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Dulce: Su Hija Quedó Sola Defendiendo a Su Madre Muerta… Y la AMENAZARON

Se llamaba Toby y sus amigos. Entró para sustituir a una cantante que se había ido. Así de simple. Así empiezan las leyendas por una casualidad. Y fue ahí, en ese grupo donde el tal Tobi le puso el nombre con el que tú la ibas a querer toda la vida. Dulce, quédate con la imagen de esos primeros años. Una muchacha de poco más de 20 años plantada noche tras noche en el escenario de un bar de hotel cantando para gente que cena, que platica, que casi ni la voltea a ver.

Eso es lo más duro de empezar, ¿no? El fracaso, la indiferencia. cantarle el alma a un salón lleno de gente que está pensando en otra cosa. Y dulce lo hacía todas las noches con esa voz enorme metida en un bar pequeño, esperando que algún día alguien de verdad la escuchara. Y una noche alguien la escuchó. Esa noche está cantando Gabilán o Paloma y mientras canta ve entrar por la puerta a un hombre y no es cualquier hombre, es José José, el príncipe de la canción, el del triste, el cantante más importante de México en

ese momento, el ídolo de medio continente. Dulce lo contó ella misma años después. Esa risa nerviosa de quien revive el momento exacto en que le cambió la vida. Dijo que de los nervios casi no podía cantar, que le pidió fuerzas a Dios para terminar la canción, porque ahí estaba el príncipe sentado entre el público escuchándola a ella, a ella.

desconocida del norte que cantaba en un bar. Cuando terminó el show, José José se levantó y en lugar de irse caminó hacia su camerino. Tocó, entró y le hizo una sola pregunta. Le preguntó si tenía disquera. Dulce que no tenía absolutamente nada, le dijo la verdad. no tenía nada. Y entonces José José dijo una frase que sonaba demasiado bonita para ser cierta.

Le dijo que él le iba a conseguir una audición para que grabara un disco. Ponte en su lugar un segundo. Tú tienes veintitantos años. Cantas en un bar para gente que ni te oye y el artista más grande del país te promete abrirte la puerta del cielo. Le creerías, Dulce no le creyó. pensó que en cuanto él cruzara esa puerta se iba a olvidar de ella para siempre, que era una de esas promesas bonitas que se hacen de buena gana y nunca se cumplen.

Pasaron dos semanas y un día sonó el teléfono. Era él. había cumplido. Le consiguió la audición en la disquera en Poligram. Y no solo eso, la acompañó. Llegó con sus lentes oscuros, tomó una guitarra y la presentó él mismo en persona. En la disquera la aceptaron, pero querían cambiarle el nombre artístico, ponerle algo que a ellos les parecía más comercial.

José José se opuso, defendió su nombre, eligió las canciones de su primer disco una por una y hasta pagó de su propio bolsillo a los músicos que la acompañaron en esa grabación. Lo hizo sin pedir nada a cambio y Dulce durante el resto de su vida, repitió una frase sobre él que conviene que retengas. dijo que era algo que nunca iba a tener la manera de pagarle.

Recuerda esa deuda. Recuerda a José José. Vas a volver a oír su nombre al final de esta historia y cuando lo oigas te va a doler de otra manera. Pero hay un detalle de aquella noche que Dulce no supo durante 40 años. 40. Ella siempre creyó que José José había llegado a ese bar pura casualidad, que el destino, la suerte, Dios, lo que tú quieras, lo había sentado esa noche entre el público.

Y no fue casualidad. Cuatro décadas después, en una plática con Anel Noreña, la exesposa de José José Dulce se enteró de la verdad. Hubo una mano detrás de todo y esa mano era la de un hombre que la amaba en silencio. Se llamaba Gonzalo Vega, un actor querido de esos de toda la vida, de los que veías en el cine y en la televisión.

En aquellos años era la pareja de Dulce y según ella misma lo dijo, el gran amor de su vida. Gonzalo era amigo de José José y Gonzalo creyó en el talento de esa muchacha del norte antes que nadie. Creyó tanto que fue a buscar a su amigo el príncipe y le pidió un favor. Le pidió que fuera a escucharla cantar al bar del hotel, que le diera una oportunidad.

Anel lo contó con todas sus letras muchos años después frente a la propia dulce que escuchaba incrédula. Fue el amor de Gonzalo por dulce lo que movió todo. Se quisieron muchísimo esos dos. Quiero que te quedes con esa imagen. Un hombre que ama a una mujer, tanto que mueve cielo y tierra en silencio para que el mundo escuche su voz, sin pedir nada a cambio, sin que ella siquiera se entere hasta 40 años después.

Quédate con esa imagen del amor verdadero del que da sin cobrar, porque al final de esta historia vas a ver exactamente lo contrario. Vas a ver gente que se acercó a Dulce, no para que el mundo la escuchara, sino para llevarse un pedazo de lo que ella construyó. Y Gonzalo, para cuando Dulce murió, ya no estaba en este mundo para protegerla.

Ella tuvo que enfrentar el final sin el hombre que la había amado de verdad. Con ese empujón, la carrera de dulce despegó como un cohete. En 1978 viajó a España al festival de Mallorca con una canción de Armando Manzanero que se llamaba Señor Amor y arrasó. Se llevó el premio a la mejor canción, el premio a la mejor intérprete y hasta el premio a la cantante más fotogénica del festival.

Con esa misma canción ganó después en el festival Yamaha en Tokio, al otro lado del mundo. Una muchacha de matamoros plantada en escenarios de Europa y de Japón ganándoles a todos. ¿Te imaginas el orgullo de su madre, la misma a la que le había suplicado de rodillas? Y eso fue apenas el principio. Detente un segundo en esa imagen porque parece de películ.

Una muchacha que pocos años antes le rogaba a su mamá que la dejara cantar en una casa de la frontera parada ahora en un escenario de España, en una isla del Mediterráneo, frente a un jurado europeo que no la conocía de nada. Imagínatela esa noche, el vestido, las luces, el idioma que no era el de su tierra, pero la música que sí.

y esa voz suya enorme llenando un teatro al otro lado del océano. Cuando dijeron su nombre como ganadora, no estaban premiando solo una canción, estaban premiando todas esas noches de bar en Monterrey, cantándole a gente que ni la volteaba a ver. Todo ese camino de golpe valía la pena. Y aquí va un detalle que dice mucho de la mujer que era.

Esa canción con la que conquistó Europa, Señor Amor, la había escrito Armando Manzanero, uno de los compositores más grandes que ha dado este continente. O sea, que desde muy joven Dulce ya cantaba con la mejor materia prima y la honraba. Porque una cosa es tener una buena canción. Y otra muy distinta es tener la voz para hacerle justicia.

Dulce tenía las dos cosas. Por eso, cuando volvió a México con esos premios bajo el brazo, ya no era una promesa, ya era una realidad, una voz que el país entero estaba a punto de adoptar como propia. Vinieron los discos uno tras otro. Vinieron los éxitos que tú te sabes de memoria. Tu muñeca. Heridas, lobo. Déjame volver contigo. Amor en silencio.

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