Lo que vino después fue la construcción paciente de una carrera. En el Benfica de Portugal encontró la continuidad que España le había negado. Conquistó tres títulos de liga, jugó la Champions y pulió un repertorio técnico poco común para un delantero. Goles de chilena, de rabona, de palomita, definiciones de toda clase que lo volvían impredecible dentro del área y en 2018 dio el paso definitivo al llegar al Volverampton de la Premier Inglesa, primero a préstamo y después en propiedad.
El propio Nuno Espíritu Santo lo llamó por teléfono personalmente para convencerlo de firmar. Lo quería a él, solo a él. Inglaterra fue el escenario de su mejor versión. En su primera [carraspeo] temporada marcó 17 goles en todas las competiciones y el club no dudó en comprarlo de forma definitiva, convirtiéndolo en uno de los fichajes más importantes de su historia.
Formó con Adama Traoré, una de las duplas más peligrosas y veloces de toda la liga. En las gradas de Molineux, los aficionados ingleses coreaban su nombre como si hubiera nacido en Wolverampton y no en un pueblo de Hidalgo. El niño al que casi cortan por flaco se había convertido en ídolo de un club de la Premier Leageue y en la campaña 2019 tocó literalmente el cielo.
27 goles en todas las competiciones. Un Wolverampton metido hasta los cuartos de final de la Europa League con el como bandera y un Raúl Jiménez convertido en uno de los delanteros más completos y respetados de Inglaterra. Manchester United y Juventus empezaron a seguirlo de cerca y los analistas coincidían.
Estaba listo para dar el salto a un gigante. En octubre de 2020 renovó su contrato por 4 años, frenando los rumores de una salida inmediata, blindando su futuro en lo más alto. Estaba a un paso de los más grandes del planeta. Tenía 29 años. El balón obedecía a sus pies y el porvenir parecía escrito en letras de oro. Nadie, absolutamente nadie, imaginaba lo que estaba por ocurrir apenas unas semanas después.
El día en que todo estuvo a punto de terminar, era el 29 de noviembre de 2020. El Wolverampton enfrentaba al Arsenal y el partido apenas arrancaba. Corría el minuto 5 cuando Raúl hizo lo que había hecho miles de veces en su vida. Subió a disputar un balón aéreo dentro del área rival. Lo que pasó en ese segundo partió su historia en dos mitades imposibles de reconciliar.
Su cabeza chocó de forma violenta, frontal, contra la de David Luis. El impacto fue tan brutal que perdió el conocimiento de inmediato. No se llevó las manos a la cara, no intentó levantarse, simplemente se desplomó sobre el césped, inerte ante la mirada congelada de jugadores, cuerpos técnicos y aficionados que entendieron en cuestión de segundos que aquello no era un golpe cualquiera.
Hubo un silencio espeso de esos que solo se sienten cuando algo se sale por completo del guion del deporte. Sus compañeros pedían ayuda con desesperación. Los rostros lo decían todo. Nadie pensaba ya en el partido, en el resultado, en la liga. Todos pensaban en una sola cosa, que Raúl no se movía. Lo retiraron en camilla y lo trasladaron de urgencia a un hospital.
Las horas siguientes fueron las más largas de su vida y la de los suyos. Y entonces llegó la confirmación que el oa sangre de un país entero, fractura de cráneo, tuvo que ser operado de emergencia. Por unos instantes interminables, lo que estuvo en riesgo no fue su carrera, sino su propia existencia. A miles de kilómetros en México, su familia escuchaba la noticia sin terminar de creerla.
Su esposa describiría más tarde aquel momento como el más difícil de toda su vida, pero lo peor todavía estaba por llegar. Cuando despertó, Raúl descubrió que el golpe le había robado algo más que el equilibrio. Le había robado la memoria del accidente. Nunca vio la jugada en vivo. No recuerda el impacto.
No recuerda la caída, no recuerda nada. Es hasta el día de hoy un episodio en blanco dentro de su propia historia, como si su mente hubiera decidido protegerlo borrando aquello que jamás debió vivir. Hay quien diría que es una crueldad. Él lo asume como una extraña forma de piedad. La recuperación fue una pesadilla disfrazada de rehabilitación.
