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La Vida Actual de Rubén “Puas” Olivares a sus 79 Años; Lejos del Ring y del Ruido

La Vida Actual de Rubén “Puas” Olivares a sus 79 Años; Lejos del Ring y del Ruido

Hubo un tiempo en que bastaba pronunciar su apodo para que medio México supiera exactamente de quién se hablaba. Rubén Púa Solivares, campeón del mundo en peso gallo y en peso pluma, noqueador feroz, parrandero célebre, actor de películas de ficheras, ídolo de barrio convertido en leyenda internacional, un hombre que peleó más de 100 combates profesionales, que acumuló 79 knockouts, que fue nombrado por la asociated Press como el mejor peso gallo del siglo XX y que hizo temblar el fórum de Inglewood la noche

en que le arrebató la corona a Lionel Rose con apenas 22 años de edad. Ese hombre, esa fuerza de la naturaleza que llenaba arenas, que aparecía en películas, que gastaba fortunas en una sola noche de fiesta. Hoy tiene 79 años y la vida que lleva no se parece nada a la que muchos imaginan cuando escuchan su nombre.

No hay mansiones, no hay reflectores, no hay multitudes gritando su apodo desde las gradas, no hay limusinas ni entornos de lujo ni cámaras siguiéndolo a cada paso. Lo que hay es algo mucho más silencioso, mucho más real y, en cierto sentido, mucho más revelador que cualquier pelea de campeonato. Lo que hay es un hombre que carga con el peso de una leyenda en un cuerpo que ya no es el de aquel muchacho feroz que noqueaba rivales antes de que terminara el tercer round.

Porque la historia del púas no termina con el último knockout, no termina con el último cinturón ni con la última ovación. La historia del púa sigue viva ahora mismo en las calles de la Ciudad de México, en un ritmo completamente distinto al que definió su leyenda. Y lo que se descubre al mirar de cerca esa vida actual no es solo como envejeció un boxeador, sino que queda de un hombre cuando se apaga todo el ruido que alguna vez lo rodeó.

¿Qué queda del personaje cuando el escenario se vacía? ¿Qué queda de la fama cuando el dinero se fue? Cuando los aplausos se enfriaron, cuando los días ya no se miden en Bimabentochim, round, sino en horas tranquilas, en paseos lentos, en una rutina que no tiene nada de espectacular, pero que dice más sobre Rubén Olivares que cualquiera de sus victorias.

Eso es lo que vamos a recorrer aquí, no solo la biografía del campeón, sino el contraste entre lo que fue y lo que es, entre el personaje y el hombre, entre el ring y el silencio, entre las noches de champán en el Forum de Inglewood y las mañanas de domingo en la Lagunilla. Porque en esa distancia, en ese espacio enorme que separa al boxeador joven y millonario del anciano que talla madera y vende fotos, hay una historia que merece ser contada con el respeto que exige toda vida vivida sin medias tintas.

Para entender lo que significa su presente, hay que recordar, aunque sea brevemente, la dimensión de lo que fue su pasado. Rubén Olivares Ávila nació el 14 de enero de 1947 en Iguala de la Independencia, Guerrero. Pero a los 3 años su familia se mudó a la Ciudad de México y se instaló en la colonia Bondojito, un barrio popular pegado a Tepito donde las carencias y la dureza de la calle eran el paisaje diario.

De niño trabajó en una carpintería, barrió calles, repartió periódicos, lavó coches. No había lujo, no había privilegio, no había camino fácil ni mano tendida, lo que había eran puños. Y con esos puños, desde muy joven, empezó a construir algo que ni él mismo podía imaginar. Debutó como profesional a los 17 años, en 1965, noqueando a su rival en el primer round y a partir de ahí encadenó una racha que parecía irreal, 22 victorias consecutivas.

21 de ellas por knockout, 22 peleas seguidas ganando, 21 de ellas sin que el rival llegara al final. Eso no es solo un récord, es una declaración de poder. No era solo que ganara, era cómo ganaba, con una pegada descomunal en ambas manos, con una izquierda que podía apagar las luces de cualquier rival en cualquier momento, con un estilo agresivo, directo, sin adornos, que conectaba con la gente de una manera visceral.

Olivares no boxeaba para los jueces, boxeaba para la gente y la gente lo sentía. Incluso en sus tiempos de amateur, ya había dado muestras de una voluntad fuera de lo común. Según se ha documentado, ganó el torneo guantes de oro peleando con la mandíbula fracturada. Eso ya no es talento, eso es algo más profundo, algo que tiene que ver con la necesidad de ganar de un chico que venía de no tener nada y que sabía que los puños eran su único boleto de salida.

Para agosto de 1969, con un récord de 51 victorias, sin derrota y un empate, Olivares viajó al Forum de Inglewood en California para enfrentar al campeón mundial de peso gallo, el australiano Lionel Rose. Rose no era cualquier rival, era un campeón respetado, un boxeador técnico que venía de derrotar a Fighting Harada y que había demostrado su calidad a nivel mundial.

La fama de noqueador del Púas lo precedía y en aquel recinto recién inauguráose la tensión era palpable. Cuenta el libro El ring boxeo en el siglo XX, que el director del Forum fue al vestuario de Olivares antes de la pelea, preocupado por una posible revuelta del público si las cosas no salían bien. El Puas le garantizó que no habría problema y cumplió de la manera más contundente posible.

[música] En el quinto asalto mandó a Rose a la lona dos veces. El australiano no pudo levantarse. Rubén Olivares se convirtió en campeón del mundo y no en un campeón cualquiera, en el primer mexicano en ostentar un título del Consejo Mundial de Boxeo. Lo que siguió fue una etapa de gloria sostenida que cimentó su leyenda, la trilogía contra Jesús Chucho Castillo, una de las rivalidades más intensas y recordadas del boxeo mexicano.

Tres peleas que dividieron al país. En la primera, Olivares ganó por decisión en 15 asaltos a pesar de haber visitado la lona. En la segunda, Castillo le infligió su primera derrota en 62 peleas, deteniéndolo por mimo. Knockout técnico en el deº round tras un corte en el primer asalto. Y en la tercera, en abril de 1971, Olivares volvió a caer a la lona durante la pelea, pero se levantó, recuperó el control y ganó por decisión en 15 asaltos, reconquistando el cinturón.

Esa capacidad para levantarse, literal y metafóricamente era una de las señas de identidad del PUAS. No era un boxeador perfecto, era un boxeador que no se rendía. Después vinieron defensas memorables, el combate en [música] Tokio contra Kazuyoshi Kanazagwa, que fue nominado como la pelea del año, la victoria sobre el escampeón Efren, el Alacrán Torres en Guadalajara y luego la pérdida del título gallo contra Rafael Herrera en 1972.

Una derrota sangrienta que marcó el final de su reinado en esa división. Pero Olivares no se conformó con lo logrado, subió a la categoría pluma y volvió a coronarse campeón mundial. Primero por la Asociación Mundial de Boxeo al noquear al japonés Censuke Utagawa en 1974, después por el Consejo Mundial de Boxeo al vencer a Bobby Chacón en 1975 en apenas dos asaltos.

Entre medio protagonizó un combate épico contra el legendario Alexis Argüello, donde perdió el título AMB de peso pluma en una pelea que demostró que aún en la derrota el Púas era capaz de ofrecer espectáculo. En total, a lo largo de su carrera disputó 105 combates, ganó 89, 79 por knockout, perdió 13 y empató tres.

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