El panorama político y social en México nunca deja de ser un hervidero de emociones, contrastes y, lamentablemente, de profundas decepciones provocadas por quienes ostentan posiciones de liderazgo. En las últimas semanas, mientras el país entero vibraba de emoción, uniendo sus corazones y gargantas para celebrar la gran fiesta de la Copa del Mundo, en las sombras del escenario público se gestaban dos episodios que han provocado la indignación generalizada de la ciudadanía. Por un lado, presenciamos el desmoronamiento moral de la cúpula de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) a través de un burdo fraude interno; por el otro, somos testigos del insólito cinismo de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, quien decidió que gobernar uno de los estados más violentos del país podía hacerse desde la comodidad de unas largas vacaciones encubiertas de “home office”.
Comencemos con la situación que paralizó temporalmente las calles de la Ciudad de México. La Sección 22 de la CNTE, conformada por aproximadamente 85,000 maestros de Oaxaca, había mantenido un plantón en la capital del país. Sin embargo, conforme se acercaba la anhelada inauguración del Mundial, el ánimo de las bases magisteriales comenzó a transformarse drásticamente. Los maestros, siendo tan mexicanos como cualquiera, compartían el deseo genuino de hacer una pausa, regresar a sus hogares y disfrutar del evento deportivo que une a las familias. Para dec
idir el futuro del movimiento, se llevó a cabo una votación asamblearia en la que participaron cerca de 15,000 docentes.
La voluntad de la mayoría fue abrumadoramente clara: 7,595 maestros votaron a favor de entrar en un receso y suspender las manifestaciones. Era el triunfo del sentido común y la empatía ciudadana. No obstante, en un acto que solo puede describirse como una traición descarada, los líderes sindicales decidieron que la voz de su gente no importaba. En un movimiento turbio, rasuraron el padrón electoral y desaparecieron miles de votos. De manera casi mágica e increíble, redujeron el total de sufragios válidos a tan solo 6,162, logrando que el “Sí” a continuar con el paro ganara por una ridícula diferencia de 15 votos.
Esta manipulación flagrante no solo fue un fraude contra los propios maestros, sino que evidenció la verdadera intención de la dirigencia: utilizar a los docentes como carne de cañón para chantajear al gobierno federal e intentar sabotear la imagen de México a nivel internacional durante la inauguración del Mundial. Su apuesta era macabra, querían provocar un acto de represión gubernamental para que los ojos del mundo condenaran a la administración actual. Pero el tiro les salió por la culata.
Lejos de ceder al chantaje, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum demostró aplomo y firmeza. Días antes, se les habían ofrecido múltiples mesas de diálogo y soluciones concretas, superando incluso las expectativas iniciales de la propia CNTE. Pero ante la avaricia política de los líderes, el gobierno decidió no caer en provocaciones. La inauguración del Mundial fue un éxito rotundo e histórico. El FanFest rompió récords de asistencia, el Ángel de la Independencia lució pletórico y creadores de contenido de Europa, Asia y Sudamérica inundaron las redes sociales alabando la hospitalidad, la paz y la vibrante cultura mexicana. Nadie, absolutamente nadie en la comunidad internacional, prestó atención al caprichoso plantón.

Como consecuencia de este fallido y fraudulento intento de boicot, la respuesta presidencial fue implacable. Claudia Sheinbaum dejó claro que el tiempo de las concesiones inagotables había terminado. Se acabaron las reuniones de alto nivel con la Secretaría de Gobernación y la Secretaría de Educación Pública. El conflicto fue relegado al nivel estatal, mandando un mensaje contundente a los líderes corruptos: han perdido su acceso al poder central. Además, en una jugada maestra para empoderar a los verdaderos docentes, el gobierno anunció que en agosto se realizará un censo directo, maestro por maestro y escuela por escuela, para atender las verdaderas necesidades de quienes están en las aulas transformando vidas, dejando de lado a quienes prefieren vandalizar la ciudad y traicionar a sus compañeros. Hoy, la base magisterial está profundamente dividida y la ruptura interna es innegable.
