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Pedro Infante vio al comisario ponerle el candado a la carpintería en 1954 — y pagó en efectivo

Pedro Infante vio al comisario ponerle el candado a la carpintería en 1954 — y pagó en efectivo

Septiembre de 1954, Huamuchil, Sinaloa. Una mañana de calor seco y polvo blanco sobre la calle principal del pueblo. El prestamista llega a mediodía, trae consigo al comisario, trae también a un muchacho que carga una cadena y un candado de hierro. Don Eusebio Rentería pierde la carpintería que su padre construyó en 1921.

[música] Su hijo Rodrigo observa desde la puerta del taller con una llave inglesa todavía en la mano. 33 años lleva don Eusebio sosteniendo ese oficio. Solo se acabó en 20 minutos. [música] En la entrada del taller, parado junto a su camioneta polvorienta, un hombre con sombrero charro dejó de enrollar sus llaves.

Las puso despacio sobre el cofre. Nadie lo había reconocido todavía. Esta es esa historia. La carpintería de los Rentería quedaba a media cuadra del mercado [música] en la calle Ángel Flores sobre el lado sur. Era un local angosto y largo. Olía siempre a cedro recién cortado y a barniz viejo que nunca terminaba de secarse del todo.

Al fondo había una sierra que chillaba suave cuando soplaba el viento del norte. Era un chirrido tan constante que los vecinos ya no lo escuchaban, pero cuando paraba se notaba la ausencia. [música] Afuera había una banca de madera donde los clientes esperaban. También había dos macetas con bugambilia morada. Doña Consuelo, la esposa de don Eusebio, las regaba cada mañana antes de irse a misa.

Ese gesto pequeño le daba a la entrada del taller un aire de casa, no solo de negocio. El letrero sobre la puerta lo había pintado a mano el propio don Eusebio con una letra pareja y firme. Carpintería rentería. Desde 1921. Trabajo fino y honesto. Don Eusebio tenía 58 [música] años. Tenía las manos de un hombre que ha trabajado con ellas cada día desde que cumplió 12.

Manos grandes, callosas, con las uñas, siempre con rastros de barniz que el jabón no terminaba de sacar. Tenía también una cicatriz gruesa [música] en el pulgar derecho de cuando una sierra resbaló en 1939. Su padre, don Timoteo Rentería, había construido ese taller con esfuerzo de brasero.

Tres temporadas en los campos de tomate de Nabolato, [música] sin faltar un día. Ese dinero fue el taller. Don Timoteo murió de pulmonía en enero de 1947. Esa misma semana, don Eusebio abrió el taller al amanecer como siempre, porque era lo único que sabía hacer para no derrumbarse. Había mantenido viva la carpintería en los años del racionamiento, en los inviernos, cuando los encargos tardaban meses enteros.

En el año que doña Consuelo tuvo el dengue grave. Los remedios del médico costaron lo que ganaba en un mes. Los pagó de a poco, un sobre a la vez. Mandó a su único hijo Rodrigo a estudiar [música] ingeniería a la Universidad en Culiacán. Rodrigo era el primer rentería en pisar una universidad. La colegiatura eran 120 pesos por semestre, el cuarto y la comida otros 80.

Don Eusebio los pagaba con lo que entraba de la carpintería sin quejarse nunca, sin que Rodrigo supiera del esfuerzo que había detrás de cada mensualidad. En marzo de ese año, el precio de la madera subió de golpe. Los envíos al norte se habían llevado la mayor parte del material de la región. En abril, don Eusebio no pudo cubrir la primera mensualidad del préstamo.

Era un préstamo que había pedido al señor Arnulfo Galab en 1952 para comprar una sierra nueva. En mayo no cubrió la segunda mensualidad. En julio llegó una carta en papel membretado. Traía la firma del señor Galav y un sello notarial en tinta roja. Aviso de ejecución de garantía. Carpintería rentería. Calle Ángel Flores número 42.

Todas las operaciones deben cesar en la fecha señalada. Los bienes pasan como garantía a nombre del acreedor. Ese mediodía de septiembre, el señor Arnulfo Galab llegó en un carro negro. Los vidrios subidos a pesar del calor de Sinaloa. Era un hombre de ciudad, traje gris, zapatos de punta con brillo, una panza generosa que demostraba que jamás había doblado el lomo bajo el sol.

bajó sin apresurarse, [música] no saludó a nadie en la calle, caminó directo al interior del taller y puso una carpeta sobre el banco de trabajo de Luego leyó en voz alta con [música] la entonación de quien cierra un negocio cualquiera un martes por la tarde. Ejecución de garantía. Fecha de [música] hoy, el inmueble y las herramientas quedan bajo custodia hasta liquidación de la deuda.

El comisario se quedó parado en la entrada con el candado en la mano. Era un hombre de 60 años. Había puesto ese mismo candado en 16 propiedades a lo largo de su vida y nunca había encontrado la manera de que ese gesto se sintiera distinto. Siempre pesaba igual. Rodrigo salió de la parte trasera del taller con el overall puesto y la llave inglesa en la mano.

Era un muchacho de 21 años, delgado, con los mismos ojos oscuros de su padre, con esa seriedad de los jóvenes que han aprendido pronto que la vida no siempre espera. Escuchó todo desde la puerta que daba al patio. No dijo nada. puso la llave inglesa con cuidado sobre el banco de trabajo, con muchísimo cuidado, como si ese acto pequeño fuera lo único que podía controlar [música] en ese momento.

Don Eusebio pidió 8 días más, solo ocho. Rodrigo regresaba a Culiacán en 8 días, le explicó la voz apenas sostenía el peso de esas palabras. El señor Galab cerró su carpeta, no respondió, se dio la vuelta y caminó hacia su carro. El comisario seguía en la entrada con el candado, mirando el suelo de tierra apisonada.

[música] Rodrigo salió al patio trasero, se quedó de espaldas al taller, miraba hacia los árboles de Huamuchil que le daban nombre al pueblo, esos [música] árboles chuecos y flacos que sobrevivían el calor de Sinaloa con una terquedad que a veces parecía una lección. El sol de mediodía caía vertical sobre el patio y el olor a tierra caliente se mezclaba con el cedro del taller.

Rodrigo no se movió de ahí por un buen rato. [música] En la entrada de la carpintería, un hombre que hasta ese momento no había dicho nada dejó de apoyarse en su camioneta. Tenía sombrero charro de ala ancha, camisa de trabajo con las mangas dobladas hasta el codo, botas polvorientas de quien ha manejado muchas horas en carretera sin asfalto.

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