Atención México. Hoy 11 de junio de 2026 el mundo entero volteó a ver a nuestro país. El balón ya rodó en el estadio Ciudad de México, el viejo coloso de Santa Úrsula. Y la Copa Mundial de la FIFA arrancó en suelo mexicano con el partido inaugural entre la selección nacional y Sudáfrica. Pero detrás de la fiesta hay una historia que pocos van a contarles completa.
Una historia sobre quienes apostaron a que este día sería un desastre y sobre una presidenta que dijo con calma que la inauguración iba a salir bien. Quédense conmigo porque vale la pena entenderlo desde el principio. Durante semanas se sembró en redes sociales una idea muy concreta, que México llegaba quebrado al mundial, que la capital se iba a convertir en un caos imposible de controlar, que las protestas impedirían que el torneo más importante del planeta pudiera siquiera comenzar.
Se repitió que el país estaba al borde del colapso y que la imagen de México frente al mundo iba a quedar por los suelos. Y justo cuando esa narrativa alcanzaba su punto más alto, llegó el día y la realidad se impuso sobre el ruido. La presidenta Claudia Shainam lo planteó esta mañana desde Palacio Nacional con una serenidad que vale la pena destacar.
Señaló que en redes sociales se pretende hacer ver como si en México todo estuviera mal y lo describió con todas sus letras como una campaña en contra del gobierno federal. No respondió con gritos ni con descalificaciones, respondió con una frase que resume su estilo. Dijo que están muy tranquilos. que es importante explicarlo y que el gobierno cuenta con apoyo popular.
Esa tranquilidad no es casual, es la tranquilidad de quien sabe que los hechos están de su lado. Pongamos las cosas en su lugar. La secretaria de Gobernación, Rosa Escela Rodríguez, fue directa en el mensaje que envió a las familias que acudirían a los festejos. Dijo que querían ser muy claros. El mundial va y se desarrollará con normalidad.
Y la propia presidenta garantizó que la celebración de la inauguración se llevaría a cabo en paz y con tranquilidad. No fueron promesas al aire, fueron compromisos públicos asumidos frente a un país entero y frente a un mundo que tenía los ojos puestos en la Ciudad de México. Para entender el peso de este momento, hay que recordar de qué estadio estamos hablando.

El estadio Ciudad de México, conocido por generaciones como el Azteca, acaba de hacer algo que ningún otro recinto en el planeta ha logrado. Albergar la inauguración de tres copas del mundo. Lo hizo en 1970, lo hizo en 1986 y lo vuelve a hacer hoy en 2026. Ningún otro estadio del mundo carga semejante historia. Ahí jugaron las máximas leyendas del fútbol.
Ahí se levantaron trofeos que quedaron grabados en la memoria de la humanidad. Y hoy ese mismo escenario volvió a ser el corazón del deporte mundial. Que ese honor recayera en México por encima de las otras dos naciones organizadoras no es un detalle menor. Es un reconocimiento al lugar que nuestro país ocupa en la historia del fútbol.
Y este mundial no es uno cualquiera, es el primero en la historia que se juega en tres países al mismo tiempo. Es el más grande jamás organizado con 48 selecciones y 104 partidos repartidos a lo largo de casi 40 días, del 11 de junio al 19 de julio. México tuvo el privilegio de abrir el telón. La primera ceremonia, la más importante, la que da la vuelta al mundo en cuestión de segundos, se realizó aquí.
Y sobre el escenario subieron voces que representan lo mejor de nuestra cultura y de la cultura latinoamericana. Lila Downs abrió con un mensaje de bienvenida. Maná encendió las gradas, los ángeles azules y Belinda pusieron a cantar al estadio y artistas como Shakira y Burnaboy llevaron la fiesta a una audiencia global, una postal que recorrió el planeta y que mostró a un México vivo, festivo y orgulloso de lo que es.
Vale la pena subrayar un detalle que habla por sí solo. Este mundial reparte sus ceremonias de apertura entre las tres naciones organizadoras y de las tres, la primera, la que inaugura oficialmente la competencia, se celebró en México. Las de los Ángeles en Estados Unidos y Toronto en Canadá vienen después el 12 de junio.
Es decir, el pitazo inicial del torneo más visto de la humanidad sonó aquí en la Ciudad de México antes que en cualquier otro lugar. En un mundial compartido entre tres países, México se quedó con el lugar de honor. El propio presidente de la FIFA, Jan Infantino, estuvo en Palacio Nacional con la presidenta Shinbaum horas antes del arranque.
Reconoció la importancia histórica de este estadio y habló de la magia que lo rodea. Cuando el máximo dirigente del fútbol mundial viaja hasta la sede del gobierno mexicano para acompañar a la mandataria, queda claro quién está en el centro del escenario. No es el ruido de las redes, es México recibiendo al mundo con la frente en alto.
Ahora bien, seamos honestos, porque en este canal no venimos a esconder nada. Si hubo movilizaciones en la capital, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación llamó a manifestarse y otros grupos sociales también salieron a las calles. Pero conviene mirar los hechos tal y como ocurrieron, sin exagerarlos y sin minimizarlos.
El gobierno no enfrentó a los maestros con la fuerza, hizo lo contrario, los convocó al diálogo. La presidenta informó que se llegó a un acuerdo para que las protestas se realizaran en horarios que no se interpusieran con el inicio del evento mundialista. Explicó que se abrió una mesa de negociación que se invitó al magisterio a participar en el diseño de las iniciativas que los benefician y que incluso se acordó hacer visitas escuela por escuela para escuchar sus propuestas.
Eso es atender un reclamo legítimo, con respeto, no con represión. Las demandas del magisterio existen y son reales. Tienen que ver, entre otras cosas, con el cumplimiento de compromisos en materia de seguridad social, como la revisión de la ley del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado. Son temas serios que merecen ser discutidos en su propio espacio.
Lo que el gobierno dejó claro es que la protesta social y la fiesta del fútbol no tenían por qué chocar y que ambas podían coexistir en una ciudad democrática. Según el reporte oficial, las marchas que se desarrollaron a lo largo del día, incluida una en memoria de los hechos de 1971 y otra encabezada por familias de personas desaparecidas, concluyeron sin incidentes.
Aquí está el contraste que conviene subrayar. Mientras un sector apostaba a que el descontento se convirtiera en violencia y en imágenes de un país ingobernable, el gobierno escogió el camino de la negociación y la jornada transcurrió sin los episodios de caos que tanto se anunciaron. La diferencia entre lo que se pronosticó y lo que en realidad pasó es justamente el punto de toda esta historia.