Pero mientras la CNTE colapsaba bajo el peso de sus propias mentiras, en el norte del país se escribía otro capítulo de profunda indignación política. Chihuahua, un estado que lamentablemente se encuentra en los primeros lugares a nivel nacional en índices de inseguridad, secuestros y homicidios, vivió la misteriosa y prolongada desaparición de su gobernadora, María Eugenia “Maru” Campos.
Fue gracias a la contundente denuncia pública de Andrea Chávez, aspirante a la gubernatura por Morena, que el país entero volteó a ver la grave situación: Maru Campos llevaba 12 días sin presentarse a sus oficinas y, lo que es infinitamente más grave, evadiendo sus responsabilidades en la crucial mesa de seguridad. Durante casi dos semanas, mientras los ciudadanos de Chihuahua enfrentaban el embate diario de la delincuencia, su máxima autoridad ejecutiva estaba literalmente desaparecida, justo después de haberse negado a declarar ante la Fiscalía General de la República.
Cuando la presión mediática y social se volvió insostenible, la gobernadora finalmente reapareció. Sin embargo, su regreso no trajo consigo una disculpa ni una explicación razonable, sino una justificación que raya en la burla. Luciendo un evidente y envidiable bronceado que sugería cualquier cosa menos trabajo de oficina, Maru Campos tuvo el descaro de declarar que no había estado ausente, sino que había estado haciendo “home office”. Según sus propias palabras, no necesitaba ir al Palacio de Gobierno para trabajar duro en temas de “la vida y la familia”, salud y finanzas.
Esta actitud cínica representa un insulto directo a la inteligencia de los mexicanos y a la dignidad de los chihuahuenses. Mientras un estado se desangra y exige liderazgo presencial, firme y valiente, su gobernadora considera que dirigir la seguridad pública y el destino de millones de personas puede hacerse desde la comodidad de su casa, o más bien, desde algún destino vacacional. Es la cristalización perfecta de la doble moral de un sector político que exige rigor a sus adversarios pero se otorga permisos de impunidad y relajación a sí mismo.
Este episodio nos obliga a reflexionar sobre los privilegios desmedidos que aún existen en la clase política tradicional. Mientras la oposición condena fervientemente cualquier desliz del partido en el poder, vimos a figuras como Alejandro “Alito” Moreno, Santiago Taboada y Alessandra Rojo de la Vega disfrutando plácidamente en los asientos VIP de primera fila durante los partidos del Mundial. Se escandalizarían hasta el infinito si un político del partido gobernante decidiera ir a un restaurante en Polanco, pero consideran perfectamente normal y aceptable que una gobernadora abandone a su estado en crisis para irse de vacaciones sin rendir cuentas.
Ambos casos, el fraude de la CNTE y las vacaciones de Maru Campos, nos dejan una lección amarga pero necesaria. Nos revelan que las viejas prácticas de manipulación de voluntades y el desprecio por la responsabilidad pública siguen intentando sobrevivir en el México actual. Sin embargo, también nos muestran algo esperanzador: el pueblo de México ya no guarda silencio. La base magisterial ya no acepta que le roben sus votos, y la ciudadanía ya no perdona a los gobernantes que abandonan el barco en medio de la tormenta bajo la excusa del “home office”.

La luz pública y la libre circulación de la información son los peores enemigos de la corrupción y el cinismo. Nos corresponde a nosotros, como ciudadanos, seguir exigiendo transparencia, castigar con nuestra voz y nuestro voto estas actitudes deleznables, y recordarles a quienes ostentan el poder que están ahí para servir al pueblo, no para servirse de él ni para disfrutar de privilegios a costa del bienestar nacional. El fraude y el abandono ya no tienen cabida en el México que todos estamos construyendo.