El estado de Puebla se ha convertido en el inquietante escenario de un relato policiaco que parece extraído de una perturbadora novela de suspenso. En el centro de la polémica se encuentra la Vía Atlixcáyotl, una de las arterias más rápidas, modernas y transitadas de la zona conurbada y de la exclusiva área de Angelópolis. Pero hoy, la atención sobre este bulevar no se debe al tráfico habitual ni a los ostentosos edificios que la franquean, sino a un peligro inminente y misterioso: un delincuente invisible al que las redes sociales y la prensa local han bautizado como “el francotirador de la Atlixcáyotl”. Un agresor anónimo que dispara contra los vehículos en marcha, dejando a su paso cristales perforados, parabrisas estrellados y un creciente clima de paranoia colectiva.
El caso resulta un rompecabezas colosal no solo por la peligrosidad de los hechos en sí, sino por el velo de silencio y confusión que rodea cada uno de los incidentes. La historia comenzó a cobrar fuerza y visibilidad a través de publicaciones aisladas en diversas plataformas de redes sociales. Lo que en un principio fue interpretado por los automovilistas y transeúntes como infortunados accidentes causados por piedras proyectadas por las llantas de otros vehículos, pronto reveló un patrón alarmante. Las fotografías subidas a internet mostraban impactos con trayectorias demasiado perfectas y perforaciones limpias en las ventanas de los coches, sugiriendo un ataque premeditado y ejecutado con algún tipo de arma. Las dudas mutaron rápidamente a un temor genuino cuando varios testimonios coincidieron en la mecánica de los hechos y la zona exacta de los daños.
La escalada de terror llegó a un punto álgido cuando una mujer, presunta víctima de este francotirador, subió un desgarrador y descriptivo video a sus redes. En el material audiovisual, aparec
ía junto a su hermana narrando la traumática experiencia de haber recibido el impacto directo mientras circulaban por la concurrida vialidad. Sin embargo, la prueba documental duró poco tiempo en línea. Horas después, el video fue eliminado de tajo. Las protagonistas argumentaron que preferían borrar sus testimonios por temor a sufrir represalias que pusieran en riesgo su integridad física y sus vidas. Este temor colectivo, profundamente arraigado en la población ante la ola de violencia que asola diversas partes del país, ha erigido un infranqueable muro de silencio que dificulta enormemente entender con exactitud cómo y con qué intensidad están ocurriendo los ataques.
Conforme la indignación digital aumentó, también lo hicieron los rumores sobre las armas utilizadas. En las primeras semanas del fenómeno, tanto la opinión pública como las autoridades que comenzaron a prestar atención mediática al tema sugirieron que el tirador oculto utilizaba armas de balines o pistolas de postas impulsadas por aire comprimido. Si bien estas armas pueden causar daños severos a la propiedad privada y lesionar gravemente a un conductor –provocando choques colaterales–, la preocupación social se disparó drásticamente cuando filtraciones y reportes no oficiales empezaron a insinuar una escalada letal: el francotirador podría estar utilizando armas de fuego reales con proyectiles calibre 9 milímetros.
Esta hipótesis cobró mayor dramatismo hace algunas semanas, cuando el conductor de una motocicleta logró captar en video un hecho profundamente perturbador. En las imágenes compartidas en internet, el motociclista mostraba cómo un puntero láser de color verde brillante apuntaba directamente hacia él, presuntamente guiado por alguien apostado en lo alto de uno de los múltiples y sofisticados complejos departamentales que bordean la Vía Atlixcáyotl. Para muchos usuarios, este video era la prueba irrefutable de que el delincuente no solo atacaba al azar, sino que utilizaba miras láser para marcar a sus víctimas antes de jalar el gatillo. No obstante, las autoridades policiales salieron al paso para desestimar este material, asegurando que, hasta el momento, no existía evidencia pericial ni técnica que lograra vincular de manera fehaciente el inquietante láser verde del motociclista con los disparos que rompían los cristales de los automóviles.
Las principales interrogantes siguen flotando en el aire nocturno de Puebla: ¿Desde dónde dispara este individuo y quién es? La lógica y las condiciones geográficas de la Vía Atlixcáyotl dictan que el agresor se posiciona en un punto elevado, encontrando refugio en la altura de los edificios adyacentes para asegurar su camuflaje, la cobertura tras el disparo y el ángulo de tiro necesario. Sin embargo, los operativos para peinar la zona en busca de nidos de francotirador o casquillos percutidos en las azoteas aún no han arrojado resultados concluyentes que la autoridad haya querido hacer públicos.
El misterio alcanzó otra dimensión cuando el escarnio público pareció encontrar a su primer culpable a principios de junio. Eric Núñez, un conocido creador de contenido de la región, fue señalado inquisitivamente por algunos medios locales y usuarios de redes sociales como el probable autor material de los ataques. El motivo del señalamiento radicaba en que Núñez había sido captado y exhibido utilizando un láser verde desde la ventana de su departamento hacia la calle. El juicio público fue sumario, pero el joven rápidamente salió a limpiar su nombre publicando un video aclaratorio.
