El 14 de abril de 1931, una mujer de 43 años vestida de negro con un sombrero que le tapaba media cara, salió por la puerta de servicio del Palacio Real de Madrid, subió a un carro discreto que la esperaba afuera y partió rumbo a la estación de El Escorial, sin volver la cara para mirar el palacio donde había vivido durante 25 años como reina de España.
38 años después, exactamente 38 años después, el 15 de abril de 1969, esa misma mujer murió en una villa suiza llamada Bye Fontain en La Husana, a las 4 de la madrugada, sola en una habitación con las cortinas cerradas, después de haber visto morir a dos de sus seis hijos, después de haber perdido al marido que la llamaba fea en sus últimos días después de haber sobrevivido a un atentado anarquista el día de su propia boda, en el que 25 personas murieron a sus pies, 38 años exactos, la misma fecha, el mismo mes, el mismo día. Vos dos. Ey, ey, como si
el destino esa noche de abril de 1969 hubiera decidido cerrar el círculo perfecto del exilio que había empezado tres décadas y media antes. Esta es la historia de Victoria Eugenia Julia Ena de Battenberg, reina consorte de España, nieta favorita de la reina Victoria de Inglaterra, bautizada en el castillo de Balmoral en 1887, casada en 1906 con el rey más enamorado de Europa y maldecida durante toda su vida por una enfermedad genética que ella misma transportaba en su sangre y que iba a matar a sus hijos uno tras
otro mientras el pueblo español durante 25 años la miraba en las calles de Madrid como si ella misma fuera la culpable de las hemorragias que mataban a sus propios bebés. Una mujer que se casó por amor y que terminó separándose de su marido con una frase brutal que la historia recordaría No quiero volver a ver tu fea cara nunca más.
Una madre que enterró a dos hijos varones por la misma enfermedad. Una abuela que volvió a España una sola vez después de 38 años de exilio, para bautizar a un nieto al que casi no conocía y al que nunca volvería a ver. Y una reina que hasta el último día de su vida siguió firmando sus cartas con el nombre de la mujer que había sido en 1906.
Ena reina. de España, aunque España durante 38 años ya hubiera dejado de ser suya. 24 de octubre de 1887, Castillo de Balmoral, Escocia. En una de las habitaciones del ala norte del castillo, decorada con tartanes escoceses y cabezas de ciervo, una mujer joven de 30 años llamada Beatriz está dando a luz a su tercera hija.
Beatriz no es una mujer cualquiera, es la hija menor, la novena y última, de la reina Victoria de Inglaterra, la mujer más poderosa del mundo en ese momento, emperatriz de la India, soberana del imperio más grande que la historia humana haya conocido. Beatriz está casada con un príncipe alemán de segunda categoría llamado Enrique de Batt.
Un matrimonio que la reina Victoria, después de 40 años de luto por su marido, el príncipe Alberto, había aceptado bajo una sola condición que Beatriz y Enrique vivieran con ella en Balmoral hasta el último día de la vida de la reina. A las 4:20 de la madrugada nace una niña. La pelan, la pesan, la envuelven en una manta de lana escocesa, le ponen un nombre largo, Victoria, Eugenia, Julia, Ena de Battenberg.
Pero desde el primer minuto, todos en el castillo la van a llamar simplemente Ena. Ena en gaélico escocés significa fuego o pasión. Y la reina Victoria, su abuela, en el momento en que la cargaba por primera vez en sus brazos, según testigos del día, dijo una frase que nadie supo si era una bendición o una maldición.
La reina Victoria miró a la pequeña recién nacida y dijo, “Esta niña va a tener el destino más brillante y el más oscuro de todas mis nietas.” Lo que la reina Victoria no sabía, lo que nadie en esa habitación sabía esa madrugada de octubre, es que la pequeña Ena llevaba en su sangre un secreto genético devastador, un secreto que la reina Victoria misma había transmitido a sus hijos sin saberlo.
Un secreto que se llamaba hemofilia. La hemofilia es una enfermedad rara. Es una enfermedad genética que afecta la coagulación de la sangre. Las mujeres la transmiten, pero casi nunca la padecen. Los varones la padecen y mueren por hemorragias internas que el cuerpo no puede detener. Una caída tonta, un golpe leve, un raspón en la rodilla, puede convertirse para un hemofílico en una sentencia de muerte.
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La sangre simplemente no se detiene, sigue saliendo por dentro o por fuera. Y la pequeña Ena esa madrugada, sin saberlo, sin que nadie pudiera saberlo, era portadora de la enfermedad. Ena creció en un mundo de una privilegio extremo. Pasaba los inviernos en Winser, los veranos en Osborne House en la isla de White, las vacaciones en Bmorrow.
tenía 10 sirvientes asignados a ella personalmente. Aprendió a cabalgar a los 4 años, a hablar francés y alemán a los seis, abordar tapices a los ocho. Su abuela, la reina Victoria, ya viuda desde 1861 y vestida de negro durante 40 años, adoraba a Ena por encima de todas sus otras nietas.
La invitaba a sentarse en sus rodillas cuando recibía a los embajadores. La hacía sentar a su lado en las cenas de estado y le decía una y otra vez una frase que Ena recordaría toda su vida. La reina Victoria le decía, “Mi pequeña Ena, las princesas de la sangre real no buscan al amor. El amor las encuentra a ellas cuando es el momento.
Y cuando ese momento llegue, Ena, no dudes ni un segundo.” Esa frase, “No dudes ni un segundo.” La reina Victoria se la repitió a Ena durante todos los años de su infancia. y 20 años después, en 1906, esa frase iba a determinar la decisión más importante de la vida de Victoria Eugenia. Pero antes de llegar a 1906, la pequeña Ena vivió dos golpes que la marcarían profundamente.
El primero, en 1896, cuando ella tenía solo 9 años. Su padre Enrique de Battenberg partió como soldado voluntario a una expedición militar británica en África Occidental. Ena lo despidió en el puerto de Plymouth llorando. Su padre la abrazó, le prometió que volvería para Navidad y se fue. 4 meses después, Enrique murió de fiebre amarilla en un barco en mitad del Atlántico, mientras lo traían de vuelta a Inglaterra. Ena tenía 9 años.
Estaba en un jardín de Osborne House cuando le dieron la noticia. Según contaría su niñera años después, Ena no lloró, solo dijo cuatro palabras. Mi papá no volvió y se fue a su habitación. Ena. El segundo golpe llegó en enero de 1901. La reina Victoria, su abuela adorada, murió en Osborne House a los 81 años después de 63 años en el trono.
