El boxeo es, en su esencia más pura, una metáfora brutal y poética de la vida misma. Hay momentos de triunfo deslumbrante, instantes de agonía insoportable y, eventualmente, un campanazo final que marca el cierre ineludible de la contienda. Este lunes por la tarde, el mundo del deporte en México y en toda América Latina escuchó ese último, doloroso y definitivo campanazo. Eduardo Lamazón, el hombre que aportó una elegancia sin precedentes a las narraciones pugilísticas, falleció dejando un inmenso vacío en el periodismo deportivo, en la televisión nacional y en los corazones de millones de aficionados que aprendieron a entender y amar el boxeo a través de su inconfundible tarjeta de puntuación.
La noticia de su partida cayó como un golpe de nocaut fulminante. A lo largo y ancho del país, las redes sociales comenzaron a inundarse de estupor y profunda tristeza. El fallecimiento de Lamazón no representa solamente la pérdida de un comentarista de televisión; significa el adiós a una institución viviente, a una enciclopedia andante del pugilismo que transitó por las entrañas mismas del deporte antes de sentarse frente a las cámaras. Para la audiencia mexicana, él era familiarmente conocido como “Lama Lama Lamita”, un apodo cariñoso que contrastaba maravillosamente con su porte siempre serio, su intelecto agudo y su vasta cultura literaria.
El doloroso anuncio oficial comenzó a esparcirse a través de las plataformas digitales, pero fue el desgarrador mensaje de Carlos Aguilar, el famoso “Zar del Boxeo”, lo que terminó por romper el corazón de la fanaticada. Aguilar, quien durante años formó una mancuerna legendaria con Lamazón en las pantallas de TV Azteca, compartió unas palabras que desbordaban dolor y nostalgia. “Con mucha tristeza informo la partida de Eduardo Lamazón, un hermano que me dio esta vida en el boxeo”, escribió Aguilar. Su despedida no fue la de un colega corporativo, sino la de un hermano de mil batallas. En su emotivo tributo, Aguilar agradeció la entrega incondicional de Lamazón, las largas y profundas pláticas, y aquellas memorables “noches bohemias de boxeo” que forjaron un lazo inquebrantable entre ambos.
Estas noches bohemias a las que hace referencia Carlos Aguilar encierran la verdadera magia de quienes viven el deporte en carne propia. Más allá de los reflectores, de los gritos en la arena y del frenesí de las transmisiones en vivo, existía el Eduardo Lamazón íntimo. El hombre que, tras una agotadora noche de campeonato, se sentaba en el bar del hotel o en la sala de prensa para desmenuzar lo ocurrido en el ring con la precisión de un cirujano y la pasión de un poeta. En esas charlas de madrugada, entre humo de tabaco imaginario y anécdotas de leyendas pasadas, Lamazón compartía su inmensa sabiduría. Quienes tuvieron el privilegio de compartir esas veladas con él aseguran que escucharlo hablar sobre boxeo era escuchar una clase magistral de historia, sociología y psicología humana.
Sin embargo, para comprender la monumental magnitud de la figura de Eduardo Lamazón, es imperativo realizar un viaje al pasado y explorar una etapa de su vida que muchos de sus seguidores televisivos solo conocían por encima. Antes de que su rostro se volviera un invitado constante en las salas de las familias mexicanas cada fin de semana, Lamazón fue durante más de dos décadas uno de los arquitectos más poderosos del boxeo mundial. Específicamente, sirvió como Secretario Ejecutivo del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) durante 23 años. Esta no era una posición honorífica ni de relaciones públicas; era el epicentro de la toma de decisiones que moldearon el deporte a nivel global.
Trabajando codo a codo con el histórico presidente del CMB, José Sulaimán, Lamazón fue testigo y protagonista de la evolución del pugilismo en la segunda mitad del siglo veinte. Durante aquellos años dorados y tumultuosos, Lamazón conoció las verdaderas entrañas del negocio. Estuvo involucrado en la redacción y modificación de reglamentos que salvaron vidas en el ring. Participó en la reducción de las peleas de campeonato de 15 a 12 asaltos, una medida histórica orientada a proteger la integridad de los gladiadores. Su escritorio fue el lugar donde se revisaron los contratos y se orquestaron algunas de las negociaciones de las peleas más grandiosas de la época. Lamazón vio nacer a las estrellas, presenció sus caídas al abismo y gestionó la maquinaria administrativa que hacía posible el milagro del boxeo.
