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Doma Al Caballo Salvaje Y TE Daré un Hijo – Dijo La Mujer Apache, Burlándose del Vaquero /Western

[música] Todo comenzó cierto día cuando un vaquero entró sobre su caballo por el portal de un poblado bastante alejado ubicado en un lugar llamado El Cañón del Espíritu. Aquel lugar estaba habitado principalmente por nativos americanos. El tipo se llamaba Efraín. Su estampa era muy sencilla. Su sombrero estaba gastado por el sol del desierto y sus manos llevaban las cicatrices de los lazos y las alambradas.

No usaba espuelas de plata, ni presumía un revólver reluciente en la cintura. Su trasegar no tenía prisa ni altivez. parecían dar su propia paciencia, una paciencia extraña de esas que se aprenden con los años. En el corral principal de la comunidad, el suelo temblaba. Ahí adentro estaba sentencia, un semental negro, enorme, con los ojos inyectados en sangre y el lomo marcado por los látigos de hombres que habían intentado romperlo a la fuerza.

Que te matara era prácticamente seguro. De ahí su nombre. La pregunta era si realmente hubiera alguien tan tonto o tan ignorante como para intentar montarlo todavía. Ese animal ya tenía historia. Por eso los hombres del caserío pensaban que Nara quería permanecer sola y solo se divertía viendo a los hombres recibir una paliza directo en su orgullo de machos antes de ir a visitar a San Pedro.

El caballo resoplaba, pateaba los maderos y mordía el aire. Para el pueblo, ese caballo era un monstruo. Pero Efraín lo miraba con ojos diferentes. El vaquero detuvo su marcha, bajó del caballo con movimientos lentos y se apoyó en la cerca de madera. Ajustó su sombrero y se quedó mirando al semental. Se escucharon algunas risas lejanas.

No habían miedo en sus ojos, solo una paciencia tan antigua como las mismísimas montañas que lo rodeaban. Pero Efraín no era el único que vigilaba el corral. Desde la sombra de la enramada, una figura dio un paso al frente. Era Nara, la hija del líder de la comunidad. Nara común. Tenía la espalda recta, la mirada afilada como la punta de una flecha y el orgullo de quien ha aprendido a defenderse sola en tierra de hombres rudos.

Estaba cansada de los forasteros arrogantes que venían a su cañón prometiéndole milagros solo para ganarse una reputación o para mirarla a ella como si ella fuera un trofeo de casa. Nara caminó hacia Efraín, se detuvo a menos de un metro de él, se cruzó de brazos y lo miró de arriba abajo. Otro blanco que cree que puede con lo que hombres de aquí no han podido dijo Nara con una voz fría que cortaba como el viento del norte.

Vete por donde viniste, vaquero. Ese animal ya mató a dos. No necesitamos que dejes tus huesos en nuestro polvo. Efraín ni siquiera se alteró. No la miró con arrogancia ni intentó defender su nombre, solo giró la cabeza despacio, sostuvo la mirada de fuego de aquella mujer un momento y volvió a mirar al semental.

Ese silencio enfureció a Nara. Su orgullo se sintió insultado por la calma de aquel hombre. Ella quería asustarlo, quería ver el miedo en su rostro y obligarlo a subir a su montura para que se fuera para siempre. Así que, levantando la voz para que los hombres de la tribu que estaban cerca la escucharan, lanzó su propia sentencia, una apuesta sagrada y peligrosa.

Me gusta tu caballo, parece bien alimentado y se ve muy noble. Hagamos algo, forastero. Si eres tan hombre como demuestra tu silencio, entra ahí. Si logras ponerle una soga y domar a ese semental sin romperle el espíritu, yo misma cumpliré la ley antigua de mi pueblo. Llevaré a tu hijo y te daré una familia.

Pero si fallas, te vas a pie sin un centavo en los bolsillos. Los hombres de la tribu contuvieron el aliento. Era un desafío masivo. Nara sonrió de medio lado, segura de que el vaquero daría marcha atrás ante semejante peso. Efraín guardó silencio durante 3 segundos. El caballo dio un fuerte relincho al fondo. Entonces el vaquero se desabrochó el cinturón del revólver, lo colgó con suavidad en el poste de madera, miró fijamente a Nara a los ojos y con voz profunda que no tembló ni un milímetro, respondió, “De acuerdo, trae la soga.

” La mujer hizo una señal con sus dedos. Uno de sus hombres vino rápidamente y le entregó al vaquero una soga enrollada. Efraín tomó la soga tranquilamente, miró de nuevo a Nara y se volvió a concentrar en el caballo sentencia. Todo el pueblo dio un paso al frente, esperando que el vaquero abriera la reja, hiciera girar el lazo por el aire y se lanzara al ataque contra la bestia.

Pero Efraín no se movió. Con una calma que rayaba en la insolencia, caminó hacia el poste principal, dejó la soga enrollada junto a su revólver y se cruzó de brazos. miró a Nara por última vez, luego al semental, y simplemente se sentó en el polvo dándole la espalda a los espectadores. No iba a pelear con ese caballo, iba a ganarle por cansancio psicológico.

El murmullo de decepción y sorpresa corrió entre la tribu. Nadie entendía nada. Por fin, entre la multitud que miraba con los brazos cruzados, alguien rompió el silencio y preguntó con fastidio, “¿Cuánto va a tardar esto? ¿Te vas a quedar ahí mirando? Ese Yankee está bien loco. Efraín, sin voltear la cabeza, con un gesto casi paternal y una tranquilidad que desesperaba, alzó un dedo y se escuchó con voz suave.

Sh, la señorita no dijo nada de tiempo. Esto tardará lo que tenga que tardar. Y ahí se quedó sentado inmóvil. El sol empezó a caer teniendo el cañón de sombras largas. Los hombres del pueblo se fueron marchando uno a uno, burlándose del vaquero. Pero lo que nadie notó, excepto Nara, que vigilaba desde lejos, fue que la respiración de la bestia comenzó a cambiar. El semental dejó de bufar.

Sus orejas antestensas se relajaron. Incluso ese mismo día, antes de que el vaquero se moviera un solo centímetro de su puesto, sentencia incó, cerró los ojos y se durmió en el otro extremo del corral. El monstruo había encontrado paz en el mismísimo espacio donde estaba su supuesto enemigo. La primera semana no hubo lazos, no hubo gritos ni espuelas. Sí. Una semana pasó.

La gente del cañón espíritu se reunía por las tardes esperando ver un espectáculo de sangre. Pero Efraín les dio algo que no entendían. Silencio. El vaquero entraba al corral justo cuando salía el sol. Caminaba unos pasos y se sentaba directamente en el polvo apoyando la espalda contra uno de los postes. No llevaba nada en las manos.

Sentencia lo recibía como siempre, con los ojos inyectados en fuego, las orejas aplastadas contra el cráneo y pateando la tierra con tanta fuerza que levantaban nubes de polvo que cubrían a Efraín por completo. El animal le tiraba tarascadas a solo centímetros de la cara, pero Efraín ni siquiera pestañaba. Sabía que si mostraba un gramo de miedo, el semental ganaría y si mostraba agresión, el semental lo mataría.

Desde luego, según iban pasando los días, las personas se iban aburriendo. Decían que el forastero era un payaso que solo iba sentarse a perder el tiempo. Todos se marcharon, todos, menos nada. Desde la penumbra de la vieja enramada, ella no le quitaba los ojos de encima. Su orgullo seguía intacto, pero la curiosidad empezó a ganarle espacio al desprecio.

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