoda. Y esa honestidad incómoda estaba empezando a filtrarse en lo que decía públicamente.
Enero de 1994 trajo algo que nadie en Los Pinos había calculado bien. El levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas. El primer día del año, el mismo día en que entró en vigor el tratado de Isnas Indizen, libre comercio que Salinas presentaba como el ingreso de México al primer mundo, miles de indígenas tomaron las armas en el sur del país.
El mensaje era brutal en su claridad. El México que Salinas vendía al mundo no era el México real. Y Colosio, que estaba recorriendo ese México real en su campaña, lo sabía mejor que nadie. El zapatismo no lo sorprendió. lo confirmó. En los primeros meses de 1994, quienes estaban cerca de Colosio notaron un cambio en él.
era más reservado en sus conversaciones privadas con los operadores del partido, más cuidadoso con lo que decía a los colaboradores de Salinas que lo rodeaban, como si estuviera tomando distancia de una manera deliberada, pero gradual, como si estuviera preparando algo. Y el 6 de marzo de 1994, en un acto de campaña en el monumento a la revolución en la Ciudad de México, ese algo tomó la forma de las palabras más importantes y más peligrosas que pronunció en toda su vida.
Diana Laura Riojas, su esposa, lo acompañó ese día. Sus dos hijos, Luis Donaldo y Mariana, eran pequeños, pero estaban presentes en la vida cotidiana de una campaña que los involucraba a todos. Diana Laura era más que la esposa del candidato. Era su confidente más cercana y una de las pocas personas que entendía completamente lo que estaba pasando en la cabeza de Colosio en esos meses difíciles.
Lo que ella vivió después del 23 de marzo es una historia aparte que México nunca procesó con la atención que merecía. Pero ese 6 de marzo, parada junto a su marido frente a miles de personas, ella sabía que lo que estaba a punto de ocurrir era diferente a cualquier discurso anterior. Colosio se lo había dicho y lo que dijo ese 6 de marzo en el monumento a la revolución no fue solo un discurso, fue una ruptura.
fue un hombre que llevaba meses acumulando todo lo que había visto en su recorrido por el país real, toda la distancia entre el México que el gobierno describía y el México que la gente vivía y que decidió decirlo en voz alta frente a las cámaras de todo el país. Lo que dijo ese día llegó a oídos que no querían escucharlo.
Y la reacción de esos oídos es lo que explica todo lo que pasó 17 días después en Lomas Taurinas. Para entender el discurso del 6 de marzo, hay que entender el México de 1994, no el México de los titulares internacionales que celebraban el TLC y hablaban del milagro económico mexicano, el México real, el que tenía al 40% de su población en pobreza, el que acababa de ver a miles de indígenas tomar las armas porque no les quedaba otra opción.
el que llevaba décadas siendo gobernado por un partido que confundía el poder del Estado con su propio poder y que había construido un sistema de corrupción tan sofisticado que ya no se distinguía del gobierno mismo. Ese era el sistema que Carlos Salinas de Gortari representaba en su forma más pura y más refinada. un presidente que había llegado al poder en 1988 en una elección cuya legitimidad fue cuestionada desde el primer día, que durante su sexenio había privatizado empresas públicas en operaciones que enriquecieron a un grupo pequeño de
personas con conexiones políticas, que había modernizado la economía mexicana de una manera que beneficiaba a algunos y dejaba atrás a muchos y que manejaba el poder político con una centralización y una frialdad que hacían que sus colaboradores más cercanos le tuvieran tanto respeto como miedo.
Ese era el hombre que había puesto a Colosio donde estaba y Colosio lo sabía mejor que nadie. La relación entre Colosio y Salinas se había ido enfriando a lo largo de los meses de campaña, de una manera que los observadores políticos más atentos notaban, aunque nadie lo dijera públicamente. Colosio no consultaba cada decisión de campaña con Los Pinos de la manera que se esperaba.
estaba construyendo un equipo propio con personas que no eran los operadores tradicionales del salinismo y en sus discursos poco a poco estaba introduciendo un lenguaje que hablaba de cambio real, de reforma genuina, de un México diferente que sonaba incómodamente diferente al lenguaje oficial del régimen.