Ena, que tenía 13 años, estuvo a su lado las últimas tres noches. La reina Victoria, en su último día de vida, según testigos, le tomó la mano a Ena y le dijo otra vez la frase de siempre. le dijo, “Cuando llegue el amor, mi pequeña Ena, no dudes ni un segundo.” 5 años después, en 1906, Ena tenía 18 años. Era una de las princesas más bellas de Europa.
Cabello rubio dorado, ojos azul cielo, alta, con una elegancia natural que las cortes europeas comentaban en cada cena. era reservada, era tímida y todavía estaba esperando como su abuela le había dicho que el amor la encontrara. Hay un detalle de los años de juventud de Ena que pocas biografías cuentan. Entre los 14 y los 18 años, Ena había sido cortejada en secreto por varios príncipes europeos.
Un príncipe alemán de la casa de Hohen Solern, un duque ruso primo lejano del Sar Nicolás II, un príncipe italiano de la casa de Saboya. Todos ellos habían enviado emisarios diplomáticos a Londres para sondear la posibilidad de un matrimonio con la nieta menor de la reina Victoria. Pero Ena, según cartas privadas suyas que se conservaron en los archivos del Palacio Real de Madrid, había rechazado cada propuesta diciendo siempre la misma frase.
Le decía a su madre, “Madre, todavía no es el amor. Espero. Mi abuela me dijo que esperara y yo espero. Espera, esa fidelidad casi religiosa a la frase de la reina Victoria, “No dudes ni un segundo cuando llegue el amor”, iba a determinar la decisión más importante y más fatal de toda la vida de Ena. Y entonces, en abril de 1906 llegó a Londres un joven rey extranjero de 20 años en visita oficial.
Su nombre era Alfonso. Alfonso XI, rey de España. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Alfonso XI era el rey de España desde antes de nacer. Su padre, Alfonso XI había muerto 6 meses antes de que él naciera. y su madre, María Cristina de Absburgo, austríaca, había sido regente del reino hasta que su hijo cumplió 16 años.
En 1906, cuando Alfonso visitó Londres, tenía 20 años. Era moreno, delgado, con una mandíbula ligeramente prominente, que en algunos retratos parecía heredada del rey Carlos II de España. No era especialmente guapo, pero tenía algo que las mujeres encontraban irresistible, una intensidad nerviosa, casi eléctrica, una manera de mirar directamente a los ojos de las personas que las hacía sentir durante un instante que eran las únicas personas del mundo.
Alfonso había venido a Londres con un objetivo concreto. Necesitaba una esposa. España, después de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, era una monarquía debilitada. Necesitaba sangre nueva, sangre real. Y la corte británica era la cantera más prestigiosa de Europa. La candidata oficial, la que todos esperaban que Alfonso eligiera, era una nieta de la reina Victoria llamada Patricia de Conot, princesa bella, educada.
Alfonso fue presentado a Patricia en una cena oficial en el palacio de Buckingham. Pasaron toda la noche conversando. Alfonso, según sus diarios privados, se enamoró de Patricia. esa misma noche le pidió un baile, le besó la mano, le susurró en su español de acento andaluz frases que Patricia no entendió, pero que le parecieron encantadoras.
Al día siguiente, Alfonso le envió a Patricia una carta proponiéndole matrimonio. Patricia rechazó la propuesta, le devolvió la carta sin abrir a través de su criada personal y según se sabría décadas después le dijo a su madre en privado una frase brutal sobre Alfonso XI. Patricia dijo, “No me gusta su mandíbula.
No puedo casarme con un hombre cuya mandíbula me molesta. cada vez que sonríe. Alfonso, humillado por ese rechazo, devastado, paseó solo por los jardines de Buckingham durante toda esa tarde. Y entonces, en uno de los pasillos del palacio, vio caminar a otra princesa. Una mujer joven, rubia, alta, con ojos azules.
Era Victoria Eugenia, la prima de Patricia, la nieta menor de la reina Victoria. Ena esa tarde pasaba por el pasillo de manera completamente accidental. Iba a una clase privada de italiano con una tutora. Vio al rey extranjero parado junto a una ventana mirando el jardín con expresión triste. No supo que era Alfonso, solo notó que era un joven elegante con una mirada melancólica.
Alfonso, al verla, se acercó, le hizo una reverencia. le preguntó en un inglés deficiente si era una de las princesas de la corte. Ena, ruborizada, le contestó que sí, que era Victoria Eugenia de Battenberg, nieta de la reina Victoria. Y entonces, según los testimonios contemporáneos, Alfonso XI, en ese pasillo del palacio de Buckingham, en menos de 5 minutos, decidió que esa mujer iba a ser su esposa.
Esa misma noche, Alfonso le pidió a su tía, la reina Alejandra de Inglaterra, que organizara una cena privada con Victoria Eugenia. La cena tuvo lugar dos días después. Alfonso le habló a Ena en francés, idioma que ambos manejaban. Le habló de Madrid, de los toros, del Mediterráneo, de su soledad como rey huérfano, de su madre austríaca, que lo había educado en una corte casi medieval.
Ena esa noche sintió algo que nunca antes había sentido. Sintió por primera vez en sus 18 años de vida lo que su abuela, la reina Victoria, le había prometido durante toda su infancia. El amor la había encontrado y recordando la frase de su abuela, Ena no dudó ni un segundo. Pero hubo una persona en Europa que se opuso violentamente a ese matrimonio y esa persona era la madre del rey Alfonso, la reina madre María Cristina de Absburgo.
María Cristina, según los archivos diplomáticos austríacos, escribió cartas furiosas a su hijo durante los meses que precedieron a la boda. Le decía que Victoria Eugenia no era una novia adecuada para un rey de España. Le daba tres razones. Primera razón, Victoria Eugenia era anglicana, no católica. España era un país profundamente católico.
Una reina protestante sería un escándalo nacional. Segunda razón, la familia Battenberg, según María Cristina no era de la sangre real más alta. Los Battenberg le escribía María Cristina a su hijo. Son los últimos de la lista en la corte británica. La familia real española merece una novia de mayor alcurnia. Y la tercera razón, la más oscura, la que pocas biografías mencionan, era la genética.
