La Vida Actual de Rubén “Puas” Olivares a sus 79 Años; Lejos del Ring y del Ruido
Hubo un tiempo en que bastaba pronunciar su apodo para que medio México supiera exactamente de quién se hablaba. Rubén Púa Solivares, campeón del mundo en peso gallo y en peso pluma, noqueador feroz, parrandero célebre, actor de películas de ficheras, ídolo de barrio convertido en leyenda internacional, un hombre que peleó más de 100 combates profesionales, que acumuló 79 knockouts, que fue nombrado por la asociated Press como el mejor peso gallo del siglo XX y que hizo temblar el fórum de Inglewood la noche
en que le arrebató la corona a Lionel Rose con apenas 22 años de edad. Ese hombre, esa fuerza de la naturaleza que llenaba arenas, que aparecía en películas, que gastaba fortunas en una sola noche de fiesta. Hoy tiene 79 años y la vida que lleva no se parece nada a la que muchos imaginan cuando escuchan su nombre.
No hay mansiones, no hay reflectores, no hay multitudes gritando su apodo desde las gradas, no hay limusinas ni entornos de lujo ni cámaras siguiéndolo a cada paso. Lo que hay es algo mucho más silencioso, mucho más real y, en cierto sentido, mucho más revelador que cualquier pelea de campeonato. Lo que hay es un hombre que carga con el peso de una leyenda en un cuerpo que ya no es el de aquel muchacho feroz que noqueaba rivales antes de que terminara el tercer round.
Porque la historia del púas no termina con el último knockout, no termina con el último cinturón ni con la última ovación. La historia del púa sigue viva ahora mismo en las calles de la Ciudad de México, en un ritmo completamente distinto al que definió su leyenda. Y lo que se descubre al mirar de cerca esa vida actual no es solo como envejeció un boxeador, sino que queda de un hombre cuando se apaga todo el ruido que alguna vez lo rodeó.
¿Qué queda del personaje cuando el escenario se vacía? ¿Qué queda de la fama cuando el dinero se fue? Cuando los aplausos se enfriaron, cuando los días ya no se miden en Bimabentochim, round, sino en horas tranquilas, en paseos lentos, en una rutina que no tiene nada de espectacular, pero que dice más sobre Rubén Olivares que cualquiera de sus victorias.
Eso es lo que vamos a recorrer aquí, no solo la biografía del campeón, sino el contraste entre lo que fue y lo que es, entre el personaje y el hombre, entre el ring y el silencio, entre las noches de champán en el Forum de Inglewood y las mañanas de domingo en la Lagunilla. Porque en esa distancia, en ese espacio enorme que separa al boxeador joven y millonario del anciano que talla madera y vende fotos, hay una historia que merece ser contada con el respeto que exige toda vida vivida sin medias tintas.
Para entender lo que significa su presente, hay que recordar, aunque sea brevemente, la dimensión de lo que fue su pasado. Rubén Olivares Ávila nació el 14 de enero de 1947 en Iguala de la Independencia, Guerrero. Pero a los 3 años su familia se mudó a la Ciudad de México y se instaló en la colonia Bondojito, un barrio popular pegado a Tepito donde las carencias y la dureza de la calle eran el paisaje diario.
De niño trabajó en una carpintería, barrió calles, repartió periódicos, lavó coches. No había lujo, no había privilegio, no había camino fácil ni mano tendida, lo que había eran puños. Y con esos puños, desde muy joven, empezó a construir algo que ni él mismo podía imaginar. Debutó como profesional a los 17 años, en 1965, noqueando a su rival en el primer round y a partir de ahí encadenó una racha que parecía irreal, 22 victorias consecutivas.
21 de ellas por knockout, 22 peleas seguidas ganando, 21 de ellas sin que el rival llegara al final. Eso no es solo un récord, es una declaración de poder. No era solo que ganara, era cómo ganaba, con una pegada descomunal en ambas manos, con una izquierda que podía apagar las luces de cualquier rival en cualquier momento, con un estilo agresivo, directo, sin adornos, que conectaba con la gente de una manera visceral.