En el Código Político del PRI de esa época, esas señales tenían un significado muy claro, significaban independencia. Y la independencia no estaba en el manual, también había tensiones sobre el manejo económico del país que Colosio no podía ignorar. El peso estaba sobrevaluado y varios economistas cercanos a la campaña le advertían que había una crisis financiera en camino, que el gobierno de Salinas estaba ocultando deliberadamente hasta después de las elecciones.
Si eso era cierto, Colosio llegaría a la presidencia heredando una bomba de tiempo económica fabricada por su propio padrino político. Esa posibilidad lo angustiaba genuinamente y lo ponía en una posición imposible. no podía denunciarlo públicamente sin destruir la campaña, pero tampoco podía ignorarlo sin ser cómplice de lo que venía.
Fue en ese contexto, cargando con todo ese peso que Colosio subió al templete del monumento a la revolución el 6 de marzo de 1994. Era un acto multitudinario, miles de personas, cámaras de todos los medios. El tipo de evento que en el PRI de esa época era coreografiado hasta el último detalle para no producir ninguna sorpresa.
Pero lo que ocurrió ese día no estaba en el guion que nadie había aprobado, porque Colosio se paró frente al micrófono y habló de una manera que nadie esperaba, con una claridad y una valentía que sus colaboradores más cercanos describirían después como el momento en que entendieron que algo había cambiado definitivamente en él.
dijo que México necesitaba un cambio real, no de personas, sino de sistema. Habló de la concentración del poder, de la corrupción enquistada en las instituciones, de la necesidad de construir una democracia que fuera más que un ritual electoral cada 6 años. Habló de los pobres con una especificidad que no era retórica, sino que venía claramente de lo que había visto en sus meses de campaña recorriendo el país real.
y dijo algo que en el contexto político mexicano de 1994 sonaba casi revolucionario, que el poder debía rendirle cuentas a los ciudadanos y no los ciudadanos al poder. Ese discurso no era contra el PRI en abstracto, era contra el modelo específico de poder que Salinas representaba y todos los que lo escucharon lo entendieron exactamente así.
Ese discurso llegó a Los Pinos y la reacción que generó en el círculo más cercano a Salinas no fue la de un presidente orgulloso de su candidato, fue la de un hombre que vio, en esas palabras algo que ningún presidente del PRI podía tolerar. Un sucesor que no iba a hacer su continuación, sino su contrario. Un presidente que iba a investigar lo que había pasado en el sexenio anterior, que iba a desmantelar las estructuras que habían enriquecido a un grupo pequeño durante 6 años, que iba a ser, en resumen, exactamente lo que Salinas no podía permitir que
fuera. Y lo que ocurrió en los días siguientes a ese discurso, en las conversaciones privadas que no tienen testigos, pero cuyos efectos son perfectamente visibles, es la parte más oscura de toda esta historia. Varios colaboradores de Colosio que hablaron con periodistas en los años posteriores al asesinato coinciden en algo.
En las dos semanas entre el discurso del 6 de marzo y el disparo del 23, Colosio estaba diferente. asustado en el sentido de quien cree que lo van a matar, sino tenso de una manera específica, como quien sabe que ha cruzado una línea y que las consecuencias están por llegar, pero no sabe exactamente de qué forma.
Dormía menos, hablaba menos en las reuniones de equipo y en conversaciones privadas con personas de su confianza más íntima había dicho algo que esas personas recordarían el resto de sus vidas. había dicho que tenía miedo. Mas Manuel Camacho Solís, figuras del PRI que en ese momento tenían sus propias ambiciones y sus propias tensiones con Salinas, todos estaban en el tablero político de esas semanas.
El asesinato de José Francisco Ruiz Macio, cuñado de Salinas, ocurriría meses después, en septiembre de 1994, añadiendo otra capa de violencia política a un año que México tardó décadas en procesar. 1994 fue el año en que el sistema político mexicano mostró sus fracturas más profundas de manera simultánea. El zapatismo en enero, Colosio en marzo, Ruiz nació en septiembre.
Tres eventos que no eran accidentes, sino síntomas de un sistema que se estaba desmoronando desde adentro. Y Colosio, sin saberlo completamente, estaba en el centro de ese desmoronamiento. Pero hay algo que los análisis políticos del caso Colosio casi nunca abordan con la honestidad necesaria. Y es la pregunta más incómoda de toda esta historia.