María Cristina, mejor informada que su hijo Alfonso, sabía algo que muy poca gente en Europa sabía en 1906. Sabía que la familia Battenberg llevaba en su sangre la enfermedad genética que la reina Victoria de Inglaterra había transmitido a sus descendientes desde 1850. Una enfermedad que mataba a los varones. Una enfermedad llamada hemofilia.
María Cristina le escribió a Alfonso en una carta del 28 de febrero de 1906. una frase profética que iba a hacerse realidad 20 años después. Le dijo, “Hijo mío, si te casas con esa mujer, vas a maldecir a la dinastía Borbón con una enfermedad que matará a tus hijos antes de que puedan reinar.” Alfonso, enamorado, ignoró la advertencia de su madre.
Le contestó también por carta: “Madre, yo me caso con la mujer que amo. La sangre es secundaria. El amor manda. 20 años después, mientras enterraba a su segundo hijo hemofílico, Alfonso XI y según se cuenta, iba a culpar a Victoria Eugenia hasta su último día de vida por haber introducido en la familia Borbón la maldición que su madre, María Cristina había predicho con exactitud cruel.
Pero esa tragedia futura, en marzo de 1906 todavía estaba escondida en el horizonte y Alfonso, joven, enamorado, urgente, le mandó a Ena una carta proponiéndole matrimonio formal. Ena aceptó. 3 meses después, el 31 de mayo de 1906, Victoria Eugenia Julia Ena de Battenberg se casó con el rey Alfonso XI de España en la Iglesia de los Jerónimos de Madrid.
Fue la boda más espectacular del comienzo del siglo XX. Asistieron representantes de todas las cortes de Europa. La reina Alejandra de Inglaterra, el Zar Nicolás de Rusia, el Kaiser Guillermo II de Alemania, el emperador Francisco José de Austria. 40 carruajes reales recorrieron las calles de Madrid acompañando a los novios.
Ena esa mañana llevaba un vestido blanco bordado con 500 perlas. La cola del vestido medía 9 m. La tiara que la coronaba, regalada por Alfonso, era una tiara de flores de lis hecha de 16 diamantes. una tiara que 120 años después, en 2026, sigue siendo usada por la reina Leticia, esposa del rey Felipe VI, en las cenas de gala más importantes de España.
Después de la ceremonia religiosa, los reyes Alfonso XI y Victoria Eugenia subieron a un carruaje real cubierto de flores blancas. La carroza tirada por ocho caballos blancos comenzó el recorrido oficial de regreso al palacio real a través de las calles del centro de Madrid. Las multitudes vitoreaban. Las mujeres lanzaban pétalos de rosa al paso de los novios, los niños agitaban banderitas españolas.
Y entonces en la calle mayor número 88 ocurrió algo que iba a marcar el resto de la vida de Victoria Eugenia. Desde el balcón de un cuarto piso, un anarquista catalán de 26 años llamado Mateo Morral lanzó hacia el carruaje real un ramo de flores, pero el ramo de flores en realidad escondía adentro una bomba de fabricación casera llena de metralla y dinamita.
La bomba cayó a pocos metros del carruaje real. Explotó al impactar contra el suelo. La explosión fue brutal. La metralla voló en todas direcciones. 23 personas murieron en el acto. Los caballos del carruaje de los reyes, dos de ellos murieron desangrados en el medio de la calle. Más de 100 personas heridas, civiles, soldados, niños, fueron lanzadas por el suelo.
El ruido se escuchó en toda Madrid. Victoria Eugenia, dentro del carruaje sintió la explosión. Vio a través de la ventana los cuerpos cayendo en la calle. Vio la sangre en el pavimento. Vio los caballos muertos y el vestido blanco bordado con 500 perlas. Esa mañana se manchó con sangre. Era el día de su boda.
Y a sus pies en las calles de Madrid 23 personas acababan de ser asesinadas en un atentado contra ella. Alfonso dentro del carruaje demostró una valentía absoluta. Tomó la mano de Ena, le dijo en francés esa lengua que era su único puente. Calma, mi amor, calma, no tengas miedo, yo estoy contigo. Le pidió al cochero que continuara el recorrido hasta el palacio real.
Y según los testigos en las calles, Alfonso saludaba con la mano por la ventana del carruaje a las multitudes aterrorizadas, mientras Ena, sentada a su lado, intentaba sonreír con un vestido empapado de sangre. Esa imagen. Una novia recién casada con sangre de víctimas en su vestido blanco en el día más importante de su vida fue probablemente el primer presagio del destino que esperaba a Victoria Eugenia en España.
Un país que la rechazaría como reina extranjera, un país donde sería culpada por las hemorragias de sus propios hijos. un país que 25 años después la expulsaría definitivamente. Pero esa tarde, en el palacio real, después del atentado, Ena hizo algo que nadie esperaba. En lugar de retirarse a llorar a sus habitaciones, en lugar de cancelar la recepción real, Ena pidió que le trajeran un nuevo vestido.
Se cambió, se compuso el peinado y bajó al salón de banquetes a recibir a los invitados extranjeros. sonriendo como si nada hubiera pasado, como si 23 personas no acabaran de morir a sus pies. Esa sangre fría, esa dignidad real le ganó a Victoria Eugenia el respeto inmediato del rey Alfonso XI.
Pero también, según contarían los testigos, décadas después le ganó algo más oscuro. Le ganó el miedo silencioso de toda la corte española, que comenzó a verla como una mujer fría, una extranjera incomprensible, una reina que podía sonreír mientras los muertos se enfriaban en las calles de su nueva patria.
Y esa percepción, ese rechazo silencioso del pueblo español no se iba a curar nunca. 14 meses después de la boda, en mayo de 1907, Victoria Eugenia dio a luz a su primer hijo, el heredero, el futuro rey de España. Lo bautizaron Alfonso como su padre, Principe de Asturias. La alegría en toda España fue enorme. La continuación de la dinastía Borbón estaba asegurada.
Las iglesias de todo el reino tocaron campanas durante una semana. Madrid se vistió de fiestas. Alfonso XI regaló a Ena un collar de diamantes que costó el equivalente al presupuesto anual del ejército español de un año entero. Pero unos pocos meses después del nacimiento, los médicos de la corte detectaron algo extraño en el pequeño Alfonsito.
Un raspón pequeño en la rodilla que el bebé se hizo gateando en el suelo del palacio real no paraba de sangrar. sangró durante tres días. Tres días enteros sin coagular. Los médicos del rey alarmados llamaron a especialistas británicos. El diagnóstico llegó en septiembre de 1907. Era hemofilia. Ena esa noche cuando los médicos le confirmaron el diagnóstico de su hijo, lloró durante horas en su habitación privada.