Tener ese nivel de conocimiento administrativo, político y deportivo le otorgó un bagaje invaluable. Cuando finalmente decidió cerrar su ciclo como directivo y dar el salto a los medios de comunicación, no llegó como un aficionado entusiasta, sino como un académico que había estudiado el deporte desde sus cimientos más profundos. Esta transición marcó un antes y un después en la historia de la televisión deportiva en México. TV Azteca, en su ambicioso proyecto de revitalizar las transmisiones de boxeo a través de su plataforma “Box Azteca”, encontró en Lamazón la pieza angular que le otorgaría absoluta credibilidad al formato.
El equipo conformado por narradores vibrantes como Carlos Aguilar y Rodolfo Vargas, junto a la experiencia cruda y emocional del gran campeón mexicano Julio César Chávez, necesitaba un contrapeso. Requería a alguien que pudiera detener la euforia con un análisis frío, objetivo e inquebrantablemente justo. Ese fue Eduardo Lamazón. En un medio donde muchas veces impera el nacionalismo ciego o el favoritismo hacia el peleador local, Lamazón se erigió como un faro de imparcialidad. Su elegancia en el uso del lenguaje, su vocabulario exquisito y su cadencia calmada crearon un contraste perfecto con la estridencia que naturalmente acompaña a los deportes de combate.
Fue en ese contexto que nació la leyenda de “Lama Lama Lamita”. El apodo, acuñado con profundo afecto por sus compañeros de transmisión, despojaba temporalmente a Lamazón de su seriedad ejecutiva para acercarlo al espectador de a pie. Cuando el cronista gritaba el nombre de Lamazón pidiendo su veredicto tras un round de alarido, el público en sus casas guardaba silencio. Era el momento de escuchar “La Tarjeta de Lamazón”. Este segmento se convirtió en una institución por derecho propio. La tarjeta de Lamazón no era simplemente una suma matemática de golpes conectados; era un acto de justicia televisada.
A través de su sistema de puntuación, Eduardo educó a varias generaciones de aficionados. Les enseñó que en el boxeo no siempre gana el que lanza más golpes, sino el que conecta con mayor limpieza. Explicó, con la paciencia de un profesor universitario, los conceptos de “ring generalship” (el control y dominio del cuadrilátero), la importancia de la defensa activa y el valor de la eficacia sobre la agresión desordenada. En innumerables ocasiones, la tarjeta de Lamazón difería de las puntuaciones oficiales de los jueces, y para el público mexicano, la palabra de Lamazón era la ley. Si los jueces en Las Vegas daban un fallo polémico, pero Lamazón sentenciaba lo contrario, el aficionado dormía tranquilo sabiendo que el verdadero veredicto había sido dictado por “Lamita”.
El impacto cultural de Eduardo Lamazón en la audiencia mexicana es un fenómeno digno de un profundo análisis sociológico. ¿Cómo logró un hombre de origen argentino, con un tono pausado y una actitud reflexiva, convertirse en un ídolo popular en un país donde el boxeo es sinónimo de sangre, sudor y pasión desbordada? La respuesta radica en el respeto profundo y reverencial que Lamazón le profesaba al deporte y, en consecuencia, al espectador. Nunca subestimó a su audiencia. Nunca recurrió a la vulgaridad ni al escándalo barato para ganar protagonismo. Por el contrario, elevó el nivel de la conversación. Trataba cada pelea, por más humilde que fuera, con la misma seriedad con la que analizaba un campeonato mundial. Y ese respeto fue devuelto por el público en forma de un cariño leal e inquebrantable.