Olivares no boxeaba para los jueces, boxeaba para la gente y la gente lo sentía. Incluso en sus tiempos de amateur, ya había dado muestras de una voluntad fuera de lo común. Según se ha documentado, ganó el torneo guantes de oro peleando con la mandíbula fracturada. Eso ya no es talento, eso es algo más profundo, algo que tiene que ver con la necesidad de ganar de un chico que venía de no tener nada y que sabía que los puños eran su único boleto de salida.
Para agosto de 1969, con un récord de 51 victorias, sin derrota y un empate, Olivares viajó al Forum de Inglewood en California para enfrentar al campeón mundial de peso gallo, el australiano Lionel Rose. Rose no era cualquier rival, era un campeón respetado, un boxeador técnico que venía de derrotar a Fighting Harada y que había demostrado su calidad a nivel mundial.
La fama de noqueador del Púas lo precedía y en aquel recinto recién inauguráose la tensión era palpable. Cuenta el libro El ring boxeo en el siglo XX, que el director del Forum fue al vestuario de Olivares antes de la pelea, preocupado por una posible revuelta del público si las cosas no salían bien. El Puas le garantizó que no habría problema y cumplió de la manera más contundente posible.
[música] En el quinto asalto mandó a Rose a la lona dos veces. El australiano no pudo levantarse. Rubén Olivares se convirtió en campeón del mundo y no en un campeón cualquiera, en el primer mexicano en ostentar un título del Consejo Mundial de Boxeo. Lo que siguió fue una etapa de gloria sostenida que cimentó su leyenda, la trilogía contra Jesús Chucho Castillo, una de las rivalidades más intensas y recordadas del boxeo mexicano.
Tres peleas que dividieron al país. En la primera, Olivares ganó por decisión en 15 asaltos a pesar de haber visitado la lona. En la segunda, Castillo le infligió su primera derrota en 62 peleas, deteniéndolo por mimo. Knockout técnico en el deº round tras un corte en el primer asalto. Y en la tercera, en abril de 1971, Olivares volvió a caer a la lona durante la pelea, pero se levantó, recuperó el control y ganó por decisión en 15 asaltos, reconquistando el cinturón.
Esa capacidad para levantarse, literal y metafóricamente era una de las señas de identidad del PUAS. No era un boxeador perfecto, era un boxeador que no se rendía. Después vinieron defensas memorables, el combate en [música] Tokio contra Kazuyoshi Kanazagwa, que fue nominado como la pelea del año, la victoria sobre el escampeón Efren, el Alacrán Torres en Guadalajara y luego la pérdida del título gallo contra Rafael Herrera en 1972.
Una derrota sangrienta que marcó el final de su reinado en esa división. Pero Olivares no se conformó con lo logrado, subió a la categoría pluma y volvió a coronarse campeón mundial. Primero por la Asociación Mundial de Boxeo al noquear al japonés Censuke Utagawa en 1974, después por el Consejo Mundial de Boxeo al vencer a Bobby Chacón en 1975 en apenas dos asaltos.
Entre medio protagonizó un combate épico contra el legendario Alexis Argüello, donde perdió el título AMB de peso pluma en una pelea que demostró que aún en la derrota el Púas era capaz de ofrecer espectáculo. En total, a lo largo de su carrera disputó 105 combates, ganó 89, 79 por knockout, perdió 13 y empató tres.
Fue exaltado al Salón Internacional de la Fama del Boxeo en 1991. En 1999, la Socied Press lo nombró el mejor peso gallo del siglo XX y en 2003, la revista de Ring lo ubicó entre los 12 mejores boxeadores de todos los tiempos, sin importar la categoría. Pero el Púas no era solo números, era carisma, era espectáculo, era el boxeador que la gente sentía como propio, el que salió del barrio, el que nunca perdió el acento ni la actitud del hombre de pueblo.
Era alegre, era ocurrente, era parrandero, confeso, era capaz de llegar al gimnasio después de una semana de fiesta y aún así noquear al rival como si nada. Esa imagen, mitad héroe y mitad personaje de cantina, fue lo que lo convirtió en un fenómeno que trascendió el deporte. Y si esta historia ya te gustando, si ya sentiste la magnitud de lo que fue este hombre sobre el ring, entonces quédate porque lo más impactante no es lo que logró, sino lo que vino después.

