El mundo del deporte se ha despertado hoy bajo un manto de profunda tristeza y un luto ensordecedor que ha paralizado a la afición. Las campanas han sonado, pero esta vez no anuncian el inicio vibrante de un asalto más en el cuadrilátero iluminado, sino el final ineludible del combate de la vida para una de las figuras más emblemáticas, respetadas y genuinamente queridas de la televisión deportiva contemporánea. Eduardo Orestes Lamazón, mundialmente conocido, admirado y reverenciado bajo el entrañable apodo de “Don Lama”, ha fallecido a los 69 años de edad este lunes 4 de mayo en la frenética Ciudad de México, precisamente el mismo lugar que lo acogió con los brazos abiertos durante décadas y al que amó profunda y desinteresadamente. Su partida física deja un vacío monumental en las transmisiones de boxeo, un silencio pesado que resonará con dolorosa fuerza cada fin de semana cuando las luces de la arena se enciendan y falte su voz guía para conducirnos a través de la pasión, el dramatismo y la técnica inigualable del arte de fistiana. Esta noticia desgarradora ha sacudido hasta las lágrimas a fanáticos, colegas, directivos y atletas por igual, marcando el fin irremediable de una era dorada en el análisis deportivo internacional.
Hablar de la figura titánica de Eduardo Lamazón es hacer referencia obligatoria a una auténtica institución del micrófono y la crónica especializada. Su voz, inconfundible, aterciopelada y magnética, se convirtió por mérito propio en la banda sonora indispensable de inolvidables noches de boxeo. Para millones de espectadores congregados frente al televisor, un combate estelar simplemente no estaba completo, ni tenía el mismo impacto emocional, si no contaba con el meticuloso análisis y la narrativa envolvente de Don Lama. Su lenguaje siempre fue asombrosamente elocuente, rico en matices literarios, y poseía un tono de voz característico que captaba y retenía la atención del espectador desde el primer segundo de la campanada inicial. A esto se sumaba ese inconfundible y encantador acento sudamericano que, de manera muy curiosa y entrañable, nunca abandonó del todo, pero que logró fusionarse a la perfección con la cálida idiosincrasia mexicana, creando un estilo híbrido fascinante. Era, sin lugar a dudas, un maestro consumado de la oratoria depor
tiva. No se limitaba jamás a describir de forma plana los golpes o los movimientos de piernas; sus extensas explicaciones iban muchísimo más allá de lo evidente. Lamazón era un erudito, un académico del ring que aportaba datos históricos precisos, estadísticas impecables y un contexto sociológico fascinante que enriquecía de manera exponencial la experiencia de observar a dos gladiadores enfrentándose en el ensogado. Su juicio crítico siempre fue implacable pero tremendamente justo, y su herramienta de trabajo más famosa, su legendaria e icónica tarjeta de puntuación, se transformó en el faro de luz que miles de aficionados utilizaban ciegamente para entender quién estaba realmente dominando la contienda. Cuando la pelea resultaba cerrada y el drama cortaba la respiración, la mirada de todo un país se dirigía con ansias a la pantalla, esperando únicamente escuchar el veredicto sabio e inamovible de la tarjeta de Don Lama.
La historia vital de este ilustre personaje es un fascinante y extenso viaje de determinación inquebrantable, pasión desbordante y destino ineludible. Eduardo Orestes Lamazón vio la luz por primera vez en la República Argentina, naciendo el 2 de diciembre de 1956. De sus primeros años de infancia y de su etapa de adolescencia transcurridos en el cono sur, él mismo confesaba siempre guardar gratos y tiernos recuerdos, asegurando con orgullo que nunca desdeñó sus preciadas raíces y que, por el contrario, siempre honró con reverencia el lugar que lo vio nacer. “Nací en Argentina, caramba, ¿quién no existe, un ser humano que desprecie su condición de nacimiento?”, solía decir con esa sinceridad aplastante y desbordante que lo caracterizaba en cada entrevista. Sin embargo, el destino, en su infinita complejidad, le tenía cuidadosamente preparado un guion extraordinario y majestuoso muy lejos de las tranquilas pampas que lo vieron crecer. En el agitado año de 1979, un joven, impetuoso y visionario Lamazón tomó la valiente decisión de emigrar, llegando así a México. Esta tierra vibrante no solo le abriría las puertas de par en par con generosidad, sino que terminaría por robarle el corazón de manera absoluta y definitiva. Su llegada a suelo azteca marcó el vibrante inicio de una transformación personal y profesional sin precedentes en la historia del deporte. Aquí, en este país, encontró su verdadero y definitivo hogar, descubrió su máximo propósito vital y construyó a su gran familia extendida dentro de la leal fraternidad del pugilismo profesional.
