Ahí nace Alejandro Martín González, el que iba a ser campeón del mundo, el que iba a perder tres hijos. La familia no era pobre de la pobreza extrema. era pobre de la otra. La que come tres veces al día, pero no le sobra para unos tenis nuevos. La que paga la renta puntual, pero se queda sin médico cuando el niño se enferma.
Alejandro era el cuarto, un niño delgado, moreno, con los ojos grandes de su madre. Le gustaba el fútbol y era bueno. Pero había un problema con el fútbol llanero en esa colonia. Los partidos terminaban siempre igual. faltas, cabezazos, patadas por debajo y Alejandro, con 7 años era el más necio del grupo, el que no se aguantaba.

Una tarde, después de que un muchacho de 12 años le metiera una patada que le dejó la rodilla sangrando, Alejandro se levantó del piso, le metió un puñetazo seco en la nariz al otro y le tumbó dos dientes. La madre del muchacho llegó gritando a la casa de los González esa misma tarde. Doña Alicia, la madre de Alejandro, le pidió disculpas, le dio el dinero para los dientes y cuando la señora se fue, le preguntó al niño qué había pasado.
Alejandro le contestó algo que su madre no iba a olvidar nunca. Mamá, ya no me gusta el fútbol, prefiero pegarle a la gente. Esa frase de un niño de 7 años fue la que terminó llevándolo al ring. Aquí es donde todo cambia, porque la promesa que ese niño le hizo a su madre meses después, repetida cada noche durante 10 años, es la que iba a llevarlo a tumbar al peso pluma invicto del mundo.
y también es la que lo iba a meter sin querer en una colonia que estaba marcada por dentro. A los 9 años entra al primer gimnasio, se llama Olímpico. Queda en el barrio de San Andrés, a 15 cuadras de su casa. El entrenador es un señor flaco, callado, con las manos curtidas y los ojos siempre enrojecidos. Le dicen don Vicente.
En Alejandro entrena dos años con él, sin sparring, sin guantes propios, con un costal lleno de arena que se descoscía cada dos meses. Pero pega, pega bien. Don Vicente lo ve un día tirar una combinación de tres golpes a la pera y le dice cuatro palabras. Tú vas a ser campeón. A los 12 años cambia de gimnasio. Lo manda un amigo del barrio al gimnasio de un entrenador joven ambicioso que decía que el secreto del boxeador no estaba en los puños, sino en la cabeza.
Se llamaba José Reinoso. En Guadalajara todo el mundo le decía Chepo. Chepo Reynoso vio entrenar a Alejandro tres días seguidos. Al cuarto día le dijo, “Muchacho, tú no eres como los demás. Si me haces caso, en 10 años eres campeón del mundo. Alejandro le creyó y empezó a entrenar como nunca había entrenado en su vida. 4 horas en la mañana antes de la escuela, 2 horas en la tarde después de las tareas y un detalle que su madre iba a recordar hasta el día que muera.
Alejandro empezó a los 12 años a hacerle una promesa cada noche antes de dormir. La misma promesa repetida durante 10 años. Le decía, “Mamá, cuando yo sea campeón del mundo, lo primero que voy a hacer es comprarte una casa, una con jardín, una con tu cuarto, donde no se te meta el agua cuando llueve.
” Su madre le contestaba lo mismo todas las noches. “Tú duérmete, mi hijo. Mañana hay escuela. Esa promesa la cumplió. La cumplió noqueando a un peleador invicto de Brooklyn al que la HBO había puesto en portada tres veces. Pero la casa que le compró a su madre tiene una historia que nadie ha contado completa. Guarda esto en tu mente porque la casa que el cobrita le compró a su madre 30 años después iba a quedar a 15 minutos del lugar donde ejecutaron al segundo hijo y a 10 minutos de la camioneta donde apareció el primero. Eso no es
coincidencia. A los 15 años Alejandro debuta como Amateur. 30 peleas en 4 años. 28 ganadas, dos perdidas. Lo nombran cobrita por la velocidad de los puños. Le decían que pegaba como una cobra. Tirabas y ya estaba el golpe sin que lo vieras venir. En abril de 1988 debuta como profesional en Tlaquepaque contra un peleador de Sinaloa con 10 peleas en el récord.
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Lo gana por decisión. cobra pesos. Esa misma noche, en lugar de irse a celebrar a la cantina como hacían los muchachos de su edad, toma los 300 pes, se los lleva a su madre y le dice cinco palabras. Este es el primero. Faltan más. Su madre los guardó en una caja de zapatos debajo de la cama y empezó a juntar.
Las primeras 15 peleas las gana todas. 11 por knockout, cuatro por decisión. La prensa local empieza a hablar del muchacho de Guadalajara que pega como martillo. En 1990 pierde por primera vez en Mexicali. Decisión dividida, polémica. Llora en el vestidor y le dice a Chepo Reinoso una frase que su entrenador iba a contar años después.
Chepo, no me importa perder esta. Lo que me importa es que ya casi tengo para la casa de mi mamá. Vamos a la siguiente. Chepo se quedó callado, lo abrazó y entendió esa noche que el muchacho que tenía enfrente no era un peleador normal, era un peleador con una sola obsesión. Esa obsesión por la casa de la madre fue lo que lo llevó a la cima y también lo que lo metió sin que él se diera cuenta en un círculo del que ya no iba a salir.
22 victorias y dos derrotas. Ese era el récord del cobrita al cumplir 19 años. Lo que pocos saben es que el contrato profesional que firmó ese mismo mes lo firmó sin abogado, confiando en Chepo y en un señor que Chepo le presentó, un señor del que vamos a hablar a su debido tiempo. El primer cheque grande lo cobra en 1993, $8,000 por pelear contra un cubano en Las Vegas. loquea.