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Rubén Olivares no fue solo un boxeador que ganó títulos y noocouts, fue también un hombre que vivió con la misma intensidad fuera del ring que dentro de él. Las fiestas, el alcohol, las noches largas, los gastos desmedidos. No era un mi secreto, nunca lo fue. El propio Olivares lo reconocía abiertamente, casi con orgullo en sus años de juventud, como parte de lo que él era.
Un hombre que disfrutaba la vida sin restricciones, que no conocía el freno ni en el cuadrilátero ni en la calle. Según distintos reportes y entrevistas que se han publicado a lo largo de los años, Olivares llegó a inacumular una fortuna estimada en más de 2 millones de dólares solo por sus ganancias en el boxeo.
Eso en la década de los 70 y 80 era una cantidad enorme, suficiente para asegurar varias vidas. Pero el dinero, como suele pasar cuando se gasta sin medida y se administra sin cuidado, se fue desvaneciendo entre fiestas interminables, malas inversiones y un entorno de personas que se beneficiaban de su generosidad sin retribuirle nada a cambio.
Hay una anécdota que se ha repetido en múltiples medios y que pinta bien la esencia de aquella época. Se dice que en más de una ocasión sus allegados tenían que pindo sacarlo de las cantinas para llevarlo a pelear y aún así ganaba. Eso alimentaba el mito, pero también aceleraba la caída. Porque el talento puede sostenerte en el ring durante años, pero fuera de él no hay campana que suene a tiempo para salvarte de tus propias decisiones.
Y cada noche de parranda, cada semana de excesos, cada fortuna gastada en una sola velada iba acumulando una deuda que el tiempo cobraría con intereses. Su carrera se prolongó hasta 1988 cuando cayó por knockout ante Ignacio Madrid en la Arena México. Un peleador que apenas contaba con cuatro combates profesionales.
No fue el final que merecía una leyenda. Fue más bien el tipo de final que llega cuando un boxeador se resiste a soltar lo único que sabe hacer, aunque el cuerpo ya no responda y las piernas ya no sostengan lo que los puños todavía prometen. Tenía 41 años, 23 de carrera profesional y más golpes recibidos fuera del ring dentro de él.
A partir de ese momento, Olivares intentó capitalizar su fama de otras formas. había participado en al menos una decena de películas del llamado cine de ficheras durante los años 70 y 80. Un género popular del cine mexicano que mezclaba comedia, albures y desnudos y que durante más de una década fue una de las formas de entretenimiento más consumidas por el público popular.
El carisma natural de Olivares, su sentido del humor callejero y su rostro conocido lo hacían encajar a la perfección en ese tipo de producciones. No era un actor en el sentido clásico, pero tampoco lo necesitaba. Era el Púas y eso bastaba para atraer público. De dos de esos filmes, Las Glorias del Gran Púas y La Pulquería, todavía recibe, según ha trascendido en prensa, unas regalías que rondan los 2000 pesos mensuales.
Es una cifra que apenas alcanza para lo más básico, pero que al menos representa un ingreso constante vinculado a su época de gloria, por mínimo que sea. Con el tiempo las deudas se acumularon y aquí es donde la historia del Púas toma un giro que muchos de sus admiradores no esperaban. Según reportes que aparecieron principalmente a partir de 2017 en medios como La Jornada, Milenio e Infobae, Olivares comenzó a instalar un puesto los domingos en el bazar de antigüedades del barrio de la Lagunilla, en la Ciudad de México. Y lo que ofrecía
ahí no eran artesanías comunes ni baratijas de mercado, lo que ofrecía era su propia historia. En ese puesto, sobre una manta verde, el escampeón del mundo exhibía fotografías de su trayectoria, guantes autografiados, figuras de madera que él mismo tallaba, una habilidad que aprendió de niño en la carpintería de la abondojito.
