Posted in

IMPRESIONANTE: La MILLONARIA VIDA de SAYA MONTENEGRO al descubierto

De primera intención, la familia echó raíces en la provincia de Mendoza, justo en las faldas de la imponente cordillera de los Andes. Ahí llevaban un rato pasándola modesto, pero tranquilos, hasta que la mala suerte les volvió a pegar. El señor Asimovic estiró la pata dejando a Alexandra muy huerfanita. Imagínense a Silvia, sola, viuda en otro país, con una criatura que mantener y sin un solo peso de aquella gran herencia europea que se volvió polvo.

Pero el sol volvió a salir cuando la señora flechó a un empresario argentino forrado de billetes, que terminó adorándolas tanto a ella como a la pequeña. Hubo boda y por fin dejaron de tronarse los dedos por dinero. Con el nuevo papá también creció la familia dándole la bienvenida a sus medios hermanos Andrea Silvia y Claudio Ricardo.

 Empacaron todo rumbo a Buenos Aires, donde la muchacha se crió rodeada de lujos y estudió en colegios de paga s exclusivos. Alexandra se convirtió en la típica fresa porteña, altísima, y con un porte europeo que paraba el tráfico, gerita, de hojazo, claro y facciones de muñeca. Para sus 20 añitos, ya le hacía al modelaje allá en su tierra, pero ella quería tragarse el mundo entero.

 El campanazo llegó en 1969. Con 23 años le cayó del cielo un contrato jugosísimo para venirse a México a hacer películas y fotonovelas. El conecte fue Manuel Rodríguez, un pez gordo de Zacatecas, dueño del grupo Quinta Real y Fresnillo, que le había echado el ojo durante una vuelta de negocios por Argentina.

 Alexandra no lo pensó dos veces. y se aventó al ruedo. Pisó tierra azteca y jamás volvió a su casa. Aquí esa chava de 23 años le dio una vuelta de tuerca brutal a su vida. Se bautizó artísticamente como Saya Montenegro para presumir su abolengo europeo. Así arrancó su camino hacia los cuernos de la luna de la farándula nacional y de paso directo a la alcoba presidencial.

 Ahora, para captar el tremendo madrazo que fue Saya en nuestra cultura, tenemos que hablar a fuerzas del famosísimo cine de ficheras. Hay que desmenuzar qué onda con este cine y por qué reinó la taquilla por dos décadas enteras. La palabra fichera, como se imaginan, es puro barrio mexicano. Se le decía así a las muchachas que chambeaban en los congalitos y cabarets de mala muerte, haciéndole compañía a la clientela.

 Su jale era sacar a los parroquianos a la pista y convencerlos de que siguieran chupando. Cada trago vendido les daba una fichita que ya en la madrugada cambiaban por dinero en efectivo. Ojo, no siempre vendían caricias, aunque la verdad es que la raya entre tomar una copa y el trabajo de la calle era bastante borrosa. Aún así, estas mujeres ya eran un icono del barrio.

 Era el clásico mito de la bailarina con corazón de pollo que le chingaba durísimo en un mundo pesadísimo, pero sin perder la cabeza en alto. Todo este boom reventó en 1975 con la cinta Bellas de noche, donde nuestra saya era la mera mera. El secreto del éxito. Películas domingueras de cabarets. Chavas despampanantes en cueros.

 Una lluvia de albures y comediantes más feos que un carro por debajo intentando ligarse a puros mujerones inalcanzables. ¿Cómo le hicieron para pegar tan duro? Pues porque cayeron como anillo al dedo. El México de los 70 andaba desatado. Esa libertad loca que sacudió al gabacho y a Europa en los 60 por fin cruzaba nuestra frontera.

 Eso sí, no dejábamos de ser un pueblo persignado, reza a rezas y persignadísimo hasta la médula. Estas películas cayeron como balde de agua fresca para bajar la calentura de la época. Los señores se metían al cine a echarse un taco de ojos sin sentir la culpa cristiana de estar viendo algo muy subido de tono. Era puro relajo picarón, pura insinuación sabrosa, pero sin cruzar a la vulgaridad.

 Era un negociazo. Los cines reventaban de gente haciendo colas kilométricas. Los productores olieron la sangre. Estas cintas eran baratísimas de hacer. Las armaban al vapor en dos o tres semanitas con 3 pesos y terminaban metiendo millones a sus bolsillos. Durante todos los 80, las ficheras se convirtieron en las amas y señoras absolutas de las pantallas en todo México.

 Sacaban como pan caliente decenas de estrenos al año. Y en ese circo, Saya Montenegro era la jefa de jefas, la diosa inalcanzable. Pero ojo, no todo era miel sobre hojuelas. Este cotorreo de las ficheras tenía su lado oscuro que no podemos esconder. Prácticamente agarraba a las actrices como puros pedazos de carne. Nos vendió el cuento del feíto chistoso que se liga a la supermodelo y la neta le dio en la torre a la calidad del cine nacional.

 Para que se den una idea, mientras los demás países de Latinoamérica se lucían con cine de arte y arrasaban en premios internacionales, acá en México sacábamos churros albureros que la crítica hacía pedazos. Y sí, nuestra querida Saya estaba metida hasta el cuello en eso y no la obligaban, ¿eh? Ella le entró con ganas, se metió una buena lana por salir a cuadro y jamás anduvo pidiendo perdón por su chamba.

 De hecho, ya de grande, cuando algún chismoso de la prensa le soltaba si sentía culpa por haber sido fichera en el cine, Saya les paraba el carro en seco. Yo para nada, decía la señora. Y es que cuando aterrizó en México allá por 1969, el cine mexicano andaba de capa caída porque la famosa época de oro ya había dado las últimas.

 Ídolos enormes como Pedro Infante o Jorge Negrete ya estaban bajo tierra. La industria andaba urgida de sangre nueva, inventando cualquier locura para ver qué pegaba. Fue ahí donde Saya se abrió paso, dándole al modelaje, llenando espectaculares y saliendo en revistas de historias dramáticas. Pasquines como chicas o fotoserie tenían su carita en todas partes.

 Era obvio, ese porte del viejo continente la hacía brillar a kilómetros entre las chavas locales. Tenía un magnetismo brutal, algo nunca antes visto. Arrancó su aventura en la pantalla grande por allá de 1972, brillando en la cinta un sueño de amor bajo la batuta de Rubén Galindo. Compartir créditos con bestias del espectáculo como José José y Verónica Castro le regaló a Saya su primer gran boleto a la fama.

 Aunque solo era actriz de reparto, su ángel ante las cámaras dejaba a todo el mundo con la boca abierta. Ese mismo calendario grabó un amor extraño de Tito Davidson, dando pie a una mancuerna que le dejaría muchísima lana, code nada menos que con el santo nuestro mismísimo enmascarado de plata. Para 1973 ya estaba grabando Santo contra la magia negra y haciendo equipo con el enmascarado y Blue Demon contra el doctor Frankenstein.

 Esas cintas eran un trancazo seguro en los cines y ella supo subirse a esa ola para facturar a lo grande. Pero agárrate porque el bombazo histórico estalló en 1975 con Bellas de noche, joya de Miguel M. Delgado, que partió su carrera en dos. Hablamos del primer pelotazo del famosísimo cine de ficheras, un fenómeno arrasador que se embolsó a la audiencia mexicana por 15 años seguidos.

Read More