Pocos rostros en la historia del entretenimiento televisivo latinoamericano son tan universalmente reconocidos y amados como el de Ramón Valdés. Al pronunciar su nombre, la imagen que instantáneamente acude a nuestra mente es la de un hombre de extrema delgadez, vestido con unos pantalones de mezclilla desgastados, una camiseta de algodón que alguna vez fue negra y un inconfundible gorro de pescador celeste. Para millones de personas desde México hasta la Patagonia, él siempre será “Don Ramón”, el eterno deudor de catorce meses de renta, el enemigo jurado del trabajo formal, el blanco de las bofetadas de Doña Florinda y, sobre todo, el padre soltero con un corazón de oro que, a pesar de sus incesantes rabietas, siempre terminaba demostrando una profunda humanidad.
Sin embargo, el personaje que Roberto Gómez Bolaños “Chespirito” creó para la vecindad de “El Chavo del Ocho” es apenas una pequeña ventana hacia la verdadera esencia del hombre que le dio vida. La realidad de Ramón Antonio Esteban Gómez de Valdés y Castillo —su nombre de pila completo— fue infinitamente más compleja, fascinante y, en muchos sentidos, contradictoria a la de su alter ego televisivo. Detrás de ese rostro curtido que en la pantalla era constantemente objeto de burlas, comparándolo con un “chimpancé” o un “espantapájaros”, existía un talento forjado en la época de oro del cine mexicano, un seductor empedernido que vivió intensos romances, y un miembro fundamental de una de las dinastías artísticas más importantes, hilarantes y respetadas de la historia cultural de México: la familia Valdés.
Nacido en la Ciudad de México el 12 de septiembre de 1923, Ramón fue uno de los múltiples hijos del matrimonio conformado por Rafael Gómez Valdés Angelini, un agente de aduanas, y Guadalupe Castillo, una abnegada ama de casa de ascendencia italoamericana. La numerosa familia, buscando mejores oportunidades, migró hacia la ciudad fronteriza de Ciudad Juárez, en el estado de Chihuahua, cuando Ramón tenía apenas dos años de edad. Fue en ese entorno norteño, crisol de culturas y epicentro de nuevas tendencias como el movimiento “Pachuco”, donde los hermanos Valdés comenzaron a absorber las influencias que más tarde plasmarían en los escenarios y en la gran pantalla. En el hogar de los Valdés, todos los hijos tenían un apodo cariñoso; a
Ramón le correspondía “El Moncho”, un sobrenombre que lo acompañaría en la intimidad hasta el último de sus días.
Para comprender la magnitud del talento de Ramón Valdés, es imprescindible echar un vistazo a su linaje. No surgió de la nada ni fue un actor improvisado descubierto por casualidad en los foros de Televisa. Ramón pertenecía a una realeza de la comedia. Su hermano mayor, Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés, mejor conocido como el legendario “Tin Tan”, fue una de las máximas figuras de la Época de Oro del cine mexicano. Tin Tan no solo era un actor y cantante excepcional que popularizó la figura del pachuco, sino que también prestó su voz a clásicos inmortales del doblaje latinoamericano para Walt Disney, como el gato Thomas O’Malley en “Los Aristogatos” y el oso Baloo en “El Libro de la Selva”. Germán era famoso por su estilo de vida extravagante, su fama de mujeriego y su irresistible encanto, atributos que lo llevaron a filmar decenas de películas, en muchas de las cuales robaba besos improvisados a sus coprotagonistas, con la notable excepción de la primera actriz Silvia Pinal, quien, según relata la historia del cine, fue de las pocas que se resistió a sus constantes invitaciones.
La dinastía no terminaba ahí. Otro de sus hermanos era Manuel “El Loco” Valdés, nacido en 1931, un comediante de una excentricidad brillante y adelantada a su tiempo. “El Loco” forjó su propia leyenda en la televisión mexicana, conocido por sus muecas, sus cejas en constante movimiento y un sentido del humor que rozaba el surrealismo. Su apodo, paradójicamente, no provenía de su estilo de comedia, sino de sus tácticas de conquista: se cuenta que fingía episodios de demencia frente a las mujeres para invitarlas a salir y, si la situación se complicaba, argumentaba haber olvidado lo que había dicho. La vida amorosa de “El Loco” fue tan pública como su comedia, destacando su tórrido y sonado romance en 1973 con la estrella Verónica Castro, de cuya unión nacería el famoso cantante Cristian Castro. A la lista de hermanos talentosos se sumaba también Antonio, cariñosamente apodado “El Ratón” Valdés, completando un cuarteto de ases que dominó el entretenimiento en México durante décadas.