En el séptimo round, cuando regresa a Guadalajara con el dinero en una bolsa de tela, va directo a casa de su madre, le entrega la cantidad completa. Doña Alicia lo cuenta, lo vuelve a contar, no puede creer lo que ve. Esa noche, según contaría la propia doña Alicia a una vecina, rezó hasta el amanecer pidiéndole a Dios una sola cosa.
Cuida a mi muchacho, cuídalo de la fama, cuídalo del dinero, cuídalo de la gente que se le va a acercar. Doña Alicia tuvo el presentimiento esa noche de que algo grande venía y de que lo grande no siempre es bueno. Lo que vino después le dio a doña Alicia a su casa, le dio a su hijo un cinturón mundial y le dio a los dos una herida silenciosa que iba a empezar a sangrar 20 años más tarde, una madrugada de diciembre en una camioneta abandonada.
Finales de 1994. Alejandro tiene 21 años recién cumplidos, récord de 34 victorias y dos derrotas. La empresa de boxeo, que lo había firmado, le llama a Chepo Reynoso un martes por la tarde. El muchacho tiene oportunidad por el título mundial. Va a pelear contra Kevin Kelly en San Antonio.
7 de enero, Foro Alam Modome, va a ser televisada por la HBO. Si gana, es campeón mundial peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo. Chepo preguntó tres veces si estaba seguro. Tres veces le contestaron que sí. Cuando se lo dijo a Alejandro, el muchacho se sentó en la banca de madera del vestidor y por primera vez desde los 7 años lloró frente a su entrenador.
Esa pelea contra Kevin Kelly iba a cambiarle la vida, pero también iba a abrir una puerta que ya no se iba a cerrar nunca. Por esa puerta entraron dos años después las personas que le iban a costar tres hijos. ¿Quién era Kevin Kelly? Para entender el tamaño de la hazaña, hay que entender quién era el rival. Kevin Kelly era de Brooklyn, Nueva York, 27 años, 41 peleas como profesional, 41 victorias, cero derrotas, 28 knockouts.
Le decían el tiburón volador por la velocidad con la que entraba y salía del cuadrilátero. La revista Ring lo tenía entre los mejores 5 peso pluma libra por libra del planeta. La HBO lo había puesto en la portada de su programa estelar tres veces en dos años. Era el favorito 5 a 1 en las apuestas de Las Vegas.
Apostar por el cobrita esa noche era apostar a un imposible matemático. El campamento se hizo en Big Bear, California, 4 semanas de altura, régimen estricto, sin refrescos, ni azúcar ni alcohol. Chepo lo tenía corriendo a las 5 de la mañana por la montaña. La noche antes de viajar a San Antonio, le dijo cinco frases que el cobrita memorizó.
Este Kelly te va a humillar antes del primer round. Te va a decir que pegas como niña. Te va a faltar al respeto. Tú aguanta. Y cuando suene la campana, le pegas hasta que el árbitro te separe. Y Kelly hizo exactamente lo que Chepo había advertido. En la conferencia de prensa, frente a 200 reporteros, Kelly le dijo a Alejandro que iba a correr como pollo el sábado, que las cobras de México pegaban, pero la suya iba a quedar hecha cinturón.
Alejandro lo escuchó sin parpadear. Cuando le dieron el micrófono, contestó dos frases en español sin traductor de su lado. Dejaste de pensar el día que escogiste, pelear conmigo. El sábado vas a comer tus palabras. Y se sentó. 7 de enero de 1995, la noche más larga del boxeo mexicano de los 90. Foro Alam Modome de San Antonio, Texas.
8000 personas, la mayoría mexicanos. Mariachis tocando en la entrada. Banderas tricolores hasta donde alcanzaba la vista. Kelly salió primero. Bata roja con flecos dorados. La gente lo abucheó. Cuando salió Alejandro, el Alamodome se vino abajo. Bata blanca con bordados verdes. Caminaba detrás de Chepo la cara seria, sin saludar a nadie, como un boxeador que iba a una guerra.
Fueron 12 asaltos de pura guerra. En el sexto, el cobrita conectó una derecha cruzada a la 100 de Kelly y el invicto cayó. El árbitro contó hasta ocho. Kelly se levantó con las piernas temblando. En el octavo, Kelly devolvió el golpe con una izquierda corta a la mandíbula y el cobrita tocó la lona con la rodilla.
Y en el doceavo, los dos peleadores, agotados, sangrando por las cejas se abrazaron esperando las tarjetas. Las tarjetas las leyó Michael Buffer en el centro del ring. Pausa larga sobre amarillo en la mano. And the new featherweight champion of the World Boxing Council, Alejandro Cobrita González. El a la modo me estalló. Alejandro cayó de rodillas, lloró con la cara contra la lona.
Chepo lo levantó, lo abrazó y le susurró al oído algo que Alejandro iba a recordar 21 años después, la madrugada en que le mataron al primer hijo. Le dijo, “Muchacho, ya cumpliste con tu mamá, ahora cuídate de los que se van a acercar.” Chepo sabía algo que el cobrita no sabía y esa noche intentó advertirle.
Pero la advertencia llegó tarde. Ah, ah, ah, ah. Dos semanas después, Alejandro regresa a Guadalajara con el cinturón mundial en una mano y un cheque por $50,000 en la otra. La cantidad más alta que había cobrado en su vida. Va directo a casa de su madre, le entrega el cheque. Doña Alicia no lo agarra. Le dice que ese dinero es para él, para su esposa, para sus hijos cuando los tenga.