No, ¿quién jaló el gatillo? No quién estuvo en Lomas Taurinas ese día, sino quién, específicamente, con nombre y con poder real tenía tanto que perder con un Colosio presidente que la opción de eliminarlo pudo haber parecido la única salida. Esa respuesta tiene nombre y ese nombre lleva 30 años flotando en el aire sin que nadie con autoridad suficiente se haya atrevido a pronunciarlo en un tribunal.
Lo que viene a continuación es lo más cerca que esta historia ha estado de responder esa pregunta. Para entender quién tenía razones reales para que Colosio no llegara a la presidencia, hay que entender qué significaba exactamente un Colosio presidente independiente de Salinas. No en términos abstractos de democracia y reforma, en términos concretos, materiales, de quién perdía qué, porque en política y especialmente en el México de esa época, las decisiones extremas no se toman por principios, se toman cuando los
intereses concretos de personas concretas están en riesgo concreto y los intereses que un colosio independiente ponía en riesgo eran tan grandes que resulta difícil exagerar su dimensión. El sexenio de Salinas había sido el de las privatizaciones, Telmex, los bancos, las empresas paraestatales.
Activos que eran del Estado mexicano, es decir, de todos los mexicanos, fueron vendidos en condiciones que enriquecieron a un grupo de empresarios con conexiones políticas de una manera que no tenía precedente en la historia moderna del país. Carlos Slim, que antes de las privatizaciones era un empresario importante, pero no excepcional, se convirtió durante el salinismo en el hombre más rico de México y eventualmente del mundo.
Esa concentración de riqueza no ocurrió en el vacío, ocurrió gracias a decisiones políticas específicas tomadas en el gobierno de Salinas. Un presidente Colosio que investigara cómo se hicieron esas privatizaciones habría puesto en riesgo fortunas enormes y habría expuesto irregularidades que afectaban a personas con poder real.
No era una posibilidad teórica, era algo que Colosio había insinuado en su discurso del 6 de marzo cuando habló de la concentración del poder económico y de la necesidad de que el Estado recuperara su papel de árbitro entre los intereses privados y el bien común. Esas palabras, escuchadas por las personas correctas equivalían a una declaración de intenciones que no dejaba mucho espacio para la interpretación.
Colosio estaba diciendo que iba a revisar lo que se había hecho y revisar lo que se había hecho significaba encontrar lo que se había hecho. Pero el riesgo no era solo económico, era también político y personal. Carlos Salinas de Gortari había llegado a la presidencia en 1988 en una elección que la oposición encabezada por Cuautemoc Cárdenas denunció como fraudulenta.
La famosa caída del sistema, el momento en que los resultados electorales dejaron de actualizarse cuando Cárdenas llevaba ventaja es uno de los episodios más cuestionados de la historia política mexicana reciente. Un presidente Colosio que promoviera una reforma electoral real y que abriera expedientes del pasado podía haber llegado a conclusiones sobre 1988 que habrían destruido el legado de Salinas de manera definitiva.
Y Salinas lo sabía porque Colosio también lo sabía. También estaba el tema del hermano Raúl Salinas de Gortari, hermano del presidente, era una figura que en los círculos políticos y empresariales de México generaba una incomodidad que nadie expresaba en público, pero que todos sentían en privado.
Su influencia en las decisiones del gobierno, sus negocios y sus conexiones eran parte de una conversación que se tenía en voz baja, pero que era perfectamente audible para quien quisiera escucharla. Años después, con Salinas ya fuera del poder, Raúl sería detenido acusado de enriquecimiento inexplicable y de otros delitos.
Pero en 1994, con Carlos todavía en Los Pinos, todo eso estaba protegido por el poder presidencial, un poder que Colosio no tenía ninguna obligación de seguir protegiendo. Aquí es donde la historia se vuelve más oscura y más difícil de contar, porque 30 años de investigaciones periodísticas independientes señalan que quien dio la orden no era un desconocido, era alguien dentro del mismo sistema que había puesto a Colosio donde estaba.
