La escena política actual se ha transformado en un teatro de sombras donde las excusas ya no son suficientes para tapar la luz abrasadora de la realidad. Claudia Sheinbaum, desde la máxima tribuna del poder, ha lanzado una afirmación que resuena más a un grito de auxilio disfrazado de ataque que a una declaración de Estado: asegura que existe un complot en su contra. En un intento desesperado por desviar la mirada pública del desastre evidente, la presidenta culpa a la “ultraderecha” de proyectar de manera intencionada, durante la celebración del Mundial, una imagen de caos absoluto y de una ingobernabilidad que ya no puede esconderse bajo la alfombra del Palacio Nacional.
Sin embargo, los hechos en las calles cuentan una historia radicalmente distinta a la que se narra en los discursos oficiales. La mandataria parece encontrarse atrapada en su propia paranoia, un laberinto mental donde se ve obligada a inventar enemigos fantasmales para tener a quién culpar de los colosales fracasos de su administración. Esta narrativa de victimización es el último recurso de un régimen que se resquebraja desde sus cimientos, una estrategia de distracción que insulta la inteligencia de una ciudadanía que vive a diario las consecuencias de las malas decisiones gubernamentales.
En México no estamos presenciando únicamente una crisis política de altos vuelos, de esas que se debaten en los salones elegantes y en las cúpulas del poder. Lo que estamos viendo es un desbordamiento social sin precedentes, una erupción volcánica de protestas impulsadas por agravios acumulados a lo largo de los año
s. La gente no está saliendo a las calles porque una supuesta conjura internacional de ultraderecha se los dicte al oído; salen porque el agua les ha llegado al cuello. Salen porque el dolor, la injusticia y la impunidad se han vuelto el pan de cada día, y el hambre de justicia ya no entiende de treguas políticas ni de calendarios deportivos.
La autodenominada Cuarta Transformación (4T) es la única y verdadera responsable de la impunidad que asfixia a la población. Esta crisis de inseguridad, este caos institucional y este desafío abierto al Estado de derecho no son obra de la casualidad ni de la intervención extranjera. Es una criatura meticulosamente fabricada por ella misma, por las políticas de abrazos, por la permisividad y por la destrucción sistemática de los contrapesos democráticos. Son los monstruos que fueron alimentados con paciencia, recursos y concesiones políticas tanto por ella como por su antecesor y mentor, Andrés Manuel López Obrador. Y hoy, como en la clásica novela de Mary Shelley, el monstruo de Frankenstein ha regresado para exigirle cuentas a su creador, demostrando que la bestia nunca puede ser domesticada por completo.
El Mundial, que en teoría debía ser una vitrina deslumbrante para mostrar al mundo la grandeza y el progreso de la nación, se ha convertido trágicamente en un canal de desagüe de la podredumbre institucional. Lejos de las luces, los estadios de primer mundo y la algarabía de los aficionados, por las grandes avenidas de la realidad nacional flotan los “cadáveres” políticos, sociales y literales dejados por Morena desde el momento exacto en que pisaron el poder. Es una metáfora brutal pero insoslayablemente cierta. Mientras los reflectores internacionales apuntan hacia el país por el evento deportivo, lo que el mundo entero logra ver a través de las grietas del discurso oficial es el sufrimiento de los sectores más vulnerables y olvidados de la sociedad.
Ahí están las madres buscadoras, escarbando la tierra con sus propias manos, enfrentándose a la apatía de un gobierno que prefiere mirar hacia otro lado para no arruinar la fiesta deportiva. Madres que han sido ignoradas, menospreciadas y cuyas demandas de justicia chocan contra un muro de silencio gubernamental. Ahí están los jubilados, exigiendo la dignidad que se ganaron con décadas de trabajo y que hoy se ve amenazada por decisiones arbitrarias y recortes que asfixian sus últimos años de vida. Ahí están los agricultores, que observan cómo el campo se marchita por la falta de apoyos, la extorsión y el abandono estatal. Ahí están los transportistas, paralizando las carreteras no por capricho, sino porque salir a trabajar todos los días se ha convertido en una ruleta rusa de violencia, secuestros y robos, cobrándose la vida de quienes simplemente buscan llevar el sustento a sus familias. Todos ellos son las víctimas directas de la violencia y la negligencia, rostros anónimos de un fracaso gubernamental que hoy se exponen ante la mirada de millones de espectadores internacionales.
