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NIÑO DE 8 AÑOS DICE HABER ESTUDIADO CON CARLO ACUTIS — “ÉL SABÍA QUE IBA A MORIR”

Lo que encontré me dejó sin respiración. Carlo Acutis. Nacido en Londres en 1991, criado en Milán, programador prodigio, devoto católico. A los 11 años creó una exposición completa catalogando todos los milagros eucarísticos del mundo. Murió de leucemia fulminante a los 15 años en octubre de 2006. Beatificado en octubre de 2020.

Su cuerpo incorrupto descansa en Asís. Las coincidencias me perturbaron, pero no me alarmaron todavía. Mateo pudo haber escuchado algo en la iglesia, pudo haberlo buscado en mi computadora cuando yo no estaba mirando. Los niños son curiosos, absorben información de lugares inesperados. Decidí no darle demasiada importancia, pero Carlo no desapareció.

Al día siguiente, Mateo dejó su desayuno a medias y me dijo, “Mamá, Carlos dice que tengo que rezar más el rosario. Dice que la Virgen María es muy importante y que ella lo ayudó mucho cuando estaba enfermo. Esa palabra enfermo me erizó la piel. Mateo nunca había estado enfermo, aparte de resfriados comunes.

Gozaba de salud perfecta. Los días siguientes fueron una progresión extraña. Mateo comenzó a dibujar. Nunca había sido especialmente artístico. Prefería números y palabras, pero de repente llenaba páginas enteras con imágenes de cálices dorados, hostias radiantes, ángeles rodeando altares. Los dibujos eran buenos, sorprendentemente detallados para un niño de 8 años.

 En uno de ellos dibujó un adolescente con sudadera y jeans, sonriendo con una computadora en las manos. Debajo escribió con su letra infantil. Carlo me enseñó esto. Hablé con mi hermana Paula por teléfono. Vive en Madrid. Es psicóloga infantil. Le describí todo. Lucía me dijo con esa voz profesional que usa cuando está preocupada, pero no quiere alarmarte.

 es probablemente un amigo imaginario elaborado. Mateo es inteligente, absorbió información sobre este beato de algún lado y está procesándola creativamente. Es su manera de explorar su fe, de sentirse conectado con algo más grande. No te preocupes a menos que empiece a afectar su comportamiento diario o su salud.

 Fue esa última palabra salud la que me hizo prestar más atención. Porque justo en ese momento, 14 días después de que Carlo apareciera en nuestras vidas, noté que Mateo tenía ojeras, se cansaba más fácil, dejaba comida en el plato, el que siempre había tenido buen apetito. Una tarde, subiendo las escaleras del apartamento, tuvo que detenerse en el segundo piso a recuperar el aliento.

“Mamá”, dijo con una sonrisa débil. Carlo dice que a veces nuestro cuerpo se cansa porque está luchando batallas que no podemos ver. Esa noche lo llevé al pediatra. El doctor Renzo nos conoce desde que Mateo era bebé. Es un hombre de 60 años con manos suaves y voz tranquilizadora. Examinó a Mateo completamente.

Lo pesó. Midió su temperatura, escuchó su corazón y pulmones, revisó su garganta y oídos. Probablemente es anemia”, dijo finalmente común en niños en crecimiento. Vamos a hacer unos análisis de sangre para estar seguros, pero no te alarmes. Le doy hierro y en dos semanas estará corriendo otra vez.

 Fuimos al laboratorio al día siguiente. Mateo fue valiente cuando la enfermera le sacó sangre. No lloró, solo apretó mi mano y miró hacia otro lado. Carlo también tuvo que hacerse muchos análisis. me dijo en el camino a casa. Dijo que los doctores son ángeles que Dios pone en la tierra para cuidarnos. Me pareció hermoso.

 Me pareció la filosofía perfecta de un niño santo. No me pareció una advertencia. Los resultados llegaron tres días después. El Dr. Renzo me llamó a mi celular a las 4 de la tarde. Lucía dijo, y algo en su tono me hizo sentarme. Necesito que traigas a Mateo mañana a primera hora. Sus niveles de glóbulos blancos están muy alterados.

 Necesitamos hacer más pruebas. ¿Qué tipo de pruebas? Pregunté sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies. Pruebas más específicas, respondió. No quiero adelantarme, pero necesito que vengas mañana sin falta. Esa noche no pude dormir. Busqué glóbulos blancos alterados niños en Google y me hundí en un agujero de terror. Leucemia. linfoma, trastornos inmunológicos, infecciones graves.

 Cada artículo era peor que el anterior. A las 2 de la madrugada fui al cuarto de Mateo. Dormía profundamente con su osito de peluche abrazado contra el pecho. Se veía tan pequeño, tan frágil, tan perfectamente sano a pesar de todo. ¿Cómo podía estar enfermo? ¿Cómo podía tener algo grave este niño que era mi vida entera? Me arrodillé junto a su cama y recé por primera vez en años con desesperación real.

Virgen María, susurré, no sé si me escuchas, no sé si funcionan así estas cosas, pero te lo ruego, protege a mi hijo. Que sea anemia simple, que sea algo menor. No puedo perderlo. Es todo lo que tengo. Cuando abrí los ojos, Mateo estaba despierto mirándome. Mamá, dijo con voz omnolienta. Carlo dice que no tengas miedo.

 dice que todo lo que pasa tiene un propósito, incluso las cosas que duelen. Me abrazó y volvió a dormirse inmediatamente, dejándome temblando en el suelo de su habitación. La mañana siguiente fuimos al hospital, no al consultorio del Dr. Renzo, al hospital San Rafaele, uno de los mejores de Milán. Nos esperaban en el departamento de hematología.

Una doctora joven llamada Francesca nos recibió con una sonrisa profesional que no llegó a sus ojos. Nos hizo pasar a una sala de exámenes fría y blanca. Le hicieron a Mateo más análisis de sangre, un examen físico completo. Palparon su abdomen buscando agrandamiento de hígado o vaso.

 Revisaron si tenía ganglios inflamados en cuello. Axilas, inglés. Mateo fue increíblemente cooperativo. Respondió todas las preguntas. Sí, se cansaba más de lo normal. Sí, a veces le dolían los huesos, especialmente las piernas por la noche. Sí, había tenido algunos moretones que aparecían sin razón clara. Yo no sabía de los dolores en las piernas.

 Yo no sabía de los moretones. ¿Por qué no me lo habías dicho?, le pregunté después. Carlo dijo que no te preocupara, mamá, respondió. dijo que los adultos ya tienen muchas preocupaciones. Nos pidieron esperar dos horas, tres horas. Mateo se durmió en la silla incómoda de la sala de espera con la cabeza en mi regazo.

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