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¿Ordenaron perder? La verdad oculta de Hugo Sánchez y la Final de la Copa América 93

 En el segundo partido empataron 1 a un contra Argentina, la defensora  del título. Un equipo con 31 partidos sin perder. Nadie empataba con Argentina y México lo hizo en su segundo partido de Copa América. El tercer partido fue un  0 a0 contra Bolivia, no brillante, pero suficiente para clasificarse como uno de los mejores terceros y entonces empezó la magia.

 En cuartos de final,  México se enfrentó a Perú en Quito 4 a do. Una exhibición ofensiva que dejó a Sudamérica con la boca abierta. El equipo de Mejía Varón no solo estaba compitiendo, estaba dominando con un fútbol corto, rápido, inteligente, que ninguno de los rivales había visto venir.  La semifinal fue contra Ecuador, el anfitrión, el equipo que había arrasado en la fase de grupos con 10 goles a favor.

 El favorito del público, el presidente  Sixto Durán Bayén, había pospuesto un viaje a Estados Unidos para ver el partido. 30,000 ecuatorianos en el estadio esperaban una fiesta.  La fiesta fue mexicana. Hugo Sánchez marcó el primero en el minuto 24, un  cabezazo. A los 34 años flotando por encima de la defensa ecuatoriana como si la gravedad no aplicara para él.

 Ramón Ramírez hizo el segundo en el 55, 2 a0. Ecuador eliminado en su propia casa, México en la final de la Copa América en su primera participación. La prensa sudamericana no podía creerlo. Un equipo invitado, un equipo de la CONCACAF, un equipo que supuestamente estaba ahí para hacer bulto, acababa de eliminar al anfitrión y se preparaba para disputar la final contra Argentina, contra Batistuta,  contra Simeone, contra Redondo, contra Rugueri.

 México no estaba de visita. México había venido a ganar y por primera vez en la historia del fútbol mexicano ganar parecía posible y eso precisamente era lo  que asustaba a mucha gente. No dentro del campo, fuera de él, en los despachos de la CONMEBOL, en las oficinas de la FIFA, en los pasillos del poder, donde el fútbol y la política  se abrazan cuando nadie mira, porque una cosa era que México participara en la Copa América.

 Otra muy diferente era que la ganara. Piénsalo desde la perspectiva de la CONMEBOL. La Copa  América es su torneo, su joya, su razón de existir. Desde 1916  solo selecciones sudamericanas habían levantado ese trofeo. Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Perú, Colombia. Los dueños históricos del fútbol de un continente  que considera la pelota como parte de su identidad nacional y ahora un equipo invitado, un equipo que ni siquiera pertenecía a la confederación.

 Estaba a 90 minutos de llevarse la copa a casa, la Copa América en una vitrina mexicana, en un país de  la CONCACAF, en un país que había organizado dos mundiales, pero que Sudamérica siempre había mirado  por encima del hombro en materia futbolística. ¿Qué habría pasado si México ganaba? El daño no habría sido deportivo, habría sido  político.

 La CONMEBOL habría tenido que explicar cómo un invitado ganó su  torneo. Los patrocinadores habrían cuestionado la calidad del producto. Los medios sudamericanos habrían destrozado Argentina, a Brasil,  a todos los que cayeron antes que México. Y la narrativa de que Sudamérica era la cuna del mejor fútbol del mundo,  habría recibido un golpe del que tardaría años en recuperarse. Exageramos.

 Mira lo que  pasó después de 1993. México fue invitado a las siguientes ediciones de la Copa América, pero cada vez que llegaba demasiado lejos surgían coincidencias,  cambios de formato, decisiones arbitrales polémicas, problemas de calendario con la CONCACAF que impedían enviar al mejor equipo.

 En 2016, la CONMEBOL y la CONCACAF organizaron la Copa América Centenario en Estados Unidos. Pero desde entonces las invitaciones se volvieron más restrictivas,  como si el susto de 1993 hubiera dejado una cicatriz que nadie quería volver a abrir. Pero la pregunta más incómoda no tiene que ver con la Conmebol, tiene que ver con México.

¿Quería México ganar? No el equipo, no los jugadores, no Hugo, que obviamente quería ganar todo, sino el sistema, la federación, el gobierno, los hombres que controlaban el fútbol mexicano desde los despachos. 1993 era un año crucial para México. El nafta estaba a punto de firmarse. Las relaciones diplomáticas con el continente eran delicadas.

 México estaba tratando de posicionarse como un país del primer mundo, más cercano a Estados Unidos y Canadá que a sus vecinos del sur. Ganar la Copa América habría sido  un acto de afirmación sudamericana en el momento exacto en que México miraba hacia el norte. ¿Habría afectado las negociaciones del NAFTA? Probablemente no directamente, pero la diplomacia funciona con símbolos y un México campeón de Sudamérica enviaba un mensaje que no todos en el gobierno querían enviar.

 Hubo una instrucción de no ir demasiado lejos. No hay documentos, no hay grabaciones. Pero hay una pregunta que persigue a esa generación. Si  México pudo eliminar a Perú y a Ecuador con autoridad, porque en la final pareció un equipo diferente. 4 de julio de 1993, Estadio Monumental Isidro Romero Carvo, Guayaquil, Ecuador, 41,000 espectadores.

 El público ecuatoriano eliminado por México en la semifinal ahora apoyaba mayoritariamente a Argentina. La revancha emocional. Si Ecuador no podía ganar, al menos que no ganara el equipo que los había eliminado. El árbitro era Marcio Resende, brasileño. Brasil había  sido eliminado por Argentina en cuartos de final en penaltis.

 Un dato que no es relevante si crees en la neutralidad perfecta del arbitraje. Y un dato que es muy relevante, si no crees,  México salió al campo con la misma alineación que había funcionado en el torneo. Campos en la portería.  Suárez y Ramírez Perales en la defensa, Ambr y García Aspe en el medio campo, Hugo y Sague arriba.

 Mejía Varón no cambió nada. ¿Por qué cambiar algo que estaba funcionando? El primer tiempo fue un combate equilibrado. Los dos equipos se respetaban. Argentina sabía que México no era un rival menor. Lo habían comprobado en la fase de grupos donde solo pudieron empatar. México sabía que Argentina tenía a Batistuta, un delantero que  convertía cualquier ocasión en gol con la certeza de un verdugo.

 Pero México competía  de igual a igual con el mismo fútbol corto y rápido que había desarvolado a Perú y Ecuador. Los pases circulaban.  Hugo buscaba espacios, García Asp organizaba. Campos volaba.  El primer tiempo terminó 0 a cer y en ese momento la final estaba abierta. Todo cambió en el minuto 65.

  Batistuta recibió un pase largo desde el medio campo. Ganó la posición a Ramón Ramírez. Disparó bajo. Campos no llegó. 1 a0 Argentina. México no se rindió. En el minuto 76 Sagué se metió en el área, regateó a Goy Cochea y el portero argentino lo derribó. Penalti  claro.

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