Y entre esos objetos algo que dolía solo de mirarlo, su cinturón de campeón del Consejo Mundial de Boxeo. El precio que pedía por ese cinturón era un millón de dólares, una cifra descomunal que probablemente ningún comprador casual pagaría, pero que decía mucho. sobre cómo Olivares valoraba lo que ese objeto representaba.
También se tomaba fotos con los visitantes que lo reconocían. Cada foto costaba 100 pes. Algunos se acercaban con curiosidad, otros con cariño genuino, otros con la mezcla de admiración y tristeza que produce ver a un héroe de tu infancia sentado en un mercado ofreciendo sus recuerdos. Olivares, en una entrevista recogida por la jornada lo explicó a su manera.
dijo que no era un chacharero, que lo que él vendía era historia, arte y cultura, que quería que la gente que lo vio pelear recordara lo que fue y que los nuevos lo conocieran. Esa frase, dicha desde un puesto de mercado y no desde un escenario, tiene un peso que ningún titular deportivo puede igualar. La vida actual de Rubén Olivares no es un misterio absoluto, pero tampoco es un libro abierto.
De acuerdo con diversas fuentes, no le agradan las entrevistas. A quienes se le acercan pidiendo declaraciones, según ha reportado Milenio, le suele pedir un pago. Eso ha generado que la información disponible sobre su día a día sea limitada y dispersa, lo cual obliga a hablar con prudencia y sin inventar escenas que no se pueden confirmar.
Lo que sí se sabe y que ha sido recogido por más de una fuente es que Olivares reside en la ciudad de México, donde ha pasado la mayor parte de su vida desde que su familia se instaló en la Bondojito cuando él era niño. Según un reporte de una página que documentaba historias del metro de la Ciudad de México, en algún momento se mencionó que vivía modestamente y que contaba con un pequeño gimnasio en Ciudad Nezahualcoyotal.
Según otra fuente más reciente, uno de sus hijos lo ayuda con la venta de memorabilia boxística y con cuestiones cotidianas. Es decir, su entorno hoy no es el de un hombre rodeado de lujos ni de asistentes. Es el de un hombre que vive con lo que tiene, apoyado por su familia, lejos de cualquier cosa que se parezca al derroche de sus años de fama.
Y ahí está uno de los contrastes más poderosos de esta historia. Porque cuando uno piensa en el púas Olivares de los años 70, piensa en un hombre que se gastaba fortunas en una noche, que vivía entre fiestas y reflectores, que era capaz de ganar miles de dólares en un combate y dilapidarlos antes de que llegara el siguiente.
Cuando uno mira al púas Olivares de hoy, ve a un hombre de casi 80 años que talla figuras de madera, que cobra pesos por una foto, que recibe 2000 pesos al mes por unas regalías del cine y que ha intentado vender su propio cinturón de campeón para saldar deudas. No es una imagen triste sin más, es una imagen compleja, porque en esa sencillez actual hay algo que muchos admiradores del boxeo reconocen como auténtico.
Olivares nunca fingió ser lo que no era. Nunca se construyó una fachada de hombre prudente o administrado. Fue siempre transparente con sus excesos, con su forma de vivir, con su gusto por la fiesta y por la calle. No se escondía detrás de un publicista ni detrás de un discurso políticamente correcto.
Era el mismo en las conferencias de prensa que en las cantinas. el mismo frente a las cámaras que frente a sus amigos del barrio. Y ahora, en su etapa más silenciosa, esa misma transparencia sigue ahí. No se esconde, no desaparece, se sienta en un mercado, pone sus recuerdos sobre una manta y dice, “Esto es lo que fui. Esto es lo que tengo.
Esto es lo que soy.” Hay algo en eso que trasciende al boxeo. Hay algo en eso que habla de una dignidad diferente. No la del podio ni la del cinturón, sino la del hombre que acepta su presente sin disfrazarlo, que no se victimiza, pero tampoco finge que todo está bien, que simplemente está ahí con su gorra del salón de la fama de Canastota, con sus figuras talladas y su cinturón que ya nadie puede pagar, esperando a que alguien lo reconozca, no por lástima, sino por lo que realmente fue.
