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Anastasia Romanov: La Princesa Que El Mundo Dejó Morir

Anastasia Romanov: La Princesa Que El Mundo Dejó Morir

La noche en que asesinaro un orden, que las cosas malas no les pasan a las personas como ella.

 Las cuatro grandes duquesas, Olga, Tatiana, María y Anastasia bajan en silencio. Llevan vestidos sencillos, sin joyas visibles. Pero debajo de la tela, cocidos en los corsés y forros de sus ropas, llevan diamantes, rubíes, esmeraldas y perlas por valor de millones de rublos. Joyas que sus padres escondieron como último recurso para financiar un futuro que ya no existe.

Joyas que dentro de pocos minutos n a Anastasia Romanov, las balas no bastaron para matarla. Es julio de 1918 en un sótano húmedo de Ecaterimburgo, una ciudad perdida entre las montañas de los Urales. 11 personas son empujadas escaleras abajo. Les han dicho que van a hacerse una fotografía, que es una formalidad, que deben bajar porque hay disturbios en la ciudad y estarán más seguros en la planta baja.

 Alzar Nicolás II carga en brazos a su hijo Alexei, un niño de 13 años que apenas puede caminar por la hemofilia que le devora la sangre desde que nació. La Sarina Alejandra, que lleva semanas sin poder dar más de 10 pasos seguidos por sus dolores crónicos, pide una silla, se la traen. Se sienta con la dignidad de quien todavía cree que el mundo tiene reglas, que hayse convertirán en algo que nadie anticipó. Escudos improvisados contra las balas de sus verdugos. Jacob Jurovski, el jefe del destacamento bolchevique, entra en la habitación. Es un hombre de 40 años con bigote recortado y ojos que no parpadean. Antiguo relojero, antiguo fotógrafo, ahora ejecutor.

 Lee una sentencia breve, casi inaudible entre el eco del sótano. Nicolás, que está de pie frente a él, apenas tiene tiempo de girarse hacia su familia y decir que antes de que el primer disparo le atraviese el cráneo. Alejandra intenta persignarse. No termina el gesto. Una bala le entra por la 100 izquierda. Los guardias disparan con tal frenesí que el humo de la pólvora llena la habitación en segundos. No ven a quién apuntan.

Disparan al bulto, al movimiento, al sonido. Los gritos se mezclan con las detonaciones. El olor a azufre y a sangre se hace irrespirable. Cuando el humo se disipa y los oídos dejan de zumbar, los verdugos descubren algo que los paraliza. El tres de las hijas siguen vivas. Las balas han rebotado contra los diamantes cocidos en sus ropas.

 Las piedras preciosas del imperio más grande de la Tierra están protegiendo a las últimas princesas de Rusia. Entonces usan las bayonetas. Anastasia, la más joven de las hermanas, grita, se cubre la cabeza con las manos, se acurruca en un rincón del sótano contra la pared fría, un guardia le clava la bayoneta, pero el acero resbala contra las joyas ocultas bajo la tela.

Otro la golpea con la culata del fusil. Una vez, dos veces, tres veces. Según el testimonio escrito del propio Yurovski, Anastasia fue la última en dejar de moverse. Tenía 17 años, toda una vida aplastada en un sótano sin ventanas a las 2 de la madrugada, mientras el mundo dormía sin saber lo que estaba pasando.

Pero la historia de Anastasia no termina ahí, al contrario, lo que viene después es quizás más extraordinario que su propia muerte, porque durante casi un siglo el mundo entero se negó a creer que aquella noche fuera real. Hubo impostoras, hubo juicios que duraron décadas, hubo una mujer que juró durante 60 años ser la gran duquesa sobreviviente y millones la creyeron.

Hubo conspiraciones, pruebas falsas, testimonios contradictorios y un misterio que solo la ciencia moderna pudo resolver casi 100 años después de aquellos disparos en aquel sótano. ¿Cómo llegó una niña traviesa, alegre e irreverente a convertirse en el fantasma más famoso del siglo XX? ¿Cómo es posible que una familia que lo tenía todo poder absoluto, riqueza incalculable, palacios que parecían sacados de un cuento de hadas, acabara ejecutada como criminales comunes en un sótano de provincias? ¿Y por qué el mundo necesitó tanto creer que al menos

una de ellas había sobrevivido? Para entender eso, hay que retroceder 17 años. Hay que volver al día en que Anastasia llegó al mundo y hay que entender que desde el primer instante de su vida su nacimiento fue una decepción. Es el 18 de junio de 1901. En el palacio de Peterhoff, a las afueras de San Petersburgo, los cañones disparan salvas de celebración.

 Pero el número de salvas lo dice todo. 101 habrían anunciado un varón, un heredero al trono. Solo disparan 3001 para una princesa. Y esta es la cuarta princesa consecutiva. Nicolás II, autócrata de todas las Rusias, señor de un imperio que se extiende desde Varsovia hasta Vlad Bostock, anota en su diario con una mezcla de ternura y resignación.

 A las 6 de la mañana nació nuestra cuarta hija, a la que hemos llamado Anastasia. No hay exclamaciones de alegría, no hay frases grandilocuentes, cuatro hijas y ningún heredero varón. para un imperio que exige un sucesor masculino. Según una ley que tiene dos siglos de antigüedad, cada niña es una crisis dinástica envuelta en encaje y seda.

 El nombre que eligen es significativo Anastasia en griego significa la que resucitará, la que romperá las cadenas. Los padres lo eligen como un gesto de esperanza. Esperanza de que la siguiente vez Dios les conceda un varón. No saben que ese nombre se convertirá en una profecía involuntaria, que durante un siglo el mundo entero creerá que Anastasia efectivamente resucitó, que rompió las cadenas de la muerte.

 Alejandra la Sarina lo siente como un fracaso personal. Nacida princesa alemana, Alex de Hest Darmstad, nieta de la reina Victoria de Inglaterra, se convirtió al cristianismo ortodoxo por amor a Nicolás y abrazó su papel de emperatriz con una devoción casi mística. Pero la presión de producir un heredero varón la consume desde dentro como un ácido.

 En la corte de San Petersburgo los murmullos son crueles y constantes. Se dice que la harina está Se dice que no sirve para lo único que importa. Se dice que debería ser repudiada. Alejandra escucha todo esto y se encierra más en sí misma, más en la oración, más en la soledad. 3 años después, en 1904, llega por fin Alexi, el heredero, el Sarevich.

Las campanas de todas las iglesias de Rusia repican durante horas, pero la alegría dura exactamente 6 semanas. El niño empieza a sangrar sin parar después de un golpe trivial. Los médicos del palacio diagnostican hemofilia, la enfermedad de los reyes, transmitida por la sangre de la reina Victoria a la mitad de las familias reales de Europa.

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