Posted in

Anciano de 80 años Cantó para su esposa fallecida y su hijo INGRATO lo vio en televisión….

 

Bienvenidos una vez más a Voces del alma MX, el escenario donde las historias más humanas se convierten en canciones. Esta noche conoceremos a un hombre de 80 años que llegó a este escenario con una canción que guardó en silencio  durante toda su vida. Dicen que algunas promesas llegan demasiado tarde y esta noche quizá escucharemos una de las más dolorosas.

Me llamo Ernesto Ramírez, tengo 80 años. Vengo de un pueblito pequeño en Jalisco. Mi esposa Rosalía fue mi compañera durante más de 50 años. Tuvimos un hijo, pero cuando cumplió 18 se fue y nunca más volvió a llamar. Ella siempre me pedía que le cantara, pero yo nunca tuve valor para hacerlo. Por eso vine esta noche, porque siento que todavía le debo una canción.

 [aplausos] Muchas gracias. Muchas gracias. Don Ernesto, eh es una inmensa alegría recibirlo hoy aquí. Estoy seguro de que muchísimas personas en casa eh van a sentirse profundamente tocadas con usted. Don Ernesto, después de tantos años, ¿qué era lo que más amaba de Rosalía? Su forma de cuidarme. Aunque no tuviéramos nada, ella siempre hacía que la casa se sintiera llena.

Creo que por fin estaría feliz de escucharme cantar. Don Ernesto, usted es un ejemplo para muchísimas personas  porque incluso con el corazón roto todavía tuvo valor para cantar. Don Ernesto, usted es un gran hombre y le digo algo de corazón, lo admiro profundamente. Gracias de verdad por darme esta oportunidad.

 Esta  noche me tiemblan las manos.  Como aquella vez frente al altar tú mirabas mis ojos callados  y yo nunca me atreví a cantar. La casita  café viejo y a las flores que ponías tú. Yo llegaba cansado del campo  y tú sonías con luz.  Tantas noches pediste despacio.

  Cántame aunque sea una canción.  Pero yo me escondí en [canto] el miedo y en mi tonta vergüenza de  hombre. Nuestro hijo se fue una mañana porque odiaba la vida rural. Nunca  más escribió ni una carta y aprendimos solitos esperar.  Y tú  con tu cuerpo cansado en la cama, todavía tomabas mi mano.

Anciano de 80 años Cantó para su esposa fallecida y su hijo INGRATO lo vio  en televisión.... - YouTube

[canto] Por fin te canté, aunque ya no pudieras oírme.  Aunque el viento se llevara tu nombre, aunque  Dios te escondiera de mí. Por fin te canté  50 años. Llegué demasiado tarde  y ahora abrazo el silencio [canto] enorme donde antes dormías aquí. [canto] Yo peinaba tu pelo en silencio mientras  ibas dejando de [canto] hablar.

Y tus ojos tan llenos  de vida poco a poco dejaron de mirar. [canto] Esa noche apretaste mi mano tan poquito que tas  no fue. Y dijiste mirando muy lejos.  Quería escucharte una vez.  [ovación] Muchas gracias. Muchas gracias. Pero lo que millones de personas no sabían era todo lo que existía detrás de aquella canción.

Porque la historia de Ernesto Ramírez no comenzó en un programa de televisión. Comenzó décadas atrás en una pequeña comunidad rural en el interior de Jalisco, México, donde un joven campesino se enamoró de una muchacha llamada Rosalía. No tenían dinero, no tenían lujos, pero tenían algo que hoy parece cada vez más raro, un amor sincero.

 Ernesto pasó toda su vida trabajando en el campo. Sus manos se endurecieron desde joven, pero nunca dejó que faltara comida dentro de casa. Rosalía siempre decía que él tenía el corazón más noble que había conocido y quizá por eso ella nunca se cansó de pedirle lo mismo, que le cantara aunque fuera una canción. Pero Ernesto jamás tuvo valor. Le daba vergüenza.

 Prometía que algún día lo haría. Ese algún día demoró tanto que la vida terminó llegando primero. Hace apenas un año, Rosalía partió a los 74 años después de luchar contra una bronquitis pulmonar crónica que fue apagando lentamente su cuerpo. Y lo más doloroso es que ella no partió con rabia. Partió esperando, esperando ver a su hijo una última vez.

un hijo que se fue alejando de sus padres por vergüenza de la pobreza en la que había crecido, que robó las últimas economías de sus padres a los 18 años y desapareció sin despedirse y que nunca respondió las llamadas desesperadas de Ernesto mientras Rosalía se apagaba. Después de enterrarla, algo dentro de Ernesto también terminó rompiéndose.

 La casa quedó en silencio. La silla de Rosalía seguía vacía. Sus flores comenzaron a secarse y por primera vez en décadas Ernesto dejó de entrar cantando a casa después del trabajo. Si esta historia ya está tocando algo dentro de ti, quédate con nosotros. Suscríbete al canal para que relatos como el de don Ernesto lleguen a quienes más los necesitan.

Antes de que la enfermedad llegara a sus vidas, Rosalía Ramírez era de esas mujeres capaces de llenar una casa entera solamente con su presencia. Tenía una manera especial de caminar por la cocina mientras tarareaba canciones antiguas casi en voz baja. Siempre llevaba un pequeño delantal floreado que ella misma había cocido.

 Y cada mañana abría las ventanas, aunque hiciera frío porque decía que las casas tristes necesitaban dejar entrar la luz. Le gustaban las flores amarillas. Por eso, incluso cuando el dinero apenas alcanzaba, siempre encontraba la manera de mantener alguna maceta viva en la entrada de la casa. Ernesto solía observarla en silencio mientras ella acomodaba las plantas o preparaba café en aquella vieja cafetera de aluminio que ya no cerraba bien.

 Y aunque pasaron más de 50 años juntos, él seguía mirándola como el primer día. Rosalía tenía una costumbre que jamás abandonó. Cada noche antes de dormir le pedía lo mismo, que le cantara aunque fuera un pedacito. A veces lo decía riendo, a veces abrazándolo, otras veces simplemente apoyando la cabeza sobre su hombro cansado.

Pero Ernesto siempre desviaba la conversación, le daba vergüenza. Rosalía entonces sonreía con ternura y le decía que algún día lo haría y apagaba la luz. En el pueblo todos conocían la bondad de aquella mujer. Era de las primeras en aparecer cuando alguien enfermaba o cuando una familia pasaba dificultades.

Read More