Y eso en un deporte donde tantos escampeones desaparecen sin dejar rastro, donde tantos ídolos terminan en el olvido más absoluto, tiene un valor que no se mide en dólares ni en knockouts. Hay un detalle que muchas veces pasa desapercibido cuando se habla del púas Olivares y que, sin embargo, dice mucho sobre el tipo de persona que es más allá del ring.
Las figuras de madera que talla y que vende en la lagunilla no son un pasatiempo reciente ni una ocurrencia de la vejez. Olivares aprendió a trabajar la madera de niño cuando ayudaba en una carpintería del barrio. Es algo que lleva consigo desde antes de ser boxeador, desde antes de que existieran los títulos, las fiestas y las fortunas.
Y el hecho de que décadas después, con casi 80 años encima, siga tallando esas figuras con sus propias manos. Las mismas manos que noquearon a Lionel Rose, a Bobby Chacón, a Chucho Castillo. Es una imagen que vale más que cualquier estadística. Una de las piezas más conocidas que ha fabricado es su versión de la última cena tallada en madera, con la particularidad de que varios de los apóstoles llevan puestos guantes de boxeo dorados.

Según lo que él mismo Tobin Dovindov explicó en aquella entrevista con la jornada, están recubiertos con hoja de oro, no con pintura. Ha tallado varias versiones de esa misma obra y el precio que pedía por cada una rondaba los 15,000 pes. Esa pieza es casi una metáfora involuntaria, el boxeo metido hasta en la religión.
la gloria metida hasta en la madera, como si Olivares no pudiera separar su historia del ring, ni siquiera cuando se sienta y crear algo completamente distinto. Todo lo que toca lleva la marca de lo que fue. Y quizá eso explica por qué. A pesar de los años, a pesar de las dificultades, a pesar de que el dinero se fue y los reflectores se apagaron, Rubén Olivares sigue siendo un hombre que no reniega de su pasado, no lo oculta, no lo maquilla, no lo romantiza, lo pone sobre una manta, le pone precio y espera, como esperó tantas
veces al rival en el centro del ring, de frente, sin miedo, con lo que tiene. Otro aspecto que ha trascendido en prensa y que habla del carácter particular de este hombre es que en algún momento se reportó que Olivares había considerado vender la exclusiva de su propia muerte hacia algún medio de comunicación.
Es una idea que suena extrema, casi absurda, pero que dentro de la lógica del puas tiene sentido. Si todo el mundo hizo negocio con él durante décadas, managers, promotores, cineastas, escritores, ¿por qué no habría de intentar él hacer negocio con lo último que le queda por ofrecer? Es una declaración cruda, pero también es una forma muy directa de decir que sabe exactamente dónde está parado, que no hay ingenuidad ni autoengaño, que la conciencia de su propia condición es total.
Esa lucidez, esa claridad con la que parece ver su situación contrasta de manera brutal con la imagen del joven boxeador que vivía sin pensar en mañana, que gastaba sin contar, que disfrutaba sin medir, como si el paso del tiempo le hubiera quitado todo menos la capacidad de verse a sí mismo con absoluta honestidad. Y eso, en un minierchinobechi, mundo donde tantos escampeones se refugian en la nostalgia o en la negación, es algo que llama poderosamente la atención.
Quienes lo han visto en la lagunilla o en apariciones públicas recientes lo describen como un hombre que todavía conserva la chispa del humor que siempre lo caracterizó. No es un anciano amargado ni un ídolo caído que inspira solo con pasión. es más bien un hombre que se toma las cosas con una mezcla de pragmatismo y picardía que ya traía desde el barrio.
Cuando alguien se acerca a mí a su puesto y le pregunta el precio del cinturón, él responde, “U millón de dólares sin inmutarse. No hay vergüenza en eso. No hay drama. Hay si acaso, el mismo desparpajo con el que alguna vez subió al ring sin haber entrenado lo suficiente, confiando en que su talento natural haría el resto.
