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El ASQUEROSO Secreto que el Marido de Elsa Aguirre le Hizo en su Propia Casa

10 años haciéndole creer al país entero que sabía amar y ser amada,  mientras por dentro nunca había vivido nada parecido fuera del set. Tres adoradores reales se le acercaron en esos años. Pedro Infante quiso besarla a la fuerza dentro de un camerino y se llevó una bofetada en la cara. Jorge Negrete intentó educarla con libros que él mismo le elegía hasta que ella escapó harta a los 5 meses.

Y un tercer hombre, su gran amor verdadero, Ignacio López Tarso, le hacía latir el pecho cada vez que entraba al set. Pero ese amor no podía ser por razones que ella tampoco terminaba de entender. Pero ninguno de esos tres hombres iba a ser quien la marcara. El hombre que iba a marcarla todavía no había aparecido y cuando apareciera la iba a destruir desde el primer mes de casados.

37 películas filmadas antes de cumplir 29 años. La portada de cinema reporter más veces que ninguna otra actriz mexicana de su generación. Y por dentro, una mujer que nunca había sentido el peso real de la mano de un hombre sobre la mejilla, ni el sabor de un beso que no fuera  escrito por alguien más. Por lo tanto, cuando un hombre real apareció en su vida y le dijo, “En serio te quiero.

” Elsa no supo si era amor o era una trampa. Y para cuando lo entendió, ya estaba dentro de la casa equivocada. con el anillo equivocado en el dedo, esperando un hijo del hombre equivocado. Ese hombre se llamaba Armando Rodríguez Morado. Pero antes de meterte en esa casa, hay algo que tienes que saber, porque la primera vez que Elsa vio a Armando, ese hombre no le pareció peligroso.

Le pareció el galán más correcto que había visto en años. Y esa fue su primera equivocación. Era el verano de 1958. Elsa tenía 27 años recién cumplidos y acababa de tomar la decisión más rara de su carrera. retirarse del cine. Junto a su hermana, Alma Rosa, había convocado a la prensa mexicana en una conferencia improvisada frente a una mesa de manteles blancos y café aguado.

Las dos hermanas dijeron una sola frase que los periódicos repitieron durante semanas. Queremos ser unas muchachas como todas las muchachas. Nadie entendía.  Las dos divas más hermosas de la nueva generación del cine de oro. en pleno éxito se bajaban del tren del estrellato sin dar mayor explicación.

Algunos dijeron que era cansancio, otros que era un enojo con los productores. Pero la verdad que Elsa no contaría hasta 60 años después en una entrevista grabada en Cuernavaca es que las dos hermanas habían tenido una conversación que duró toda la noche y habían descubierto algo que les daba miedo.

Llevaban toda su vida adulta actuando emociones que jamás habían sentido y no sabían quiénes eran fuera de cámara. Elsa quería un esposo, un hombre que la quisiera por dentro y no por la portada, un hijo, una casa con cortinas que ella misma eligiera, una vida que pudiera tocar con las manos. Por lo tanto, cuando Armando Rodríguez Morado entró a su vida unos meses después, Elsa lo recibió como quien recibe la respuesta a una oración.

lo conoció, según ella misma contó, en una entrevista de 1997 en una reunión social de gente decente en una casa de familia, un té de la tarde organizado por una amiga común. Armando era unos años mayor que ella. Iba bien vestido, callado, con las manos finas de un hombre que no había trabajado nunca con ellas.

Le besó la mano cuando se la presentaron. le pidió permiso para llamarla por teléfono al día siguiente  y eso para una mujer que había pasado 15 años escapando de las manos de productores borrachos que le buscaban el cuello en las cenas, de directores casados que aprovechaban una toma para tocarle la cintura, de fotógrafos que le pedían que se acomodara la blusa hasta que se le viera el escote.

Fue como respirar después  de 15 años bajo el agua. Armando, según le dijo a ella esa primera noche, era empresario. Importaba productos del extranjero, tenía buena posición económica, vivía solo. Le habló de  su madre, del trabajo que llevaba años intentando consolidar, de las ganas que tenía de formar una familia.

Le habló del campo y de los caballos,  del silencio del norte, de la nostalgia que tenía por su chihuahua, igual que ella. Elsa lo escuchó toda la noche sin decir casi nada. Cuando él la  dejó en la puerta de su casa, no intentó besarla. Apenas le tomó la mano y le dijo que esperaba volver a verla pronto. Esa noche Elsa entró a su recámara,  se quitó los aretes frente al espejo y se sonrió a sí misma por primera vez en años.

Pensó que finalmente había aparecido. Pensó que finalmente le había tocado a ella. Pero lo que Elsa no sabía esa  noche es que cada palabra que Armando había dicho durante la cena era mentira y la única en su entorno que iba a darse cuenta del engaño iba a ser  ella misma. Demasiado tarde se casaron 6 meses después.

La ceremonia fue pequeña, casi  clandestina, en una iglesia de la colonia Roma sin invitar a la prensa, solo familia cercana. Elsa llevaba un vestido blanco que ella misma había elegido en una tienda del centro sin estilistas ni asesores. Armando llevaba un traje gris oscuro. Cuando el sacerdote les preguntó si se aceptaban mutuamente, ella dijo sí con los ojos llenos de lágrimas.

Pensaba que estaba empezando su vida real. Las primeras semanas, según ella misma describiría décadas más tarde, fueron de un cariño raro. Armando era atento durante el día y silencioso durante la noche. Comía poco y hablaba menos. A veces se quedaba mirando la pared durante horas. Cuando ella le preguntaba qué pensaba, él contestaba con una sonrisa torcida y le decía cosas tuyas, “Mi vida.

” Lo primero que la asustó fue una madrugada del segundo mes de casados. Elsa se despertó porque oyó la puerta de la casa. Eran las 4:10 de la mañana. Armando entraba con los zapatos en la mano, despeinado, oliendo a aguardiente. Ella le preguntó dónde había estado. Él la miró un instante con los ojos brillantes y le contestó que había salido a comprar cigarros.

A las 4 de la mañana, sin cigarros en la mano, Elsa no preguntó más, se volvió a meter en la cama sin dormir, sintiendo como él respiraba al otro lado del colchón. Esa fue la primera vez, pero pronto se repitió. una vez por semana, después dos y antes de cumplir tres meses de casados, casi todas las noches.

Y en este punto del matrimonio,  según los datos que después aparecerían en el expediente judicial, Elsa llevaba apenas 8 semanas de casada. 8 semanas. Y ya tenía moretones en los brazos que se cubría con manga larga, aunque hiciera calor. Armando salía de la casa a las 3, a las 4, a las 5 de la mañana.

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