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Victoria Eugenia: La Reina de España Que Vio Morir a Sus Propios Hijos

El 14 de abril de 1931, una mujer de 43 años vestida de negro con un sombrero que le tapaba media cara, salió por la puerta de servicio del Palacio Real de Madrid, subió a un carro discreto que la esperaba afuera y partió rumbo a la estación de El Escorial, sin volver la cara para mirar el palacio donde había vivido durante 25 años como reina de España.

38 años después, exactamente 38 años después, el 15 de abril de 1969, esa misma mujer murió en una villa suiza llamada Bye Fontain en La Husana, a las 4 de la madrugada, sola en una habitación con las cortinas cerradas, después de haber visto morir a dos de sus seis hijos, después de haber perdido al marido que la llamaba fea en sus últimos días después de haber sobrevivido a un atentado anarquista el día de su propia boda, en el que 25 personas murieron a sus pies, 38 años exactos, la misma fecha, el mismo mes, el mismo día. Vos dos. Ey, ey, como si

el destino esa noche de abril de 1969 hubiera decidido cerrar el círculo perfecto del exilio que había empezado tres décadas y media antes. Esta es la historia de Victoria Eugenia Julia Ena de Battenberg, reina consorte de España, nieta favorita de la reina Victoria de Inglaterra, bautizada en el castillo de Balmoral en 1887, casada en 1906 con el rey más enamorado de Europa y maldecida durante toda su vida por una enfermedad genética que ella misma transportaba en su sangre y que iba a matar a sus hijos uno tras

otro mientras el pueblo español durante 25 años la miraba en las calles de Madrid como si ella misma fuera la culpable de las hemorragias que mataban a sus propios bebés. Una mujer que se casó por amor y que terminó separándose de su marido con una frase brutal que la historia recordaría No quiero volver a ver tu fea cara nunca más.

Una madre que enterró a dos hijos varones por la misma enfermedad. Una abuela que volvió a España una sola vez después de 38 años de exilio, para bautizar a un nieto al que casi no conocía y al que nunca volvería a ver. Y una reina que hasta el último día de su vida siguió firmando sus cartas con el nombre de la mujer que había sido en 1906.

Ena reina. de España, aunque España durante 38 años ya hubiera dejado de ser suya. 24 de octubre de 1887, Castillo de Balmoral, Escocia. En una de las habitaciones del ala norte del castillo, decorada con tartanes escoceses y cabezas de ciervo, una mujer joven de 30 años llamada Beatriz está dando a luz a su tercera hija.

Beatriz no es una mujer cualquiera, es la hija menor, la novena y última, de la reina Victoria de Inglaterra, la mujer más poderosa del mundo en ese momento, emperatriz de la India, soberana del imperio más grande que la historia humana haya conocido. Beatriz está casada con un príncipe alemán de segunda categoría llamado Enrique de Batt.

Un matrimonio que la reina Victoria, después de 40 años de luto por su marido, el príncipe Alberto, había aceptado bajo una sola condición que Beatriz y Enrique vivieran con ella en Balmoral hasta el último día de la vida de la reina. A las 4:20 de la madrugada nace una niña. La pelan, la pesan, la envuelven en una manta de lana escocesa, le ponen un nombre largo, Victoria, Eugenia, Julia, Ena de Battenberg.

Pero desde el primer minuto, todos en el castillo la van a llamar simplemente Ena. Ena en gaélico escocés significa fuego o pasión. Y la reina Victoria, su abuela, en el momento en que la cargaba por primera vez en sus brazos, según testigos del día, dijo una frase que nadie supo si era una bendición o una maldición.

La reina Victoria miró a la pequeña recién nacida y dijo, “Esta niña va a tener el destino más brillante y el más oscuro de todas mis nietas.” Lo que la reina Victoria no sabía, lo que nadie en esa habitación sabía esa madrugada de octubre, es que la pequeña Ena llevaba en su sangre un secreto genético devastador, un secreto que la reina Victoria misma había transmitido a sus hijos sin saberlo.

Un secreto que se llamaba hemofilia. La hemofilia es una enfermedad rara. Es una enfermedad genética que afecta la coagulación de la sangre. Las mujeres la transmiten, pero casi nunca la padecen. Los varones la padecen y mueren por hemorragias internas que el cuerpo no puede detener. Una caída tonta, un golpe leve, un raspón en la rodilla, puede convertirse para un hemofílico en una sentencia de muerte.

La sangre simplemente no se detiene, sigue saliendo por dentro o por fuera. Y la pequeña Ena esa madrugada, sin saberlo, sin que nadie pudiera saberlo, era portadora de la enfermedad. Ena creció en un mundo de una privilegio extremo. Pasaba los inviernos en Winser, los veranos en Osborne House en la isla de White, las vacaciones en Bmorrow.

tenía 10 sirvientes asignados a ella personalmente. Aprendió a cabalgar a los 4 años, a hablar francés y alemán a los seis, abordar tapices a los ocho. Su abuela, la reina Victoria, ya viuda desde 1861 y vestida de negro durante 40 años, adoraba a Ena por encima de todas sus otras nietas.

La invitaba a sentarse en sus rodillas cuando recibía a los embajadores. La hacía sentar a su lado en las cenas de estado y le decía una y otra vez una frase que Ena recordaría toda su vida. La reina Victoria le decía, “Mi pequeña Ena, las princesas de la sangre real no buscan al amor. El amor las encuentra a ellas cuando es el momento.

Y cuando ese momento llegue, Ena, no dudes ni un segundo.” Esa frase, “No dudes ni un segundo.” La reina Victoria se la repitió a Ena durante todos los años de su infancia. y 20 años después, en 1906, esa frase iba a determinar la decisión más importante de la vida de Victoria Eugenia. Pero antes de llegar a 1906, la pequeña Ena vivió dos golpes que la marcarían profundamente.

El primero, en 1896, cuando ella tenía solo 9 años. Su padre Enrique de Battenberg partió como soldado voluntario a una expedición militar británica en África Occidental. Ena lo despidió en el puerto de Plymouth llorando. Su padre la abrazó, le prometió que volvería para Navidad y se fue. 4 meses después, Enrique murió de fiebre amarilla en un barco en mitad del Atlántico, mientras lo traían de vuelta a Inglaterra. Ena tenía 9 años.

Estaba en un jardín de Osborne House cuando le dieron la noticia. Según contaría su niñera años después, Ena no lloró, solo dijo cuatro palabras. Mi papá no volvió y se fue a su habitación. Ena. El segundo golpe llegó en enero de 1901. La reina Victoria, su abuela adorada, murió en Osborne House a los 81 años después de 63 años en el trono.

Ena, que tenía 13 años, estuvo a su lado las últimas tres noches. La reina Victoria, en su último día de vida, según testigos, le tomó la mano a Ena y le dijo otra vez la frase de siempre. le dijo, “Cuando llegue el amor, mi pequeña Ena, no dudes ni un segundo.” 5 años después, en 1906, Ena tenía 18 años. Era una de las princesas más bellas de Europa.

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