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Nunca pierdo con mexicanas’, gritó la karateca polaca… y la joven mexicana la dejó KO frente a todos

Tenía cuatro entrenadores personales, un nutricionista que le diseñaba cada comida, un psicólogo deportivo que la preparaba mentalmente para cada competencia y acceso a la tecnología de entrenamiento más avanzada del mundo. Pero Catarcina tenía algo más que talento y recursos. tenía una mentalidad tóxica, venenosa, que la había convertido en la karateca más temida y odiada del circuito internacional.

Durante años había humillado sistemáticamente a competidoras de países latinoamericanos, asiáticos y africanos. Sus comentarios racistas eran legendarios en el mundo del karate. “Las latinas no tienen disciplina mental”, había dicho en una entrevista para la televisión europea después de derrotar a una brasileña.

Son demasiado emocionales, demasiado primitivas para entender la precisión técnica que requiere este deporte. El karate verdadero es un arte mental, algo que claramente falta en ciertas culturas inferiores. En otra ocasión, después de vencer a una competidora filipina, había comentado, las asiáticas pobres piensan que porque el karate viene de Asia, automáticamente van a ser buenas.

Pero el karate moderno requiere ciencia, nutrición avanzada, entrenamiento de alta tecnología, cosas que solo podemos permitirnos en Europa. Es la evolución natural del arte marcial. Y sobre las africanas, sus comentarios habían sido aún peores. Tienen fuerza física, se los reconozco. Pero el karate no es boxeo callejero.

Requiere elegancia, control, refinamiento. Son cualidades que simplemente no existen en su cultura primitiva. Los jueces, en su mayoría europeos y americanos, hacían oídos sordos a estos comentarios. Catarcina ganaba torneos, generaba audiencia, traía patrocinadores multimillonarios. Era la cara visible del karate femenino europeo.

Sus combates se transmitían por televisión internacional. Sus brazos valían millones. Nadie se atrevía a contradecirla o a sancionarla porque económicamente era demasiado valiosa. Las federaciones internacionales incluso llegaron al punto de cambiar reglas para favorecer su estilo de combate. Redujeron el puntaje de técnicas tradicionales que favorecían a competidoras de países asiáticos y latinoamericanos mientras aumentaron el valor de las técnicas más estéticas que Catarcina dominaba.

El enfrentamiento entre Sofía y Catarcina no era solo deportivo, era una guerra cultural, racial, de clases sociales. Era David contra Goliat, pero con un David que había escuchado durante años como menospreciaban a su gente, a su país, a su cultura, a su forma de vida. La tensión había estado creciendo durante meses desde que Sofía había comenzado a destacar en competencias internacionales.

Su ascenso meteórico había sido inesperado para todos. En solo dos años había pasado de ser una desconocida de un país periférico a ser considerada una contendiente seria para medallas internacionales. Catarcina no había perdido oportunidad de humillarla públicamente. En el torneo de París, cuando Sofía ganó su primera medalla de oro internacional derrotando a competidoras de Francia, Alemania y Suecia, Catarcina le había dicho frente a las cámaras, “Ha sido suerte de principiante.

Las mexicanas son conocidas por tener un destello inicial de talento, pero no la consistencia mental para mantener el nivel de excelencia. Es su cultura, ¿sabes? Todo es fiesta y emoción, pero no hay disciplina real. En el Campeonato Panamericano de Karate en Sao Paulo, después de que Sofía derrotara a la brasileña favorita, a la estadounidense campeona nacional y a la canadiense subcampeona mundial, Catarcina había comentado en una entrevista que se volvió viral.

Es típico de las latinas, pelean con rabia en lugar de técnica. Es primitivo, visceral. El karate verdadero requiere control mental, precisión científica, elegancia refinada. Son cualidades que su cultura simplemente no puede producir. Pueden ganar algunos torneos menores con pura agresividad, pero cuando lleguen al nivel mundial, la superioridad técnica europea las va a aplastar.

Pero el momento que más había dolido, el momento que había marcado para siempre el corazón de Sofía, había sido durante una conferencia de prensa internacional en Ginebra. Un periodista le había preguntado a Catarcina sobre las nuevas figuras emergentes en el karate femenino mundial, específicamente mencionando a Sofía. Katarcina había sonreído con esa sonrisa cruel que se había vuelto su marca registrada. La mexicana.

Mira, yo respeto que alguien de su trasfondo socioeconómico haya llegado hasta donde ha llegado. Debe ser difícil entrenar cuando tienes que trabajar para comer. Pero hay una diferencia fundamental entre nosotras. Yo entreno karate para la perfección artística. Ella entrena karate para sobrevivir económicamente. Son motivaciones completamente diferentes y al final la desesperación no puede vencer a la superioridad técnica.

Ese comentario había sido transmitido por televisión en México. Toda tu familia lo había visto. Tu mamá había llorado esa noche, no de tristeza, sino de rabia. Tu papá había cerrado los puños tan fuerte que se lastimó las palmas. El maestro Yamamoto había guardado silencio durante días, pero tú sabías que por dentro estaba hirviendo.

Sofía Chan, te había dicho finalmente, en el Japón antiguo, los samurá tenían un código. Cuando alguien deshonraba a tu familia, a tu clan, a tu pueblo, no bastaba con ganar. Tenías que demostrar que la deshonra había sido un error fatal del oponente. No solo tenías que vencer, tenías que enseñar. Desde ese momento tu entrenamiento había cambiado.

Ya no era solo preparación física, era preparación para una guerra personal. Cada madrugada que te levantabas a las 4 de la mañana para correr, pensabas en las palabras de Catarcina. Cada tarde que entrenabas hasta que las piernas no te respondían, recordaba su sonrisa cruel. Cada noche que te dormías con las manos vendadas por tantos golpes al maquibara.

Visualizabas el momento en que le demostrarías lo equivocada que estaba, pero había algo más, algo que ni siquiera el maestro Yamamoto sabía, algo que cambiaría completamente el curso de esta historia. Tres meses antes del enfrentamiento en Madrid, habías recibido una visita inesperada en el Dojo.

Un anciano japonés de aspecto humilde, vestido con un kimono tradicional gastado. Había aparecido una tarde mientras entrenaba sola. Al principio pensaste que era un turista perdido. Ustedes Sofía Restrepo, te había preguntado en un español perfecto, aunque con un ligero acento japonés. Sí, señor. ¿En qué puedo ayudarle? Mi nombre es Takesimiyaji.

Soy maestro de karate tradicional de Okinahwa. He venido desde muy lejos para conocerla. El apellido Miagi te resultaba familiar. Habías estudiado la historia del caráct lo suficiente para saber que ese era uno de los linajes más antiguos y respetados del arte marcial. Pero, ¿qué podría querer un maestro quinavense de ti? He visto videos de sus combates”, continuó el anciano, “y escuchado las palabras que esa mujer polaca ha dicho sobre usted, sobre su país, sobre nuestra arte marcial, porque el karate, señorita

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