Pero el drama no termina en las víctimas inocentes que reclaman justicia. Por otro lado, la crisis se agudiza al observar a los actores que hoy tienen contra las cuerdas a la presidenta. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), los normalistas de Ayotzinapa, los remanentes de la guerrilla y, de manera más alarmante, los cárteles del crimen organizado. Estos grupos, que en el pasado reciente funcionaron como aliados estratégicos, operadores de campo o beneficiarios silenciosos de las políticas de apaciguamiento, hoy han mutado en los peores verdugos de la administración. Acorralan y chantajean a Sheinbaum con una facilidad que resulta aterradora para cualquier ciudadano que aspire a vivir bajo el Estado de derecho.
La noticia reciente sobre los explosivos decomisados a los normalistas de Ayotzinapa no es una simple anécdota policial; es una señal de alarma que retumba con ecos del pasado. Esos explosivos representan, de manera muy real y simbólica, al “tigre” que Andrés Manuel López Obrador amenazó con soltar en las elecciones de 2018 si no lograba llegar a la presidencia de la República. “A ver quién amarra al tigre”, advirtió entonces con un tono de amenaza velada. Pues bien, el tigre nunca fue amarrado. Fue alimentado desde el poder, se le permitió crecer, organizarse y armarse al amparo de la impunidad. Y ahora, la actual inquilina de Palacio Nacional se horroriza de lo que ella y su jefe crearon.
Se encuentra en una posición de negación absoluta. Desconoce a su criatura, cierra los ojos esperando que al abrirlos el problema haya desaparecido, y niega rotundamente su responsabilidad en la formación de este escenario de pesadilla. Pero la realidad es terca y cruel. Su monstruo no acepta el rechazo; le reclama a gritos que reconozca su paternidad, se planta frente a las puertas del poder y, lo más grave de todo, le dicta órdenes directas que el gobierno parece acatar con una docilidad incomprensible. El Estado se ha convertido en un rehén de los radicales que él mismo cobijó.
El escaparate del Mundial no solo ha puesto en evidencia el quiebre irremediable del régimen ante los ojos de la prensa internacional, sino que ha mostrado al mundo la imagen de una Claudia Sheinbaum completamente desbordada, sin controles, aislada en su torre de marfil y rebasada por las circunstancias operativas. Las costuras del poder se están rompiendo y el traje de la gobernabilidad le ha quedado inmensamente grande. Hoy, la nación entera y el mundo son testigos de cómo se paga el altísimo costo histórico y social de haber empoderado a narcos y anarcos a cambio de supuesta paz electoral o lealtades pasajeras. Es el resultado devastador de haber dedicado años a la destrucción metódica de las instituciones democráticas, de los cuerpos de seguridad profesionales y de los organismos autónomos que alguna vez sirvieron como diques de contención contra la barbarie.
En la gran cancha del Mundial, donde la atención se centra en ganadores y perdedores, hay una jugadora clave que ya ha salido derrotada antes de que suene el silbato final. La gente, la presión social, el caos incontrolable y la fuerza abrumadora de los grupos que ahora mandan en las calles han obligado a la señora presidenta a capitular. Es una rendición sin firma de tratado, pero visible en cada acción y omisión de su gobierno. Ha tenido que entregar el poder real, la capacidad de decisión y la autoridad moral a aquellos mismos grupos que le dieron los votos, que operaron en las sombras y que hoy se sienten los verdaderos dueños de la voluntad nacional.
Sheinbaum ha comenzado a pagar las cuantiosas e impagables deudas contraídas durante su ascenso al poder, entregando pedazos de soberanía con tal de que no la tiren del asiento presidencial. La inacción gubernamental no es incompetencia accidental, es un cálculo de supervivencia. No toca a los capos del narcotráfico porque sabe del poder desestabilizador que poseen. Tampoco se atreve a tocar a las cúpulas magisteriales radicales, permitiéndoles paralizar la educación y secuestrar las vías de comunicación a su antojo. Protege de manera flagrante a los grupos violentos de choque, justificando sus desmanes bajo el manto sagrado de la “libertad de expresión” y la “lucha social”, mientras reprime a quienes exigen un país seguro.

La gran interrogante que queda flotando en el aire, pesada y ominosa frente a una sociedad que observa cómo su país se desmorona en medio de la algarabía mundialista, es aterradora: ¿A quién más les debe? Si las calles están secuestradas por radicales armados, si el campo y las carreteras son territorio de la delincuencia organizada, si las madres de las víctimas claman en el desierto institucional y la única respuesta del Estado es inventar un complot internacional… ¿cuál es el fondo de esta sumisión? El monstruo ha tomado el control total de la narrativa y de la operatividad del país, dejando a una mandataria atrapada en el miedo, pagando favores oscuros y administrando un colapso que ya nadie puede ocultar, ni siquiera con la cortina de humo más grande del planeta. México asiste hoy a la dolorosa constatación de que cuando el Estado pacta con la anarquía, la primera víctima mortal es el futuro de la nación.
Disclaimer: This story is a work of fiction created for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.