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El Océano Carmesí

Todo era rojo. Un rojo viscoso, ácido, asfixiante. El aire de Buñol aquella mañana de agosto estaba cargado de un olor penetrante a tierra húmeda y a fruto triturado, un hedor metálico que recordaba demasiado a la sangre. Pero lo que me helaba la sangre en las venas no era el escenario dantesco de veinte mil personas aplastándose en las estrechas calles, bañadas en pulpa de tomate. Era el silencio atronador que estalló en mi cabeza en el preciso instante en que el objeto abandonó mi mano derecha.

—¡Tíralo, Valeria! ¡Siente la adrenalina! —había gritado mi jefe, don Mateo de la Garza, apenas unos segundos antes, alzando la voz por encima del estruendo ensordecedor de la muchedumbre.

Su sonrisa, habitualmente fría y calculada en los pasillos de la firma de inversiones en Madrid, parecía haberse contagiado de la locura colectiva de La Tomatina. Estábamos subidos en uno de los camiones de carga, un privilegio reservado para unos pocos. Él me había entregado el tomate. No uno cualquiera sacado de los grandes contenedores del vehículo. Lo había sacado de su propio bolsillo. Era perfecto, sorprendentemente duro, brillante, casi plástico.

—Es el primero —me había dicho, guiñándome un ojo, con una intensidad que en su momento confundí con euforia—. Lanza con fuerza.

Y lo hice. Con la fuerza de una becaria de veintidós años que llevaba diez meses durmiendo cuatro horas diarias, soportando humillaciones, sirviendo cafés y redactando informes que otros firmaban. Lancé aquel tomate como si en él fuera toda mi frustración, directo hacia el epicentro del caos, hacia el mar de brazos alzados y bocas abiertas.

Vi el tomate trazar una parábola perfecta en el aire, una mancha roja contra el cielo intensamente azul de la Comunidad Valenciana. Vi cómo caía. Vi cómo se perdía entre la masa humana, golpeando el hombro de un hombre corpulento sin camiseta, rebotando y desapareciendo instantáneamente bajo miles de pies frenéticos que saltaban y pisoteaban.

Me giré hacia Mateo, esperando ver aprobación en sus ojos, esperando compartir la catarsis.

Pero su sonrisa había desaparecido. Su rostro, salpicado por unas gotas de jugo rojo, era ahora una máscara de terror absoluto, un pánico tan visceral que me paralizó el corazón.

—¿Qué…? —susurró Mateo, sus ojos fijos en el punto exacto donde el tomate había desaparecido. Su voz, aunque baja, cortó el ruido de la multitud como un bisturí—. Valeria… ¿Qué tomate has tirado?

—El… el que usted me dio, don Mateo —tartamudeé, sintiendo un sudor frío que no tenía nada que ver con los treinta y cinco grados de temperatura—. El que sacó del bolsillo.

El silencio entre nosotros se volvió tan denso que casi se podía tocar. Mateo se agarró la cabeza con ambas manos, un gesto histriónico, casi teatral, y luego me agarró de los brazos con una fuerza brutal, clavando sus dedos en mi carne.

—¡Idiota! ¡Maldita idiota! —bramó, escupiendo las palabras—. ¡Ese no era un tomate! ¡Era un estuche de polímero! ¡Llevaba el anillo de mi abuela dentro! ¡Un diamante azul de cinco quilates! ¡Un millón y medio de euros, Valeria! ¡Un millón y medio de euros acaba de ser aplastado y tragado por ese fango!

El mundo dejó de girar. El ruido ensordecedor de La Tomatina se convirtió en un zumbido agudo en mis oídos. El color rojo que lo inundaba todo ya no era jugo de tomate; era el color de la ruina, de mi propia destrucción, de una deuda que ni en cien vidas podría pagar.

—No… no puede ser —jadeé, sintiendo que me faltaba el oxígeno. Miré hacia la calle. Cientos de miles de tomates volaban. La calle era un río de puré. Buscar un anillo ahí era como buscar una lágrima en el océano—. Usted me dijo que lo tirara… Usted me lo dio…

—¡Te di el tomate equivocado, estúpida! —gritó él, sacudiéndome—. ¡Te dije que cogieras uno de la caja y tú me arrebataste el de la mano!

Mentira. Era una mentira absoluta. Él me lo había puesto en la palma de la mano. Él había cerrado mis dedos sobre el objeto. Pero la ferocidad en sus ojos no dejaba espacio para la réplica. En ese instante, comprendí con una claridad aterradora que la verdad no importaba. No importaba en absoluto. Lo único que importaba era que Mateo de la Garza, uno de los hombres más poderosos y despiadados de Madrid, acababa de encontrar a la víctima perfecta para un sacrificio.

—Vas a bajar ahí —susurró de repente, acercando su rostro al mío, su aliento oliendo a café caro y menta, un contraste grotesco con el olor a podrido que nos rodeaba—. Vas a bajar ahora mismo y lo vas a encontrar. O te juro por lo más sagrado que pasarás el resto de tu miserable vida pudriéndote en una celda por robo continuado, fraude y destrucción de patrimonio histórico. Haré que tu familia pierda su casa. Haré que desees no haber nacido.

Me empujó hacia el borde del camión. Abajo, la bestia humana rugía, un mar de cuerpos resbaladizos y extasiados. No había escapatoria. Me obligó a saltar al infierno rojo.

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