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La Caída de “Aquiles”: El Alcalde de Guayaquil que Vendía Combustible al Narco

Antes de que el primer rayo de sol lograra perforar la espesa humedad de Guayaquil, aquel 10 de febrero de 2026, el silencio de la zona exclusiva de San Borondón se hizo pedazos. No fue un estallido de violencia callejera, de esas que el puerto principal conoce de sobra, sino el sonido seco y metálico de la justicia, llamando a la puerta con un ariete.

En el centro de la escena, un hombre que hasta hace pocas horas personificaba el poder absoluto en la ciudad. Aquiles Álvarez Enrquez. Pero cuando los agentes de la Fiscalía y la Policía Nacional entraron en su dormitorio, se toparon con un detalle que para los investigadores fue el primer indicio de que el guion de la impunidad se estaba terminando.

 El alcalde no portaba el grillete electrónico. aquel dispositivo su que debía ser su sombra tras las investigaciones del caso Triple A por tráfico de combustible descansaba en una mesilla, desconectado, mudo. Así comenzaba la caída de quien en las calles y en los chats de la organización era conocido simplemente como el jefe, un hombre que supo amalgamar como nadie el éxito empresarial, el fervor religioso del fútbol y la plataforma política más codiciada del país.

 Para entender cómo llegamos a este punto, hay que mirar más allá de las esposas y los flashes. Hay que entender la psicología de un estratega que, según la tesis de la fiscalía, no solo gestionaba una ciudad, sino que lideraba una arquitectura transaccional diseñada para alimentar las venas de las economías más oscuras del Pacífico Sur.

No estamos ante un delincuente común, sino ante un personaje real, inteligente, que entendió antes que nadie que el verdadero oro en Ecuador no es el que brilla, sino el que fluye por las mangueras de las estaciones de servicio, el diésel subsidiado. Un recurso que, según las líneas de investigación terminaba siendo el motor logístico de las lanchas rápidas y los narcosubmarinos que desangran al país.

Para los que seguimos este tipo de investigaciones profundas, los hechos suelen hablar más alto que las consignas políticas y lo que el caso Goleada ha puesto sobre la mesa es un entramado que desafía la lógica del mercado legal. Pero, ¿quién es realmente Aquiles Álvarez? Para el gran público era el salvador del Barcelona Sporting Club, el equipo del pueblo, el que ponía la cara y el dinero cuando el club más grande del país se hundía en deudas.

Para la política era la punta de lanza del correísmo en Guayaquil, el hombre que le arrebató el trono a la derecha tradicional tras tres décadas de hegemonía. Sin embargo, bajo esa capa de éxito y carisma se escondía un árbol genealógico profundamente enraizado en el negocio de los hidrocarburos. La familia Álvarez no llegó ayer al pastel del combustible.

 Llevaban décadas moviendo el producto a través de comercializadoras como Copedesa, una firma que se convertiría en el epicentro del primer gran terremoto judicial. Aquiles no es un supervillano de película, es un tipo de carne y hueso que se movía con la misma soltura en un palco del estadio monumental que en una reunión de gabinete municipal.

Su ascenso fue meteórico, pero estratégico. No se trataba solo de ganar elecciones, se trataba de construir un ecosistema de poder donde las fronteras entre lo público y lo privado fueran tan difusas que resultara imposible saber dónde terminaba el alcalde y dónde empezaba el empresario.

 Según de acuerdo con la fiscalía, este holding del desvío operaba bajo una premisa sencilla pero demoledora. comprar combustible a precio de regalo, destinado teóricamente al transporte de alimentos o pasajeros y desviarlo sistemáticamente hacia sectores donde el precio se triplica, como el mercado naviero internacional o industrial.

 Con un diferencial de ganancia de más de dó por galón que multiplicado por los 22 millones de galones que se estima fueron desviados, arroja una cifra que marea a cualquiera. Más de 61 millones de dólares de perjuicio para el Estado. Pero el dinero era solo una parte de la movida. Lo que realmente interesaba a los investigadores era el destino final de ese combustible.

Fuentes cercanas al caso indicaron que el rastro del diésel no terminaba en simples barcos pesqueros. En un Ecuador que se ha convertido en el principal puerto de salida de la cocaína hacia Europa y Estados Unidos, el combustible es una divisa tan valiosa como el polvo blanco.

 Sin diésel no hay logística, no hay transporte en altamar, no hay laboratorio superando en la clandestinidad de la frontera. Por eso, cuando el presidente Daniel Nboa calificó a Álvarez como el alcalde criminal, no lo hizo solo por un tema de facturas infladas, sino apuntando a una sospecha mucho más pesada, que la estructura del jefe servía presuntamente, como el pulmón energético de las bandas que controlan los muelles Guayaquil.

Aquel 10 de febrero, mientras Aquiles era trasladado al cuartel modelo y posteriormente a Quito, la ciudad que gobernaba despertaba en shock. Muchos de sus seguidores hablaban de persecución política, de un show novoísta para frenar a un posible candidato presidencial. Y es aquí donde la intensidad de este caso fluctúa, porque el propio Álvarez, lejos de achicarse, lanzaba dardos desde sus redes sociales antes de ser silenciado por los muros de la cárcel de la Tacunga. Retaba al gobierno.

 She pedía que investigaran a las gasolineras del propio entorno presidencial. jugaba al contraataque como si estuviera en el minuto 90 de un clásico del astillero. Esa era su fuerza, la convicción de que era demasiado grande para caer, de que su vínculo con el Barcelona SC y su peso en Guayaquil lo hacían intocable. Sin embargo, lo que nadie sabía entonces, o al menos lo que el jefe no calculó, es que el sistema que él mismo había ayudado a construir guardaba un secreto en forma de bits y bytes.

 La fiscalía no llegó a ciegas aquella madrugada. Tenían en su poder un tesoro que suele ser el fin de cualquier organización, el testimonio de un arrepentido y una montaña de evidencias digitales. José Ricardo Ceballos Abellán, exdirector financiero del grupo empresarial Álvarez, se había convertido en la garganta profunda del caso.

 No solo entregó su testimonio, sino que puso en manos de las autoridades tres dispositivos tecnológicos que contenían más de 150,000 páginas de chats de WhatsApp. conversaciones, órdenes, registros de transferencias y coordinaciones logísticas que según la investigación detallaban paso a paso cómo se cocinaba el fraude.

En ese momento, aún sentado en la parte trasera de una patrulla, Aquiles quizás todavía creía que la red de empresas de papel que habían tejido en Panamá, como Flonape overseas, era un escudo infranqueable o que los alias de sus hermanos, el loco y el pollo, eran simples bromas familiares y no etiquetas jerárquicas dentro de un expediente de delincuencia organizada.

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