Muchos admiradores lo conocen principalmente por su deslumbrante y prolongada etapa frente a las cámaras de televisión, pero la realidad es que la gigantesca influencia de Lamazón en el mundo del boxeo se cimentó mucho tiempo atrás, operando en las más altas esferas de poder, organización y toma de decisiones a nivel global. Al establecerse en México, tuvo el inmenso privilegio y el reto de comenzar a trabajar hombro a hombro al lado de una de las mentes más brillantes, astutas y poderosas de la historia del deporte mundial: el legendario don José Sulaimán. Bajo la estricta pero protectora tutela de su gran amigo y mentor, Lamazón se forjó un carácter de acero en las complicadas oficinas y los largos pasillos del Consejo Mundial de Boxeo. Su aguda inteligencia, su extraordinaria capacidad de organización logística y su visión estratégica a largo plazo lo llevaron a ascender vertiginosamente hasta convertirse en una de las cabezas pensantes más importantes e indispensables del organismo boxístico más prestigioso, laureado e influyente del planeta entero. Durante esos intensos años formativos, Don Lama no era en absoluto un simple espectador de traje y corbata; era un hacedor incansable. Conoció los rincones más oscuros y luminosos del boxeo desde sus propias entrañas, comprendió a la perfección las intrincadas regulaciones, las complicadas políticas internacionales, las urgentes necesidades humanas de los valientes peleadores y las exigencias comerciales de los promotores de alto nivel. Ese conocimiento profundo, verdaderamente enciclopédico y sumamente privilegiado fue la semilla dorada que germinaría años más tarde en los medios, permitiéndole ostentar una autoridad moral, ética y técnica que absolutamente nadie se atrevía a cuestionar. Cuando Eduardo Lamazón tomaba la palabra, el universo entero del boxeo se detenía a escuchar y guardaba un respetuoso silencio, porque sus aseveraciones estaban sólidamente respaldadas por décadas de impecable gestión y convivencia directa y cotidiana con los verdaderos protagonistas de las batallas del ring.
Su posterior incursión, ya de manera definitiva y estelar, en los medios de comunicación masiva fue, sin atisbo de duda, el regalo más grande que pudo haberle hecho a la audiencia deportiva. Lamazón supo trasladar toda esa vasta experiencia directiva y técnica directamente a la pantalla chica, democratizando así el entendimiento técnico del boxeo para las masas. Su filosofía particular sobre las transmisiones televisivas deportivas era tan cristalina como fascinante y vanguardista. A pesar de ser considerado una verdadera biblioteca ambulante de sabiduría pugilística, él siempre se encargó de mantener los pies firmemente anclados en la tierra. “En el caso mío, o en el caso del boxeo, de las transmisiones de boxeo, hay mucho de entretener a la gente”, afirmaba con absoluta convicción y una sonrisa cómplice. Para él, la prioridad número uno y el fin último de su labor periodística era el puro entretenimiento. Confesaba que asumir un papel estrictamente de educador solemne le parecía una postura un tanto “pretenciosa” e irreal. Por supuesto que valoraba enormemente el buen uso del diccionario, el cuidado meticuloso en la expresión oral y la enorme capacidad de poder enseñar algo valioso a las nuevas generaciones que venían detrás, pero su gran misión autoimpuesta era, ante todo, divertir al espectador que encendía su televisor buscando un escape. El boxeo es un deporte extremadamente serio, crudo, de impacto brutal y doloroso, “en ocasiones casi suicida”, tal y como él mismo lo definía con una mezcla de profundo respeto y genuino asombro por la valentía de los peleadores. Sin embargo, en medio de esa ferocidad, Lamazón encontraba mágicamente la manera de equilibrar esa inmensa tensión inherente al combate con un ambiente de camaradería, relajación y disfrute familiar. “Nos divertimos enormemente en las transmisiones porque así tiene que ser”, aseguraba sin dudar, invitando cordialmente a todo su público a formar parte integral de una gran fiesta televisiva inigualable cada fin de semana.