Y es aquí donde el contraste alcanza su punto más profundo. Porque si uno pone lado a lado las dos versiones de Rubén Olivares, el de entonces y el de ahora, lo que aparece no es simplemente la diferencia entre riqueza y pobreza, entre fama y anonimato, entre juventud y vejez. Lo que aparece es algo más difícil de nombrar, la distancia entre el mito y el ser humano.
El púas de los años 70 era un personaje más grande que la vida, un hombre que, según las crónicas de la época era capaz de entrar a un cabaret y pagar la cuenta de todos los presentes. Un boxeador que subía al ring con la confianza de quien sabe que tiene dinamita en los puños. Un ídolo que llenaba portadas, que protagonizaba películas, que era invitado a los mejores sitios de la Ciudad de México solo por su presencia.
Era ruido, color, exceso, celebración. Era la encarnación del sueño mexicano del boxeo, el chavo del barrio que llegó a lo más alto y lo disfrutó sin freno. El púas de hoy es otra cosa. Es un hombre que vive en una zona popular de la Ciudad de México, rodeado de su familia, sin grandes lujos ni aspiraciones materiales visibles.
Un hombre que Minotochi se dedica a tallar madera, que vende recuerdos de su carrera en un mercado, que cobra por una foto lo que muchos gastan en un café, que recibe unas regalías mínimas por películas que filmó hace más de 40 años, que ha sido visto caminando por su barrio con la misma naturalidad con la que caminaba por ahí antes de ser campeón del mundo.
Y sin embargo, hay algo en ese contraste que no es solo tristeza, porque el hombre que está ahí en la lagunilla con su gorra rosa del salón de la fama y su cinturón de campeón extendido en el piso junto a figuras de madera y fotografías viejas, no es un hombre que pida compasión, [música] es un hombre que dice, “Todo mundo ha hecho negocio conmigo.
Creo que es tiempo de que yo también reciba algo.” Esa frase publicada por la jornada no es la frase de un derrotado, es la frase de alguien que sabe lo que vale su historia y que intenta miroten a su manera. seguir sacándole provecho con las herramientas que tiene. Antes los reflectores lo buscaban. Ahora él pone su propio escenario.
Antes los promotores organizaban las veladas. Ahora él monta su puesto. Antes los rivales caían a la lona. Ahora los recuerdos se extienden sobre una manta. El formato cambió. La actitud no tanto. Y eso es lo que hace que la vida actual de Rubén Olivares sea mucho más que una historia de declive. Es una historia de adaptación de un hombre que con los recursos que le quedan sigue peleando.
Solo que ahora la pelea no es contra un australiano en el Forum de Ingelwood. La pelea es contra el olvido, contra la indiferencia, contra la idea de que un excampeón sin dinero ya no tiene nada que ofrecer. Y justo ahí está la razón por la que estas historias importan. [música] No son solo biografías, son espejos.
Son recordatorios de que detrás de cada ídolo hay un ser humano y de que la grandeza no siempre se mide en cinturones. Si sientes que este tipo de contenido tiene valor, si crees que vale la pena contar estas vidas tal como Sony, no como la fantasía las pinta, suscríbete, [música] dale like, comparte este video con alguien que ame el boxeo de verdad, porque aquí no se adorna, aquí se cuenta.
El legado de Rubén Púas Olivares dentro del boxeo es inamovible. Eso no cambia ni con las deudas, ni con los años, ni con el puesto de la lagunilla. Fue dos veces campeón mundial en peso gallo. Fue dos veces campeón mundial en peso pluma. Fue el primer mexicano en portar un título del Consejo Mundial de Boxeo.
Fue nombrado por la Asociated Press como el mejor peso gallo de todo el siglo XX. Fue ubicado por la revista de Ring entre los 12 mejores boxeadores de la historia, sin distinción de categoría. Fue exaltado al Salón Internacional de la fama del boxeo en 1991. Un honor que lo puso en la misma lista que Muhamad Ali, Sugar Rey Robinson y los más grandes del deporte.