Tuvo problemas de equilibrio y de coordinación. Necesitó reaprender movimientos básicos, [resoplido] gestos que cualquier persona da por sentados antesquiera de pensar en volver a una cancha. Cada día era una pequeña batalla librada en silencio, lejos de las cámaras, lejos de los reflectores que tantas veces lo habían iluminado.
Los médicos analizaron con lupa cada riesgo, evaluaron si su cuerpo soportaría volver a jugar profesionalmente y más de una voz cercana le susurró la palabra que él se negó a escuchar, retiro. Y aquí es donde la historia toma un giro inesperado, porque mientras todos a su alrededor calculaban probabilidades y administraban temores, Raúl tomó una decisión desde la cama del hospital.
iba a volver. No lo dijo como un deseo ni como una ilusión lejana. Lo dijo como un hecho consumado. Desde el primer día en que abrió los ojos, jamás contempló otra salida que no fuera a regresar al fútbol. Para él no había debate, solo un calendario interno corriendo hacia su reaparición. Raúl reconocería que aquella tragedia le enseñó algo que ningún título podría enseñarle, a valorar más la vida que el fútbol, y que el accidente, lejos de quebrar a su familia, terminó por unirla todavía más.
Volvió a entrenar utilizando una protección especial en la cabeza, una que los médicos determinaron que debía acompañarlo durante el resto de su carrera. Esa cinta sobre su frente se volvió con el tiempo un símbolo, la marca visible de todo lo que había sobrevivido. Reapareció en la pretemporada de 2021 y su regreso fue celebrado como una de las historias de superación más impactantes que el fútbol mundial había visto en años.
El 26 de septiembre de 2021, frente al Southampton, marcó su primer gol oficial tras la lesión. Habían pasado 336 días desde su última anotación. 336 días de incertidumbre, de miedo, de reaprender a vivir. Aquel tanto no fue un gol, fue una victoria personal contra todo lo que había intentado derribarlo. Hasta el técnico Mikel Arta, que dirigía al rival la noche del accidente, reconocería el impacto descomunal que Raúl había tenido en la Premier Leage antes de la lesión.
Pero la fractura no fue su única tragedia. Hubo otra más callada, más larga y en cierto modo aún más dolorosa, porque se extendió durante 12 años y no dejaba cicatriz visible. Sin embargo, nadie imaginaba que detrás del goleador histórico se escondía una herida abierta con forma de Copa del Mundo. Raúl Jiménez ha sido convocado a cuatro mundiales: Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022 y finalmente el de 2026.
Y aquí aparece la paradoja más cruel de toda su carrera. Antes de este último torneo sumaba tres Copas del Mundo disputadas sin haber marcado un solo gol. Uno de los máximos artilleros en la historia de México jamás había podido festejar en el escenario más grande de todos. El hombre que marcaba en la Premiere, en la Champions, en eliminatorias y en finales, se volvía invisible justo cuando el planeta entero miraba.

En Brasil 2014 llegó como una joven promesa, pero Miguel Herrera apenas lo utilizó. Vio desde la banca los duelos ante Camerún, Croacia y Países Bajos y su única aparición se redujo a un puñado de minutos frente al anfitrión. Apenas 7 minutos en todo el torneo. Una eternidad sentado viendo pasar su primer sueño mundialista sin siquiera poder tocarlo de verdad.
En Rusia 2018 la historia no fue mucho más amable. Llegó por detrás de Javier Chicharito Hernández en la pelea por la titularidad. Disputó algunos minutos ante Alemania y Brasil y volvió a despedirse sin goles. México hizo historia eliminando a los campeones del mundo en la fase de grupos, pero Raúl vivió gran parte de aquella gesta desde un rol secundario como un testigo más que como un protagonista de la fiesta.
Y entonces llegó Qatar 2022, probablemente el mundial más frustrante de toda su vida. aterrizó en el torneo todavía arrastrando las secuelas de la fractura de cráneo sufrida 2 años antes, sin ritmo competitivo, señalado por una parte de la afición y la prensa que cuestionaba abiertamente su convocatoria.
Participó como suplente en los tres partidos de la fase de grupos. México quedó eliminado en la primera ronda por primera vez en décadas y él una vez más se fue sin marcar. Tres mundiales, tres despedidas en silencio y había algo todavía más desgastante que los minutos perdidos. Era la pregunta, esa pregunta que regresaba puntual y cruel cada 4 años.
