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Antes de morir, ANTONIO AGUILAR CONFESÓ la VERDAD sobre el HIJO que tuvo con LUCHA VILLA..

El 16 de junio de 2007, a las 4:30 de la tarde, Antonio Aguilar pidió que todos salieran de la habitación del Hospital Ángeles de Guadalajara. Todos, excepto Flor. Su voz apenas era un susurro ronco, pero la determinación en sus ojos hizo que Pepe y Antonio Junior obedecieran sin hacer preguntas. Flor se quedó de pie junto a la ventana con los brazos cruzados mirando hacia el estacionamiento mientras las enfermeras cerraban la puerta.

Antonio tardó casi un minuto en reunir fuerzas para hablar. Cuando lo hizo, sus primeras palabras fueron, “Necesito que me perdones algo que hice hace 52 años.” Flor no volteó, siguió mirando por la ventana. Antonio continuó. En 1955, cuando estaba de gira por Jalisco con Lucha, pasó algo. Flor cerró los ojos. Sus manos apretaron los brazos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Ella quedó embarazada, dijo Antonio. El niño nació en agosto del 56. Es un hombre ahora. Tiene 51 años. El silencio que siguió fue tan denso que el pitido del monitor cardíaco parecía un grito. Flor abrió los ojos, pero no se movió. Antonio tosió, una tos seca y dolorosa que hizo temblar toda la cama. Cuando pudo hablar de nuevo, agregó, “Lo peor no es eso, Flor.

Lo peor es que lo conoces.” Esa frase hizo que Flor finalmente volteara. Sus ojos estaban secos, pero había algo en su mirada que Antonio no había visto nunca. No era ira, no era dolor, era algo peor, era decepción absoluta. ¿Quién es?, preguntó con una voz tan baja que Antonio apenas la escuchó. Roberto, respondió él.

Roberto Maldonado, el administrador del rancho. Flor se tambaleó ligeramente como si alguien la hubiera empujado. Roberto Maldonado había trabajado en el rancho Los Tres Potrillos durante 19 años. Era el hombre que supervisaba las cosechas, que organizaba los eventos, que coordinaba con los proveedores. Era el hombre al que Pepe le había confiado las finanzas del rancho durante su última gira por Estados Unidos.

Era el hombre que había estado en la mesa familiar en Navidad, que había cargado a Ángela cuando era bebé, que había enseñado a Leonardo a montar a caballo. Y ahora resultaba que ese hombre, ese hombre que todos consideraban parte de la familia extendida, era literalmente parte de la familia. era hijo de Antonio, medio hermano de Pepe y Antonio Junior, tío de Ángela y Leonardo.

Pero para entender el peso real de esa confesión, hay que retroceder 52 años. Hay que ir a 1955, cuando Antonio Aguilar tenía 37 años y acababa de consolidarse como una de las voces más importantes de la música ranchera. Flor Silvestre era ya su esposa desde 1950 y tenían dos hijos pequeños, Antonio Junior, de 4 años y Pepe de dos.

La vida parecía perfecta. Antonio estaba en la cima de su carrera grabando discos que vendían decenas de miles de copias, protagonizando películas que llenaban los cines de toda la República. Flor también brillaba con luz propia. Su voz dulce y potente la había convertido en la reina indiscutible de la canción Bernácula.

Pero en marzo de 1955, Antonio aceptó una gira de seis semanas por Jalisco y Michoacán que cambiaría todo. La gira la organizó la empresa Espectáculos del Bajío y el cartel incluía a varios artistas. Entre ellos estaba Lucha Villa. Lucha tenía 22 años. Era hermosa, talentosa, ambiciosa. Su verdadero nombre era María de Luz Villa Aces y había crecido en Camargo, Chihuahua, soñando con conquistar Ciudad de México. Lo estaba logrando.

Su voz grave y poderosa la diferenciaba de todas las demás cantantes de su época. Cuando interpretaba la cigarra o el quelite, había algo en su forma de frasear, en su manera de sostener las notas largas que erizaba la piel. Antonio la había conocido un año antes en una grabación para XW Radio, pero fue durante esa gira cuando realmente empezaron a convivir.

Las presentaciones eran casi todos los días. Viajaban en dos camionetas Ford del 53, durmiendo en hoteles modestos, comiendo en fondas de carretera, compartiendo camarinos improvisados en teatros de pueblo. La cercanía era inevitable. Los músicos bromeaban, contaban chistes subidos de tono, bebían tequila después de las funciones.

Antonio y Lucha empezaron a cantar juntos. Primero fue en Zapopan el 23 de marzo. El público los ovacionó cuando interpretaron qué bonito amor a dúo. El empresario de la gira, don Everardo Gutiérrez, les pidió que repitieran la dinámica en todas las siguientes presentaciones. Y así fue. Noche tras noche, Antonio y Lucha compartían el escenario en el número final.

Sus voces se entrelazaban de una manera casi mágica. Había química. El público la percibía, los músicos la percibían, ellos mismos la percibían. La noche del 7 de abril, después de una presentación en Lagos de Moreno, el grupo completo se quedó en el hotel colonial, un edificio de dos pisos con paredes de cantera rosa y un patio central lleno de bugambilias.

Hubo una pequeña fiesta en el comedor. Don Everardo había comprado tres botellas de tequila herradura para celebrar que habían vendido todas las entradas de las últimas cinco presentaciones. Antonio bebió más de lo normal. Lucha también. A eso de la 1 de la madrugada, cuando la fiesta empezaba a disolverse, Antonio salió al patio a fumar un cigarro. Lucha salió 5 minutos después.

Nadie vio exactamente qué pasó. Nadie supo exactamente qué se dijeron, pero a las 2 de la mañana, Antonio entró a la habitación número 12, la habitación de lucha, y no salió hasta las 5:30, cuando el sol ya empezaba a pintar de naranja las montañas al este de lagos de Moreno. Esa fue la única vez, una sola noche.

Antonio jamás volvió a estar a solas con lucha después de eso. De hecho, evitó activamente cualquier situación que pudiera llevar a otra. Cuando la gira terminó, el 30 de abril de 1955, Antonio regresó a Ciudad de México con Flor y sus hijos. Lucha se quedó en Guadalajara unos días más grabando unas rancheras para RC a Víctor. No se despidieron, simplemente dejaron de verse.

Pero en julio de ese mismo año, Antonio recibió una carta. Llegó a su casa de Coyoacán en un sobre manila sin remitente. La letra era de lucha, la carta era breve. Decía estoy embarazada. Es tuyo. No te voy a pedir nada. Solo necesitaba que lo supieras. Antonio leyó esa carta tres veces, luego la quemó en el cenicero de su estudio. No le respondió, no llamó a lucha, no fue a buscarla, simplemente esperó.

Esperó a ver si era verdad. esperó a ver si Lucha cumplía su palabra de no pedirle nada. Y Lucha cumplió. El 23 de agosto de 1956, en el hospital civil de Guadalajara, Lucha dio a luz a un niño, lo llamó Roberto. En el acta de nacimiento, el padre registrado fue Esteban Maldonado Rivera, tío materno de lucha, un hombre de 62 años que aceptó prestarse para la farsa.

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