Alejandro le contesta lo que llevaba 10 años contestándole, “Mamá, ese dinero es para tu casa. Esa misma semana salen a buscarla. Recorren cinco colonias. La décima la ven en la colonia Atlas. Dos plantas, jardín al frente, patio atrás, y $2,000. Doña Alicia se sienta en la sala vacía y le dice, “Mi hijo, esta es la casa, la casa que tu papá nunca me pudo dar.
” Lo que el cobrita no sabía esa tarde mientras firmaba los papeles era que la colonia Atlas en 1995 ya estaba marcada. Era una zona donde empezaban a aparecer los muchachos de un grupo nuevo que estaba ganando terreno en Jalisco. La colonia Atlas fue donde le mataron al segundo hijo en junio del 22, 27 años después de que el cobrita le compró ahí la casa a su madre.
Esto no es coincidencia, esto vamos a entenderlo. 3 meses después de la conquista del título, la fama lo cambió en lo que la pobreza no había podido cambiarlo en 21 años. Empezó a salir más, a tomar más, a llegar tarde al gimnasio. La primera defensa la ganó en junio del 95 contra un filipino. Cobró $70,000. Esa noche, en lugar de regresar al hotel con Chepo, se quedó en una discoteca de Las Vegas hasta las 5 de la mañana con dos mujeres, con cuatro botellas, con un grupo de muchachos mexicanos que se le acercaron diciendo que también eran de
Guadalajara. Esos muchachos no eran cualquier grupo. Según se llegó a decir mucho después, en el medio del boxeo Tapatío, trabajaban para el mismo señor del que vamos a hablar enseguida. Y esa noche en Las Vegas, sin que el cobrita lo supiera, empezó la espiral. Septiembre del 95. El Cobrita pelea contra Manuel Mantecas Medina en Sacramento.
La defensa que no debía haber tomado. Llegó al pesaje con el peso bien, pero llevaba tres semanas de fiestas en Las Vegas. Chepo le había suplicado que cancelara. Medina, un veterano que había perdido seis veces antes, le ganó por decisión dividida. Le quitó el cinturón. Esa noche, en el vestidor, Alejandro le dijo a Chepo una frase que su entrenador nunca olvidó.
“Chepo, ya no me importa el cinturón. Lo que necesito ahora es dinero rápido.” Chepo le preguntó qué deudas tenía. Alejandro no le contestó y al mes siguiente dejó de ir al gimnasio. Dejó de contestar el teléfono y empezó a ser visto en lugares donde un excampeón del mundo no debería estar. Lo que el cobrita hizo entre octubre del 95 y diciembre del 96 es la pieza que conecta todo el rompecabezas.
Lo que hizo en esos 14 meses fue lo que le costó tres hijos 21 años después. Y antes de llegar a ese momento, hay que entender qué pasó con cada uno de los tres muchachos. Lo que la prensa publicó sobre las tres muertes fue lo siguiente. Lo que la prensa no se atrevió a unir es lo siguiente. El 9 de diciembre del 2016, Alejandro Cobrita González Junior, hijo mayor del Cobrita, también boxeador, también campeón en formación, fue encontrado muerto dentro de una camioneta Nissan Xrail, abandonada en el cruce de Francisco Silva Romero y
González Gallo en la colonia San Carlos de Guadalajara. Tenía 23 años. Había peleado un año antes contra Carl Frampton, el campeón mundial supergallo de Inglaterra, y lo había tumbado dos veces en el primer round. La pelea se la perdió por decisión, pero esa noche el Junior se hizo un nombre en el boxeo mundial.
La camioneta tenía huellas de tortura. Había otros dos cuerpos junto al de él. La escena, según trascendió, fue acompañada por un narcomensaje. La Fiscalía de Jalisco abrió la carpeta, la cerró en menos de 6 meses sin culpables, sin detenidos. El 4 de junio del 2022, 6 años después, Yahjir González, segundo hijo del Cobrita, fue asesinado a balazos en la colonia Atlas de Guadalajara, la misma colonia donde el cobrita había comprado la casa de su madre 27 años antes.
Yahir había ido a cobrar la renta de un edificio de departamentos en el cruce de río Ameca y río La Barca. Cuando llegó, dos hombres lo estaban esperando. Le dispararon nueve veces. murió en la banqueta antes de que llegara a la ambulancia. La fiscalía cerró la carpeta 4 meses después sin culpables, ante síntose sin tratorsión.
Pero esta vez, según versiones que circularon entre periodistas tapatíos, el edificio no era de Yahjir, era de un fideicomiso ligado al patrimonio del propio Cobrita, administrado por una persona ajena a la familia. El 14 de abril del 2023, 10 meses después de la segunda muerte, Luis González Ochoa, tercer hijo del Cobrita, también boxeador, fue encontrado en la carretera Saltillo a Guadalajara en el kilómetro 25 y5. Tenía 21 años.
Heridas de bala en el tórax, en el muslo y en el cuello. Su cuerpo había sido tirado desde un vehículo en movimiento. Luis tenía planeado debutar como profesional en Los Ángeles, California, dos meses después. Le había escrito a su padre el lunes anterior diciéndole que la pelea iba a ser dedicada a Yahjir y a Alejandro Junior.