¿Por qué el goleador de México no marca en los mundiales? Cada ciclo la prensa la repetía, cada ciclo la afición la masticaba y cada ciclo Raúl tenía que cargarla en silencio, sabiendo que por más goles que metiera en cualquier otro escenario, mientras esa casilla siguiera vacía su historia, tendría un asterisco. Pocos delanteros mexicanos han convivido tanto tiempo con una espina tan específica clavada en el mismo lugar.
[música] Las cuentas son tan frías como demoledoras. Entre sus tres primeras copas del mundo, apenas acumuló alrededor de 120 minutos. Nunca fue titular indiscutible. Nunca disputó un mundial en plenitud física, siendo la principal referencia de ataque de su país. La chilena que salvó a México ante Panamá seguía siendo año tras año mucho más recordada que cualquiera de sus apariciones mundialistas.
Figura en sus clubes, figura en Copa Oro, figura en la Nationsleage, figura en eliminatorias, pero un fantasma en el único torneo que de verdad inmortaliza a un futbolista. Esa era la deuda que lo perseguía a todos lados. 12 años cargando esa herida, 12 años escuchando que era goleador para todo, menos para un mundial. La tarde más feliz de su vida.
Antes de que llegara este día, Raúl tuvo que demostrar una vez más que seguía vivo competitivamente. En 2023 decidió cambiar de aires y firmó por el Fulam, también en la Premier, buscando el protagonismo que en sus últimos meses de Volverampton se le había escapado y le encontró. [carraspeo] recuperó continuidad, recuperó confianza y volvió a marcar con regularidad, superando la decena de goles en cada una de sus primeras temporadas con el club londinense.
El delantero al que tantas veces habían enterrado seguía respondiendo en una de las ligas más exigentes del planeta, ya sin la protección en la cabeza, pero con todas las cicatrices intactas por dentro. Con la selección, el renacimiento fue todavía más evidente. El Anatations League de Concacafó una actuación monstruosa, cuatro goles en apenas dos partidos.
Un recordatorio brutal de que cuando Raúl está fino, el tri entero se transforma. Para muchos analistas, México cambia de cara cuando el pis la cancha. Aparece un punto de referencia, un líder de área, alguien que sostiene el peso del ataque sin pedir permiso. A sus 34 años primero y 35 después, vivía una segunda plenitud que muy pocos creían posible para un hombre que había estado al borde del retiro forzado.
Javier Aguirre lo entendió antes que nadie. Para el Vasco, este Raúl no era el mismo de antes del accidente. Era una versión más madura, más completa, más sabia. Alguien que había aprendido a leer el juego con la calma de quien ya estuvo a punto de perderlo todo. Lo convirtió en uno de los líderes más importantes del vestidor rumbo al mundial.
Un capitán silencioso que, según quienes lo rodean, manda mucho más con el ejemplo que con los discursos. No necesita levantar la voz, le basta con la historia que carga sobre los hombros. Mientras tanto, partido a partido, su nombre escalaba sin descanso en la tabla de máximos goleadores históricos de la selección mexicana.
Dejó atrás [carraspeo] a leyendas como Jared Boretti, se instaló entre los más grandes de todos los tiempos y se fue acercando paso a paso a una cifra que durante años pareció intocable. La sombra de Chicharito por primera vez empezaba a quedar al alcance de la mano, pero el verdadero capítulo de su redención todavía no estaba escrito y se escribiría en el lugar más simbólico que existe para cualquier futbolista mexicano.
11 de junio de 2026, Estadio de la Ciudad de México, el mismo coloso donde 15 años atrás un adolescente flaco y cuestionado había debutado contra todo pronóstico. Esta tarde ese estadio ya no era una cancha, era un altar. México inauguraba por tercera vez en su historia una Copa del Mundo y lo hacía en casa ante su gente con el país entero conteniendo la respiración frente a Sudáfrica.
El círculo, sin que nadie lo dijera en voz alta, parecía a punto de cerrarse exactamente donde había empezado. La lluvia caía por momentos sobre la capital cuando el partido arrancó. Julián Quiñones abrió el marcador muy temprano encendiendo a una afición que llevaba años esperando un día así, soñando con borrar el amargo recuerdo de la última eliminación.
