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Tres Bombarderos Contra el Orgullo Naval de Japón | El Destino del Akagi en Midway

Tres Bombarderos Contra el Orgullo Naval de Japón | El Destino del Akagi en Midway

4 de junio de 1942, 4 de la mañana con 30 minutos. Oéano Pacífico Central. La oscuridad es absoluta, una boca de lobo que se traga el horizonte, pero el aire huele intensamente a gasolina de alto octanaje, grasa mecánica y salitre húmedo. Sobre la cubierta de vuelo empapada por el rocío nocturno, los motores radiales de los casas Mitsubishi A6M0 rugen al unísono escupiendo lenguas de fuego azul por los escapes.

El sonido es ensordecedor, una vibración que sacude los huesos de los 3000 tripulantes a bordo. Estás parado en el centro del portaaviones Sakagui, el buque insignia de la Armada imperial japonesa, la máquina de guerra más letal que ha navegado los mares en la historia moderna. Para entender la magnitud de esta tragedia naval y cómo la batalla de Midway cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial, tienes que borrar de tu mente la idea de una batalla justa.

Esto no iba a ser una pelea, iba a ser una ejecución. El almirante Isor Yamamoto había traído lo mejor de su flota. Cuatro portaviones pesados que 6 meses antes habían reducido Pearl Harbor a chatarra humeante. Si te gustan las historias de estrategia militar, combate aéreo y los secretos de la guerra del Pacífico, presta atención porque lo que está a punto de ocurrir [música] en estas coordenadas desafía toda lógica matemática.

El la Kagi no era solo un barco, era un símbolo de invencibilidad, un monstruo de 36,000 toneladas cargado con 66 aviones listos para borrar a la flota estadounidense del mapa. Pero como dicen los veteranos, en la guerra el enemigo siempre tiene un voto. Sobre el papel, esto debería haber sido una masacre a favor de Japón.

La tecnología japonesa en ese [música] momento era superior en casi todos los aspectos. El cazacero era un fantasma en el aire, capaz de girar en ángulos imposibles y trepar más rápido que cualquier cosa que los aliados pudieran lanzar. Tenían un alcance de más de 3,000 km. Los pilotos a bordo de la KGI eran la élite, samuráis del aire con cientos de horas de combate en China y el Indico.

En contraste, los pilotos americanos volaban el TVD Devastator, un avión torpedero tan lento y obsoleto que los japoneses lo llamaban con cruel ironía, el [música] ataúd volante. La velocidad máxima del Devastator, con un torpedo cargado, apenas rozaba los 200 km porh. era como enviar un sedán familiar a competir en una carrera de Fórmula 1.

Sin embargo, había un factor que el acero y la pólvora no podían medir, la arrogancia. A las 7 de la mañana con 28 minutos, un mensaje urgente rompe la calma en el puente de mando de la Cagi, un hidroavión de exploración. El tone número cuatro rompe el silencio de radio. El operador de radio con las manos temblorosas transcribe el mensaje que heló la sangre del vicealmirante Chuichi Nagumo.

Decía, “Avistados 10 barcos enemigos aparentemente destructores. La atmósfera en el puente cambió instantáneamente de confianza a confusión. Barcos americanos. Aquí la inteligencia japonesa había asegurado que la flota enemiga estaba anclada en Hawaii, lamiéndose las heridas. Nagumo, un hombre de la vieja escuela, rígido y metódico, se enfrenta ahora a la decisión más crítica de su vida.

Sus aviones de reserva, estacionados en los hangares bajo la cubierta estaban armados con bombas de tierra para atacar la isla de Midway. Pero si había barcos enemigos cerca, necesitaba torpedos. Una bomba de contacto explota en la cubierta de un barco y causa daños. Un torpedo golpea bajo la línea de flotación y lo parte en dos.

La diferencia es táctica, pero el tiempo para cambiar esa decisión es mortal. A las 8 de la mañana con 15 minutos, Nagumo da la orden que sellaría el destino del imperio del sol naciente. Ordena: “Desciendan los aviones a los hangares. Cambien las bombas por torpedos. Rápido. Lo que sigue es una escena de caos industrial controlado que se convertiría en una trampa mortal.

Imagina el hangar de la Kagi. Es un espacio cerrado, mal ventilado, atestado de mecánicos gritando órdenes. Bajan los aviones en los ascensores. Los equipos de armamento sudando bajo sus uniformes manchados de grasa tienen que quitar bombas de 800 kg de los vientres de los aviones.

Por protocolo de seguridad, estas bombas deberían ser devueltas inmediatamente al polvorín blindado en lo más profundo del barco. Pero no hay tiempo. El cronómetro corre. El miedo a ser atacados mientras son vulnerables acelera [música] los corazones. El marinero de primera clase, Iki Kuramoto, [música] quien sobrevivió para contarlo, describió la escena en sus memorias años después.

dijo, “El hangar era un manicomio. Había bombas rodando por el suelo, torpedos siendo arrastrados en carretillas, mangueras de combustible serpenteando por la cubierta como víboras negras. El aire estaba tan cargado de vapores de gasolina que sentías que una sola chispa podría incendiar el mundo entero. Ignoraron los protocolos.

Dejaron las bombas altamente explosivas apiladas a un lado del hangar sin protección para ganar minutos preciosos. Estaban armando los aviones con torpedos [música] tipo 91, armas devastadoras pero extremadamente volátiles. El hangar de la KGI se había convertido literalmente en una bomba de tiempo flotante [música] y el fusible ya estaba encendido.

Mientras tanto, en el cielo, lejos de la vista de los vigías [música] japoneses, algo se acercaba. No eran los cazas letales que Nagumo temía. Eran escuadrones perdidos, [música] bajos de combustible, volando en aviones inferiores. Hombres que sabían que sus probabilidades de supervivencia eran cercanas a cero.

A las 9 de la mañana con 20 minutos, [música] la primera oleada americana aparece en el horizonte. Son los torpederos del escuadrón BT8 del portaaviones Hornet. 15 aviones volando a ras del agua, lentos. Pesados, [música] sin escolta de cazas que los protejan. Desde el puente de la Cagui, los oficiales japoneses los miran con incredulidad y desprecio.

El comandante de artillería antiaérea grita: [música] “¡Fuego a discreción! ¡Derríbenlos a todos! Los cañones antiaéreos de 25 mm de la CAGI comienzan a escupir plomo caliente. [música] El cielo se llena de trazadoras y humo negro. Los casas cero que patrullaban sobre la flota como halcones peregrinos se lanzan en picada sobre los indefensos torpederos americanos. Fue una carnicería.

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