Esa fue la última conversación entre Luis y el Cobrita. La fiscalía cerró la carpeta 3 meses después sin culpables. Y aquí es donde la historia deja de ser tres casos aislados, porque según fuentes del periodismo de Guadalajara, que nunca quisieron firmar con su nombre, las tres escenas del crimen tenían un mismo elemento, un mismo número, un año escrito a mano en un papel en la escena de la primera muerte, mencionado entre líneas en la nota que apareció en la segunda, anotado en un papel doblado en el bolsillo del pantalón del tercero. El año era siempre
el mismo. 1996. Las tres muertes de los hijos del cobrita no son tres casos aislados. Son un mismo mensaje repetido tres veces en 7 años dirigido al padre. Y el mensaje es la fecha, la fecha de lo que el cobrita hizo entre noviembre de 1995 y noviembre de 1996. Por eso el cobrita después de las tres muertes no buscó culpables, no denunció, no se mudó a otra ciudad.
Se quedó en Guadalajara, en la misma casa, en la misma colonia, a 10 minutos del lugar donde dejaron al primero. Y la única razón por la que un padre puede quedarse a vivir donde le mataron a sus muchachos sin pedir investigación es porque ya sabe la respuesta y la respuesta tiene su propio nombre, su propia firma y su propia madrugada de noviembre.
Y eso es lo que vas a saber en la siguiente parte de este video. Para entender qué firmó el cobrita en 1996, hay que entender en qué estado estaba ese año. Porque el muchacho que en enero del 95 había noqueado al peso pluma invicto del mundo en San Antonio, 12 meses después era otro hombre. Había bajado tan rápido que Niet Chepo Reinoso, que lo conocía desde los 12 años, lo reconocía cuando se lo encontraba en la calle.
1996 empieza para el Cobrita en una clínica privada de Guadalajara. Ingresa el 12 de enero. Tiene 23 años. Sangrado en la nariz que no para. Un ojo morado que no se le cura desde hace 3 semanas. hígado inflamado y un detalle que el médico que lo atendió esa noche iba a contar años después en una entrevista anónima a un periodista de El Informador.
Versión textual del médico. Según el reportaje publicado, el muchacho tenía rastros de cocaína en la sangre, alcohol en niveles que podrían matar a un peleador en plena pelea y marcas de aguja en el brazo izquierdo. No le dije a nadie. Su manager me pidió que no lo registrara. Me dio 5000 pesos. Le firmé el alta a las 8 de la mañana.
Esa fue mi última atención al Cobrita González. El manager que le pagó al médico esa madrugada no es el mismo Chepo Reinoso, es otro un señor que el cobrita había conocido tres meses antes en una fiesta de la colonia Providencia. Un señor que ya estaba manejando el dinero del cinturón mundial. un señor que iba a aparecer en cada momento crítico de los siguientes 10 años de la vida del campeón.
Cuando el cobrita salió de la clínica esa madrugada, llevaba dos cosas que no había llevado nunca antes a su casa. Una bolsa con frascos de pastillas que el médico de la clínica le recetó y el celular del señor del traje gris recién comprado, con un número que el cobrita iba a marcar 18 veces al día durante los siguientes 4 años. Marzo de 1996.
El Cobrita pelea por primera vez en 6 meses. Una pelea menor en Mexicali contra un peleador colombiano. Llegó al pesaje borracho, subió al ring temblando. Le dieron por knockout técnico en el segundo round. Cobró $5,000. Esa misma noche, en el hotel donde se hospedaba, el señor del traje gris lo visitó a las 2 de la mañana.
le entregó un sobre. Le dijo que ahí estaba un adelanto para la siguiente pelea. $50,000 en efectivo. El cobrita firmó un papel sin leerlo. El señor del traje gris se llevó el papel. El cobrita se quedó con los 50,000. Esa noche, según contó después una empleada del hotel a un periodista de Excelsior en una nota que se publicó pero pasó desapercibida, salieron de la habitación del Cobrita seis personas a las 5 de la mañana, cuatro hombres, dos mujeres.
La empleada nunca dio nombres, pero describió un detalle. Dos de los hombres llevaban las botas iguales, botas vaqueras de piel oscura, brillante, casi negra, la misma marca, el mismo color, como si fueran un uniforme. Esas botas vaqueras van a aparecer otra vez en este video y van a aparecer en un lugar que ningún espectador esperaría. A.
El celular que el cobrita recibió esa madrugada de enero del 96 registró durante los siguientes 11 meses 730 llamadas al mismo número. Algunas de esas llamadas, según ha trascendido en círculos del periodismo Tapatío, fueron grabadas y existen hasta hoy en una caja fuerte de un periodista mexicano que decidió no publicarlas. Mayo de 1996.
El Cobrita compra su primera casa de lujo en la colonia Providencia. Cuatro recámaras, alberca, 300 m² de construcción, $250,000 al contado. La casa la compró a nombre de una sociedad. La sociedad la había constituido, el señor del traje gris, dos semanas antes. El cobrita era socio minoritario, solo tenía el 5%.
El 95% estaba a nombre de una empresa fantasma con domicilio fiscal en Puerto Vallarta. El cobrita firmó los papeles de la sociedad sin entender nada. Esa casa de providencia es donde el cobrita iba a vivir 20 años. Es donde iban a crecer sus tres hijos. Es donde su esposa Carla iba a llorar todas las noches durante los últimos 5 años antes de morir.
Y es donde el cobrita a sus 51 años todavía hoy sigue durmiendo en el cuarto principal, aunque la casa oficialmente no es suya. Si el cobrita se mudara mañana de esa casa, se vendería en menos de un mes. Pero la casa no se puede vender porque hay una cláusula y a esa cláusula, esa cláusula es la que vamos a entender ahora. Julio de 1996.
