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Pedro Infante Llegó al Embargo de Una Madre en Guadalajara 1951 — y SUPERÓ al Banco

El sobre llegó un martes de febrero. No llegó con ruido. Lo deslizaron por debajo de la puerta mientras Soledad estaba en el mercado. Cuando regresó, lo encontró en el suelo, color manila con el membrete del Banco Nacional Hipotecario en la esquina. Lo recogió,  lo puso en la mesa, se lavó las manos, lo abrió, lo leyó una vez de pie, lo leyó de nuevo sentada.

A la tercera se detuvo en el número 4800  pesos. Eso debía. Eso tenía que cubrirse  antes del 15 de marzo o la casa ubicada en Prisiliano Sánchez 42, colonia Analco, Guadalajara, saldría a remate público. Soledad Ramos  tenía 43 años y había vivido en esa casa desde los 11. Había crecido en ese patio, se había casado en esa sala, había  parido a Rosario en el cuarto del fondo con la ventana que daba al naranjo.

Había enviudado en esa misma sala cuando Ernesto salió una mañana a trabajar en la construcción y no regresó porque el andamio se dio y el cayó cuatro pisos sobre el concreto fresco  de un edificio en la colonia americana. Eso fue en 1947. Rosario tenía  6 años. La hipoteca no enviudó con ella.

Durante 4 años, Soledad pagó lo  que pudo cuando pudo. Cosía para afuera, lavaba ropa para tres familias del barrio. Tuvo un puesto de tamales en el mercado corona 8  meses hasta que el permiso venció y no hubo para renovarlo. Cuando pagó  puntual, pagó. Cuando no alcanzó, fue al banco a explicarlo.

El banco escuchó, extendió plazos, cobró intereses sobre los intereses y lo sumó al capital. Y cuando Soledad pensó que estaba reduciendo la deuda, la deuda había crecido. 4,800es. Rosario llegó a las 6 con la mochila al hombro y el delantal de la escuela amarrado. Tenía 10 años y la costumbre de preguntar que había de cenar antes de saludar.

Vio a su madre en la silla con el papel en la mano y se quedó quieta en el marco de la puerta. Dejó la mochila, fue a sentarse enfrente, esperó. Soledad dobló el  sobre y lo puso boca abajo. “Hay que cenar”, dijo. Rosario no preguntó. Tenía 10 años, pero ya sabía cuando no  preguntar. Esa noche, cuando la niña se durmió, Soledad sacó la caja de cartón que guardaba debajo de la cama.

Adentro estaban  los papeles de la casa, la foto de la boda, una carta que Ernesto le escribió antes de casarse, el título de propiedad con el nombre de su madre en  la línea del propietario y el suyo agregado abajo cuando su madre murió. También estaban los discos, cuatro discos de pasta de Pedro Infante que Ernesto había  comprado uno por uno en la tienda de la calle Juárez, porque Ernesto Peña era el tipo de hombre que ahorraba semanas para comprar un disco y luego lo escuchaba todas las noches hasta sabérselo

completo. El último lo había comprado tres semanas antes de morirse. Todavía tenía la envoltura  de papel de china doblada adentro de la caja. Soledad los acomodó sobre la cama uno  junto al otro. Los miró un momento, los volvió a guardar, apagó la luz. Afuera el naranjo movía las ramas.

Adentro, Soledad contó el dinero  que había en el mundo. 340 pesos. Cerró los ojos. El barrio de Analcon no necesitaba periódico. La noticia del embargo de soledad circuló de la manera en que circulan esas cosas en los barrios donde la gente lleva años viviendo pared con pared. Doña Amparo de enfrente lo supo porque vio la luz de la cocina prendida  hasta las 2 de la mañana tres noches seguidas.

Don Refugio de la Esquina lo supo cuando fue a dejar un encargo de costura y soledad. Tardó demasiado en abrir. Para la segunda semana de febrero, el barrio entero sabía y nadie había dicho  nada directamente, porque en Analco había una manera de respetar los problemas ajenos que consistía en no nombrarlos  en voz alta, pero tampoco dejarlos solos.

Doña Amparo empezó a mandarle de cenar tres veces por semana. Don Refugio le consiguió dos trabajos de costura con familias de la colonia americana que pagaban mejor. La señora Consuelo del mercado alcalde le guardaba lo mejor del día a precio de mayoreo. No era suficiente. Todos lo sabían.

Lo que nadie sabía era lo que pasó 11 días antes del remate. Había un hombre en Guadalajara que se llamaba Cuco Navarro. No era hombre de rancho ni de negocios. era compositor de los que trabajaban en el medio del espectáculo, de los  que conocían a los artistas no como el público los conoce, sino como se conoce a alguien cuando se trabaja en los mismos foros, en los mismos estudios, en los mismos camerinos.

Cuarro conocía a Pedro Infante desde hacía años. No eran amigos íntimos, pero se  tenían el tipo de confianza que se construye cuando dos hombres han compartido muchos viajes y muchas horas de espera. Cucoía a cuatro calles de Prisiliano Sánchez. Conocía a Soledad de Vista, como se conoce a los vecinos del barrio que uno ve en el mercado y en misa  y en las fiestas de la calle.

Sabía lo del embargo porque en Analco sabían y sabía algo más que los otros vecinos no  sabían. Sabía que Pedro Infante estaba en Guadalajara. Había llegado dos días antes para una presentación en el teatro de Gollado. Cuo lo había visto en el ensayo de la tarde. Habían tomado  café después.

habían hablado de trabajo, de música, de cosas sin peso. Cuando Cuuko llegó a su casa esa noche y pasó frente al número 42 y vio la luz de la cocina de soledad encendida a las 11 de la noche, algo lo hizo detenerse. Al día siguiente buscó a Pedro antes de la función. Le contó lo del embargo, le contó lo de Soledad, lo de Rosario, lo de los 4 años pagando lo que se podía.

y le contó lo de Ernesto. Le contó que Ernesto Peña había sido el tipo de hombre que ahorraba semanas para comprar un disco de Pedro Infante  y que había muerto con cuatro de ellos en una caja debajo de la cama de su viuda que ahora estaba a punto de quedarse sin  casa. Pedro lo escuchó sin interrumpirlo.

Cuando Cuo terminó, Pedro no dijo mucho. Preguntó la dirección, preguntó la fecha, preguntó  la hora. El 15 de marzo, dijo Cuco. A las 9 de la mañana, Pedro asintió.  Esa noche cantó en el teatro de Gollado con la misma voz de siempre, la que Ernesto Peña había  escuchado en esos cuatro discos todas las noches hasta sabérselos completos.

Al día siguiente, nadie en el teatro supo a dónde había ido. El 15 de marzo amaneció despejado sobre Guadalajara. Soledad se levantó a las 5. Hizo café, no desayunó. planchó el  vestido azul oscuro, el de las cosas importantes. Se peinó frente al espejo del baño despacio con los movimientos de  quien no tiene prisa porque la prisa ya no sirve.

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