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Las Grietas en la Mente de los Cejudo y la Sombra de un Tercer Implicado”

Las Grietas en la Mente de los Cejudo y la Sombra de un Tercer Implicado”

Hay ciudades que guardan sus secretos mejor que otras. La Ciudad de México, con sus 20 millones de almas apiladas en capas de concreto, smogrenatural para ocultar lo que ocurre detrás de sus puertas. La colonia Nueva Santa María en la alcaldía de Azcapotzalco es una de esas zonas de la capital donde las fachadas hablan de una vida ordenada, de esfuerzo acumulado durante décadas, de familias que construyeron su patrimonio ladrillo a ladrillo mientras el mundo exterior se desmoronaba en caos.

Las calles huelen a árbol recién podado y a tortilla de las panaderías que abren temprano. Los vecinos se conocen. Los perros ladran con rutina y no con alarma. Es el tipo de colonia donde uno podría creer equivocadamente que la violencia es algo que ocurre en otro lugar, en otro estrato, en otra película.

 La madrugada del martes 28 de abril de 2026 demostró con una brutalidad que no dejó margen para la negación que esa creencia era solo un lujo de quienes no conocían al joven que alguna vez llamó a la puerta de esa casa con una sonrisa y flores en la mano. Para entender lo que ocurrió aquella madrugada en la calle Guanábana, es necesario comenzar, no por los disparos, no por los cuerpos, no por las sirenas que llegarían horas después.

 Es necesario comenzar por un muchacho de 20 años que aprendió a mirar el mundo con un tipo de hambre que no tiene nombre en los libros de texto. Un joven que estudió en una de las universidades privadas más costosas del país y que, sin embargo, eligió construir su identidad en el rincón más oscuro que el mundo moderno le ofrecía.

 La glorificación de la muerte como estética, la violencia como lenguaje y el despojo como proyecto de vida. Emiliano Villaseñor Barrera nació en un entorno que, por definición estadística, debería haberlo alejado del crimen organizado. No provenía de los márgenes de una ciudad que expulsa a sus hijos hacia la delincuencia por pura necesidad material.

 Su familia tenía los recursos suficientes para inscribirlo en el Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México, una institución donde el costo de un semestre puede superar los 60 o 70,000 pesos, donde los estudiantes llegan en vehículos que cuestan más que el salario de 10 años de un trabajador promedio. El tecnológico de Monterrey es en el imaginario colectivo mexicano una promesa.

 El lugar donde se forjan los ingenieros, los empresarios, los administradores que moverán los hilos de la economía del país en las próximas décadas. Era por todo lo anterior el último lugar donde uno esperaría encontrar a alguien que estaba fraguando un asesinato múltiple. Pero Emiliano no quería ser ingeniero ni empresario, o quizás lo quería, pero de una manera que las instituciones educativas no enseñan y que ningún padre sueña para su hijo.

 Lo que Emiliano quería, según se infiere del rastro digital que dejó en las redes sociales y de los testimonios recogidos por los investigadores era poder, ¿no? el poder que se construye con diplomas y proyectos de largo plazo, sino el poder inmediato, visceral, el que se mide en decibelios cuando un arma dispara al aire y en la mirada de quienes te rodean cuando saben que puedes hacer daño.

 Ese poder que los narcocorridos cantan con guitarras y que el algoritmo de las plataformas digitales distribuye generosamente entre millones de jóvenes que nunca han disparado un arma, pero que ya saben cómo sostenerla para la fotografía. Los peritos y analistas que estudiaron su historial en redes sociales describen un proceso que podría calificarse de radicalización estética hacia la narcocultura.

No es un fenómeno exclusivo de México, ni siquiera del mundo hispanohablante, pero adquiere en este contexto características particulares que lo vuelven especialmente peligroso. Emiliano publicaba vídeos de sí mismo disparando armas de fuego al aire, conduciendo con evidente estado de ebriedad, rodeado de símbolos y referencias a una masculinidad que se construye sobre la amenaza constante.

Los narcocorridos que compartía no eran simplemente música, eran un catecismo, un manual de identidad que él absorbía y retransmitía como si se tratara de las credenciales que lo acreditaban ante un mundo que admiraba. Dentro del universo psicológico que los especialistas en criminalística forense han comenzado a trazar sobre su perfil, emerge una figura que reúne varios rasgos que, analizados por separado, podrían parecer relativamente comunes en jóvenes contemporáneos, pero que en combinación forman un patrón ominoso.

En primer lugar, una necesidad profunda de reconocimiento externo que no encontró satisfacción en los canales convencionales que su entorno le ofrecía, la universidad, la carrera, el título, la trayectoria profesional. Todo ese andamiaje resultaba demasiado lento, demasiado incierto, demasiado dependiente de la validación de instituciones que no le prometían la intensidad que él buscaba.

En segundo lugar, una capacidad notable para la disimulación, para presentar facetas distintas según el público. En el campus universitario era un estudiante más con mochilas y libretas y el lenguaje de quien ha crecido en entornos educativos de clase media alta. En sus redes era otra cosa, un personaje construido con la lógica del performance violento, donde cada vídeo e cada foto con un arma, cada referencia al crimen organizado era un ladrillo más en la identidad que quería proyectar.

Este desdoblamiento no es accidental inocente desde el punto de vista clínico. Los psicólogos forenses que trabajan con perfiles similares identifican en este tipo de conducta lo que se conoce como una identidad fragmentada funcional. El sujeto no experimenta una ruptura psicótica entre sus distintos roles, sino que administra conscientemente sus diferentes versiones para maximizar lo que obtiene de cada entorno.

En el tecnológico accedía a una red social de clase media alta, a relaciones que le otorgaban respetabilidad y, crucialmente acceso a hogares y familias que de otra manera le habrían sido inaccesibles. En el submundo criminal que comenzó a frecuentar encontraba la identidad de poder que ningún título universitario podría conferirle con la velocidad que él deseaba.

 Fue en ese cruce entre sus dos mundos donde conoció a Valentina. Valentina era la hija mayor de la familia que viviría en la calle Guanábana. Tenía 16 años cuando su historia con Emiliano terminó y probablemente nunca imaginó que esa ruptura, que a su edad debería haber sido simplemente el doloroso, pero inevitable final de un primer amor, se convertiría en la grieta por la que entraría la muerte.

Durante aproximadamente dos años, Emiliano y Valentina mantuvieron una relación que desde fuera podría haber parecido la típica historia de universitarios, salidas, mensajes, la complicidad de quien comparte un espacio educativo y un rango generacional. Pero para Emiliano esa relación tenía una dimensión que Valentina probablemente nunca llegó a dimensionar en su totalidad.

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