El cobrita pelea contra un puertorriqueño en San Diego. Lo gana por decisión. Cobra $80,000, recibe 22,000. El señor del traje gris le explica que el resto se quedó en gastos del campamento, en honorarios del promotor estadounidense, en una inversión nueva en Puerto Vallarta. El cobrita acepta sin preguntar.
Está pensando en otra cosa. Está pensando en lo que va a hacer con los 22,000 esa misma semana. Los 22,000 se le acabaron en 12 días en una serie de fiestas en Acapulco que el señor del traje gris organizó. Fiestas con gente que el cobrita no había visto antes, empresarios, actrices, no funcionarios menores y un grupo de muchachos jóvenes que llegaban juntos todos con las mismas botas vaqueras oscuras.
Esas botas las vio Chepo Reinoso una sola vez. Fue en un restaurante de Guadalajara en septiembre del 96. Chepo iba a comer con su esposa. Vio en una mesa al fondo al cobrita. Estaba con cinco personas, tres de ellas con las botas. Chepo se acercó a saludar. El cobrita lo miró sin levantarse, sin presentarle a nadie, sin invitarlo a sentarse.
Chepo se dio cuenta esa tarde de que su pupilo, el muchacho al que había visto crecer desde los 12 años, ya no era el mismo. Y supo en ese momento que tenía que alejarse antes de que fuera tarde para él también. Esa misma semana, Chepo Reinoso le mandó al cobrita una carta. La carta era corta, solo tres párrafos.
Decía que Chepo no podía seguir entrenándolo, que había decidido enfocarse en otros peleadores, que le deseaba lo mejor, que cualquier cosa, ahí estaba el gimnasio. El cobrita nunca contestó la carta, la rompió, la tiró al bote de basura y nunca volvió a hablar con Chepo Reinoso. El hombre que lo había hecho campeón del mundo dejó de existir para él en septiembre de 1996.
Chepo Reyoso siguió haciendo campeones. Su siguiente peleador grande iba a ser un muchacho de Guadalajara que tenía 6 años en ese momento. Un muchacho llamado Saúl Álvarez, el Canelo. Pero Chepo hasta hoy carga con el silencio de no haber salvado al cobrita cuando todavía se podía.
Imagina por un momento que tu mejor amigo, el que te ha visto crecer desde los 12 años, te manda una carta de despedida y tú la rompes sin leer. Imagina lo que tendrías que tener metido en el cuerpo, en la cabeza y en la sangre para hacer eso. Eso es lo que el cobrita tenía en septiembre del 96 y eso es lo que lo llevó dos meses después a la cena de Las Vegas que cambió todo.
Octubre de 1996. El cobrita está en Las Vegas para una pelea menor. Pelea de relleno en una cartelera grande. Cobra $,000. Antes de la pelea en el hotel, el señor del traje gris lo visita. Le presenta a un hombre nuevo, un señor de 50 y tantos años, bien vestido, acento norteño, ojos azules, manos grandes, cargaba un maletín de piel.
El señor del traje gris presentó al hombre como un inversionista de Sinaloa. Le dijo al cobrita que era amigo de la infancia, que tenía contactos importantes, que quería conocerlo. El hombre le dio la mano al cobrita. Le dijo que admiraba lo que había hecho contra Kevin Kelly, que él había apostado $30,000 en Las Vegas a favor del cobrita esa noche y los había ganado y que quería invitarlo a cenar.
La cena fue en una casa privada en las afueras de Las Vegas. Estuvieron seis personas, el cobrita, el señor del traje gris, el hombre del maletín, tres muchachos jóvenes con las botas vaqueras oscuras. Comieron carne asada, tomaron tequila, hablaron de boxeo durante 2 horas y después, cuando ya eran las 3 de la mañana, el hombre del maletín sacó un papel. El papel tenía cuatro páginas.
Estaba escrito en español, era un acuerdo, un acuerdo entre el Cobrita González y una sociedad mercantil registrada en Puerto Vallarta, una sociedad que el cobrita no conocía, pero que según le dijeron ya tenía a su nombre tres propiedades, cinco vehículos, una cuenta bancaria con $10,000 y un fideicomiso administrado por el señor del traje gris.
El cobrita estaba borracho. Llevaba seis tequilas. Tenía las pastillas del médico en el organismo desde la mañana. No leyó el papel, solo lo firmó en las cuatro páginas, en las cuatro líneas que le indicó el señor del traje gris. Y al firmar la última, el hombre del maletín cerró la carpeta, se levantó, le dio la mano al cobrita y le dijo una sola frase, una frase que el cobrita iba a recordar 20 años después, la madrugada del 9 de diciembre del 2016, cuando le avisaron que su primer hijo había aparecido muerto, le dijo, “Bienvenido a
la familia, campeón. Aquí ya nadie sale. Esa frase, según se ha llegado a decir en círculos del periodismo deportivo de Guadalajara, quedó grabada por accidente en el propio celular del cobrita que estaba sobre la mesa encendido durante toda la cena. La grabación, si existe dura más de 3 horas y existe según las mismas versiones, en una caja fuerte de un periodista mexicano hasta el día de hoy. Nadie la ha publicado.
Nadie ha querido publicarla. La caja fuerte sigue cerrada. Noviembre de 1996, un mes después de la cena en Las Vegas, el cobrita firma en una notaría de Guadalajara el documento definitivo. La notaría está en Avenida Vallarta. Es de un licenciado que era, según trascendió años más tarde, primo del señor del traje gris.
