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CAPÍTULO 1: LA TRAICIÓN EN TIERRA SANTA

La lluvia caía sin piedad sobre los adoquines centenarios de la Plaza del Obradoiro, lavando el sudor, la sangre y el barro, pero incapaz de limpiar la vileza de lo que estaba a punto de suceder. Las majestuosas torres de la Catedral de Santiago de Compostela se alzaban hacia un cielo de plomo, testigos mudos de siglos de fe, de milagros y de redención. Pero esa tarde de noviembre, la plaza no presenciaría un milagro. Presenciaría una de las injusticias más crueles y despiadadas que la antigua ciudad gallega hubiera visto jamás.

Lucía cayó de rodillas. El impacto contra la piedra mojada le envió un calambre de agonía por las piernas, pero el dolor físico no era nada comparado con el agotamiento absoluto de su alma. Sus pulmones ardían como si hubiera respirado fuego, sus músculos temblaban con espasmos incontrolables y sus manos, cubiertas de ampollas reventadas y costras de barro, apenas tenían fuerza para sostenerse.

Había caminado quince kilómetros. Quince kilómetros infernales a través de la peor tormenta que Galicia había sufrido en décadas. Quince kilómetros cargando, arrastrando y sosteniendo a un hombre adulto, un completo desconocido, que gemía y lloraba con la pierna derecha destrozada, fracturada en dos partes tras una caída estúpida y temeraria en un barranco fuera de la ruta.

A su lado, tendido en el suelo de la plaza, estaba Borja. Llevaba ropa técnica de miles de euros, ahora manchada de fango. Su rostro, pálido por el dolor, conservaba esa arrogancia innata de quien ha nacido envuelto en seda y privilegios en los barrios más caros de Madrid.

Lucía levantó la vista hacia la catedral, las lágrimas de alivio mezclándose con la lluvia fría en sus mejillas. Lo habían logrado. Había salvado la vida de aquel hombre. El sonido de las gaitas gallegas flotaba en el aire, una melodía melancólica que parecía darle la bienvenida. A lo lejos, vio las luces azules de una ambulancia y de dos coches de la Policía Nacional acercándose rápidamente. Lucía sonrió, una sonrisa rota, exhausta, pero pura. Había cumplido su deber como peregrina, como gallega, como ser humano.

—Ya está… —susurró Lucía, con la voz ronca, acariciando el hombro del hombre que había cargado durante ocho horas ininterrumpidas—. Ya estás a salvo, Borja. Han llegado.

Los paramédicos y cuatro agentes de policía saltaron de los vehículos, corriendo hacia ellos a través de la lluvia. Lucía hizo ademán de levantarse para dejarles espacio, esperando las palabras de agradecimiento, esperando una manta térmica, un vaso de agua, un simple “gracias”.

Pero lo que ocurrió a continuación congeló la sangre en sus venas, más rápido que el viento invernal.

Borja, apoyado sobre sus codos, con la pierna inmovilizada por las ramas y vendas que Lucía había improvisado, no miró a los paramédicos. Miró directamente al agente de policía más cercano, levantó un dedo tembloroso pero firme, y señaló directamente a la cara de Lucía.

—¡Agente! —gritó Borja, su voz perdiendo el tono de dolor para llenarse de una furia histérica y clasista—. ¡Deténgala! ¡Arréstela ahora mismo!

El sargento de policía, un hombre veterano con el ceño fruncido, se detuvo en seco. —Tranquilícese, señor. Los médicos le van a atender… —¡Que me da igual, joder! —escupió Borja, sus ojos inyectados en sangre clavados en la muchacha que le había salvado la vida—. ¡Esa zorra me ha robado! ¡Aprovechó que estaba inconsciente por el dolor hace unos kilómetros y me ha quitado mi reloj! ¡Un Rolex Daytona de oro blanco de mi padre! ¡Vale más de cuarenta mil euros! ¡Registradla!

El silencio cayó sobre la plaza, más pesado que la losa de una tumba. Solo se escuchaba el repiqueteo de la lluvia. Lucía parpadeó, el cerebro nublado por el agotamiento extremo, incapaz de procesar las palabras.

—¿Qué…? —murmuró ella, sintiendo que el mundo daba vueltas—. Borja… ¿qué dices? Te he traído a cuestas… Te estabas muriendo de frío…

—¡Cállate, ladrona asquerosa! —vociferó él, interpretando el papel de su vida frente a los curiosos que empezaban a arremolinarse—. ¡Me arrastró por el barro a propósito! ¡Es una muerta de hambre que vio la oportunidad! ¡Detenedla!

Antes de que Lucía pudiera reaccionar, antes de que pudiera explicar la monstruosidad de aquella mentira, sintió unas manos rudas agarrándola por los brazos. La brutalidad del movimiento le arrancó un grito de dolor al tirar de los músculos desgarrados de sus hombros.

—Señorita, ponga las manos a la espalda —ordenó el sargento, su tono ahora frío y profesional, influenciado instintivamente por la autoridad en la voz del joven adinerado y la mención de una joya tan cara.

—¡No! ¡Por favor! ¡No he hecho nada! ¡Estaba atrapado en el Monte do Gozo! ¡Nadie venía! —Lucía lloraba de impotencia, forcejeando débilmente mientras la aplastaban contra el capó mojado del coche patrulla—. ¡Salvé su vida! ¡Revisadme, no tengo nada!

El sonido metálico rasgó el aire. Clic, clic.

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