Dentro de esta familia de titanes, Ramón Valdés trazó su propio camino. Su debut cinematográfico oficial se produjo en 1949 en la película “Calabacitas tiernas”, una obra maestra de la comedia protagonizada por su hermano Tin Tan. Durante las décadas de 1940 y 1950, Ramón se convirtió en un actor de reparto indispensable en la cinematografía nacional. Llegó a participar en más de 50 películas, no solo compartiendo créditos con su hermano mayor, sino actuando codo a codo con leyendas absolutas como el ídolo del pueblo Pedro Infante y el inmortal Mario Moreno “Cantinflas”. Aunque sus papeles solían ser secundarios, su presencia en pantalla siempre aportaba una naturalidad y una frescura que no pasaban desapercibidas para los directores de la época.
Pero lo que verdaderamente nutrió la autenticidad actoral de Ramón no fueron las luces de los estudios de filmación, sino la crudeza de la vida real. A diferencia de muchos actores que crecen en una burbuja de privilegios, Ramón conoció el valor del trabajo duro desde muy joven. La ironía de su carrera es verdaderamente poética: el hombre que se haría mundialmente famoso por interpretar a un personaje que huía despavorido ante la mera mención de la palabra “trabajo”, fue en la vida real un hombre profundamente chambeador. Antes y durante sus inicios en la actuación, Ramón se ganó la vida realizando una multitud de oficios humildes y extenuantes. Fue embolador de zapatos (limpiabotas), vendedor de churros en las calles, mensajero y comerciante. Cuando finalmente tuvo que interpretar a “Don Ramón”, no tuvo que realizar una profunda investigación de método para entender la idiosincrasia del trabajador informal latinoamericano; él había vivido esa realidad. Llevaba en sus manos y en sus recuerdos las texturas de la calle, el argot popular y la dignidad del hombre común que lucha diariamente por llevar el pan a su mesa.
El punto de inflexión definitivo en la historia de la televisión hispana se produjo en 1968, cuando el destino cruzó los caminos de Ramón Valdés y un brillante y prolífico guionista llamado Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito”. Bolaños reconoció inmediatamente en Ramón una joya de la comedia natural. Lo integró a sus primeros proyectos como “Los supergenios de la mesa cuadrada” y más tarde en “El Chapulín Colorado”, donde Valdés inmortalizaría a villanos torpes y carismáticos como “El Tripaseca”, “El Peterete” y “Super Sam”.
Sin embargo, el fenómeno planetario se desataría con “El Chavo del Ocho”. En esta serie, Bolaños no le pidió a Ramón que actuara; le pidió que simplemente fuera él mismo. La simbiosis entre el actor y el personaje fue tan perfecta y absoluta que, de todo el elenco de la legendaria vecindad, Ramón Valdés era el único que no necesitaba pasar por el departamento de vestuario para transformarse. Tal como llegaba de su casa, vestido con sus propios pantalones vaqueros deslavados, una camiseta simple y su icónico gorro celeste, así mismo entraba al set de grabación y comenzaba a rodar.
La genialidad de Valdés no se limitaba a la memorización de los libretos de Chespirito. Su capacidad de improvisación era legendaria. Muchas de las frases que hoy forman parte del léxico popular en docenas de países no estaban escritas en ningún papel; nacieron del ingenio espontáneo de Ramón en medio de la grabación. Frases inmortales como “¡No te doy otra nomás porque…”, “¿Qué pasó, qué pasó, vamos ay?”, “Con permisito dijo Monchito, y se fue a tomar un cafecito”, y las recurrentes y vacilantes menciones a la “sinceridad”, fueron invenciones puras de un actor que sentía la comedia correr por sus venas.
En el set, a pesar del éxito abrumador que los rodeaba, Ramón conservó una personalidad que muchos describían como la de un ermitaño amable. Tenía un carácter fuerte y no se dejaba amedrentar por nadie, pero al mismo tiempo era profundamente respetuoso y cálido con sus compañeros, el equipo técnico y, sobre todo, con el público. Evitaba las grandes fiestas del mundo del espectáculo, las alfombras rojas y los eventos sociales llenos de hipocresía. Prefería la tranquilidad de su entorno personal.
Uno de los aspectos más fascinantes y menos conocidos de su vida privada es el rotundo contraste entre el rechazo romántico que sufría en la ficción (siendo el amor no correspondido de la Bruja del 71 y el blanco del asco de Doña Florinda) y su tremendo éxito con las mujeres en el mundo real. En la serie, Quico y los demás niños solían llamarlo “chimpancé reumático” o “lombriz de aguapuerca”, pero fuera de las cámaras, Ramón Valdés era un galán consumado. Poseía un atractivo magnético basado en su seguridad, su sentido del humor agudo, su caballerosidad y su mirada penetrante. Como él mismo confesó en alguna ocasión, después de su adicción al cigarrillo, su mayor debilidad eran las mujeres. Este atractivo irresistible lo llevó al altar en tres ocasiones distintas, siendo una de sus esposas más conocidas la hermosa cantante Araceli Julián. Fruto de su intensa vida romántica, Ramón procreó una numerosa familia, estimándose que llegó a tener alrededor de diez hijos, dejando un legado genético tan vasto como su legado artístico.