Alguien con acceso al aparato del Estado, con motivos concretos y con el poder suficiente para que nadie lo detuviera. Los analistas que han estudiado el caso con más profundidad no hacen acusaciones directas porque no hay una condena judicial que las respalde. Pero sí señalan algo que es muy difícil ignorar, que las personas que más tenían que perder con un Colosio presidente estaban todas dentro de un círculo muy pequeño y que ese círculo en el México de 1994 tenía un solo centro. Luis Suárez
Salazar, periodista que investigó el caso durante años, y otros analistas que han estudiado el expediente con detalle señalan algo que el proceso judicial oficial nunca resolvió. El operativo de seguridad en Minas y Chisn Lomas Taurinas ese día tenía irregularidades que no pueden explicarse como simple incompetencia.
la distribución del personal de seguridad, los huecos en el perímetro de protección, la manera en que el acceso al candidato quedó abierto en el momento preciso del disparo. Esas irregularidades requerían para poder ocurrir que alguien dentro del aparato de seguridad del Estado las facilitara.
Y el aparato de seguridad del Estado en marzo de 1994 dependía directamente de la presidencia de la República, que en ese momento estaba encabezada por Carlos Salinas de Gortari. También está el tema de las investigaciones posteriores y de cómo se manejaron. El procurador general que encabezó la investigación inicial fue designado por Salinas.
Las líneas de investigación que apuntaban hacia el interior del sistema político fueron descartadas o no se siguieron con la profundidad que el caso requería. Y Mario Aburto Martínez, el hombre que jaló el gatillo, fue procesado y condenado de una manera que cerró el caso oficialmente sin responder las preguntas que realmente importaban.
Cerrar el caso únicamente con el autor material dejó abiertas muchas preguntas sobre posibles responsabilidades más amplias. Carlos Salinas de Gortari salió de México en 1995, poco después de que su hermano Raúl fuera detenido y de que la crisis económica que había ocultado durante su sexenio explotara de manera devastadora. Vivió durante años en el extranjero, principalmente en Irlanda.
regresó eventualmente a México, pero nunca enfrentó un proceso judicial por el asesinato de Colosio. Nunca fue llamado a declarar de manera formal en una investigación que lo tuviera a él como sujeto de interés. Y esa ausencia de proceso en un caso de esta magnitud y con esta cantidad de señales apuntando en su dirección es en sí misma una declaración sobre cómo funciona la justicia cuando los involucrados tienen suficiente poder.
La pregunta que queda después de entender todo esto no es técnica ni jurídica, es moral. ¿Cómo es posible que el asesinato político más importante de México en el siglo XX siga sin una condena que alcance al autor intelectual después de 30 años? La respuesta tiene que ver con algo que va más allá del caso Colosio.
Tiene que ver con la manera en que el poder en México se protege a sí mismo, incluso cuando ya no está en el gobierno. Y lo que ocurrió ese día en Lomas Taurinas, con todos los detalles que las investigaciones periodísticas han ido revelando, es la evidencia más clara de que esa protección existe y que funciona.
El 23 de marzo de 1994, el día del asesinato, hay detalles que la versión oficial nunca explicó satisfactoriamente y que cualquier persona que los revise con atención encuentra perturbadores. No son teorías conspirativas, son hechos documentados en el expediente judicial, en los vídeos del evento y en los testimonios de testigos presenciales.
Hechos que tomados individualmente podrían explicarse como coincidencias o errores, pero que tomados en conjunto dibujan un patrón que es muy difícil atribuir a la simple incompetencia. El primero y más importante es el de la seguridad. Un candidato presidencial en México en 1994 era custodiado por un operativo de seguridad que dependía del Estado Mayor presidencial, es decir, del gobierno federal encabezado por Salinas.

Ese operativo debía garantizar un perímetro de protección alrededor del candidato en todo momento. En Lomas Taurinas, ese perímetro tenía huecos. Huecos que permitieron que un hombre con un arma se acercara al candidato a una distancia de centímetros. La pregunta de por qué esos huecos existían nunca recibió una respuesta oficial satisfactoria.
El segundo elemento perturbador es la presencia de un segundo hombre. Varios testimonios de personas que estaban en Lomas Taurinas ese día y el análisis de videos del evento realizado por investigadores independientes señalan la presencia de un segundo individuo que habría disparado desde un ángulo diferente al de aburto.