Más allá del evidente rigor profesional, lo que realmente terminó de cimentar el estatus de ídolo intocable de Eduardo Lamazón fue su amor incondicional, ciego y absoluto por la República Mexicana. Aunque su pasaporte de origen y su acta de nacimiento dictaban otra realidad geográfica, su alma entera estaba irremediablemente teñida de verde, blanco y rojo. “Estoy muy convencido de que soy muy mexicano”, expresaba siempre con una emoción palpable, sincera y vibrante que lograba traspasar el cristal de la pantalla. Su sentido de pertenencia no era una pose mediática; era auténtico y visceral. Constantemente estaba pensando de manera positiva en el bienestar general del país, deseando ardientemente y con toda su energía que a México le fuera de maravilla en absolutamente todos los frentes posibles. Quería con fervor presenciar victorias épicas de la selección en el fútbol, pero también anhelaba el éxito nacional retumbante en cualquier otro ámbito cultural, social o económico que se presentara. Creía ciegamente y con profunda fe en el valor del esfuerzo colectivo de la sociedad, argumentando que la única manera de avanzar era que cada ciudadano se comprometiera a “hacer la partecita que le toca” para lograr edificar una nación mucho más fuerte, unida y próspera para el futuro. Esta conexión emocional tan íntima y profunda lo convirtió rápidamente en uno más de la familia. La gente de a pie no lo veía como un extranjero exitoso que opinaba sobre deportes en la televisión, sino como un compatriota entrañable, un amigo cercano y sabio que se sentaba simbólicamente en la sala de estar de millones de hogares mexicanos para compartir, reír y sufrir con su pasión desbordante.

Hoy, su lamentable y dolorosa partida aquel lunes 4 de mayo en la amada Ciudad de México marca de forma indeleble el cierre definitivo de un capítulo absolutamente irrepetible e histórico en los anales del periodismo deportivo de habla hispana. A sus 69 años de edad, Don Lama se despidió silenciosamente de este mundo terrenal que tanto recorrió, pero su inmenso legado ya es oficialmente inmortal y a prueba del paso del tiempo. “Hablar de boxeo es mi deporte referido, entonces siempre estoy feliz, contribuyen a mi felicidad los amigos que se acercan a platicar de boxeo”, reflexionaba pacíficamente en una de sus últimas y más emotivas intervenciones públicas. Precisamente esa felicidad contagiosa, honesta y radiante es la que el público y sus seres queridos se esfuerzan por recordar en estas horas de oscuridad. Sus innumerables anécdotas fascinantes, sus frases célebres cargadas de ingenio y su manera apasionada, casi poética, de vivir y relatar cada round quedarán por siempre grabadas a fuego lento en la memoria colectiva del deporte internacional. El luto que hoy embarga al medio es inmenso e incalculable, pero de la misma magnitud es la gigantesca gratitud por haber tenido el privilegio de disfrutar de una mente tan preclara, analítica y de un corazón tan generoso durante tantas décadas ininterrumpidas. Las plataformas digitales, las redes sociales, los programas estelares de televisión y las portadas de los principales diarios internacionales se encuentran hoy inundados de lágrimas y homenajes sinceros. Resulta imposible cuantificar de manera exacta el impacto directo que su trabajo tuvo en la cultura popular, pero sí es perfectamente posible calificar con precisión su magnífico paso por esta vida. Hoy, la campanada final ha sonado con eco de eternidad y el juez supremo ha entregado su tarjeta definitiva en la mesa de control. Sin dudarlo ni un solo segundo, y contando con el reconocimiento absoluto y unánime de todos los que tuvieron la dicha de escucharlo y amarlo, el veredicto oficial es abrumadoramente claro y contundente: 10 puntos perfectos e indiscutibles para su brillante carrera, y 10 puntos magistrales para su hermosa vida. Descansa en paz, gigante Eduardo Lamazón. Tu inigualable voz seguirá resonando eternamente en cada arena llena, en el impacto de cada golpe y en cada noche mágica y estrellada donde un par de guantes valientes decidan, a sangre y sudor, el destino de un nuevo guerrero.