Hasta la aparición de Julio César Chávez, Olivares fue considerado por una parte enorme de la afición como el mejor boxeador mexicano de Minbo 88. Y hay quienes todavía hoy sostienen esa posición, no porque desconozcan lo que le hicieron Chávez o el Canelo Álvarez, sino porque el PUAS representaba algo que iba más allá de los récords.
Representaba al pueblo en su forma más cruda, más directa, más auténtica. Era el tipo que no necesitaba estrategia ni plan de marketing. Subía al ring, soltaba las manos y el público lo seguía con una devoción que pocos peleadores han logrado generar. Ricardo Garibay, uno de los escritores mexicanos más respetados de su generación, le dedicó un libro entero, Las glorias del gran Púas, publicado en 1978.
Ese libro que después dio pie a una película con el mismo nombre es a la vez crónica, retrato y narrativa de una vida desbordante. Gali capturó algo que las estadísticas no pueden registrar. El impacto cultural de un boxeador que era al mismo tiempo héroe deportivo, símbolo barrial y personaje de una película que México se contaba.
a sí mismo sobre lo que significaba salir de abajo. En sus páginas, la infancia dura de olivares, las peleas callejeras, el hambre, el padre alcohólico, la carpintería. Todo eso se mezclaba con las noches de gloria y las mañanas de resaca hasta formar un retrato tan honesto como doloroso. Que un escritor de la talla de Garibai dedicara un libro entero a un boxeador dice mucho sobre la dimensión que tenía Olivares fuera del cuadrilátero.
No era un deportista que interesaba solo a los aficionados al boxeo. Era un personaje que interesaba a la literatura, al cine, a la cultura popular en su sentido más amplio. Y esa dimensión es precisamente lo que hace que su vida actual sea tan interesante, porque no estamos hablando de un escampeón cualquiera que vive tranquilo después de retirarse.
Estamos hablando de un hombre que fue explosión, que fue exceso, que fue fiesta, que fue caos, que fue portada, que fue película, que fue libro, que fue mito. Y ese hombre hoy vive en la sencillez en 19. La calma, en un barrio de la Ciudad de México con su familia, con sus figuras de madera, con sus recuerdos extendidos en una manta verde los domingos por la mañana, el contraste no podría ser más elocuente.
Y lo que dice ese contraste es algo que rara vez se escucha en las historias deportivas, que la vida después de la gloria no es necesariamente un fracaso. Puede ser simplemente otra etapa, otra forma de estar, otra versión de uno mismo que ya no necesita los aplausos para existir. aunque los extrañe, aunque los recuerde, aunque los venda a 100 pesos la foto.
Cada año, según lo que él mismo contó en aquella entrevista de 2017, es invitado al Salón de la Fama de los Ángeles y al de Canastota en Nueva York. En esos eventos dijo, “Sí valoran lo que ofrece.” Los aficionados estadounidenses le compran guantes autografiados por 100, 150, hasta 200 y lo tratan como lo que es una leyenda viva del boxeo mundial.
¿Es curioso? O quizá simplemente revelador que sea fuera de México donde más reconocimiento económico recibe por su historia. En su propio país, el hombre que fue considerado el mejor boxeador durante décadas vende fotos a 100 pesos en un tianguis. Eso no es una queja inventada ni un dato fabricado para generar indignación.
Es un hecho documentado por varios medios y forma parte del paisaje real de lo que significa ser un ídolo deportivo en México cuando el tiempo pasa y las instituciones no protegen a quienes dieron todo por el deporte. Olivares no es el único caso. La historia del boxeo mexicano está llena de campeones que terminaron en situaciones económicas difíciles después de retirarse, pero quizá ninguno lo vivió con tanta visibilidad, con tanta franqueza y con tanta dignidad como el PUAS, porque hay algo en su actitud que no encaja con la narrativa del ídolo
caído. Él no se presenta como víctima, no pide caridad, pone su puesto, exhibe su historia y espera. Si alguien, compra, bien. Si no, también. Pero ahí está. Cada domingo con la misma constancia con la que alguna vez se presentó en el gimnasio después de una semana de fiesta, listo para pelear. Y hay que decir algo más sobre ese gesto, sobre esa presencia constante en el mercado.