Llamó a su madre, la princesa Beatriz. en Londres. Le preguntó cómo era posible, le preguntó por qué a ella. Le preguntó si había manera de revertirlo. La princesa Beatriz, su madre, le contestó con una frase devastadora. Le dijo, “Mi pequeña Ena, la enfermedad la traemos nosotros, todas las hijas de la reina Victoria. La transmitimos sin saberlo, pero las que la pagan son siempre las madres.
durante toda su vida. Esa noche, Victoria Eugenia, reina de España, comprendió que iba a pagar durante el resto de su vida una culpa que ella no había elegido, una culpa genética, una culpa biológica, una culpa que el rey Alfonso a partir de ese momento comenzó a usar como arma contra ella.
Porque desde el momento en que el diagnóstico de hemofilia del primogénito se hizo oficial, Alfonso XI empezó a cambiar, empezó a frecuentar otras mujeres, empezó, según los registros de palacio, a pasar las noches fuera de las habitaciones reales. Empezó a viajar a París, supuestamente por asuntos de estado, y a visitar a la actriz francesa Carmen Ruiz Moragas, que se convertiría en su amante oficial durante más de 10 años y con la que tendría dos hijos ilegítimos.
Hubo otras amantes, la cupletista madrileña Julita Fons, la estrella de las revistas musicales Argentina, Celia Gámez. Y según se sospecha, aunque nunca se documentó completamente, varias damas de la corte española que pasaban temporadas en el palacio real haciendo de compañía a su majestad real. Ena lo sabía, toda la corte lo sabía, toda Madrid lo sabía.
Los periódicos europeos publicaban reportajes sobre las amantes del rey de España, pero Victoria Eugenia durante años mantuvo silencio, aguantó, sonrió en público, acompañó a Alfonso a las inauguraciones, a los desfiles militares, a las cenas de estado, como si nada pasara. Y mientras tanto, seguía teniendo hijos.
En 1908 nació Jaime, un segundo hijo varón. Pero Jaime tuvo otra desgracia. A los 4 años, una mastoiditis maltratada lo dejó sordo, mudo de por vida. Jaime nunca pudo hablar, nunca pudo escuchar. Comunicaba con la familia a través de gestos y de notas escritas. En 1910 nació Beatriz, una niña sana. En 1911 nació María Cristina, otra niña sana.
En 1913 nació Juan, el conde de Barcelona, el cuarto varón. Y este milagrosamente no tenía hemofilia. Era el único varón sano de la familia. Por eso, décadas después sería Juan el padre del rey Juan Carlos I, nieto al que Victoria Eugenia bautizaría en 1969 y en 1914 nació el menor Gonzalo. Y Gonzalo también, como el primogénito Alfonsito tenía hemofilia.
Y entonces en 1910 hubo un séptimo hijo, Fernando. Pero Fernando nació muerto. Seis hijos vivos, un séptimo nacido muerto. Dos hemofílicos, un sordo mudo, tres sanos. Y todo, según el rey Alfonso XI era culpa de Victoria Eugenia. Alfonso, en sus peleas privadas con Ena, según testigos de la corte, le decía con frecuencia frases brutales.
Le decía, “Tú me trajiste esta enfermedad. Tú nos trajiste esta maldición. Si yo me hubiera casado con cualquier española, mis hijos serían sanos.” Yena, sin poder responder, sin poder defenderse, sin poder cambiar la genética que le había transmitido la reina victoria de Inglaterra, aguantaba en silencio.
Hubo testimonios recogidos décadas después por historiadores de damas de honor de la reina que decían que Ena lloraba en silencio durante horas cada vez que el pequeño Alfonsito o el pequeño Gonzalo se hacían un raspón. Cada raspón, cada caída, cada golpe leve podía convertirse en una hemorragia que durara días. Los médicos venían corriendo al palacio, las niñeras hacían vendajes especiales y Ena, sentada al lado de la cama de sus bebés, miraba la sangre que no paraba de salir y se sentía ella misma como la culpable invisible de cada gota. Hay un episodio
que las biografías más antiguas de Victoria Eugenia silenciaron durante décadas y que solo se conoció en los años 80 a través de los diarios privados. de una de sus damas de honor, Carmen Sans. Carmen, que estuvo al servicio de la reina entre 1920 y 1931, escribió en sus diarios escenas devastadoras de la vida íntima de la familia real española.
En una entrada del 28 de mayo de 1922, Carmen describe lo siguiente. Era el cumpleaños del rey Alfonso XI. La familia entera estaba reunida en el palacio real para una cena de celebración. El pequeño Gonzalo, que tenía 7 años, hemofílico, se cayó accidentalmente de una silla durante la cena. El golpe fue mínimo, apenas un raspón en el codo, pero Gonzalo era hemofílico y la sangre empezó a salir.
Carmen S describe en su diario lo que pasó después. Dice que Alfonso XI, en lugar de ayudar a su hijo de 7 años, miró a Victoria Eugenia delante de toda la familia, delante de los criados, delante de los embajadores extranjeros invitados, y le dijo en voz alta una frase que paralizó la cena. El rey dijo, “Mira, querida, otra vez tu sangre otra vez tu enfermedad.
Victoria Eugenia, según Carmen, no respondió. Solo se levantó de la mesa, levantó al pequeño Gonzalo en sus brazos y subió las escaleras hacia los aposentos privados, mientras la sangre del niño le manchaba el vestido de seda azul que llevaba puesto. Esa noche, según el diario de Carmen, Ena no durmió.
Se quedó al lado de la cama de Gonzalo durante 12 horas, vigilando la hemorragia, cambiando los vendajes, llamando a los médicos cada hora. Y mientras lo hacía, escribe Carmen en su diario. La reina lloraba en silencio, sin un solo soyo, audible, sin un solo grito, solo lágrimas que le caían por las mejillas y mojaban las sábanas blancas del bebé.
Alfonso esa misma noche abandonó el palacio, tomó un carro, se fue al apartamento de Carmen Ris Moragas, su amante actriz en la calle Lagasca de Madrid. No volvió hasta tres días después. Hubo otra escena, también narrada por Carmen Sans, que ocurrió en 1926. El pequeño Alfonsito, el príncipe de Asturias, tenía entonces 19 años.
