Posted in

Maria Callas: El Amor que la Destruyó

Y cuando canta, algo extraordinario pasa en la habitación. El aire cambia, los objetos parecen vibrar, las personas se detienen con la boca abierta, incapaces de moverse. No es una voz infantil normal, es algo más, algo salvaje, profundo, enorme para un cuerpo tan pequeño. Su madre lo nota inmediatamente, pero no como un don que hay que cuidar con delicadeza, sino como una herramienta que hay que explotar sin piedad.

Evangelia empieza a empujar a María hacia la música con una intensidad que roza la obsesión enfermiza. La obliga a practicar horas y horas hasta que la niña llora de agotamiento. La inscribe en concursos, la exhibe frente a vecinos, conocidos, cualquiera que pueda escucharla. Si María no practica, hay castigo. Si María llora, hay castigo.

Si María pide jugar con otros niños en vez de cantar, la respuesta siempre es la misma. Cantar primero, existir después. María tiene 8 años y ya actúa en programas de radio infantiles en Nueva York. A los 11 años gana un concurso nacional cantando en una emisora local. El premio es un reloj de pulsera. Según algunos testimonios, su madre se lo quitó ese mismo día para venderlo.

El mensaje que María recibe es claro, repetitivo, grabado a fuego en su alma de niña. Tu valor está en tu voz. Sin tu voz no eres nada. Sin tu voz nadie te quiere. Sin tu voz eres invisible. Ese mensaje la acompañará hasta la tumba. En 1937, cuando María tiene 13 años, sus padres se separan definitivamente. Las peleas constantes, las humillaciones mutuas, la pobreza emocional del matrimonio, todo explota.

Evangelia toma una decisión radical. Regresa a Grecia con sus dos hijas. María deja Nueva York. Deja a su padre el único miembro de la familia que alguna vez la trató con ternura. Deja sus pocas amistades, deja todo lo que conoce. Llega a Atenas en un barco en tercera clase, sin hablar griego correctamente, en un país que se prepara para la guerra con una madre que la trata más como un producto que como una hija.

Pero Atenas le da algo que Nueva York no pudo darle, algo que cambiará su vida para siempre. Un maestro. María ingresa en el Conservatorio Nacional de Atenas con una audición que deja perplejos a todos los profesores. Tiene 14 años, es tímida, insegura sobre todo lo que no sea cantar y tiene una voz que ninguno de ellos ha escuchado antes, no por su belleza, sino por su extrañeza.

Es una voz enorme, casi agresiva, con una potencia que parece imposible para su edad, pero es también una voz indómita. sin técnica, capaz de lo sublime y de lo terrible en la misma frase, ahí conoce a Elvira de Hidalgo, una soprano española retirada que en su juventud fue una estrella de la ópera europea y que ahora enseña en Atenas.

De Hidalgo tiene 60 años, ha visto pasar a cientos de estudiantes talentosos y ya no se impresiona fácilmente. Pero cuando escucha a María cantar por primera vez, algo cambia en su rostro. Años después, en una entrevista, lo describiría así. No era solo una voz, era un terremoto dentro de un cuerpo de niña. Supe inmediatamente que estaba frente a algo que no vería nunca más en mi vida.

De Hidalgo ve lo que nadie más ve. No solo una voz extraordinaria, sino una actriz nata. Una criatura que siente la música en cada célula de su cuerpo, que cuando canta la tristeza está triste de verdad, que cuando canta la rabia arde de verdad, que no interpreta vive. De Hidalgo la entrena con una disciplina feroz pero amorosa.

Horas y horas de vocalizaciones. Técnica pura. Control de la respiración. Dominio de los registros. La soprano española le enseña algo crucial. La diferencia entre tener una gran voz y saber usarla. Maria absorbe todo como una esponja desesperada porque para ella la música no es un arte abstracto, es una forma de supervivencia. Si canta bien, existe.

Si canta extraordinariamente la aman. Si no canta, desaparece. Y entonces llega la guerra. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Grecia es invadida en octubre de 1940 primero por Italia, cuyo ejército cruza la frontera desde Albania y luego por Alemania.

En abril de 1941, Atenas cae bajo la ocupación nazi. La vida cotidiana se derrumba. La hambruna se extiende por la ciudad como una plaga silenciosa. Miles de personas mueren en las calles, los cuerpos se apilan en las esquinas. El pan desaparece de las panaderías y María, que tiene 17 años, hace lo único que sabe hacer, cantar para sobrevivir.

Literalmente actúa en la ópera nacional de Atenas durante la ocupación en funciones que siguen organizándose bajo el control de las fuerzas italianas. Los oficiales italianos, muchos de ellos amantes de la ópera, asisten a las funciones con sus uniformes militares. Según algunos testimonios, María cantaba a cambio de comida para su familia un poco de harina, aceite, algo de carne.

Otros dicen que oficiales italianos la protegían personalmente por admiración a su talento, que le proporcionaban alimentos y la mantenían a salvo de los peligros de la ocupación. Lo cierto es que sobrevivió, que cantó Arias de Puchini y de Verdi mientras las bombas caían sobre Grecia, que encontró refugio en la única cosa que el mundo le había enseñado a valorar.

Hay una anécdota de esa época que dice mucho sobre quién era María Callas. Durante un bombardeo especialmente violento sobre Atenas, mientras la gente corría a los refugios, María se quedó en el conservatorio practicando una área de tosca. Cuando le preguntaron por qué no se había refugiado, respondió con una calma que helaba la sangre.

Si una bomba me mata mientras canto, al menos habré muerto haciendo lo único que sé hacer bien. Tenía 18 años. Esos años la endurecen de una manera que marca toda su personalidad futura. La convierten en alguien que sabe que el mundo no regala nada, que el talento solo no basta, que hay que pelear por cada nota, por cada oportunidad, por cada gramo de reconocimiento, que la vulnerabilidad es un lujo que no puede permitirse.

Cuando la guerra termina en 1945, María tiene 21 años y una certeza absoluta tallada en piedra. Tiene que volver a Estados Unidos, tiene que conquistar el mundo. El regreso es brutal. Llega a Nueva York en septiembre de 1945 con una maleta pequeña, unos pocos dólares y una ambición que asusta a todo el que la conoce, pero nadie la espera.

Su padre apenas puede mantenerla. vive en un apartamento diminuto y las audiciones son decepcionantes. Los directores de ópera americanos la miran y ven a una joven griega sin conexiones, sin dinero, con un sobrepeso evidente, sin el perfil de las sopranos elegantes y esbeltas que dominan la escena americana en los años 40 la rechazan una vez, dos veces, 10 veces.

Read More