La estatura de Ramón Valdés dentro de la industria televisiva mexicana era tal, que gozaba de privilegios que parecían imposibles para cualquier otro mortal. El magnate Emilio “El Tigre” Azcárraga Milmo, dueño absoluto y figura temida de la cadena Televisa, había emitido una directriz estricta e innegociable: estaba terminantemente prohibido fumar dentro de las instalaciones y foros de la televisora. La pena por desobedecer esta regla era el despido inmediato, sin importar el rango del infractor. Esta regla de oro se aplicaba a todos, directores, productores y grandes estrellas… a todos, excepto a Ramón Valdés. El nivel de admiración, amistad y respeto que el poderoso empresario sentía por el comediante era de tal magnitud, que Ramón era el único ser humano autorizado a pasearse por los pasillos y sets de Televisa con un cigarrillo encendido en la mano.
Trágicamente, este privilegio condescendiente estaba íntimamente ligado a la sombra que terminaría por apagar su vida. Ramón padecía de una adicción severa e incontrolable al tabaco. Fumaba incesantemente, escena tras escena, descanso tras descanso. Esta dependencia le cobró una factura implacable a principios de la década de 1980, cuando fue diagnosticado con un devastador cáncer de estómago.
La recta final de su vida profesional estuvo marcada por la fractura de la familia televisiva que había ayudado a construir. En 1979, para sorpresa y desolación de millones de fanáticos en todo el mundo, Ramón Valdés presentó su renuncia irrevocable a “El Chavo del Ocho” y al resto de los programas de Chespirito. Los motivos detrás de esta dolorosa decisión no tenían nada que ver con exigencias salariales ni conflictos directos con Roberto Gómez Bolaños. La verdadera razón radicaba en los nuevos manejos internos de la producción y, de manera muy específica, en el creciente e intolerable control que Florinda Meza (pareja sentimental de Chespirito) comenzó a ejercer sobre la dirección y el elenco. Ramón, un hombre de principios, carácter fuerte y acostumbrado a un ambiente de camaradería, no estaba dispuesto a recibir órdenes en un tono autoritario por parte de quien consideraba una compañera de actuación más.
Esta lucha de egos y poder no solo le costó el puesto a Don Ramón; también fue el detonante de la salida de Carlos Villagrán, el popular “Quico”. Demostrando una lealtad inquebrantable hacia su amigo, Valdés decidió apoyar a Villagrán en sus nuevos proyectos independientes. En 1982, ambos viajaron a Venezuela para protagonizar los programas “Federico” y años más tarde en México “Ah qué Kiko”. Sin embargo, la magia química que se había gestado en la vecindad bajo la pluma de Chespirito era irrepetible, y estos proyectos no alcanzaron el éxito masivo y arrollador que esperaban. El público, al igual que los productores, sufría de un fenómeno de encasillamiento: les resultaba virtualmente imposible ver a Ramón Valdés interpretando a otro personaje que no fuera el gruñón pero tierno Don Ramón. La sombra de la vecindad era demasiado alargada.
A pesar de que el cáncer mermaba su cuerpo a un ritmo acelerado, el espíritu de Ramón se negaba a rendirse. Conducido por una necesidad imperiosa de sentir el afecto de su público y, sobre todo, de los niños que lo idolatraban, continuó trabajando de manera incansable. Organizó giras por toda Latinoamérica con su propio circo, subiendo a los escenarios para arrancar sonrisas mientras libraba una batalla mortal en su interior. Su última gira internacional se llevó a cabo en la república del Perú en el año 1987. En aquel país, donde gozaba de un estatus casi mítico, aprovechó para grabar un recordado comercial de televisión para una marca local de turrones (San José).
Compañeros de la época relatan que durante ese viaje, su deterioro físico era evidente y desgarrador. María Antonieta de las Nieves, la icónica “Chilindrina” y quien en la ficción era su adorada y traviesa hija, confesó años más tarde que tuvo la oportunidad de coincidir con él en Lima durante esa gira. Al verlo, jamás pasó por su mente que la muerte estuviera acechándolo tan de cerca, engañada quizás por la eterna sonrisa que el actor mantenía frente a sus seres queridos.