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El turno en la morgue estaba por terminar cuando algo en Carlo se movió — todos quedaron paralizados

Quizás eso era lo único que me quedaba de humanidad.  Nos preparamos en silencio para recibir el cuerpo. Juliana verificó que teníamos todo lo necesario para la preparación. Alesandro limpió la mesa de trabajo con más cuidado del  habitual. Yo revisé el expediente que nos habían enviado por fax tratando de entender quién era este chico que estaba a punto de llegar. Carlo Acutis.

Nacido en Londres el 3 de mayo de 1991, residencia actual en Milán. Estudiante de primer año de preparatoria en el Instituto León 3S, un colegio jesuita prestigioso. Ingresado al hospital el 8 de octubre con síntomas de una gripe severa. Diagnosticado con leucemia promielocítica aguda tipo M3 el mismo día del ingreso.

Fallecido el 12 de octubre a las 6:45 de la mañana por hemorragia cerebral masiva secundaria a la leucemia. 4 días. Este chico había pasado de estar perfectamente sano a estar muerto en apenas 4 días. La brutalidad de esa realidad me golpeó con fuerza. 4 días antes, Carlo Acutis probablemente estaba en clase haciendo tareas, hablando con sus amigos, viviendo la vida normal de cualquier adolescente de 15 años.

Y ahora estaba bajando a mi morgue, convertido en otro cuerpo que preparar, en otro nombre en mi registro, en otra estadística trágica. Unos 20 minutos después escuchamos el sonido del ascensor.  Las puertas metálicas se abrieron con ese chirrido característico que siempre me recordaba a los efectos de sonido de las películas de terror.

Dos camilleros aparecieron empujando una camilla cubierta con una sábana blanca. Uno de ellos era Máximo, un hombre de unos 50 años que trabajaba en el hospital desde que yo tenía memoria. El otro era Paolo, más joven, que llevaba apenas unos años en el trabajo. Los conocía a ambos. Habíamos compartido innumerables noches de turno, innumerables cafés en la madrugada, innumerables historias de los pasillos del hospital, pero esa noche había algo diferente en sus rostros.

No era solo la tristeza habitual de transportar a un joven muerto. Era  algo más, algo que no supe identificar en ese momento, pero que retrospectivamente entiendo perfectamente. Era asombro, era confusión, era como si hubieran visto algo que no podían explicar, algo que contradecía todo lo que sabían sobre su trabajo.

Este chico dijo Máximo mientras transferíamos el cuerpo a nuestra mesa de trabajo. Su voz apenas un susurro. Este chico es diferente. No entendí lo que quería decir. Pensé que se refería a la tragedia de su juventud, a lo injusto de morir a los 15 años, a la crueldad de una enfermedad que se llevaba a alguien que apenas había comenzado a vivir.

Pero cuando retiramos la sábana que cubría el cuerpo, comprendí inmediatamente que el camillero no hablaba de la tragedia, hablaba de algo que ninguno de nosotros podía explicar. El chico no parecía muerto. Sé que esa afirmación suena absurda. Sé que después de 27 años trabajando con cadáveres, debería saber reconocer la muerte cuando la veía.

La muerte tiene señales inequívocas, características que cualquier profesional puede identificar a simple vista. La muerte tiene un color, esa palidezosa que se apodera de la piel cuando la sangre deja de circular. La muerte tiene una textura, esa rigidez que se instala en los músculos, esa frialdad que reemplaza el calor de la vida.

La muerte tiene una quietud absoluta que es inconfundible. una inmovilidad total que ningún sueño, por profundo que sea, puede replicar. Pero este cuerpo desafiaba todo lo que yo sabía. Este cuerpo tenía una paz que jamás había visto en ningún difunto. No era la paz de la muerte, esa paz que es simplemente ausencia de tensión, ausencia de dolor, ausencia de vida.

Era algo completamente diferente. Era una paz activa, si eso tiene sentido. Era una serenidad que parecía emanar del cuerpo, que llenaba el espacio a su alrededor con una tranquilidad que contrastaba absurdamente con el ambiente frío y estéril de la morgue. Era como si el chico simplemente estuviera durmiendo, como si en cualquier momento fuera a abrir los ojos y preguntarnos qué hacíamos mirándolo así, con esas expresiones de asombro y confusión en nuestros rostros.

Leí nuevamente el informe que venía con el cuerpo, buscando algún error, alguna explicación que pudiera aclarar lo que estaba viendo. Carlo Acutis, nacido el 3 de mayo de 1991 en Londres, en la clínica Portland, para ser exactos. Bautizado apenas 15 días después, el 18 de mayo, en la Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores en Londres, familia italiana que había regresado a Milán cuando Carlo tenía apenas 4 meses.

Educación en colegios católicos, primero en el Instituto San Carlo, luego en el Instituto Tomaseo con las hermanas Marcelinas y finalmente en el Instituto León XI de los jesuitas. Primera comunión el 16 de junio de 1998 a los 7 años en Perego en el convento de las monjas romitas de Santbrogio. Confirmación el 24 de mayo de 2003 a los 12 años en la parroquia de Santa María Segreta.

Un historial religioso impecable, aunque en ese momento no le di importancia. Muchos chicos italianos tienen historiales similares. Es parte de nuestra cultura, de nuestra tradición. Lo que sí me llamó la atención fue la última parte del informe. Causa de muerte. Leucemia promielocítica aguda tipo M3, complicada con hemorragia cerebral masiva.

Hora de muerte 6:45 minut del 12 de octubre de 2006. Muerte cerebral declarada a las 17 horas del 11 de octubre. El diagnóstico era claro, la muerte era real. Había sido declarada hacía casi 20 horas y sin embargo, el cuerpo que teníamos delante contradecía todo lo que el informe decía. Juliana fue la primera en acercarse a tocarlo.

Era parte de nuestro trabajo, por supuesto.  Teníamos que preparar el cuerpo para el funeral que se realizaría dos días después, el 14 de octubre, en la parroquia Santa María Segreta de Milán, la misma iglesia donde Carlo había sido confirmado 3 años antes. Pero cuando Juliana puso su mano sobre el brazo del chico, dio un paso atrás tan bruscamente que casi tropieza con la mesa de instrumentos que había detrás de ella.

“Está tibio”, susurró. Su voz apenas audible en el silencio de la morgue.  Renato está tibio. Eso era imposible. Completamente, absolutamente imposible. Un cuerpo que llevaba casi 20 horas muerto debería estar frío. La temperatura corporal desciende aproximadamente 1, grado y medio por hora después de la muerte hasta equilibrarse con la temperatura ambiente.

Después de 20 horas, especialmente en un entorno refrigerado como el del hospital donde había estado el cuerpo,  la temperatura debería haber descendido a niveles cercanos a la temperatura ambiente. El cuerpo debería estar helado, no tibio. Nunca tibio. Me acerqué y toqué la frente del chico. Juliana tenía razón, no estaba caliente como un cuerpo vivo.

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