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Bobby Fischer — El genio que venció a un imperio y perdió la razón

Un adolescente que jamás terminó la escuela secundaria derrotó a la mayor potencia intelectual del planeta. Acumuló más victorias consecutivas que ningún otro jugador en la historia de los torneos de candidatos. Su sacrificio de dama a los 13 años sigue estudiándose medio siglo después en las academias de todo el mundo.

Una figura solitaria frente a un tablero con la mirada fija y los puños cerrados. ¿Puede un solo hombre vencer a toda una maquinaria estatal? ¿Y qué sucede cuando lo consigue? Bienvenidos a Historias de ídolos. Soy Adrián Montero y hoy os traigo la historia de Bobby Fisher. Para comprender al hombre que puso de rodillas a un imperio, hay que regresar mucho antes de la gloria.

Hay que volver a un apartamento diminuto en Brooklyn, donde un niño jugaba solo. Un niño de 6 años pregunta a su madre por qué el universo no tiene bordes. Quiere saber qué hay más allá de las estrellas y si el infinito puede contenerse dentro de algo más grande que él mismo. Su madre, que habla siete idiomas y ha estudiado medicina en la Unión Soviética, intenta responderle con paciencia.

Minutos después le pide que resuelva una multiplicación sencilla. ¿Cuánto es 2x 2? El niño se queda en silencio, no sabe la respuesta o quizá no le interesa. Su mente funciona de un modo que nadie a su alrededor comprende todavía. Puede intuir la forma del cosmos, pero las reglas de la aritmética escolar le resultan ajenas, como si pertenecieran a un idioma que no merece la pena aprender.

Aquel niño se llamaba Robert James Fiser y había nacido el 9 de marzo de 1943 en Chicago. Su madre, Regina Wender, era una mujer de inteligencia extraordinaria y voluntad tenaz. De origen judío suizo, había cruzado Europa huyendo del antisemitismo creciente antes de la Segunda Guerra Mundial. Estudió en seis universidades distintas, incluida la Facultad de Medicina de Moscú durante los años del estalinismo.

Cuando nació Bobby, Regina vivía sola con su hija mayor Joan, tras haberse separado de Hans Gerard Fisher, el biofísico alemán que figuraba como padre en el certificado de nacimiento del niño. El dinero nunca fue suficiente. Regina encadenaba empleos y versos para sostener a sus dos hijos y en algún momento llegó a considerar dar a Bobby en adopción.

Según relató después una trabajadora social de Chicago, Regina descartó la idea entre lágrimas, incapaz de separarse de su hijo. La infancia de Bobby transcurrió entre mudanzas constantes. Cada nuevo empleo de Regina significaba un nuevo barrio, una nueva escuela, un nuevo grupo de rostros desconocidos que pronto quedarían atrás.

Para el niño, esta sucesión de lugares sin raíces eliminó la noción misma de hogar. No se molestaba en hacer amigos porque sabía con la clarividencia práctica de los niños que han aprendido a protegerse que cualquier vínculo sería temporal. Su universo social se reducía a su madre, casi siempre ausente por el trabajo, y a su hermana Joan, 6 años mayor.

Los juegos de mesa eran su refugio. Bobby devoraba laberintos impresos en pequeños cuadernillos, resolviéndolos a una velocidad que asombraba a su hermana. Cuando no lograba completar uno al primer intento, arrojaba el lápiz y rompía a llorar. La frustración ante el fracaso era inmediata y violenta, como si cada error fuese una afrenta personal.

Después probó juegos de dados, pero los abandonó enseguida. No toleraba que el azar decidiese la partida. Necesitaba un terreno donde la victoria dependiera exclusivamente de su propia capacidad. En 1949, cuando Bobby tenía 6 años, Joan encontró un juego de ajedrez en la tienda de golosinas. situada sobre el apartamento que la familia ocupaba en Brooklyn.

Lo compró por unos pocos centavos y lo llevó a casa para entretener a su inquieto hermano menor. Joan dió las instrucciones en voz alta y ambos jugaron su primera partida. Bobby perdió, pero algo se encendió en él que no se apagaría jamás. Aprendió los movimientos con una rapidez que desconcertó a su hermana.

En cuestión de semanas, Joan ya no podía ganarle. Regina tampoco. El tablero se convirtió en el centro de la vida del niño. Cuando no tenía contrincante, Bobby colocaba las piezas y jugaba contra sí mismo. Se levantaba de la silla, rodeaba la mesa y se sentaba en el lado opuesto intentando olvidar lo que acababa de pensar para adoptar la perspectiva de un rival auténtico.

Cada partida contra sí mismo tenía un ganador y de ese modo Bobby no perdía nunca del todo. Regina observaba aquella obsesión con preocupación creciente. Su hijo pasaba horas sin móvil frente al tablero, sin comer, sin hablar, sin atender a nada que no fuesen las 64 casillas. Decidió consultar a un psiquiatra. Tras una larga conversación con el niño, el especialista le dijo a Regina que no se alarmase.

Bobby era un chico normal con una pasión profunda por su afición. No hacía daño a nadie, ni se hacía daño a sí mismo. Debía relajarse. Aquella valoración tranquilizadora contenía, sin embargo, una ceguera que el tiempo se encargaría de desmentir. A los 9 años, Bobby disputó su primer torneo organizado. A los 11 frecuentaba los clubes de ajedrez de Nueva York con la naturalidad de un veterano.

Absorbía conocimiento a una velocidad voraz. Entraba en una sala, recorría las mesas con la mirada buscando cualquier libro o revista de ajedrez, se sentaba en un rincón y los devoraba uno tras otro, memorizando variantes, aperturas y finales. Años después, él mismo diría que había leído 1000 libros de ajedrez y que había extraído lo mejor de cada uno de ellos.

Mientras otros niños de su edad se ocupaban de los estudios, los deportes y las primeras amistades, Bobby construía en su mente una catedral dedicada a un solo arte. Durante una visita a unos familiares, descubrió un libro de partidas comentadas por un gran maestro y la revelación fue instantánea. La cantidad de aperturas posibles, cada una de las cuales conducía un universo distinto de combinaciones, le pareció inagotable.

Desde aquel momento, un tablero y un libro de teoría eran todo lo que Bobby necesitaba para sentirse completo. Su compañero más fiel era el mismo, pero hubo un día que marcó un punto de inflexión. Regina llevó a Bobby a una exhibición pública en la que el maestro de ajedrez, Max Baby, jugaba siete partidas simultáneas.

Bobby fue uno de sus oponentes. Regina, acostumbrada a un hijo incapaz de estarse quieto, contempló atónita como el niño entraba en un estado de concentración absoluta, ajeno a todo cuanto le rodeaba. Baby, curtido miles de partidas, aplastó al pequeño sin dedicar más de 2 segundos a cada movimiento. Cuando comprendió que había perdido, Bobby se echó a llorar.

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