El médico forense Miguel Ángel Jiménez Huerta, que examinó el cuerpo de Colosio, señaló que las heridas sugerían dos disparos desde ángulos distintos. Esa conclusión fue cuestionada por las autoridades. El doctor Jiménez fue posteriormente removido de su cargo. Esa secuencia de eventos, el perito que encuentra algo inconveniente y luego es removido, es difícil de interpretar como una coincidencia.
El tercero es Mario Aburto Martínez, el hombre que disparó tenía 23 años, trabajaba en una maquiladora en Tijuana y no tenía ninguna conexión obvia con grupos políticos o criminales que pudiera explicar por qué tomó esa decisión. En su proceso judicial, Aburto dio versiones contradictorias sobre sus motivaciones.
En distintos momentos dijo que actuó solo por razones personales, que pertenecía a grupos con distintas ideologías que había sido manipulado. Las contradicciones en su testimonio nunca fueron resueltas de manera satisfactoria. Y la pregunta de si aburto actuó solo o fue instrumentalizado por alguien con más poder y más interés en el resultado sigue sin respuesta oficial.
Hay también el tema de lo que pasó inmediatamente después del disparo. Las imágenes del momento muestran algo que resulta extraño. En los segundos, inmediatamente posteriores al primer disparo, cuando el caos apenas estaba comenzando, hay personas en el entorno de Colosio que reaccionan de maneras que no parecen completamente espontáneas.
movimientos que algunos analistas de los videos han interpretado como la reacción de personas que sabían que algo iba a ocurrir. Esas interpretaciones son cuestionables y no constituyen evidencia en ningún sentido legal, pero forman parte de un conjunto de preguntas que el expediente oficial nunca cerró. El periodista Jesús Blancornelas, director del semanario Z de Tijuana, fue uno de los investigadores más rigurosos y más valientes del caso.
Blanc Cornelas, que años después sobreviviría un atentado contra su vida, publicó investigaciones sobre el asesinato de Colosio que señalaban conexiones entre el mundo del crimen organizado en Tijuana y el entorno político del evento. Su trabajo periodístico hecho bajo presiones enormes y con riesgos personales reales, abrió líneas de investigación que la Procuraduría Oficial nunca siguió con la misma determinación.
Que un periodista tuviera que hacer el trabajo que la fiscalía no hacía dice todo lo necesario sobre la voluntad real del Estado de llegar a la verdad. También está el testimonio de Fernando Rodríguez González, uno de los asistentes al evento, que fue detenido en los primeros días de la investigación, acusado de ser el segundo tirador.
Rodríguez fue presentado ante las cámaras como un sospechoso clave, pero las pruebas contra él resultaron ser insuficientes y fue liberado. Su caso ilustra algo importante sobre cómo se manejó la investigación. Hubo una urgencia por presentar resultados rápidos que en algunos momentos llevó a señalar a personas sin evidencia sólida, mientras que otras líneas de investigación, más lentas pero más prometedoras, se abandonaban.
Ernesto Cedillo, que era el coordinador de campaña de Colosio y que tras su muerte se convirtió en el candidato sustituto del PRI y finalmente en presidente, vivió una posición extraordinariamente difícil en todo este proceso. Era el hombre que estaba más cerca de Colosio en términos políticos y que más tenía que perder si la investigación llegaba demasiado lejos en ciertas direcciones.
Su gobierno, que comenzó en diciembre de 1994, manejó el caso Colosio con una cautela que sus críticos interpretaron como protección deliberada de ciertos nombres. Sus defensores argumentaron que sin evidencia suficiente no se podía ir más lejos. 30 años después, el debate sobre cuál de las dos interpretaciones es correcta sigue abierto.
Lo que sí está fuera de discusión es el resultado final de todo el proceso judicial. Mario Aburto fue condenado a 45 años de prisión como autor material del homicidio. Sigue en prisión. Nadie más fue condenado por el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Ningún autor intelectual, ningún cómplice con poder, solo el hombre que jaló el gatillo.