En su defensa, Núñez desmintió rotundamente cualquier participación en los ataques y ofreció un contexto que abrió una caja de Pandora sobre la seguridad en la exclusiva zona de Angelópolis. Explicó que, inicialmente, el láser verde era una simple herramienta de oficina utilizada para apuntar en su pizarrón de trabajo. No obstante, al observar la implacable ola de robos de autopartes que asfixia a la comunidad –a pesar del privilegio aparente del vecindario–, él y un grupo de vecinos organizados decidieron darle un nuevo uso. Ante la evidente inutilidad de las cámaras de seguridad convencionales y la falta de respuesta policial, los vecinos comenzaron a usar estos láseres desde sus departamentos para “marcar” a los presuntos delincuentes o “viene-vienes” sospechosos que rondaban los vehículos estacionados, ahuyentándolos bajo la premisa de hacerles notar que estaban siendo vigilados desde las alturas. Esta acción de vigilancia comunitaria, malinterpretada por el pánico del “francotirador”, evidenció la frustración ciudadana frente al crimen ordinario, dejando a Núñez exonerado por las autoridades, que confirmaron la inexistencia de investigaciones penales en su contra.
Pero, sin lugar a dudas, el elemento más surrealista e irónico de toda esta pesadilla urbana es la ausencia total y absoluta de denuncias formales por parte de las víctimas. A pesar del escándalo en redes sociales y la presión mediática, la presidenta municipal de San Andrés Cholula confirmó públicamente lo impensable: en sus oficinas no reposa ni un solo expediente iniciado por la ciudadanía respecto a estos ataques. Tienen reportes vagos, reciben llamadas de alerta, envían patrullas a revisar perímetros en respuesta a los tuits de los usuarios, pero nadie ha dado el paso de presentarse ante el Ministerio Público para rendir su declaración y formalizar el proceso. El terror paraliza la acción civil, y la falta de confianza en las instituciones para brindar protección efectiva frena a las víctimas de asentar un precedente legal.
Frente a la pasividad y el miedo ciudadano, la Fiscalía del Estado de Puebla tomó una decisión drástica e inusual: abrir una investigación de oficio. Francisco Sánchez, secretario de seguridad estatal, brindó declaraciones que reflejan la particularidad del caso. Confirmó ante la prensa que la denuncia que sustenta las diligencias actuales fue interpuesta por la propia Fiscalía, motivada por la gravedad sistémica del asunto y el riesgo a la vida humana. Es el propio titular de la secretaría quien ha asumido la tarea de documentar los ataques basándose en las publicaciones de internet, contabilizando hasta ocho casos sólidos que están bajo la lupa de inteligencia.
Sánchez detalló que, derivado de esta cacería del fantasma de la Atlixcáyotl, la dependencia a su cargo ha desplegado un fuerte y discreto operativo en la zona. Han incrementado el patrullaje preventivo e implementado medidas de inteligencia encubierta que no pueden ser reveladas para no entorpecer el proceso de captura. Según la versión oficial, la presencia policial ha rendido frutos parciales, pues los ataques parecen haber cesado o entrado en una fase de latencia en los últimos diez días. Sin embargo, la calma actual se percibe más como una tregua tensa que como una victoria definitiva. La investigación continúa su curso bajo una enorme presión por arrojar certidumbre sobre una vía de comunicación vital que hoy inspira desconfianza.

El caso del francotirador en la Atlixcáyotl desnuda profundas contradicciones en el aparato gubernamental del estado. La celeridad y el empeño demostrados por la Fiscalía para investigar de oficio a un tirador anónimo (sin denuncias que lo sustenten) contrastan bruscamente con la pasividad, la opacidad y la lentitud administrativa que el mismo gobierno exhibe en asuntos de trascendencia pública e impacto millonario. Un claro ejemplo de esta ironía burocrática es el faraónico proyecto del nuevo Cablebús, un sistema de transporte por cable impulsado por la administración actual, que contempla un gasto astronómico de más de 6,400 millones de pesos. Hasta la fecha, y a pesar de los constantes reclamos ciudadanos y periodísticos, el gobierno estatal se ha negado rotundamente a transparentar y publicar los estudios técnicos, ambientales y financieros que avalan y justifican la viabilidad de la megaobra.
La eficiencia para movilizar a las fuerzas del orden persiguiendo los ecos de las redes sociales sobre un “francotirador fantasma” choca de frente con el mutismo institucional para rendir cuentas sobre los recursos del erario público. Son las paradojas de un sistema que atiende los miedos virales con operativos mediáticos, pero que guarda un hermético silencio cuando se exige claridad sobre las finanzas del desarrollo urbano. Mientras tanto, los automovilistas que cruzan la Vía Atlixcáyotl siguen alzando la mirada hacia los rascacielos poblanos, preguntándose si detrás del cristal tintado de alguna ventana exclusiva, el láser verde y la mira del tirador anónimo han vuelto a enfocar su próximo objetivo.