Estaba haciendo prácticas de equitación en los jardines de El Pardo, una de las residencias reales. El caballo lo desmontó. La caída fue moderada. Alfonsito se hizo daño en una pierna. La hemorragia interna comenzó esa misma noche. Duró 5 días. Cinco días en los que Ena no salió de la habitación de su hijo.
Cinco días en los que los mejores médicos de Europa, un especialista de Viena, dos médicos de Londres, vinieron al Palacio Real a intentar detener la hemorragia. Al quinto día, la hemorragia finalmente se detuvo. Alfonsito sobrevivió, pero quedó con una cojera permanente. Y según los médicos, esa hemorragia masiva había debilitado tanto su sistema circulatorio que la próxima hemorragia, decían, podría ser fatal.
Esa próxima hemorragia llegaría 12 años después en Miami, Estados Unidos. Pero entre 1926 y 1931 hubo 5 años más de vida en la corte española. 5 años más en los que Victoria Eugenia, mientras Alfonso XI coleccionaba amantes públicas, intentaba sobrevivir a su matrimonio con dignidad real.
Empezó a refugiarse en obras sociales. Fundó la Cruz Roja Española. Profesionalizó la enfermería en España. Creó hospitales en Madrid, Sevilla, Valencia, Barcelona, introdujo prácticas modernas de salud pública que España todavía en 1920 no conocía. Y según los historiadores, esas obras sociales fueron probablemente la única manera que tuvo Victoria Eugenia de canalizar el dolor de no poder salvar a sus propios hijos.
Si no podía detener las hemorragias de Alfonsito y de Gonzalo, al menos podía construir hospitales donde los niños españoles pudieran ser atendidos. Si no podía cambiar la genética que la había maldecido, al menos podía dejar un legado de salud pública para el país que la rechazaba. Pero el pueblo español durante esos años no le dio crédito.
La prensa madrileña, en lugar de elogiar la fundación de la Cruz Roja, hablaba de las amantes del rey. Los chistes en los cafés de Madrid no eran sobre Carmen Riz Moragas, eran sobre Victoria Eugenia. Decían que era la reina fría, la inglesa que no entendía España, la extranjera que había maldecido a la dinastía.
Y entonces, en 1931 llegó el final. El 14 de abril de 1931, después de las elecciones municipales, las grandes ciudades españolas votaron por candidatos republicanos. Las multitudes salieron a las calles de Madrid pidiendo el fin de la monarquía. Alfonso XI, asesorado por sus ministros, decidió que la única manera de evitar una guerra civil era abandonar España.
Esa noche, Alfonso XI firmó un documento renunciando temporalmente a sus derechos reales. No abdicó oficialmente, solo se retiró. Pensaba volver. Pensaba que España en pocos meses lo llamaría de regreso. España nunca lo llamó. A las 9 de la noche del 14 de abril, Alfonso XI salió por la puerta de servicio del Palacio Real, vestido de civil, sin escolta.
Tomó un carro hasta la base naval de Cartagena, donde un buque de guerra francés lo estaba esperando. Partió esa misma noche hacia Marsella. Victoria Eugenia, sin embargo, no salió esa noche. Alfonso le había pedido que se quedara en el palacio con los hijos, que organizara la salida de toda la familia al día siguiente de manera más ordenada.
Esa fue la última noche que Victoria Eugenia pasó en el Palacio Real de Madrid. Al día siguiente, el 15 de abril de 1931, vestida de negro con un sombrero ancho que le tapaba la cara, Victoria Eugenia salió por la puerta de servicio del palacio real, subió a un carro y se dirigió a la estación de el Escorial. Allí tomó un tren hacia Endaya, en la frontera con Francia.
De ahí tomó otro tren hasta París. Tenía 43 años, llevaba 25 años siendo reina de España y se iba sin saber, sin imaginar que nunca iba a volver de manera permanente. Atrás dejaba un palacio donde había vivido durante un cuarto de siglo. Atrás dejaba un país que la había rechazado durante todo ese tiempo.
Atrás dejaba la tumba de su hijo Fernando, nacido muerto en 1910. Adelante le esperaba un exilio que iba a durar exactamente 38 años. Si esta historia te está impactando, dale like ahora nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas. París fue la primera estación del exilio. La familia real se instaló en un hotel grande con habitaciones separadas para Alfonso y Victoria Eugenia.
Porque durante los meses inmediatamente posteriores a la salida de España, la convivencia entre los dos esposos se había hecho insoportable. Alfonso, en el exilio ya no tenía que disimular sus infidelidades. Empezó a frecuentar abiertamente a sus amantes. Carmen Ris Moragas viajó desde Madrid a verlo. Las cenas en restaurantes parisinos con otras mujeres se hicieron públicas.
Los periódicos franceses publicaban fotos. Y entonces, una noche de noviembre de 1931, en un comedor privado de su hotel parisino, Victoria Eugenia tuvo la pelea final con su marido. La pelea, según testimonios posteriores de criados de la familia, duró varias horas. Alfonso, según se contaría, le habría reprochado a Ena una vez más haber traído la hemofilia a la familia Borbón.
Le habría dicho que el destino de su hijo Alfonsito, condenado a morir en cualquier momento por una hemorragia, era culpa suya. Ia, después de 25 años de aguantar en silencio, después de 25 años de soportar las amantes y los desprecios y las burlas, finalmente esa noche habría explotado. La frase exacta que Ena le habría dicho a Alfonso esa noche, según se filtraría décadas después, fue, “No quiero volver a ver tu fea cara nunca más.
” Cuatro palabras, tu fea cara. una venganza brutal, porque era exactamente la frase, 30 años después que la prima Patricia de Conot había dicho sobre Alfonso en 1906 cuando había rechazado su propuesta de matrimonio. No me gusta su mandíbula. Era el mismo desprecio, la misma humillación, pero ahora repetida por la mujer que había aceptado casarse con él después de 25 años de matrimonio.
Alfonso, esa noche, según se cuenta, no respondió. se puso de pie, salió del comedor, se subió a un carro y dos días después partió hacia Roma, donde se instalaría en un hotel hasta su muerte. Ena se mudó primero a Londres, donde vivió con su madre, la princesa Beatriz durante varios años.