Y esa conclusión que deja sin respuesta a las preguntas más importantes del caso, es la que México ha tenido que aceptar durante tres décadas por falta de voluntad política para ir más allá. Pero hay algo que ocurrió años después del asesinato que añade una capa de información al caso que muy pocas personas conocen en detalle.
Algo que no viene de teorías ni de especulaciones, sino de hechos concretos que ocurrieron cuando el poder político de Salinas se evaporó y cuando algunas personas que habían callado empezaron a hablar. Lo que esos testimonios tardíos revelan sobre lo que realmente ocurrió en los días previos al 23 de marzo de 1994 es lo que viene a continuación y es también la parte que explica por qué la verdad completa del caso Colosio, aunque nunca llegará a un tribunal, es hoy mejor conocida de lo que el poder hubiera querido. Cuando Carlos Salinas
de Gortari salió de México en 1995 y su poder se evaporó de la manera más rápida y más brutal en que el poder puede evaporarse en política. Algo cambió en el ambiente alrededor del caso Colosio. Personas que habían callado empezaron a hablar, no en tribunales, porque en los tribunales todavía había demasiadas razones para el silencio, sino con periodistas, con investigadores independientes, con personas de confianza que escribieron y publicaron lo que escucharon.
Y lo que emergió de esas conversaciones fue un cuadro del caso que era considerablemente más complejo y más oscuro que la versión oficial. Uno de los testimonios más significativos fue el de personas cercanas al equipo de campaña de Colosio que describieron las reuniones de las dos semanas entre el discurso del 6 de marzo y el asesinato.
Según esas fuentes, hubo comunicaciones entre el equipo de Colosio y Los Pinos. en ese periodo que evidenciaban una tensión que iba más allá de la política ordinaria, que había presiones para que Colosio moderara su discurso, para que se alejara del tono del 6 de marzo y regresara a una campaña más alineada con el proyecto salinista.
Y que Colosio había resistido esas presiones con una determinación que sus interlocutores en Los Pinos interpretaron como una ruptura definitiva, no una ruptura negociable. Una ruptura real. También hay testimonios sobre el ambiente en Tijuana el día del evento que no encajan con la versión de un ataque espontáneo ejecutado por un individuo actuando solo.
Personas que estuvieron en lomas taurinas describieron movimientos inusuales en el perímetro del evento en las horas previas al acto. Presencias que no correspondían al personal de seguridad oficial, pero que nadie detuvo ni cuestionó. una organización del espacio que dejaba abiertos ciertos accesos que en un operativo de seguridad correcto deberían haber estado cerrados.
Esas descripciones son consistentes con las de alguien que conocía el operativo de seguridad desde adentro y que sabía exactamente dónde estaban los huecos. Ese nivel de conocimiento no es accidental. La figura de Manuel Muñoz Rocha es uno de los elementos más perturbadores de todo el caso.
Muñoz Rocha era un diputado del PRI que según varias investigaciones periodísticas tuvo un papel en la organización del asesinato. Desapareció pocas semanas después del crimen de Coloso. Nunca fue encontrado. Su desaparición nunca fue investigada con la seriedad que merecía y el hecho de que el posible organizador operativo del asesinato simplemente desapareciera del mapa sin que el Estado mexicano hiciera un esfuerzo serio por encontrarlo, dice todo lo necesario sobre la voluntad real de llegar a la verdad.
El caso Raúl Salinas, que estalló en 1995 cuando fue detenido acusado de enriquecimiento inexplicable y de presunta participación en el asesinato de José Francisco Ruiz Maieux, añadió otra dimensión al universo de la violencia política salinista. Raúl Salinas fue condenado y luego absuelto en un proceso judicial que generó más confusión que claridad.
Para muchos analistas, ese caso reforzó la percepción de que el entorno político de la época estaba marcado por tensiones y conflictos internos muy intensos. También merece atención la historia de Diana Laura Riojas, la esposa de Colosio, una mujer que perdió a su marido de la manera más brutal y más pública posible, que crió sola a dos hijos pequeños y que durante años llevó el peso de una verdad que conocía mejor que nadie.
pero que no podía decir completamente en voz alta sin poner en riesgo su propia seguridad y la de sus hijos. Diana Laura murió de cáncer en 1999, 5 años después del Undeleson Torres, asesinato de su marido. Tenía 38 años. Sus hijos, Luis Donaldo y Mariana crecieron sin sus dos padres. Esa historia, la de una familia destruida por la violencia política, es el costo humano más concreto y más invisible de todo lo que ocurrió.