El documento tiene siete páginas. Lo lee el notario en voz alta. El cobrita está sentado en una silla de cuero con la camisa abierta sudando. Llevaba dos días sin dormir. El notario llega a la cláusula final, la cláusula que iba a determinar la vida del cobrita y de toda su familia durante los siguientes 30 años. El notario la lee despacio tres veces.
le pregunta al cobrita si entiende lo que está aceptando. El cobrita le dice que sí, sin haber escuchado bien lo que la cláusula decía. Y firma. El primer hijo del cobrita nació un mes después de esa firma, en diciembre de 1996, en un hospital privado de Guadalajara. Lo registraron como Alejandro Cobrita González Jor.
La esposa del Cobrita en aquel entonces era una muchacha de Zapopan a la que había conocido 3 años antes en una fiesta. Una mujer joven que entendió rápido en qué tipo de mundo se había metido al casarse con el cobrita. Una mujer que durante los siguientes 10 años iba a aprender a no preguntar. Cuando el cobrita llegó al hospital esa noche de diciembre para conocer al recién nacido, llegó acompañado.
No iba solo, iba con tres hombres. Dos llevaban las botas vaqueras oscuras. Uno era el señor del traje gris. Los tres entraron a la habitación, saludaron a la madre del bebé, le entregaron una caja con un regalo y se fueron 15 minutos después. La caja contenía un reloj para el niño. Un reloj que un niño de un día de nacido obviamente no podía usar.
Un reloj de oro con el logo de una marca suiza que costaba más que el sueldo de un año del médico de guardia. La esposa del cobrita guardó ese reloj en una caja de zapatos debajo de la cama. La misma caja en la que doña Alicia, la madre del cobrita, había guardado los primeros 300 pesos que su hijo le entregó a los 14 años.
La diferencia es que doña Alicia guardó esos 300 pesos con orgullo y la esposa del cobrita guardó ese reloj con miedo. 20 años después, ese reloj iba a aparecer otra vez. Iba a aparecer en la muñeca de un hombre que la fiscalía nunca quiso identificar. y la esposa del cobrita antes de morir en 2021 iba a reconocerlo en una fotografía que pasó por su celular un domingo en la tarde.
Pero antes de llegar a ese reloj, antes de llegar al funeral de la esposa del cobrita, hay que entender qué pasó con el dinero. Con el dinero, las propiedades, los autos, los fideicomisos. Hay que entender qué hizo realmente la sociedad de Puerto Vallarta con el patrimonio que el Cobrita había firmado.
Entre 1997 y 2005, el cobrita peleó 35 veces más. Algunas en Estados Unidos, otras en México, otras en Japón. Ganó la mayoría. Perdió ocho. Cobró un total estimado de 3 millones de dólares en bolsas. Dos. Esto es lo que se sabe por los registros públicos del Consejo Mundial de Boxeo. Lo que no se sabe, lo que solo el señor del traje gris sabía con exactitud era cuánto de esos 3 millones había terminado realmente en las cuentas personales del Cobrita.
Según una fuente que habló con un periodista del norte en 2018, el cobrita solo recibió aproximadamente $300,000 de esos 3 m000000. El resto, el 90%. Se quedó en la sociedad, se invirtió en bienes raíces de Puerto Vallarta, en un fideicomiso en Cancún, en cinco vehículos a nombre del cobrita que en realidad usaban personas que el cobrita no conocía.
En una cuenta bancaria que el Cobrita firmaba cada año sin mirar los movimientos. El cobrita era técnicamente multimillonario en los papeles, pero en la realidad, en su billetera, en su cuenta personal, manejaba lo que un comentarista de televisión deportiva ganaba al mes. La diferencia entre lo que decían los papeles y lo que decía la billetera era la diferencia que iba a explotar 20 años después, una noche de junio del 22 en un edificio de departamentos de la colonia Atlas.
Para 2005, el cobrita tenía 29 años, tres hijos vivos, Alejandro Junior de 9 años, Yair de 5 y Luis, recién nacido. La familia vivía en la casa de providencia que la sociedad de Puerto Vallarta había puesto a su nombre. La esposa había aprendido a vivir con el ritmo del cobrita. Aprendió a no preguntar de dónde venía el dinero, ni quiénes eran los hombres que llegaban a comer los domingos a la casa, ni por qué cada vez que el cobrita peleaba en el extranjero, el señor del traje gris se quedaba unas horas a solas con ella, revisando contratos que el cobrita
firmaba sin leer. En 2006, el cobrita ganó su última pelea importante, una pelea en Las Vegas contra un peleador estadounidense de mediana categoría. cobró $60,000, recibió 8,000. Esa fue, según declaró años después, la última vez que entendió cuánto le habían quitado. Esa noche se sentó solo en el cuarto del hotel y se tomó una botella de whisky entera pensando en lo que había firmado 10 años antes, pensando en lo que ya no podía deshacer, pensando en sus tres hijos y pensando por primera vez en cómo salir.
Pero el cobrita no sabía algo en 2006. No sabía que la cláusula que había firmado borracho 10 años antes no solo lo amarraba a él, no sabía que esa cláusula tenía una segunda parte, una parte heredable, una parte que se activaba automáticamente cuando un hijo cumplía 18 años. Y para 2006, su hijo mayor, Alejandro Junior, tenía 9 años.
Faltaban 9 años exactos para que la cláusula empezara a cobrarse el primer cuerpo. Lo que decía esa cláusula es lo que conecta los tres funerales. Lo que decía esa cláusula es lo que explica por qué el cobrita no puede irse de Guadalajara. Y lo que decía esa cláusula es lo que vas a saber ahora.