En un panorama mediático contemporáneo, donde el periodismo deportivo a menudo se ve secuestrado por el grito, la polémica prefabricada y el análisis superficial, la figura de Eduardo Lamazón resaltaba como un faro de dignidad periodística. Leer sus columnas escritas o escuchar sus monólogos introductorios en las grandes peleas era disfrutar de literatura deportiva en su máxima expresión. Tenía la capacidad de encontrar la poesía en medio del intercambio de golpes. Veía a los boxeadores no solo como atletas, sino como protagonistas de dramas épicos, guerreros modernos que subían al ring buscando la gloria, la redención o, simplemente, una vía para escapar de la pobreza. Su empatía hacia los peleadores nacía de su conocimiento absoluto de los sacrificios que estos jóvenes realizaban cada día en los gimnasios oscuros y malolientes antes de llegar a los grandes escenarios.
La partida de Lamazón deja a TV Azteca ya “Box Azteca” frente a un abismo monumental. Su silla en la mesa de transmisión será imposible de llenar, porque no existe en la actualidad una figura que combine el recorrido directivo del más alto nivel con la gracia comunicativa y la elegancia intelectual que él poseía. Sus compañeros, figuras de la talla de Julio César Chávez, han perdido a su voz de la razón. Las futuras transmisiones de los sábados por la noche sentirán un eco nostálgico, una pausa silenciosa donde solía intervenir su voz analítica para poner orden en el caos del cuadrilátero.
Además de su innegable contribución a la televisión, Lamazón fue un prolífico escritor y pensador del boxeo. Sus crónicas y libros quedan como testimonio permanente de su amor por este arte violento y hermoso. A través de sus textos, documentó la historia de los campeones mexicanos y mundiales con una pluma que destilaba melancolía y admiración a partes iguales. Entendía que la historia del boxeo está intrínsecamente ligada a la historia de la sociedad, a la lucha de clases y a la incansable búsqueda del ser humano por trascender a través de su propio esfuerzo físico y mental.
Hoy, mientras el mundo del deporte asimila el golpe de su inesperada muerte, es fundamental celebrar su vida. Recordar a Eduardo Lamazón no debe ser únicamente un ejercicio de tristeza, sino un acto de gratitud profunda. Agradecimiento por habernos prestado sus ojos para ver el boxeo con una claridad que nos era ajena. Agradecimiento por habernos enseñado nuevas palabras, nuevos enfoques y una nueva forma de apreciar el esfuerzo de dos seres humanos enfrentándose en doce asaltos. Gracias a él, miles de personas comprendieron la diferencia entre un golpe efectivo y uno desviado; gracias a él, el boxeo ganó respetabilidad en los sectores que alguna vez lo consideraron mera barbarie.
A medida que el luto se extiende, los homenajes continuarán lloviendo desde todas las esquinas del planeta boxístico. Promotores, ex campeones mundiales, presidentes de organizaciones deportivas, jóvenes promesas y, por supuesto, los fanáticos de a pie, se unen en un solo sentimiento de pérdida. Las campanas de diez campanadas tradicionales que resuenan en las arenas cuando fallece una figura ilustre del boxeo seguramente se escucharán en su honor en los próximos eventos deportivos. Será el tributo merecido para un hombre que dedicó su vida entera al noble arte de fistiana.
El viaje terrenal de Eduardo Lamazón ha concluido, pero su legado es absolutamente imperecedero. Las luces del estudio pueden apagarse, los micrófonos pueden silenciarse temporalmente, pero la escuela de análisis, integridad y elegancia que instauró seguirá viva en cada nueva generación de cronistas y comentaristas que intenten seguir sus pasos. Carlos Aguilar extrañará sus charlas y sus noches bohemias, la televisión mexicana extrañará a su juez de hierro, y nosotros, los aficionados que crecimos marcando la puntuación junto a él desde el sofá de nuestras casas, extrañaremos profundamente esa cálida invitación al análisis que nos regalaba cada sábado.
Descansa en paz, Eduardo Lamazón. Que el viaje a la eternidad esté lleno de grandes combates celestiales, de anécdotas interminables sobre leyendas del ring y de esa tranquilidad que siempre proyectaste en medio de la tormenta. Hoy, el referí ha detenido el combate de la vida, y aunque duele verte partir, tu tarjeta de puntuación final es impecable, unánime y perfecta. Te despedimos de pie, Maestro. Hasta siempre, Lama, Lama, Lamita.