Luis Donaldo Colosio hijo, se convirtió con los años en político, siguiendo los pasos de su padre. Fue presidente municipal de Monterrey y luego gobernador de Sonora. En distintas ocasiones ha hablado públicamente sobre el asesinato de su padre con una mesura que resulta comprensible dado el contexto político en que se mueve.

Ha pedido que el caso se reabra. ha señalado que la verdad completa no se conoce y ha cargado con el apellido Colosio en un país donde ese apellido es simultáneamente un símbolo de lo que pudo ser y un recordatorio de lo que el sistema político mexicano fue capaz de hacer para protegerse a sí mismo.
La Fiscalía General de la República ha reabierto el caso en distintas ocasiones a lo largo de los años. Cada reapertura genera expectativa. Cada reapertura termina sin resultados concretos que cambien el estado de la investigación de manera sustancial. Eso no significa que no haya avances en el conocimiento del caso. Significa que el conocimiento del caso y la justicia del caso son dos cosas diferentes.
Y que en México, cuando los involucrados tienen suficiente poder o cuando las instituciones tienen suficiente interés en no llegar demasiado lejos, esas dos cosas pueden permanecer separadas indefinidamente. Tres décadas después del 23 de marzo de 1994, el caso Colosio es estudiado en universidades, analizado por periodistas y discutido en conversaciones políticas como uno de los episodios más reveladores de la historia reciente de México.
No porque tenga una resolución satisfactoria, sino precisamente porque no la tiene, porque su falta de resolución es en sí misma una lección sobre cómo funciona el poder en un sistema que durante décadas operó sin controles reales. Y esa lección es tan relevante hoy como lo fue en 1994. Lo que el caso Colosio dejó en México va más allá de la muerte de un político.
Dejó la pregunta de qué país podría haber sido México si ese hombre hubiera llegado a la presidencia y hubiera hecho lo que dijo que iba a hacer. Esa pregunta no tiene respuesta, pero hacerla importa porque nos recuerda que la historia no es inevitable, que hay momentos en que una decisión tomada por una persona con poder cambia el rumbo de millones y que el precio de esas decisiones lo paga siempre la gente que no las tomó.
Hay una imagen del 6 de marzo de 1994 que resulta imposible de ver sin sentir algo. Colosio en el templete del monumento a la revolución, con la voz firme y los ojos brillantes, diciéndole a México lo que muy pocos políticos de su generación se habían atrevido a decir, que el poder debía cambiar, que la gente merecía más, que él iba a ser diferente.
y la multitud que lo escuchaba creyéndole porque había algo en su manera de decirlo que hacía difícil no creerle. 17 días después de esa imagen, ese hombre estaba muerto y México nunca supo con certeza oficial quién lo mató ni por qué. Lo que México perdió con Colosio es una pregunta que no tiene respuesta, pero que vale la pena hacer, no para idealizarlo, porque Colosio no era un santo ni un revolucionario.
Era un político del sistema que en un momento dado decidió que no podía seguir siendo solo del sistema. Pero esa decisión tomada en el contexto del México de 1994 era extraordinariamente valiente y extraordinariamente peligrosa. Y el hecho de que le costara la vida dice todo lo necesario sobre el tipo de sistema político que México tenía en ese momento.
El México, que vino después de 1994, fue diferente al que habría venido con Colosio. necesariamente mejor ni peor en todos los aspectos, simplemente diferente. La crisis del peso de diciembre de 1994, que devastó a millones de familias mexicanas era la bomba de tiempo que Colosio había sido advertido que existía.
La reforma electoral de 1996 que Cedillo impulsó y que fue el primer paso real hacia una competencia política más justa en México, era el tipo de reforma que Colosio había insinuado que quería. Y la derrota del PRI en las elecciones presidenciales del año 2000, que terminó con 71 años de hegemonía priista, era el tipo de cambio que Colosio había dicho que era necesario. Llegó solo que sin él.