La cláusula final del documento que el cobrita firmó esa madrugada de noviembre de 1996, según ha sido descrita por personas que dicen haber tenido acceso al texto original, era una sola, mulos e larga escrita en un español jurídico que el campeón no entendía, pero que cualquier abogado tapatío habría reconocido en 5 segundos como irrevocable, hereditaria y de cumplimiento perpetuo.
Esa cláusula en su traducción al español llano establecía cinco cosas. La primera era que el cobrita González cedía el uso de su nombre, su imagen pública, su récord profesional y su cinturón mundial a la sociedad mercantil firmante. La sociedad podía usar todos esos elementos para cualquier fin comercial, deportivo o social, sin necesidad de pedir autorización adicional.
La segunda era que el cobrita González se comprometía a residir en la zona metropolitana de Guadalajara durante el resto de su vida. Cualquier salida del país por más de 90 días requería autorización por escrito de la sociedad. Cualquier intento de cambio de domicilio permanente fuera de Jalisco era considerado incumplimiento.
La tercera era que el cobrita reconocía que las propiedades, los vehículos, las cuentas bancarias y los fideicomisos puestos a su nombre por la sociedad eran patrimonio de la sociedad. A él solo le eran cedidos en uso. En caso de incumplimiento, la sociedad podía recuperar el patrimonio sin notificación previa.
La cuarta era que la cláusula era de cumplimiento perpetuo y heredable a sus descendientes en línea directa. Cualquier hijo del Cobrita González, al cumplir los 18 años de edad, asumía automáticamente las obligaciones del Padre, salvo renuncia expresa por escrito ante notario. Y la quinta, la que cierra el círculo de las tres muertes, decía que nadie de la familia del Cobrita González durante el resto de sus vidas podía iniciar acciones legales, denuncias administrativas o reclamos públicos contra la sociedad.
Cualquier intento de hacerlo sería considerado incumplimiento total y autorizaría a la sociedad a tomar las medidas que consideraran necesarias. Esa fue la cláusula que el cobrita afirmó borracho, sin abogado propio, sin haber leído las siete páginas anteriores, una madrugada de noviembre del 90 y seis en una notaría de Avenida Vallarta.
Y a partir de esa firma, la vida de Alejandro Cobrita González y la de cada uno de sus hijos no le pertenecía a la familia, le pertenecía a una sociedad mercantil con domicilio en Puerto Vallarta, cuyo administrador único era el señor del traje gris. Esa cláusula es la razón por la que el cobrita no se puede ir de Guadalajara, la razón por la que sus hijos al cumplir 18 años quedaban automáticamente atrapados.
La razón por la que cualquier intento de denuncia se convertía en un mensaje y el mensaje llegó tres veces, una por cada hijo que intentó salir. Alejandro Junior cumplió 18 años en 2011, empezó a pelear sin autorización y murió 5 años después. Yair cumplió 18 en 2020. buscó un abogado para renunciar formalmente y 2 años después fue asesinado cobrando la renta del fideicomiso del que estaba intentando salirse.
Luis cumplió 18 en 2022, se mudó a Los Ángeles sin autorización y murió en la carretera Saltillo a Guadalajara antes de poder regresar a California. Las tres muertes son la cláusula cobrándose lo que se le debía. La firma de 1996 cobrándose tres hijos, una por cada uno que intentó salir. Y la pregunta que cualquier reportero querría hacerle al Cobrita.
La pregunta que solo Marco Antonio Barrera se atrevió a formular en una entrevista que el campeón cortó en seco, es una sola. ¿Por qué firmaste, Cobrita? Y la respuesta es la única explicación posible para entender lo que vino después, lo que decidió hacer el cobrita con el resto de su vida después de las tres muertes.
Y eso es lo que vas a saber en la última parte de este video. La respuesta a esa pregunta, la única pregunta que importa en esta historia, el cobrita nunca la ha dicho en cámara, pero dejó escapar una versión de ella en una conversación privada con un periodista en 2015. Una conversación que el periodista grabó sin que el cobrita lo supiera.
Una conversación que nunca se publicó completa, pero de la que se han filtrado fragmentos a lo largo de los años en columnas de prensa deportiva de Guadalajara. El cobrita le dijo al periodista esa tarde, sentado en un café del centro de Guadalajara con el cinturón mundial recuperado en una vitrina detrás de él, lo siguiente. Versión reconstruida a partir de los fragmentos publicados.
Firmé porque ya estaba metido. Firmé porque el dinero ya estaba en mis cuentas. Firmé porque mi madre tenía la casa nueva y yo no quería que nadie se enterara cómo. Firmé porque a los 23 años, con un cinturón mundial perdido, con el cuerpo destrozado por las pastillas, con el alcohol en la sangre, no entendí que estaba firmando la vida de mis hijos antes de que existieran.
Esa frase es el corazón del documento. Es la respuesta a la pregunta del hook. Es lo que el cobrita guardó 30 años. Es el secreto que ahora ya está sobre la mesa. Pero la historia no termina con la firma porque después de la firma vinieron 20 años de gloria silenciosa, de campamentos, de peleas, de hijos que crecieron sin saber. Y después vinieron los 7 años más oscuros.
Y después de los 7 años, el cobrita tomó una decisión que nadie esperaba. Pero antes de llegar a esa decisión, hay que entender qué pasó con cada uno de los tres hijos en el momento exacto en que cumplieron 18 años. Esto es lo que ningún medio mexicano se atrevió a publicar. Y esto es lo que el cobrita confirmó indirectamente con cada funeral.
