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La Primera Audición de María Félix Duró 9 minutos y Dejó a Pedro Infante Sin Palabras

La Primera Audición de María Félix Duró 9 minutos y Dejó a Pedro Infante Sin Palabras

Era un miércoles de 1942 a las 9 de la mañana cuando María Félix empujó la puerta lateral del estudio cinematográfico en Churubusco con un vestido azul que había planchado dos veces la noche anterior y los pies apretados en unos zapatos que no eran exactamente de su talla, pero que eran los más formales que tenía.

 Tenía 27 años y llevaba tres semanas en la Ciudad de México. Había llegado desde Guadalajara con una dirección escrita en un papel doblado el nombre de un hombre que conocía a alguien que conocía a alguien más adentro de esa industria. Y la certeza vaga, pero persistente de que si no intentaba esto ahora, no lo intentaría nunca.

 La ciudad no le había dado bienvenida. Le había dado lo que da siempre a quien llega con algo que probar y sin nadie que lo espere. Indiferencia completa. Esas tres semanas habían tenido la textura del tiempo que se gasta sin que nadie lo contabilice. Había hablado con una gente en la colonia Roma que la escuchó 4 minutos y le dijo que volviera cuando tuviera algo concreto que mostrar, sin explicar qué significaba concreto ni cómo se conseguía sin que nadie le diera primero la oportunidad de demostrarlo.

 Había dejado su nombre en dos productoras que no la llamaron. Cada experiencia había terminado igual, no con un rechazo claro, sino con el silencio que sigue a un hombre anotado en un papel que nadie vuelve a consultar. La noche anterior había dormido poco en la pensión de la colonia Guerrero, en una habitación con ventana al patio interior, desde donde subía el ruido de conversaciones ajenas hasta pasada la medianoche.

 Se quedó mirando el techo repasando lo que diría si alguien le preguntaba por qué debían contratarla sin haber actuado nunca en una película, sin haber pisado un foro, sin tener un nombre que abriera puertas. No tenía respuesta técnica para esa pregunta. tenía algo diferente, más difícil de articular y más difícil de ignorar cuando uno estaba parado frente a ella.

Se levantó antes del amanecer, planchó el vestido por segunda vez, se arregló con la precisión de quién sabe que la primera impresión es el único recurso disponible y salió. Caminó 40 minutos hasta Churubusco porque el dinero del tranvía era también el del almuerzo y entre las dos cosas eligió llegar. Cuando empujó esa puerta a las 9 de la mañana, no tenía cita, no tenía representante, no tenía nada más que el papel doblado con la dirección y algo en la manera de caminar que hacía que la gente, sin saber por qué, le abriera

paso. La puerta lateral daba a un pasillo largo con piso de concreto y paredes de block sin pintar por donde circulaba gente con el paso de quien tiene un lugar preciso a donde ir. Técnicos con cables en el hombro, asistentes con carpetas bajo el brazo, una muchacha empujando un carrito con ropa de época que pasó junto a María sin mirarla. Nadie la detuvo.

 Nadie le preguntó qué hacía ahí. María eligió interpretar eso de la manera más conveniente y siguió caminando con la naturalidad de quien pertenece a ese pasillo, aunque sea solo en apariencia y solo por ahora. Encontró una puerta con letrero que decía producción y tocó dos veces. La voz desde adentro era de un hombre ocupado.

 Dijo que pasara con el tono de quien dice esa palabra 20 veces al día sin levantar los ojos. María abrió. La oficina era pequeña y estaba llena de papeles. Detrás de una mesa con tres ceniceros había un hombre de unos 50 años con anteojos empujados hacia la frente como quien lo subió para ver algo y olvidó bajarlos. Era Fernando Palacios, el coordinador de casting.

 No era el director ni el productor ejecutivo. Era el hombre que filtraba antes de que cualquiera de los dos supiera que había algo que filtrar. María dijo su nombre con una claridad que no pedía permiso para ocupar el espacio sonoro de esa oficina. Dijo que venía por la película que comenzaría rodaje en seis semanas, que había leído que buscaban protagonista y que quería una audición.

Palacios la miró con la expresión de quien está a punto de decir algo que ya dijo varias veces esa semana. Le dijo que el casting estaba cerrado, que habían revisado 40 perfiles y que la decisión estaba prácticamente tomada, que si quería podía dejar su nombre para futuros proyectos. María no dio un paso atrás, ni cruzó los brazos, ni cambió nada en la expresión.

 le preguntó a Palacios cuánto tiempo le tomaría escucharla leer tres páginas de diálogo. Palacios abrió la boca para responder y algo lo detuvo. No fue lo que ella dijo. Fue la manera, sin nerviosismo visible, sin el tono ligeramente suplicante de la mayoría que llegaba sin cita pidiendo una oportunidad. Había en la voz de María algo que sonaba menos a ruego y más a una pregunta genuina de alguien que ya sabe la respuesta, pero quiere escucharla de la otra persona. Palacios miró el reloj.

dijo que tenía 9 minutos antes de una reunión y que si podía hacer algo con eso. Adelante. María dijo que 9 minutos eran suficientes. Se sentó en la silla frente a la mesa sin que nadie se la ofreciera, abrió el bolso y sacó tres páginas de un guion que había conseguido por medios que no venían al caso, las puso sobre la mesa con la naturalidad de quien acomoda documentos antes de una conversación que ya tiene claro cómo va a ir.

 Palacios la miró hacer todo eso. Luego bajó los anteojos a su lugar y miró las páginas con una expresión que todavía no era interés, pero que había dejado de ser el automatismo con que había recibido a los 40 anteriores. Las tres páginas eran del segundo acto del Peñón de las Ánimas, una escena de confrontación entre la protagonista y el personaje masculino, un duelo verbal donde ninguno cedía terreno y donde la atención dependía completamente de que quien interpretara a la mujer no parpadeara. María las había conseguido

tres días antes a través de una mecanógrafa que vivía en la misma pensión con una conversación larga en el patio, dos tazas de café y la promesa de no mencionar nombres. Las había leído tantas veces que ya no necesitaba mirarlas para saber lo que decían. Palacios tomó su copia del guion, lo abrió en la escena y dijo que cuando quisiera. No dijo buena suerte.

 lo dijo con el tono neutro de quien administra un proceso que probablemente no va a cambiar nada de lo ya decidido, pero que tiene 9 minutos y una razón que no termina de identificar para no haber dicho que no cuando pudo. María miró las páginas un segundo, solo uno. Luego las puso boca abajo sobre la mesa y comenzó a hablar.

No leyó, no interpretó en el sentido de quien demuestra que sabe actuar, simplemente habló con las palabras del personaje como si fueran las suyas propias, como si esa escena de confrontación fuera una conversación real que estaba teniendo en ese momento en esa oficina. Lo que ocurrió en los primeros 30 segundos fue algo que Palacios no esperaba.

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