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HARFUCH ENCUENTRA Sobre Sellado de José José a Marysol… 18 Días Antes de MORIR

Es un lugar donde una televisión vieja vale más que un coche nuevo. Arfuch baja primero, trae camisa gris, trae mochila de lona, trae los lentes que usa siempre. Atrás de él vienen tres peritos del equipo forense federal, una notaria que viaja con la comisión, dos agentes de apoyo y un hombre delgado, mayor, vestido como si fuera un velorio.

Es el contacto local. Trabajó con José José en los últimos meses. Era el que le llevaba los discos firmados a los hoteles cuando alguien quería un autógrafo. Su nombre no importa todavía. Sí importa lo que va a decir cuando se abra la puerta del condominio número 206. El cerrajero llega a las 4:28. La cerradura es vieja de las que se compran en Home Depo por $5.

Tarda 3 minutos. Cuando la puerta se abre, lo primero que sale no es el polvo, es un olor, olor a perfume viejo como de mujer. Como si alguien hubiera vivido ahí hasta hace pocos días y se hubiera ido sin abrir las ventanas. Harf entra primero. La linterna recorre la sala.

Lo que ve es esto, un sofá de tela beige con dos cojines hundidos en el mismo lugar, como si dos personas se hubieran sentado siempre en los mismos sitios. Una mesa de centro de vidrio. Encima de la mesa, un vaso con marcas amarillas en el fondo. “Restos de jugo, dice la notaria en voz baja. Restos de jugo de naranja secos desde hace meses. Un cuaderno cerrado con una pluma azul atravesada.

La pluma es marca Big, de las que se compran en cualquier farmacia. Una televisión apagada con la pantalla cubierta de polvo, tan cubierta que se puede escribir con el dedo. En la esquina junto a la ventana, una silla mecedora de madera. Madera oscura, trabajada a mano, probablemente cubana. En el respaldo hay una almohada pequeña con bordados en rojo.

La almohada huele a perfume, el mismo perfume que sintieron al abrir la puerta. Y al lado de la silla, en el piso, una guitarra apoyada contra la pared. Una guitarra clásica española. La guitarra no tiene una de sus cuerdas. La quinta cuerda, la de re, falta. Y donde debería estar la cuerda, hay una marca en el clavijero, como si alguien la hubiera arrancado de un tirón.

Harf no toca nada, camina al cuarto. La cama está hecha, hecha como la haría una enfermera, no como la haría un hombre. En la mesita de noche hay un retrato pequeño. La foto es de José José, joven abrazando a una mujer que no es ninguna de sus tres esposas. Es su madre. Margarita Sosa, la mujer que lo crió sola cuando su padre, el tenor José Sosa Esquivel, abandonó la casa para morirse alcohólico en un cuarto de hotel.

Harf toma esa foto, le da la vuelta. En el reverso hay una fecha escrita en lápiz, 1969, y debajo de la fecha hay tres palabras que él lee en voz baja para que la notaria las apunte. Cuídame de él. Tres palabras escritas por José José a su madre cuando él tenía 21 años. Marisol Sosa, la hija menor, lleva 6 años buscando ese retrato.

Lo dio por perdido. Pensó que Sara Sosa, la última esposa, lo había tirado a la basura junto con las otras cosas que sacaron del condominio antes de que llegara la familia mexicana. Pero ahí estaba en la mesita de noche esperando y eso era apenas el primer hallazgo. El segundo es el que va a romper la historia. En el segundo cajón de la mesita, debajo de tres cajas de medicamento para el corazón, había un papel doblado en cuatro.

Cuando Harfuch lo abrió, la notaria tuvo que sentarse. Era un cheque. Firmado por José José con fecha de agosto de 2019. un mes antes de que muriera por la cantidad de $2,000, beneficiario en blanco. Nadie había cobrado ese cheque. Nadie había sabido siquiera que existía. $2,000, equivalente a 62 casas, promedio en el barrio donde nació en clavería.

Y estaba ahí, en un cajón, en un condominio rentado junto a las pastillas. Marisol y José Joel pelearon en la corte de Miami durante dos años por una herencia que les dijeron no existía. Les dijeron que su padre había muerto sin dinero, sin propiedades, sin nada que repartir. Tr meses de juicio, honorarios de abogado, boletos de avión, hoteles, todo para que un juez les dijera que José José no había dejado patrimonio documentado.

Y aquí, en este cajón, había firmados de su puño y letra. esperando en este vídeo te voy a contar cinco cosas que casi nadie sabe sobre lo que pasó dentro de ese condominio. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Vas a saber quién contrató a la enfermera que cuidó a José José sus últimos 4 meses y por qué esa mujer no estaba presente la noche que él murió.

Vas a saber qué decía el contrato que José José firmó en mayo de 2018. El que nadie ha querido mostrar, el que Anel no leña a su segunda esposa, si conoce porque alguien se lo hizo llegar dentro de un sobre amarillo sin remitente. Vas a escuchar lo que dice una cinta de 14 minutos que estaba dentro de la caja fuerte empotrada en la pared del baño.

José José solo hablando, sin cantar y nombrando a alguien. Vas a saber cuánto dinero salió de la cuenta de José José entre enero y septiembre de 2019 y a qué cuenta llegó. Y vas a saber lo que dice un sobre sellado con cera blanca dirigido a Marisol, el sobre que ella nunca recibió. Pero antes de que te cuente la primera, necesitas entender quién era José José realmente.

Porque si no entiendes eso, no vas a entender por qué murió como murió y por qué la pelea por su cuerpo duró 22 días. Cuídame de él. Esas fueron sus palabras. Y todavía no sabemos a quién se refería. El cuaderno cerrado de la mesa de centro tenía 54 páginas escritas a mano. Harf lo abrió por la mitad y la notaria lo fotografió hoja por hoja.

Pero lo que vamos a leer ahora es lo que estaba escrito en la primera página. Mi padre murió cantando borracho en un cuarto de hotel. Yo tenía 14 años y prometí que a mí no me iba a pasar lo mismo. Esa frase abre el cuaderno y esa frase la cumplió al revés. Porque José Rómulo Sosa Ortiz, el niño que prometió no morir como su padre, terminó muriendo casi igual en un cuarto rentado, lejos de su madre, lejos de México.

La promesa que se hizo a los 14 años se le rompió a los 71. El padre se llamaba José Sosa Esquibel, tenor de la ópera de bellas artes, voz prodigiosa, y un alcohólico crónico que abandonó la casa una noche de 1957, cuando el niño tenía 9 años. Lo encontraron muerto 4 años después en un cuarto del hotel Capr de la colonia. Doctores, botella de tequila vacía al lado, la cara contra el colchón.

Muerte por broncoaspiración mientras dormía. 28 pesos en la cartera. Eso fue todo lo que dejó. Antes de irse de la casa, ese hombre le enseñó al niño dos cosas: respirar para cantar largo y dónde guardaba el tequila para que nadie se diera cuenta de cuánto faltaba. José creció con su madre Margarita y su hermano Gonzalo, un departamento pequeño en clavería sin pensión del padre.

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