Carlos Salinas de Gortari tiene hoy más de 75 años. Vive en México, escribe libros, da entrevistas ocasionales, mantiene una presencia pública selectiva. Nunca ha sido investigado formalmente por el asesinato de Colosio. En las pocas ocasiones en que periodistas le han preguntado directamente sobre su responsabilidad, ha respondido con negaciones categóricas.
Y el sistema político mexicano, incluso después de tres décadas de cambios significativos, no ha encontrado la voluntad ni los mecanismos para llevar esa pregunta a un tribunal. Esa ausencia de investigación formal ha sido señalada por críticos como una de las razones por las que el caso sigue generando debate.
Mario Aburto Martínez cumple su condena en el penal del altiplano. Ha dado entrevistas a lo largo de los años en las que ha dicho cosas que contradicen su versión original y que añaden preguntas en lugar de respuestas. es el hombre que jaló el gatillo y cuya condena es lo único concreto que la justicia mexicana pudo producir en este caso.
Si fue solo el ejecutor de una orden que vino de más arriba, como sugieren las teorías más sólidas, entonces es también otra víctima de un sistema que encontró en él al chivo expiatorio perfecto. Un hombre joven, sin poder, sin conexiones, cuya condena podía presentarse como justicia sin serlo completamente.
Luis Donaldo Colosio, hijo, gobernador de Sonora, lleva el nombre de su padre en la política mexicana con una carga que pocas personas pueden imaginar completamente. ¿Ves que alguien pronuncia ese apellido en un contexto político, hay un eco del 23 de marzo de 1994 que no desaparece? Y hay una pregunta implícita que México le hace cada vez que lo ve en pantalla.
¿Vas a poder llegar donde tu padre no llegó o el sistema que mató a tu padre todavía existe en alguna forma que pueda detenerte a ti también? Esas preguntas no son para Noia. son la consecuencia lógica de una historia que nunca tuvo un cierre honesto. Hay periodistas que han dedicado décadas de su vida a investigar el caso Colosio.
Algunos pagaron precios personales enormes por esa dedicación. Jesús Blan Cornelas sobrevivió un atentado. Otros recibieron amenazas que los obligaron a moderar su trabajo o a abandonarlo. Y sin embargo, el periodismo independiente mexicano ha producido sobre el caso Colosio un cuerpo de conocimiento que es más completo y más honesto que cualquier expediente oficial.
Ese contraste entre lo que el periodismo encontró y lo que la justicia oficial resolvió es uno de los legados más importantes y más perturbadores del caso. Hoy México es un país muy diferente al de 1994. La alternancia política existe. La prensa es más libre, aunque no perfectamente libre. Las instituciones, aunque imperfectas, tienen más independencia que antes, pero hay cosas que no cambiaron completamente.
La impunidad para el poder todavía existe en distintas formas. La corrupción todavía permea niveles del Estado que deberían estar limpios y la distancia entre la justicia que se proclama y la justicia que se practica sigue siendo en ciertos casos tan grande como lo era en 1994. El caso Colosio es el recordatorio más brutal de esa distancia.
Hay algo que Colosio dijo en el discurso del 6 de marzo que debería repetirse más seguido en México. Dijo que quería un México donde nadie tuviera que pedir permiso para ser libre. Esa frase pronunciada por un hombre que 17 días después moriría precisamente por no pedir permiso para decir lo que pensaba. tiene una resonancia que el tiempo no ha podido borrar.
Es la frase de alguien que sabía el riesgo que estaba corriendo y que decidió correrlo de todas maneras. Eso, independientemente de todo lo demás, merece reconocerse. Luis Donaldo Colosio murió el 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, Tijuana, con 43 años. murió porque dijo lo que pensaba en un sistema que no perdonaba esa libertad cuando amenazaba intereses suficientemente grandes.
Murió porque alguien con poder decidió que lo que representaba era más peligroso que lo que costaría eliminarlo y murió sin que México pudiera nunca decirle oficialmente quién tomó esa decisión y por qué. 30 años después, esa deuda sigue pendiente. Y mientras siga pendiente, la historia de Colosio no es solo historia, es una advertencia sobre lo que pasa cuando el poder no tiene límites y cuando la justicia tiene precio.
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