Y después, en 1940, eligió su residencia definitiva, una villa llamada Viel Fontain en La Husana, Suiza. Una villa amplia con vista al lago Leman, rodeada de árboles, alejada de los focos de la prensa europea. Allí pasaría los últimos 29 años de su vida. Pero antes de eso, antes de que pudiera empezar a vivir tranquila, Victoria Eugenia tuvo que enfrentar la peor parte de su exilio.
La parte que ningún biógrafo ha logrado describir con palabras suficientes. La parte que la propia Ena en sus pocas entrevistas nunca quiso recordar. Tuvo que enterrar a sus hijos hemofílicos. El primero fue Gonzalo, el menor. En agosto de 1934, Gonzalo, que tenía 20 años, viajaba en carro con su hermana Beatriz por una carretera del campo en Austria, cerca de la ciudad de Perchach.
El carro conducido por Beatriz hizo una maniobra brusca para evitar a un ciclista. Gonzalo se golpeó la cabeza contra la puerta del carro. Fue un golpe leve, apenas un moretón en la 100, pero Gonzalo era hemofílico. La hemorragia interna empezó esa misma noche. Los médicos austriíacos no pudieron detenerla.
Gonzalo durante dos días agonizó en una habitación de un hospital austríaco con su hermana Beatriz a su lado, llamando desesperadamente a su madre Victoria Eugenia, que estaba en Londres a más de 15 km de distancia. Hay un detalle que pocas biografías cuentan sobre esos dos días en el hospital austriíaco. Beatriz, la hermana, sintiéndose responsable del accidente porque ella era la que conducía, no se separó del lado de Gonzalo durante 48 horas.
le sostuvo la mano, le habló de cuando eran niños en el palacio de Madrid, le contó historias del palacio de la Magdalena de Santander, donde la familia veraneaba antes del exilio. Le cantó las canciones de Kuna, que su madre Ena les cantaba cuando eran pequeños. Y Gonzalo, durante esas 48 horas, según le contaría Beatriz a su madre años después, no se quejó ni una sola vez.
No lloró, solo le decía a su hermana una y otra vez una frase que Beatriz nunca pudo olvidar. Gonzalo le decía, “Beatriz, no le digas a mamá que estoy muriendo.” No le digas. Mamá, ya sufrió mucho con Alfonsito. No le digas. Cuando Ena llegó a Austria, dos días después, Gonzalo ya estaba muerto. Tenía 20 años. murió por una hemorragia interna provocada por un golpe leve en la cabeza durante un accidente de carro tonto.
Ena, cuando vio el cuerpo de su hijo en el hospital, según testimonios de su dama de honor, no lloró. solo dijo en francés una frase que nadie supo era resignación o desafío. Dijo, “Y este es el segundo, todavía me queda, Alfonsito.” 4 años después, en septiembre de 1938, llegaría la segunda muerte. Alfonsito, el primogénito, el que había sido durante años el príncipe de Asturias y heredero del trono español, vivía exiliado en Miami, Florida.

Estados Unidos. Tenía 31 años. Había renunciado a sus derechos al trono unos años antes para poder casarse con una mujer cubana llamada Edelmira San Pedro y Robato, hija de un banquero de la Habana. El matrimonio no había durado. Alfonsito se había vuelto a casar, esta vez con otra cubana, Martha Ster Rockfort, en 1937.
Vivía modestamente en Miami. Trabajaba en una empresa de importaciones cubano-americana. Ganaba lo suficiente para vivir, pero estaba muy lejos de la riqueza real que había conocido en su infancia en el Palacio Real de Madrid. Una noche de septiembre de 1938, Alfonsito y Marta tenían una pequeña discusión en el carro.
Alfonsito iba conduciendo. La discusión se intensificó. Alfonsito, distraído, no vio una cabina telefónica al borde de la carretera. Chocó contra ella a velocidad moderada. El choque fue, según los testigos, ridículamente leve. El carro apenas se abolló. Marta salió y Lesa. Alfonsito, según el informe policial, solo tenía un raspón en el pecho y otro en la cara.
Pero Alfonsito era hemofílico. La hemorragia interna comenzó esa noche. Los médicos del hospital de Miami no pudieron hacer nada. No tenían acceso a tratamientos especializados para hemofilia. Los productos para detener hemorragias internas en 1938 simplemente no existían. Alfonsito agonizó durante 19 horas en el hospital de Miami sin ningún miembro de su familia a su lado, sin su madre Victoria Eugenia, sin su padre Alfonso XI, solo su mujer cubana Marta llorando junto a la cama sosteniéndole la mano mientras la sangre interna no paraba de salir.
murió a las 5:40 de la mañana en un hospital de Miami el 6 de septiembre de 1938. Tenía 31 años. Sus últimas palabras, según contaría Marta años después, en una entrevista al periódico cubano Diario de la Marina, fueron sobre su madre Ena. Alfonsito, según Marta, decía una y otra vez en sus últimas horas de vida, “Que alguien le diga a mi mamá que no fue su culpa, que la enfermedad no la elegimos, que ella no fue una mala madre, que la quiero, que siempre la quise.
” Marta intentó llamar a Londres esa noche para que Ena pudiera escuchar a su hijo antes de que muriera. Pero las comunicaciones internacionales en 1938 eran lentas. El telegrama tardó horas en llegar. Cuando finalmente Ena pudo conectarse por teléfono al hospital de Miami, Alfonsito ya había perdido la conciencia.
Ena en Londres esperando esa llamada que no llegó nunca a tiempo, escuchó solamente la voz de Marta diciéndole llorando que Alfonsito había muerto sin haber podido despedirse de ella. La noticia llegó oficialmente a Ena por telegrama esa misma tarde. Ena estaba en el jardín de la casa de su madre, la princesa Beatriz, cuando le entregaron el telegrama. Lo leyó. Ena.
Ena. Se sentó en una banca de hierro forjado del jardín. Se quedó mirando los árboles en silencio durante una hora y luego, según contaría años después su dama de honor, Carmen Sans, Ena se levantó de la banca, caminó hasta la cocina de la casa y le pidió a la cocinera que le preparara un té. No lloró ese día, no lloró ese año, no lloró nunca, según las personas que la rodeaban en el exilio, por la muerte de Alfonsito ni por la muerte de Gonzalo.
Lloraba sola en su habitación por las noches cuando nadie podía verla. Y entonces, en 1941 llegó la última muerte. Alfonso XI, su marido, llevaba años viviendo en un hotel de Roma. Estaba enfermo, cardiopatías graves, edema pulmonar. Los médicos italianos le habían dicho que no le quedaba mucho tiempo.