Porque en un país donde tantos exdportistas desaparecen del radar, donde tantas glorias nacionales se convierten en nombres que solo se recuerdan en efemérides, Olivares eligió seguir visible. No desde una pantalla de televisión ni desde una columna de opinión, desde un puesto de mercado, desde el nivel más básico, más directo, más humano de presencia pública.
Y eso, más allá de la necesidad económica que pueda estar detrás, es también una forma de resistencia, una forma de decir, “Yo existo, yo estuve aquí y no necesito que nadie me invite a un programa de televisión para seguir siendo el Puas Olivares.” Rubén Puas Olivares cumplió 79 años en enero de 2026 y su historia vista desde esta distancia no es solo la historia de un boxeador, es la historia de un país que ama sus ídolos con pasión, pero que no siempre sabe cuidarlos cuando dejan de ser noticia. Es la historia de un
deporte que da todo al que gana y muy poco al que envejece. Es la historia de un hombre que vivió con una intensidad que pocos podrían sostener y que ahora lleva una vida que no tiene nada de espectacular, pero que sigue teniendo algo de valiente. Porque sentarse en un mercado con tu cinturón de campeón del mundo y ofrecerlo al mejor postor no es solo un acto de necesidad, es a su manera un último acto de coraje.
Es decir, yo estoy aquí, yo soy esto, yo no me escondo. Hay una frase que Olivares dijo alguna vez en una de esas raras entrevistas que concede y que se queda dando vueltas mucho después de leerla. Recordó que cuando ganó su primer título mundial en 1969 después de noquear a Liyon el Rose en Ingelwood, le ofrecieron la ciudadanía estadounidense.
Él la rechazó. dijo que era muy mexicano. Décadas después, desde un puesto de mercado en la Lagunilla, reflexionó sobre esa decisión con una mezcla de humor y resignación que lo retrata de cuerpo entero. Esa anécdota condensa todo lo que fue y lo que es el PUAS, un hombre de decisiones impulsivas, de lealtades emocionales, de gestos que no calculan consecuencias, pero que revelan un carácter que ningún asesor financiero podría haber domesticado.
Y cuando uno lo mira así, cuando uno deja de lado el morbo y la compasión fácil, cuando uno se para frente a esa imagen con respeto y no con lástima, lo que queda no es la historia de una caída, es la historia de un hombre completo con sus glorias y sus errores, con sus knockouts y sus deudas, con sus cinturones y sus figuras de madera, con la fiesta que lo consumió y la calma que lo sostiene ahora, con el barrio del que salió y al que de alguna manera siempre volvió.
El púas Olivares no necesita que nadie lo rescate ni [música] que nadie lo romantice. Necesita quizá que se le recuerde como lo que fue uno de los boxeadores más grandes, más carismáticos y más auténticos que ha dado México. Y que se le mire como lo que es hoy. Un hombre de 79 años que ya no pelea en el ring, pero que sigue de pie, que ya noquea rivales, pero que tampoco se deja noquear por el tiempo, que ya no llena arenas, pero que todavía llena de recuerdos a cualquiera que se le acerque en la lagunilla y le pida una foto. Porque al final lo que
define a Rubén Olivares no son los títulos que ganó ni los que vendió. Lo que lo define es eso que está más allá de los cinturones y más allá de las derrotas. La capacidad de seguir siendo el mismo [música] en todas las versiones de su vida. Sin disfraz, sin filtro, sin concesiones.
El mismo hombre del barrio, el mismo hombre del ring, [música] el mismo hombre del mercado. Distinto escenario, misma esencia. Y eso en un mundo que todo el tiempo te pide que aparentes, que [música] finjas, que te reinventes para agradar, es quizá la victoria más silenciosa y más real de todas las que acumuló Rubén Púas Olivares.
Si este video te hizo ver al Púas con otros ojos, si te recordó que detrás de cada leyenda hay una vida que merece ser contada completa, entonces suscríbete al canal, [música] dale like y comparte esta historia con quien necesite escucharla. Aquí seguimos contando las vidas reales del boxeo sin adornos, sin fantasía. con la verdad por delante.