Pero la historia que de verdad importaba, la que medía 12 años de espera, todavía no había ocurrido. Faltaba el hombre que tantas noches había imaginado. En silencio este preciso instante. Nadie en el estadio sabía, con exactitud el huracán que se movía dentro del nueve mexicano. Para el resto del país era el partido inaugural.
Para él era un ajuste de cuentas con 12 años de su propia vida. Cada vez que el balón se acercaba al área rival, algo en su pecho se aceleraba. sabía, como solo lo saben los que han esperado demasiado, que el escenario perfecto rara vez se repite. Si la redención no llegaba aquí, en su casa, ante su gente, quizás no llegaría nunca.
Y entonces, al minuto 66 llegó un centro preciso desde la izquierda voló hacia el área. El tiempo para Raúl debió detenerse. Fiel a su instinto de toda la vida, apareció en el segundo palo, justo donde los goleadores de raza saben aparecer. saltó, conectó de cabeza y el balón se incrustó en la red, superando al portero Romben Williams.
El Azteca explotó, México explotó y Raúl por dentro explotó con 12 años de todo lo que se había guardado, porque ese no fue un gol más. Ese fue el gol que el destino le había negado durante tres copas del mundo. El gol que se le escapó en Brasil, en Rusia y en Qatar. El gol que justificaba cada minuto de rehabilitación, cada noche de incertidumbre en aquel hospital, cada voz que alguna vez le había dicho que se rindiera.
12 años de espera condensados en un solo cabezazo. El héroe del tri, por fin marcaba en un mundial y lo hacía en casa bajo la lluvia frente a la gente que nunca dejó de creer en él. Quienes lo conocen aseguran que en su festejo no había euforia de gol cualquiera, había liberación, la de un hombre que durante más de una década había escuchado que era goleador para todo menos para lo más grande y que esa tarde, de una vez por todas, hizo callar a la historia.
La cinta en la cabeza ya no estaba, la deuda tampoco. En las tribunas, miles de aficionados lloraban sin pudor, porque aquel gol no le pertenecía solo a Raúl, le pertenecía a todos los que alguna vez fueron subestimados, a todos los que cargaron una etiqueta injusta durante años, a todo un país que tantas veces se había sentido pequeño en el escenario grande.
Por un instante, bajo la lluvia del Azteca, México entero se reconoció en ese hombre de la cinta en la cabeza que se negó a desaparecer. Pero había una razón más profunda detrás de esas lágrimas, una que muy pocos en el estadio conocían en ese instante. Apenas 3 meses antes, el 11 de marzo de 2026, había muerto su padre, Raúl Jiménez Vega a los 62 años por un cáncer que lo consumió en silencio.
El mismo hombre que de niño lo llevó a su primera escuela de fútbol. El mismo que jamás se despegó de él durante la pesadilla de la fractura de cráneo, acompañándolo en cada gira, en cada recuperación, en cada caída. Y el mismo que poco antes de partir había confesado en voz alta su único sueño pendiente, ver a su hijo marcar por fin un gol en una Copa del Mundo. No alcanzó a verlo.
Se fue tres meses antes de que ocurriera. Por eso, cuando el balón tocó la red, Raúl no celebró hacia la tribuna. Levantó la mirada, señaló al cielo y rompió en llanto. Porque ese gol no era solo para México, ni para él, ni para la historia. Ese gol era para su padre. Era la promesa cumplida 12 años después y 3 meses demasiado tarde, dedicada al único hombre que siempre supo que este día llegaría.
Y desde algún lugar allá arriba, su papá por fin lo estaba viendo. Y aquí es donde la historia alcanza su dimensión más grande. Con ese tanto, Raúl Jiménez llegó a 47 goles con la selección mexicana, quedando a tan solo cinco anotaciones de los 52 de Javier Chicharito Hernández, el máximo goleador en la historia del tri, cinco goles.
Esa es toda la distancia que separa a Raúl de reescribir con su propio nombre, la cima absoluta del fútbol mexicano. Un récord que durante años pareció eterno, hoy respira en su nuca. El mismo lo ha dicho con una claridad que estremece. Los récords existen para ser superados, no para quedarse eternamente. Y ha dejado caer una frase que resume toda su vida, todas sus caídas y todas sus resurrecciones.
