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Cómo se conocieron Agustina Gandolfo y Lautaro Martínez, los detalles de su gran historia de amor

El futbolista conoció por amigos a quién terminó siendo el amor de su vida, la madre de sus hijos.

Agustina Gandolfo, cô gái của Lautaro Martínez

Lautaro Martínez, jugador del Inter de Milán, se consagró tres veces campeón con la selección argentina de futbol en estos últimos años, el futbolista siempre se muestra muy unido a su pareja, Agustina Gandolfo y su familia. La joven oriunda de Mendoza siempre lo acompaña en los distintos torneos junto a los dos hijos que tienen juntos.

Cómo se conocieron Agustina Gandolfo y Lautaro Martínez

Mientras el jugador jugaba todavía jugaba en Racing, conoció en el cumpleaños de uno de sus amigos más cercanos  a la influencer. Alrededor de 2018, meses después de haberse visto por primera vez iniciaron una relación, poco tiempo antes de que Lautaro Martínez recibiera la propuesta de jugar en el Inter de Milán.

Agustina Gandolfo y Lautaro Martínez
Agustina Gandolfo y Lautaro Martínez

La venta del jugador al equipo italiano separó al futbolista de Agustina Gandolfo, pero el amor que tenían entre ambos logró que a pesar de las distancias continuaran su relación. Prosiguieron su vínculo por mensajes a través de WhatsApp, hasta que, tiempo después, cuando la relación se consolidó, ella decidió mudarse con él a Italia.

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Lautaro Martínez y Agustina Gandolfo
Lautaro Martínez y Agustina Gandolfo

Si bien la joven mantiene un bajo perfil, en una entrevista en La peña del Morfi, Agustina Gandolfo contó que Lautaro Martínez le había dicho: “Algún día vas a ir a vivir a donde me voy ahora”. Estas palabras del jugador se fueron concretando con el tiempo. Una visita de nueve días de la influencer terminó durando casi un mes.  Además, confesó que luego de que ella se fuera de viaje con amigas, él le pidió que se fuera a vivir a Italia, ya que no soportaba la distancia.

Lautaro Martínez y Agustina Gandolfo
Agustina Gandolfo, Nina y Lautaro Martínez

Algunos años después, en febrero de 2021 nació Nina la primera hija de la pareja, en Milán, donde tanto Agustina Gandolfo y Lautaro Martínez ya estaban instalados. Meses después, el futbolista tuvo que alejarse de ellas por algunas semanas para poder disputar la Copa América de Brasil, donde ganó su primer título con la selección.

Lautaro Martínez y Agustina Gandolfo
Lautaro Martínez y Agustina Gandolfo

Durante el Mundial 2022 que se disputó en Qatar, Agustina Gandolfo acompañó a Lautaro Martínez junto a Nina en todos los partidos. Cuando el futbolista logró levantar la copa fue a las primeras a quiénes le dedicó tan ansiado trofeo, pudiéndolo festejar los tres juntos al finalizar el partido.

Lautaro Martínez y Agustina Gandolfo
Agustina Gandolfo, Lautaro y Theo Martínez

A pesar de llevar varios años en pareja, recién en mayo de 2023 la pareja decidió dar el siguiente paso y se casaron, en una gran ceremonia de blanco en el norte de Italia, rodeados de amigos y familia; además de varios jugadores del seleccionado que pudieron asistir.

El 7 de agosto de 2023 nació Theo, el sgundo hijo de la pareja, justo dos meses y medio después de que Lautaro Martínez y Agustina Gandolfo dijeran el sí definitivo, expresaron que este fue uno de los mejores regalos que recibieron. “Uno de los días más emocionantes de nuestras vidas. Felices de tenerte en nuestros brazos. Ahora somos cuatro. Bienvenido Theo, te amamos”, dijeron ambos en sus redes.

(109) Una Abuelita le cedió su cama a EL MENCHO sin conocerlo… al despertar ya no estaba pero dejó algo 

Hay una historia que la gente del rancho El Sausillo todavía cuenta en voz baja, no porque sea mentira, sino precisamente porque no lo es. La cuenta, ¿quién la vivió? Una mujer de 71 años llamada Dolores Venegas, que lleva más de cuatro décadas viviendo sola en la misma casa de block yy lámina que construyó con su marido Genaro antes de que Genaro se muriera de un infarto a los 54 años y la dejara con dos hijos criados, una milica y el hábito de hablarle a las plantas del corredor como si pudieran responder. Dolores no es una

mujer de dramas, es una mujer de madrugadas, de tortillas hechas a mano, de rosario a las 6 de la tarde y de ese tipo de silencio tranquilo que solo tienen las personas que aprendieron hace mucho tiempo que quejarse no cambia nada. Sus vecinos más cercanos viven a kilómetro y medio. El pueblo más próximo, San Andrés de La Cal, está a 40 minutos en camioneta por un camino que en temporada de lluvia se vuelve traicionero.

 Dolores tenía esa noche lo que siempre tenía. Frijoles en la olla, una telenovela que ya no le interesaba, pero que ponía de fondo porque el silencio total a veces pesa demasiado, y la preocupación sorda que cargaba desde hacía semanas por su nieto Carmelo, que tenía 22 años, que había dejado la preparatoria sin terminar y que desde hacía 4 meses mandaba dinero a casa sin explicar de dónde salía.

 Eran las 9:15 de la noche cuando escuchó el golpe en el portón. No era un golpe urgente ni violento. Era el golpe pausado y seco de alguien que sabe que está pidiendo un favor y no quiere imponerse. Dolores apagó el volumen de la televisión. Esperó. El golpe se repitió igual de tranquilo. Fue al corredor con la misma linterna de mano que guardaba colgada detrás de la puerta.

 la enfocó hacia el portón de lámina sin abrir todavía y preguntó en voz firme quién era. Del otro lado llegó una voz de hombre, una voz cansada, sin prisa, que dijo solamente que venía de paso, que se le había hecho noche en el camino y que si había un lugar donde pudiera sentarse un momento. Dolores tenía 71 años y no era ingenua, pero también tenía 71 años de vivir en un lugar donde la gente que llega de noche a pie por ese camino, en ese frío, generalmente no llega porque quiere, llega porque no le quedó de otra. Abrió el portón.

El hombre que entró no era lo que ella esperaba, aunque no sabría decir bien qué esperaba. Era un hombre de unos 50 y tantos años, con preción ancha, ropa de trabajo oscura, una chamarra con el cierre hasta arriba y una gorra de béisbol que traía tan abajo que la mitad de la cara quedaba en sombra.

 No traía mochila, no traía bulto visible, solo las manos en los bolsillos y ese cansancio particular que no es el del hombre que caminó mucho, sino el del hombre que cargó algo pesado durante demasiado tiempo. Buenas noches dijo Dolores. El hombre asintió. Buenas noches, señora. Y en esa fracción de segundo, sin razón clara que ella pudiera explicar después, Dolores tuvo la sensación de que esa voz la había escuchado antes.

 No en persona, en otro lugar, en otro contexto. Una sensación vaga que guardó sin abrirla, como se guarda una carta que da miedo leer. Lo hizo pasar a la cocina. Le sirvió un plato de frijoles y tres tortillas recalentadas. El hombre comió en silencio, despacio, con esa concentración de quien tiene hambre de verdad, pero fue criado para no demostrarlo.

No preguntó nada. Ella tampoco. Cuando terminó, dijo gracias con una sola palabra y la miró por primera vez directamente. Dolores Venegas llevaría semanas después intentando describir esa mirada a las pocas personas en quienes confió para contarlo. Y lo único que encontraba para describirla era esto.

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