Sus hijas, las infantas Beatriz y Cristina, lo cuidaban en sus últimos meses. Victoria Eugenia desde Londres escuchó la noticia. Se ofreció a viajar a Roma para acompañar a su marido en sus últimos días. le mandó un telegrama a Alfonso pidiéndole permiso para entrar en su habitación. Alfonso XI respondió a través de su secretario personal.
La respuesta fue, “Su majestad no quiere ver a la reina Victoria Eugenia. Le pide expresamente que no venga. Ena no fue a Roma. Alfonso XI murió el 28 de febrero de 1941 en su habitación del Grand Hotel de Roma, sin haber visto a su esposa por última vez, sin haberle pedido perdón por las amantes, sin haberle pedido perdón por los desprecios, sin haberle dicho una sola palabra de cariño en sus últimos 10 años de vida.
Sus últimas palabras dichas a su hija Beatriz mientras agonizaba, según se cuenta, fueron sobre Madrid. Dijo, “Quería volver, quería volver a mi país, pero ya no podré.” No mencionó a Victoria Eugenia ni una sola vez. A partir de 1941, Ena estaba completamente sola. Había perdido a sus dos hijos hemofílicos. Su marido había muerto sin reconciliarse con ella.
Su hijo Jaime, sordomudo, vivía en Suiza con problemas de salud crónicos. Sus hijas, Beatriz y Cristina estaban casadas con príncipes italianos. Su único hijo sano Juan, vivía en Esteril, Portugal, donde se había instalado como pretendiente al trono español, esperando año tras año una restauración monárquica que nunca parecía llegar.
Y Ena en su vía Viel Fontén en la Husana, vivía rodeada solo de sus damas de honor envejecidas, de sus retratos de los hijos muertos y de los recuerdos de un palacio madrileño donde había sido reina durante 25 años. Pero todavía había un último capítulo, un último viaje, un último regreso. En diciembre de 1968, Ena recibió una carta desde Madrid.
Era de su nieto, Juan Carlos, hijo de su único hijo sano, el conde de Barcelona. Juan Carlos tenía 30 años. Era el príncipe de España designado por Francisco Franco para suceder al dictador en la jefatura del estado. Estaba casado con la princesa Sofía de Grecia. Acababan de tener un hijo, Felipe.
Juan Carlos le pedía a su abuela Ena en esa carta que volviera a España para ser madrina del bautismo de Felipe. Ena tenía 81 años. Estaba enferma. había sufrido un derrame leve unos meses antes. Sus médicos le dijeron que el viaje sería peligroso para su corazón, pero Ena dijo que sí. Y el 7 de febrero de 1969, 37 años y 10 meses después de haber salido del Palacio Real por la puerta de servicio, Victoria Eugenia de Buttenberg volvió a entrar a Madrid.
El recibimiento fue masivo. Las calles estaban llenas de espontáneos. Miles de españoles que durante décadas habían ignorado a la reina Ena, ahora salían a saludarla. Las flores volaban hacia su carro. Los aplausos no paraban. Ena, en el carro real que la llevaba al palacio de la zarzuela, lloró durante todo el recorrido.
Hay un detalle de ese viaje de regreso que muy pocas biografías españolas se atreven a contar. Cuando el avión que traía a Ena desde la Hosana aterrizó en el aeropuerto de Barajas, la mañana del 7 de febrero de 1969 había en la pista una multitud que las autoridades no habían previsto. Cientos de personas mayores, hombres y mujeres de 60, 70, 80 años que habían vivido los últimos años del reinado de Alfonso XI en su juventud habían venido a Barajas a recibir a la reina exiliada.
Cuando Ena bajó la escalera del avión, vestida de negro, apoyada en un bastón, esa multitud empezó a aplaudir. Algunos lloraban, otros gritaban, “¡Viva la reina!” Una mujer mayor, vestida con una mantilla negra se acercó a las barreras de seguridad y le gritó a Ena en una voz que se quebraba de la emoción: “Majestad, perdónenos.
Perdónenos por haberla tratado mal cuando era joven. Perdónenos. Ena, según los testigos del aeropuerto ese día, se acercó a la mujer mayor, le tomó la mano por encima de la barrera, le dijo en su español que todavía conservaba un acento ligeramente británico después de 63 años de haberlo aprendido.
Hija mía, no hay nada que perdonar. España es España. Yo siempre la he querido, aunque ella no me haya querido a mí. Esa frase yo siempre la he querido, aunque ella no me haya querido a mí. resumía los 63 años de relación de Victoria Eugenia con España. El día siguiente, el 8 de febrero, en la capilla del Palacio de la Zarzuela, Victoria Eugenia, vestida de negro con una mantilla de encaje, sostuvo en sus brazos a su bisnieto Felipe, recién bautizado.
Felipe, que 35 años después, en 2004, se convertiría en el rey Felipe VI. monarca actual de España. Esa imagen, Ena con Felipe en brazos, es probablemente la imagen más conmovedora de toda su vida. Una mujer de 81 años, exiliada durante casi cuatro décadas, viuda de un rey muerto en otro país, madre de hijos muertos por una enfermedad que ella misma había transmitido, sosteniendo en sus brazos al niño que iba a continuar la línea dinástica de los Borbón.
Hay otro detalle de ese día. Después de la ceremonia del bautismo, Ena pidió un momento privado con su nieto Juan Carlos, lo llevó a un rincón de la capilla, le susurró algo al oído durante varios minutos. Juan Carlos, después en una entrevista en 1992, contaría que su abuela Ena le había dicho esa tarde una frase que él guardó como un mandato secreto durante toda su vida.
Ena le habría dicho, según Juan Carlos, “Hijo mío, cuando tú seas rey de España, recuerda esto. La gente te va a culpar de cosas que tú no elegiste. Te van a juzgar por cosas que vienen de tu sangre, de tu familia, de tu destino. Pero tú aguanta en silencio. Aguanta, hace tu trabajo y nunca, nunca devuelvas el desprecio que te den.