No tengo techo y no voy a parar. El hombre que estuvo a punto de morir en una cancha persiguiendo un balón, hoy persigue la historia y la tiene a cinco goles de distancia. Y hay un detalle que vuelve esta persecución todavía más conmovedora. El propio Chicharito Hernández, dueño de esa marca, ha dicho públicamente que le encantaría ver caer su récord, que los registros están para romperse y que si alguien debe arrebatárselo, ojalá sea pronto, porque eso significaría que el fútbol mexicano sigue creciendo. No hay rivalidad
amarga. Aquí hay una posta a punto de pasarse de mano en mano y Raúl con cada cabezazo, con cada definición está cada vez más cerca de recibirla. Pero mientras Raúl celebraba con los brazos abiertos y los ojos llenos de todo lo que había soportado, en las redes sociales de todo México estallaba una guerra, porque por increíble que parezca, no todos estaban de acuerdo con que él fuera el héroe de esta historia.
Hay carreras que se miden en goles, en títulos y en cifras frías, y hay otras que solo se entienden si te detienes a pensar en todo lo que un hombre tuvo que soportar para seguir de pie. La de Raúl Jiménez pertenece, sin la menor duda, a las segundas. Pensemos en las oportunidades, en aquel adolescente al que estuvieron a punto de cortar por ser demasiado pequeño y que terminó marcando en el mundial de su propio país.
Pensemos en la presión, la de cargar durante 12 años con la etiqueta del goleador que no marcaba en mundiales. La de regresar de una fractura de cráneo con la cabeza protegida y el alma intacta. la de saber que cada partido podía ser de verdad el último. Pensemos en los sueños, el del niño que quería ser portero como Jorge Campos y acabó persiguiendo el récord de máximo goleador de toda una nación.
Y pensemos en lo que todo esto significa para el fútbol mexicano, porque la historia de Raúl no es solamente suya, es la historia de un país que necesita creer que la perseverancia vale la pena, que las segundas oportunidades existen y que ningún golpe, por más brutal que sea, tiene la última palabra sobre lo que un hombre decide ser.
En un mundial que se juega en casa con una nación entera sobre sus hombros, Raúl Jiménez se ha convertido en mucho más que un delantero. Se ha convertido en un espejo de todo lo que México quiere ser. Alguien que se cae, que sangra, que duda y que aún así se levanta. Y al final, cuando el ruido del debate se apague y queden solo las imágenes, lo que el tiempo recordará será esto.
Un hombre que estuvo tendido sobre el césped, inmóvil, con su familia temiendo lo peor, levantándose una última vez para besar el balón en la red del Estadio Azteca. Esa es la verdadera redención, no la de los récords ni la de las estadísticas, sino la de un corazón que se negó a dejar de latir por el fútbol cuando todo le decía que era momento de rendirse.
Raúl no solo le ganó a los rivales, le ganó al miedo, le ganó al dolor, le ganó al destino que ya lo había sentenciado. Y por eso, marque o no marque otro gol en su vida, su nombre ya quedó escrito donde nadie podrá borrarlo. En el lugar reservado para los que cayeron mil veces y mil veces volvieron a ponerse de pie. Porque al fondo esta nunca fue la historia de un goleador.
Fue la historia de un hombre que convirtió cada tragedia en combustible, cada lágrima en fuerza y cada no en una razón más para seguir soñando. Y esa, amigos, es la clase de historia que un país jamás olvida. Ahora dinos tú qué te pareció el debut mundialista en casa de Raúl Jiménez. Déjanoslo en los comentarios porque tu voz también forma parte de esta historia que apenas comienza.
Podemos decir que la vida dentro del fútbol está llena de triunfos, pero también de caídas. Lo verdaderamente importante es saber cómo responder cuando todo se viene abajo, cómo aprender de los errores y cómo reconstruirse cuando la credibilidad está en juego. Tal como es el caso de Julián Quiñones, quien tuvo que superar innumerables obstáculos para encontrar su lugar.
Si te interesa conocer esa historia inspiradora, te la dejo por aquí, No te la puedes perder, en la cual repasamos tanto su carrera futbolística como su vida privada de una forma muy entretenida. M.