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CHINA creyó que ya era GANABA… hasta que la MEXICANA SALTÓ MÁS ALTO en el último aparato

Y luego Linsao se había volteado y se había ido, dejando a Alejandra temblando de rabia y humillación. Nadie más había escuchado el comentario. Nadie más sabía lo que había pasado. Pero Alejandra lo había guardado. Lo había guardado muy dentro, como carbón ardiente en su pecho, alimentando ese fuego que ya ardía en ella, convirtiéndolo en un incendio imparable.

Durante los dos años siguientes, cada vez que entrenaba, cada vez que su cuerpo le gritaba que parara, cada vez que el tobillo le hacía ver estrellas de dolor, Alejandra recordaba esas palabras, gente como tú. Y seguía adelante. Una repetición más, un lanzamiento más, una rutina más, hasta el colapso, hasta el límite y luego un poco más.

Ahora estaban aquí en Tokio en la final olímpica las dos cara a cara. México contra China, el fuego latino contra la perfección asiática, la chica que no tenía nada que perder contra la emperatriz que no podía permitirse perder nada. El estadio estaba repleto. 18,000 personas conteniendo la respiración, las cámaras de 140 países transmitiendo en vivo, los comentaristas hablando en 30 idiomas diferentes.

Pero para Alejandra todo ese ruido se había desvanecido. Solo quedaba ella, su cuerpo, su aparato y esa voz en su cabeza que le recordaba una y otra vez. No eres suficiente. Nunca fuiste suficiente. ¿Qué haces aquí? Esto no es para ti. La competencia tenía cuatro rotaciones, cuatro aparatos, cuerda, aro, pelota y listón.

Cada gimnasta realizaría una rutina de 90 segundos en cada aparato. Los jueces calificarían la dificultad técnica, la ejecución, la expresión artística, el uso del espacio. Todo contaba. Cada respiración, cada parpadeo, un error mínimo, una milésima de segundo de duda, un lanzamiento que cayera medio centímetro fuera de lugar y todo se terminaba.

Linsao competiría primero, siempre competía primero porque era la campeona defensora, porque se había ganado ese derecho, porque el reglamento así lo establecía. Alejandra la vio entrar al tapiz. La vio saludar a los jueces con esa reverencia perfecta, mecánica, la vio tomar su posición inicial.

El silencio en el estadio era absoluto. No se escuchaba ni una respiración, solo el atido colectivo de 18,000 corazones esperando ver a la diosa en acción. La música comenzó. Era algo clásico, algo chino, lleno de instrumentos tradicionales que Alejandra no reconocía. Y Lin Sao comenzó a moverse. Dios mío, era Era como ver algo de otro mundo.

Su cuerpo se deslizaba por el tapiz como si flotara, como si la gravedad no existiera para ella. La cuerda giraba en sus manos con una velocidad imposible, formando patrones en el aire, círculos perfectos, figuras geométricas que aparecían y desaparecían en fracciones de segundo. Sus piernas se extendían hasta alturas que no parecían humanas.

Su espalda se arqueaba en ángulos que hacían que varios médicos en la audiencia murmuraran preocupados. Pero ella no mostraba dolor, no mostraba esfuerzo, solo esa perfección helada, esa precisión robótica. 90 segundos. Una rutina impecable. Cuando terminó, cuando hizo su reverencia final, el estadio explotó en aplausos. Los jueces consultaron entre ellos, por lo que parecieron horas, pero fueron solo minutos. Y luego apareció el marcador.

93.5 93.5 sobre 100. El puntaje más alto de la historia olímpica en el aparato de cuerda. Alejandra sintió que el piso se movía bajo sus pies. Era su turno. Tenía que salir ahora. Tenía que competir contra eso, contra la perfección, contra lo imposible. Se paró. Sus piernas temblaban. El tobillo lesionado le pulsaba con un dolor sordo.

Podía sentir los ojos de todo sobre ella. Los comentaristas mexicanos en la televisión probablemente ya estaban diciendo cosas como, “Bueno, Alejandra lo intentó, pero enfrentarse al Insao es simplemente demasiado o vamos a recordar que llegar hasta aquí ya es un logro enorme para México. Ya la estaban escribiendo como la perdedora.

Ya la estaban preparando para el consuelo.” Caminó hacia el tapiz. Cada paso era una eternidad. Pasó junto a Lin Sao, que estaba saliendo. Sus miradas se cruzaron por una fracción de segundo y Lin Sao sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero Alejandra la vio y entendió el mensaje perfectamente. Ya perdiste. Algo se rompió dentro de Alejandra en ese momento.

No fue su espíritu, no fue su determinación, fue algo diferente. Fue el miedo, el miedo a fracasar, el miedo a decepcionar, el miedo a no ser suficiente. todo ese miedo que había cargado durante años, durante décadas, desde que era una niña de 8 años en Guadalajara viendo las olimpiadas en una televisión vieja y diciéndole a su mamá, “Yo quiero hacer eso.

” Mientras su mamá la acariciaba el pelo y le decía, “Ay, mi hija, eso es para otras niñas, niñas de otros países. Tú encuentra algo más realista.” Todo ese miedo explotó y se convirtió en algo más. en rabia, en pura rabia hirviente. Tomó su posición, saludó a los jueces. Su música comenzó. Había escogido algo muy diferente a lo que normalmente se escuchaba en gimnasia rítmica.

No era música clásica europea, no era música tradicional de ningún país específico, era música mexicana moderna, una mezcla de mariachi con bits electrónicos, algo que su coreógrafo había creado específicamente para ella. Algo que algunos jueces más conservadores probablemente odiarían, pero que era auténticamente suyo, y comenzó a moverse.

Los primeros 30 segundos fueron técnicos, limpios, correctos. Estaba haciendo exactamente lo que había practicado millones de veces. La cuerda giraba, sus pies se movían con precisión, sus brazos dibujaban líneas en el aire. Era bueno, era muy bueno, pero no era suficiente. Todos en ese estadio lo sabían. podía ver las caras de los jueces, podía sentir la decepción colectiva.

Es buena, sí, pero no es Lin Sao, nunca será Lino. Y entonces pasó algo en el segundo 32, cuando tenía que hacer un lanzamiento alto de la cuerda, cuando su cuerpo tenía que ejecutar tres giros completos en el aire antes de atraparla de nuevo, algo cambió. Dejó de pensar, dejó de calcular, dejó de tratar de ser perfecta como Lin Sao y comenzó a ser ella misma.

El lanzamiento fue más alto de lo planeado, mucho más alto. Tan alto que algunos pensaron que había perdido el control. Pero mientras la cuerda subía hacia las luces del estadio, Alejandra hizo algo que no estaba en su rutina, algo que nunca había practicado, algo que salió directamente de ese lugar oscuro y salvaje de su alma donde vivía el fuego mexicano.

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