Posted in

JULIAN QUIÑONEZ: El TERRIBLE CALVARIO que SOPORTO para JUGAR en el TRI

Y para entender de dónde viene este hombre, hay que entender qué significa nacer ahí. Maguipayá no es un pueblo cualquiera. Es una de las zonas con mayor cultivo de coca de toda Colombia. Una región que durante décadas ha estado en disputa entre guerrillas, grupos paramilitares y el estado. Una tierra donde el desplazamiento forzado es parte de la vida cotidiana, donde familias enteras tienen que dejarlo todo de un día para otro para no quedar atrapadas en un fuego cruzado que puede llegar de cualquier bando y a cualquier hora. Sus

ríos conectan con las rutas del narcotráfico hacia el Pacífico. La han llegado a llamar el kilómetro cer del narcotráfico. Ese es el lugar donde un niño aprendió a jugar fútbol y lo aprendió de la manera más dura y más pura que existe. Descalzo, a piel limpia, como el mismo lo dice, sin tenis, sin canchas con pasto, sin academias con entrenadores certificados.

En las calles de tierra de Maguipayán, en los pedazos de cancha improvisada que había, con una pelota que rebotaba distinto sobre el polvo. Lo cuenta el mismo, sin adornos, recordando esos años. Dice que su carrera empezó de muy pequeño, cuando salía a las canchas sin permiso de sus padres y a escondidas a jugar todo el día, que a veces ni llegaba a la casa a comer, que lo iban a buscar y él no quería salir de la cancha, que cuando se le rompían las pantalonetas, su mamá tenía que remendarlas para que él pudiera seguir

jugando con sus amigos. y remata con una frase que lo dice todo. Jugábamos descalsos y esa era nuestra felicidad. Pero hay una imagen brutal que ayuda a dimensionar todo esto. Mientras Julián era un niño persiguiendo un balón en Magui Payan, las cifras de la región eran las de un territorio en guerra. Cientos de personas desplazadas por la violencia cada año, cultivos de coca que se medían en miles de hectáreas.

Un departamento nariño que llegó a ser el mayor productor de coca de toda Colombia. Para un niño nacido ahí, las probabilidades de terminar en una cancha de fútbol profesional eran prácticamente [música] nulas. El camino más fácil, el que muchos de sus contemporáneos tomaron porque no había otro a la mano, iba en una dirección muy distinta y casi siempre muy corta.

Julián eligió el balón y lo eligió no como un capricho, sino como la única salida que veía. El fútbol no fue solo su pasión, fue literalmente lo que lo salvó. Cuando todavía era un adolescente, Julián salió de Maguipayán rumbo a Cali, la ciudad grande, en busca de algo que en su pueblo no existía, una oportunidad. Llegó a probarse a Fútbol Pass, una academia amateur dedicada a impulsar el talento de los jóvenes colombianos que de otra manera nunca tendrían una puerta a la que tocar.

Y lo que pasó ese primer día se volvió leyenda dentro del club. En su prueba, en su presentación, en su primer contacto con la institución, Julián metió cuatro goles. César Valencia, directivo de Fútbol Paz, lo recuerda con claridad. Dice que el muchacho los cautivó desde el primer día, que la impresión fue tan fuerte que no dudaron un segundo en quedarse con él.

Ese hombre, César Valencia, terminaría asumiendo en la práctica una figura paterna en la vida del jugador. Lo que vino después en las categorías juveniles de fútbol paz fue una explosión. En la temporada 2014, Julián Quiñones marcó 50 goles en 38 partidos. Esa clase de número no se explica solo con habilidad, se explica con hambre, con la urgencia de alguien que sabe que el fútbol no es un juego, sino una vía de escape, una forma de cambiarle la vida entera a su familia.

Y esos 50 goles fueron tan ruidos que cruzaron fronteras. Llegaron hasta los radares de un club del norte de México, Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Gracias a un convenio, el muchacho de Nariño fue seleccionado para ir a probar suerte a México. Tenía 18 años recién cumplidos cuando preparó la maleta.

18 años para irse solo a otro país, a otro continente futbolístico, a una cultura que no conocía. Pero el que ya se había ido descalso de su casa siendo un niño para perseguir una pelota, ese ya sabía lo que era apostarlo todo. Para Julián, subirse a ese avión no fue un salto al vacío, fue simplemente el siguiente paso de una vida que siempre se trató de moverse hacia delante, comienzo de su amor por México.

Llegó a Tigres en 2015 para integrarse a la categoría sub20 y ahí volvió a hacer lo único que sabe hacer, goles. En el apertura de ese año anotó 15 goles en 17 partidos. Fue el máximo goleador de la competencia. El colombiano que acababa de llegar ya estaba destrozando las defensas mexicanas. Ricardo el Tuca Ferreti, el técnico histórico de Tigres, no quedó del todo convencido.

Veía los números, sí, pero veía también a un muchacho que necesitaba foguearse, que necesitaba minutos de verdad, partidos de adultos, golpes de la categoría profesional. Y entonces empezó el peregrinaje. En enero de 2016, Tigres lo cedió a Venados de Yucatán en el ascenso. Su debut profesional fue de película. El 19 de enero en la Copa MX le metió un doblete nada menos que al Cruz Azul.

Semanas después, otro doblete, esta vez a Bravos de Juárez en una goleada. Parecía que el chico iba a comerse el mundo de inmediato, pero el fútbol no es lineal. Su paso por venados terminó siendo discreto. Cerró con seis goles en 20 partidos. No fue malo, pero no fue la consagración que esos dos dobletes iniciales prometían.

No logró consolidarse como figura y así regresó a Tigres con algo más de experiencia, pero todavía sin un lugar. Fue entonces cuando llegó el club que de verdad lo lanzó. En 2017 fue cedido a Lobos Boap, un equipo de Puebla que acababa de ascender a primera división y que buscaba con desesperación delanteros que pudieran sostenerlo en la máxima categoría.

Y ahí, en un equipo modesto, sin presión mediática, sin la sombra de las grandes figuras, Julián Quiñones por fin se soltó. Debutó con gol ante Santos Laguna. Semanas después le marcó un doblete al América. [resoplido] Cerró aquella temporada con 16 goles y una asistencia en 28 partidos. se convirtió en el máximo goleador histórico de Lobos W, un club que ni siquiera existe hoy, pero que en la memoria de Julián siempre va a ocupar un lugar especial, porque fue el primero que le dio la confianza de jugar en serio.

Su valor de mercado, que rondaba los 300,000 € cuando llegó, se disparó a 3,illones y medio. Durante esa etapa fue considerado uno de los mejores delanteros extranjeros de toda la Liga MX. Y Tigres, que lo había prestado casi como quien se desprende de un proyecto incierto, vio lo que estaba pasando en Puebla y decidió repatriarlo en 2019.

El muchacho volvía a casa, esta vez convertido en una figura emergente, el título y la tragedia. El regreso a Tigres prometía ser la consagración. En la temporada 2019 registró nueve goles y seis asistencias y ganó el Clausura de ese Año, su segundo título de Liga MX, defendiendo los colores felinos. Todo apuntaba a que la historia se enderezaba, a que el colombiano por fin se quedaba a vivir en la élite del fútbol mexicano.

Y entonces, en julio de 2019, llegó el golpe más duro que le puede llegar a un futbolista. La lesión que todos temen. Ruptura de ligamento cruzado anterior. Julián estuvo fuera de actividad alrededor de 10 meses. Se perdió cerca de 40 partidos. 40 partidos viendo la vida pasar mientras su cuerpo aprendía a confiar de nuevo en una rodilla rota.

Read More