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Angélica Rivera: Por ESTO Aceptó Casarse con el Candidato… Y Televisa Nunca Lo Confesó

Se podía comprar poder. Y para que no creas que esto es una teoría mía, escucha lo que dijo el dueño de todo aquello. Emilio Azcárraga Milmo, el tigre, el hombre que mandaba en Televisa con Puño de Hierro, lo declaró públicamente y quedó registrado para la historia. que Televisa era una empresa del PRI y que él era un soldado del PRI.

Un soldado. Así con todas sus letras lo dijo el patrón de la televisión mexicana. La empresa que te entretenía cada noche se declaraba a sí misma soldado de un partido político. En esa frase cabe todo lo que vas a escuchar hoy. Porque cuando el entretenimiento y el poder duermen en la misma cama, tarde o temprano alguien del catálogo de estrellas termina pagando la cuenta del hotel.

Guarda esa idea. La fábrica de rostros al servicio del poder. La vas a necesitar para entender el final de esta historia. En esa fábrica entró una adolescente de la colonia industrial en la ciudad de México, Angélica Rivera Hurtado, nacida el 2 de agosto de 1969, una de seis hermanos, hija de un hogar que conocía perfectamente lo que era estirar el dinero hasta el día 30 del mes.

Empezó a trabajar a los 15 años. 15. Modelaje, comerciales, concursos, pequeños papeles, lo que cayera. Imagínatela en aquellos castings de mediados de los 80. Una muchachita haciendo fila entre decenas de muchachitas con la foto de estudio bajo el brazo, soñando con que algún productor le dijera que sí. El medio era brutal con las que llegaban sin padrino y ella llegó sin padrino.

Lo que tenía era otra cosa, algo que las cámaras adoran y que no se puede enseñar en ninguna escuela. La pantalla quería. A finales de los 80 ya tenía sus primeros papeles en telenovelas y en 1991 llegó la pícara soñadora, donde México entero empezó a aprenderse su cara. Después vinieron más protagónicos, villanos vencidos, lágrimas perfectas.

En 1995 encabezó la dueña y se ganó un lugar entre las grandes. En 2005 hizo la madrastra y rompió ratings. Tú la veías y sentías que la conocías porque así funcionaba esa fábrica. Te metía sus estrellas en la casa todas las noches hasta que formaban parte de tu familia. Y había algo más en ella, algo que las otras rubias del catálogo nunca tuvieron.

Angélica Rivera se sentía alcanzable. Su belleza era de vecina guapa, su risa era de comadre, su forma de hablar era la de cualquier mujer de barrio que salió adelante. Las divas se admiran de lejos. A ella se le quería de cerca. Y ese cariño de cerca, ese precisamente fue el capital que años después alguien decidió invertir en política.

Quizá tú también llegabas de trabajar, prendías la televisión y ahí estaba ella en tu sala. a la misma hora como una visita que nunca fallaba, una visita. Y quizá tú también, sin darte cuenta, le fuiste tomando un cariño que no se le toma a una desconocida. Por eso esta historia duele como duele. Y entonces llegó 2007, Destilando amor.

Una muchacha de campo con dos trenzas, un sombrero y un machete entre los agabes. Gaviota. El papel le quedó como un guante. La humildad, la dignidad, la mujer que se levanta una y otra vez, aunque los poderosos la pisen. México se volvió loco con esa telenovela. Las señoras lloraban con ella.

Los maridos se quedaban callados viéndola. Las niñas jugaban a ser gaviota en los patios. Hasta el apodo se le quedó pegado para siempre. A partir de ese año, para todo un país, Angélica Rivera dejó de llamarse Angélica Rivera. Se llamó la gaviota. Y detente un segundo en la ironía del personaje, porque con los años se vuelve escalofriante. Gaviota era una mujer humilde que entraba al mundo de los ricos, se enamoraba del heredero del imperio y descubría a golpes que en ese mundo todo tiene dueño, todo tiene precio y toda intrusa termina pagando.

La ficción se lo advirtió antes que nadie, capítulo por capítulo, en horario estelar. Y ni ella ni nosotros supimos leer la advertencia. fue el punto más alto de su carrera. Dicen los críticos de espectáculos que fue el papel de su vida. Se equivocan. Gaviota fue el papel más famoso. El papel más largo de su vida estaba todavía por llegar y no se lo iba a dar ninguna telenovela.

Porque mientras ella levantaba ese machete entre los agabes, a 40 minutos de la ciudad de México en Toluca, había un hombre joven de copete perfecto y sonrisa de comercial gobernando el estado más poblado del país. Enrique Peña Nieto, gobernador del Estado de México desde 2005, del fin de un grupo político que llevaba décadas cocinando presidentes a fuego lento, el grupo Atlacomulco.

recuerda ese nombre Atlacomulco. Es un pueblo del Estado de México, pero también es una palabra que en la política mexicana significa algo muy concreto, paciencia, disciplina y una ambición que se hereda de generación en generación. Y aquí entra la primera mujer de esta historia que casi nadie nombra. Se llamaba Mónica Pretelini.

Era la esposa del gobernador, madre de sus tres hijos Paulina, Alejandro y Nicole. una mujer de sociedad mexiquense discreta, que acompañaba a su marido en los actos oficiales con esa sonrisa contenida de las esposas de los políticos. El 11 de enero de 2007, Mónica Pretelini murió. Tenía 44 años.

La versión oficial habló de una crisis convulsiva, de un problema neurológico, de una muerte súbita en la madrugada. Alrededor de esa muerte circularon después preguntas, versiones y silencios que nunca terminaron de cerrarse y el propio gobernador tuvo que enfrentar entrevistas incómodas donde se le vio dudar hasta de los detalles más básicos.

Eso quedó grabado y volveremos a eso. Lo que importa ahora es la fecha. Enero de 2007. El mismo año en que México entero se enamoraba de Gaviota, el gobernador más ambicioso del país se quedaba viudo. Guarda esa coincidencia de calendario porque hay gente que lleva años asegurando que no fue ninguna coincidencia lo que pasó después.

El gobernador viudo tenía un problema y lo sabía todo el mundo en su círculo. Quería ser presidente. Lo quería con esa hambre fría de los hombres de Atlacomulco. Pero un candidato viudo, con tres hijos y con rumores incómodos flotando alrededor de la muerte de su esposa, era un producto difícil de vender. Y en el México de aquellos años, los productos políticos se vendían en un solo lugar, en la fábrica de rostros.

Lo que pasó entonces entre Toluca y San Ángel, entre el palacio de gobierno y los foros de Televisa, es el corazón de esta historia. Una operación tan perfecta, tan bien producida, que durante años millones de mexicanos la vieron en pantalla sin sospechar que estaban viendo precisamente eso, una producción. Hay una versión que corrió por los pasillos de la televisora y que después llegó hasta periódicos extranjeros.

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