Porque la dignidad, hijo mío, es lo único que la corona no nos puede quitar nunca. Juan Carlos, después de escuchar esa frase, abrazó a su abuela y los dos lloraron en silencio durante varios minutos en un rincón de la capilla del palacio de la zarzuela. Ena pasó 11 días en España. Visitó las tumbas de su hijo Fernando, nacido muerto en 1910.
visitó el Escorial, saludó a Francisco Franco, el dictador, y según se cuenta, le dijo en privado, “General, elija bien al próximo rey. Yo no estaré aquí para verlo, pero mis nietos sí.” Y luego, el 18 de febrero de 1969, Victoria Eugenia regresó a la Osana. Nunca más volvió a España. Dos meses después, el 15 de abril de 1969, a las 4 de la madrugada, Victoria Eugenia Julia Ena de Battenberg murió en su villa Vi Fontain, rodeada de sus damas de honor después de un derrame cerebral durante la noche. tenía 81 años
y la fecha de su muerte, esa madrugada del 15 de abril era exactamente día por día, el aniversario número 38 de su salida del Palacio Real de Madrid en 1931, 38 años de exilio, 38 años de espera, 38 años de silencio. destino había cerrado el círculo perfecto. Hay un detalle que pocas biografías cuentan sobre los últimos días de Victoria Eugenia.
Según contó años después, su última dama de honor, una mujer de origen español llamada Pilar Risabel. Ena, en sus últimos meses de vida había empezado a hablar mucho de su madre, la princesa Beatriz, muerta en 1944. Decía Ena, según Pilar, que su madre la visitaba en sueños cada noche, que su madre se sentaba al borde de la cama, que le acariciaba el cabello, que le decía la misma frase una y otra vez, exactamente como la decía cuando Ena tenía 9 años y lloraba después de la muerte de su padre Enrique de Battenberg. La frase era, “Mi pequeña
Ena, ya casi termina.” Y la noche del 15 de abril de 1969, según Pilar, Ena se durmió tranquila después de tomar su té. A las 3:30 de la mañana, Pilar entró a la habitación para revisar a la reina. La encontró sonriendo, con los ojos cerrados y respirando muy lentamente. A las 4 en punto, la reina Victoria Eugenia de Battenberg dejó de respirar.
Pilar Reyal en una entrevista en 1985 diría que en ese momento en la habitación de la reina ella sintió algo extraño. Sintió durante un segundo como si hubiera dos personas en esa habitación. Sintió la presencia de otra mujer de pie junto a la cama, como si la princesa Beatrice finalmente hubiera venido a buscar a su pequeña Ena.
Sea lo que sea que pasó esa noche, la reina Victoria Eugenia de Battenberg murió tranquila, según los testigos, en paz, sonriendo. El cuerpo de Ena fue enterrado por su propia voluntad en el cementerio del Boadevu en la Husana, Suiza. No quería que la enterraran en España dijo en su testamento. España, según había escrito, había dejado de ser su país hacía mucho tiempo.
Pero en 1985, 16 años después de su muerte, su nieto Juan Carlos I, ya rey de España, desde 1975 decidió cambiar las cosas. Pidió a las autoridades suizas la autorización para repatriar los restos de su abuela Ena. Las autoridades suizas aceptaron. El 26 de abril de 1985, los restos mortales de Victoria Eugenia de Badenberg fueron exumados en la hosana.
Fueron transportados en un féretro cubierto con la bandera de España en un avión militar español hacia Madrid. En Madrid, los restos fueron llevados al real sitio de San Lorenzo de El Escorial. Y allí, en el Panteón de los Reyes de España, donde están enterrados los reyes y reinas de la casa Borbón, desde el siglo XVIII, Victoria Eugenia de Battenberg fue enterrada finalmente junto a su marido Alfonso XI, 178 años después del primer Borbón enterrado en ese mismo panteón.
Ena no había tenido derecho a estar enterrada allí. Técnicamente solo se entierra en el panteón de los reyes a las reinas que han sido madres de un rey reinante. Y Ena oficialmente nunca había sido madre de un rey. Su único hijo, varón sano Juan, había sido pretendiente al trono, pero nunca rey.
Pero Juan Carlos I en 1985 hizo una excepción, hizo redactar un decreto especial. y Victoria Eugenia, que durante toda su vida había sido despreciada por el pueblo español como la reina extranjera, terminó descansando para siempre en el panteón más sagrado de la monarquía española, junto a Felipe V, junto a Carlos I, junto a Isabel II de España, junto a todos los reyes y reinas de la casa Borbón, una mujer que entró a España con un vestido blanco bordado con 500 perlas en 1906 y que descansa hoy en 2026 debajo de una losa de mármol blanco en el Escorial a
España, a 500 km de la frontera suiza donde murió. Un círculo, un círculo perfecto, un círculo de gloria, exilio, dolor y regreso. An m n. Si tú escuchando esta historia alguna vez sentiste que pagaste durante años por algo que no elegiste, ¿sabes algo sobre Victoria Eugenia de Battenberg que muchos historiadores no entienden? ¿Sabes que la maldición más cruel de la vida no es la que viene de afuera, es la que llevamos dentro de nosotros? La hemofilia que Ena transmitió a sus hijos no era una elección. Era una
herencia genética sobre la que ella no tenía ningún control. Pero durante toda su vida, su marido, su corte, el pueblo español, la culparon como si fuera una falta moral. Esa es la verdadera tragedia de Victoria Eugenia, una mujer juzgada por algo que nunca pudo cambiar. Y la lección que su vida nos deja 120 años después de su boda en Madrid es brutal, pero necesaria.
Hay heridas que no se eligen. Hay culpas que se cargan sin haberlas cometido. Hay traiciones como las de Alfonso XI que duelen durante décadas. Hay enfermedades como la hemofilia que matan a nuestros hijos delante de nuestros ojos. Y a veces la única dignidad que nos queda en medio de todo eso es la dignidad silenciosa de seguir adelante, de levantarnos cada mañana, de cumplir con nuestros deberes, de sonreír cuando nos ven y de llorar solamente cuando estamos solas en una habitación cerrada con las cortinas bajas. Victoria Eugenia hizo eso durante
81 años y por eso hoy descansa en el Escorial. En nuestra próxima historia te voy a contar la vida de otra mujer que pagó un precio terrible por haberse casado con el hombre equivocado. Una mujer cuyo nombre durante décadas fue sinónimo del peor escándalo del Hollywood dorado. Una mujer que murió en circunstancias que 60 años después todavía hacen dudar a los historiadores.
Una mujer cuyo último amante, antes de morir era el hombre más temido por la prensa americana del siglo XX. Suscríbete y activa la campanita para no perderte la próxima historia. Y cuéntanos en los comentarios, ¿conocías toda esta historia? ¿Qué es lo que más te ha sorprendido? Yeah.