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El pacto secreto de la partera: el intercambio prohibido que cambió el destino de dos familias bajo el sol de Sevilla

El pacto secreto de la partera: el intercambio prohibido que cambió el destino de dos familias bajo el sol de Sevilla

Parte 1

En Sevilla hay secretos que no se guardan en cajas fuertes, sino detrás de persianas bajadas, entre macetas de geranios y en conversaciones interrumpidas cuando entra alguien al patio. Secretos que sobreviven al calor de agosto, a las ferias, a las bodas, a las comuniones, a los entierros y hasta a las vecinas que lo oyen todo aunque tengan la televisión puesta a todo volumen.

El secreto de Remedios Lora llevaba veintiocho años escondido en una lata de membrillo, dentro de un armario que olía a lavanda, alcanfor y culpa vieja.

Remedios había sido partera durante media vida. No una partera de esas de película, con bata blanca impecable y mirada de anuncio de clínica privada, sino una mujer de manos firmes, moño apretado y carácter de “aquí se hace lo que yo diga porque como discutamos nos dan las uvas”. Había traído al mundo a media Sevilla. O eso decía ella, exagerando solo un poquito, como hace todo el mundo cuando cuenta su vida después del segundo café.

Vivía en una casa baja del barrio de San Bernardo, con un patio interior donde el sol caía como si Dios se hubiera dejado encendido un brasero. Allí, cada mañana, Remedios regaba sus plantas, reñía con una paloma que tenía complejo de propietaria y discutía con su vecina Puri por asuntos de vital importancia, como si la ropa tendida goteaba demasiado o si el hijo de la panadera se había echado una novia “con mucha pestaña postiza y poco fundamento”.

Aquel martes de mayo, sin embargo, Remedios no regó los geranios. Se quedó sentada frente al armario, mirando la lata de membrillo como quien mira una bomba.

—Remedios, ¿estás mala? —gritó Puri desde el patio de al lado.

—Mala no. Estoy pensando.

—Uy, pues eso a ciertas edades es peligrosísimo.

—Puri, cállate un rato, hija.

—¿Un rato cuánto es? Porque tengo que organizarme.

Remedios no contestó. Metió la mano en el armario, apartó una caja de botones, dos pañuelos bordados y una estampita de la Virgen de los Reyes, y sacó la lata. Tenía las manos más temblorosas de lo que le gustaba reconocer.

Dentro había un sobre amarillento, sellado con una cera que ya no sellaba nada, una pulsera de recién nacido con unas letras medio borradas y una fotografía antigua tomada en un patio de una casa noble, con arcos blancos, suelo de mármol y una joven vestida de lino color marfil mirando al suelo como si acabara de perder algo.

Remedios cerró los ojos.

—Hoy —murmuró—. Hoy se acaba esto.

Al otro lado de Sevilla, en una casa enorme del barrio de Santa Cruz, Alejandro de Villalba desayunaba como desayunan los hombres que han nacido con apellido compuesto: sin prisa, con zumo natural, pan de masa madre y cara de que el mundo le debe puntualidad. Tenía veintiocho años, un traje azul marino hecho a medida y un reloj que costaba más que el coche de Puri, aunque Puri habría dicho que tampoco era difícil, porque su coche arrancaba con fe y se paraba por principios.

Alejandro era el heredero de una familia dedicada a bodegas, aceite, hoteles boutique y otras cosas que sonaban a riqueza antigua. Desde pequeño le habían enseñado a saludar, a sonreír sin enseñar demasiado los dientes y a decir “nosotros valoramos mucho la tradición” en entrevistas donde no sabía qué hacer con las manos.

Aquella mañana, su madre, doña Amalia de Villalba, entró en el comedor con la misma elegancia con la que otras personas entran en una iglesia. Llevaba un vestido claro, el pelo recogido y esa expresión de mujer que ha aprendido a no despeinarse ni siquiera cuando la vida le da un guantazo.

—Alejandro, esta tarde viene el notario.

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