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El mendigo que hizo algo loco para conquistar a la camionera

 En este negocio,  esa clase de solidaridad vale más que el oro. Estacioné mi Scania junto a una cerca de alambre que separaba la parada de un terreno valdío lleno de nopales  y mequites. Apagué el motor y por un momento solo escuché el  silencio del desierto. Interrumpido ocasionalmente por el zumbido de los insectos  y el lejano rugido de algún otro tráiler en la carretera.

 Bajé de la cabina y sentí  como el calor del suelo se filtraba a través de las suelas de mis botas. El aire olía a diésel, a comida frita y a esa mezcla particular de polvo y sudor que caracteriza estos lugares. Me estiré sintiendo como mis músculos protestaban después de  tantas horas en la misma posición.

 La parada, el coyote no era gran cosa. Un edificio  de concreto pintado de amarillo desteñido, con un techo de lámina que crujía bajo el sol. tenía una tienda pequeña, un  restaurante que más bien era una cocina con algunas mesas de plástico y baños que aunque no ganaban premios de limpieza, cumplían su función.

 Pero lo que realmente importaba era doña Carmen, la dueña,  una mujer de 60 años que cocinaba como los ángeles y trataba a todos los camioneros como si fueran sus propios  hijos. Mientras caminaba hacia la entrada, escuché voces familiares desde el restaurante. Joaquín estaba contando una de sus historias interminables sobre un encuentro con la policía federal en Veracruz y los hermanos Castillo  se reían a carcajadas.

 Era reconfortante escuchar esas voces conocidas  en medio de la inmensidad del desierto, pero fue al pasar junto a la cerca de alambre cuando  lo vi por primera vez. estaba sentado en el suelo, recargado contra un poste de madera carcomida  por el tiempo. Sus ropas eran arapos, una camisa que alguna vez fue blanca, pero ahora era de un color indefinible entre gris y café, pantalones rotos por las rodillas y zapatos que más parecían pedazos de cuero atados con cordones desilachados.

Su cabello era largo y enmarañado.  Su barba crecía sin control y su piel estaba curtida por el sol  como cuero viejo. Pero fueron sus ojos lo que me detuvo en seco. No eran los ojos  vidriosos y perdidos que esperarías ver en alguien en su condición. Eran claros,  intensos, de un color café profundo que parecía guardar secretos.

 Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí algo extraño en  el pecho, como si una corriente eléctrica hubiera pasado por mi cuerpo. Él me miraba con  una intensidad que me incomodaba y me intrigaba al mismo tiempo. No era la mirada lasciva que había  aprendido a reconocer y rechazar en mis años en la carretera.

 Era algo diferente. Era como si me  estuviera viendo realmente, no solo mirando. Desvié la mirada rápidamente y seguí caminando hacia el restaurante, pero podía sentir sus ojos siguiéndome. Una vez dentro, traté de concentrarme en el menú escrito con Gis en una pizarra negra, pero mis pensamientos seguían regresando a ese hombre extraño.

 “María Elena!”, gritó doña Carmen desde detrás del mostrador, secándose las manos en un delantal que había visto mejores días. ¿Cómo está mi camionera favorita? Aquí andamos, doña Carmen, peleando con la carretera como siempre, respondí forzando una sonrisa. ¿Qué me recomienda hoy? Tengo unos tacos de carnitas que están para chuparse los dedos y el pozol está recién hecho.

 Lo de siempre, con extra de limón y sin cebolla. Asentí. agradecida de que alguien se acordara de mis preferencias.  En un mundo donde era solo un número de placas y una firma en un manifiesto  de carga, estos pequeños gestos de humanidad significaban todo. Me senté en una mesa cerca de la ventana,  desde donde podía ver mi tráiler y también, inevitablemente al hombre de los arapos.

 Joaquín se acercó con su cerveza en la mano  y una sonrisa que mostraba un diente de oro. “Oye, María Elena, ¿viste  al loco que está ahí afuera?”, preguntó señalando hacia donde estaba  el mendigo. Lleva ahí como tres días. No pide dinero, no molesta a nadie,  solo se queda ahí sentado como estatua.

“¿Tres días?”, pregunté  tratando de sonar casual. Sí, desde el sábado doña Carmen le ha dado comida un par de veces, pero el tipo apenas habla, solo dice gracias y vuelve a su silencio. Es raro, ¿o no? La mayoría de los vagabundos que pasan por aquí son más, no sé, más desesperados. Este parece diferente.

 Uno de los hermanos Castillo, Roberto, se unió a la conversación. Yo creo que está loco. Ayer lo vi hablando solo, moviendo las manos como si estuviera discutiendo con alguien invisible, pero no parece peligroso,  solo perdido. Doña Carmen llegó con mi comida. Tres tacos  de carnitas dorados a la perfección con cebolla finamente picada, cilantro fresco y salsa verde que hacía que los ojos lloraran de puro placer.

 El aroma me hizo olvidar temporalmente al extraño de afuera. No hablen mal del pobrecito intervino doña Carmen limpiando la mesa con un trapo húmedo. Ese hombre está sufriendo. Se le veen los ojos. No todos los que andan en la calle están ahí por vicios o pereza. A veces la vida te pega tan duro que no sabes ni cómo levantarte.

 Sus palabras me resonaron  profundamente. Yo sabía lo que era sentirse perdida. sin rumbo. Después de mi divorcio, cuando Raúl se quedó con la casa, los ahorros y hasta el perro, había momentos en que no  sabía si tenía fuerzas para seguir adelante. La diferencia era que yo tuve la suerte de conseguir este  trabajo, esta Scania que se convirtió en mi salvación.

Comí en silencio, pero mis ojos se desviaban  constantemente hacia la ventana. El hombre seguía ahí, inmóvil  como una roca en medio del desierto. De vez en cuando levantaba la vista hacia el cielo, como  si estuviera buscando algo en las nubes que se movían lentamente sobre nuestras cabezas.

 Cuando terminé de comer, decidí comprar algunas provisiones en la tienda. Necesitaba agua, café instantáneo y esas galletas saladas que me ayudaban a mantenerme despierta durante los tramos largos de manejo  nocturno. Mientras pagaba, doña Carmen se acercó al mostrador.

 “María Elena, ¿puedes hacerme un favor?”, me preguntó en voz baja, mirando hacia la puerta. “¿Podrías llevarle esto al hombre de afuera? Preparé un sándwich extra  y no quiero que se desperdicie.” me entregó un sándwich envuelto en papel aluminio y una botella de agua fría. Por un momento dudé, no era que tuviera miedo, pero había algo en la intensidad  de la mirada de ese hombre que me ponía nerviosa.

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