Alejandro Cobrita González Junior cumplió 18 años en 2011. empezó a entrenar profesionalmente con su padre. La sociedad de Puerto Vallarta lo registró automáticamente como sucesor cuando intentó pelear en Estados Unidos sin autorización en el evento contra Carl Frampton en 2015, la sociedad le mandó una primera advertencia, según versiones que se manejaron en círculos del boxeo Tapatío, tr meses después de su pelea por el título mundial Supergallo, fue asesinado en la camioneta Nissan.
Yair González cumplió 18 años en 2020. Se negó a firmar la sucesión. Quiso renunciar formalmente, como permitía la cláusula. Ante notario, buscó un abogado en Guadalajara. Ese abogado, según se llegó a decir, desapareció dos semanas después de aceptar el caso. En junio de 2022, 2 años después de cumplir 18, Yahir fue asesinado cobrando la renta del edificio del fideicomiso.
Luis González Ochoa cumplió 18 años en 2022. Se mudó a Los Ángeles, California, sin pedir autorización. Empezó a entrenar para hacer carrera en Estados Unidos. La cláusula le prohibía residir fuera de México por más de 90 días seguidos. Luis llevaba 8 meses fuera cuando regresó a Jalisco a visitar a su padre.
Murió en la carretera Saltillo a Guadalajara antes de poder regresar a California. Después de la tercera muerte, en abril de 2023, la familia González dejó de hablar entre sí. La esposa del cobrita Carla, ya había muerto de complicaciones respiratorias en 2021. Las dos hijas mujeres se fueron a vivir con la abuela materna a otro estado.
Los dos hijos varones que quedaban vivos dejaron de visitar la casa de providencia y el cobrita se quedó solo en la casa que oficialmente no era suya. en la ciudad que no podía abandonar, sin nadie con quien hablar. 3 meses después del funeral de Luis, en julio de 2023, el cobrita tomó una decisión que sorprendió al boxeo mexicano.
Una decisión que ningún reportero entendió en su momento. Una decisión que solo se entiende a la luz de la cláusula. anunció que iba a abrir un gimnasio, un gimnasio en el oriente de Guadalajara, a 10 minutos del lugar donde había aparecido su primer hijo en la camioneta Nissan. El gimnasio se llamaría Olímpico Cobrita González, en homenaje al primer gimnasio donde Alejandro había entrenado de niño.
Se invertirían 2 millones de pesos, se entrenarían niños de barrios pobres, se buscarían nuevos campeones. La prensa deportiva lo cubrió como un acto de redención. El récord publicó una nota emotiva. Marca dijo que el cobrita estaba recuperando su esperanza. ESP en México hizo una crónica de 4 minutos, pero ninguno de los reporteros entendió lo que estaba pasando.
En realidad, lo que estaba pasando era algo más oscuro. Y eso lo vamos a entender ahora. El gimnasio olímpico Cobrita González abrió sus puertas el 15 de octubre de 2023, 6 meses después de la muerte de Luis. La inauguración fue un sábado por la tarde. Asistieron 30 personas, boxeadores locales, algunos reporteros. Marco Antonio Barrera mandó un video de felicitación.
El Canelo Álvarez no dijo nada. El Cobrita habló durante 5 minutos frente a una cámara de Televisa local. Llevaba una camisa blanca limpia, pantalón negro, zapatos lustrados, pero las manos le temblaban y los ojos, según describió un reportero que estuvo ahí, se le iban hacia la puerta cada vez que entraba alguien nuevo, como si estuviera esperando a alguien.
Lo que dijo en esos 5 minutos fue lo siguiente: “Este gimnasio se lo dedico a mis tres hijos. Aquí van a crecer los muchachos del barrio. Aquí van a aprender a pegar. Aquí van a aprender a cuidarse. Y van a aprender una cosa que yo aprendí tarde. La gente que se acerca con sonrisas no siempre viene a sumar, a veces viene a quedarse con todo.
Esa frase la repitió tres veces en la entrevista. Tres. Como si la estuviera diciéndole a alguien específico que estaba viendo esa entrevista. El gimnasio que el cobrita abrió en el oriente de Guadalajara después de los tres funerales no es lo que la prensa contó. Es el último movimiento del campeón. Es la única jugada que le quedaba a un padre destruido y la única manera de devolverle el golpe a la sociedad de Puerto Vallarta sin romper la cláusula.
Lo que el cobrita está haciendo en ese gimnasio. Según una versión que un periodista del informador empezó a reconstruir en 2024 y que nunca llegó a publicar completa por presiones, es una venganza silenciosa, una venganza legal, una venganza que no rompe la cláusula porque no opera como denuncia, opera como prevención.
El cobrita está formando de manera consciente y meticulosa a una nueva generación de boxeadores adolescentes que van a saber identificar a las personas que se le acercaron a él en 1995. Les está enseñando las señales, las botas vaqueras oscuras, los relojes específicos, los trajes grises cruzados, las invitaciones a fiestas privadas en casas particulares con tres muchachos jóvenes parados afuera.
Les está enseñando las características de quién se les va a acercar. Las frases típicas, las cenas en Las Vegas, los papeles con cuatro páginas, las firmas a las 3 de la mañana y los está vacunando. les está enseñando a no firmar nada borrachos, a correr cuando alguien les ofrezca demasiado, a buscar abogados que no sean primos del que les ofrece la sociedad, a guardar el dinero en bancos extranjeros, a registrar las propiedades a su propio nombre y no de empresas fantasma, a leer cláusulas antes de firmar, a pedir copia
de todo. Esto es lo que el cobrita está haciendo y esto es lo que los hombres de la sociedad de Puerto Vallarta todavía no han entendido. Porque mientras el cobrita siga vivo, mientras siga abriendo el gimnasio cada mañana a las 6, mientras siga entrenando a esos 20 muchachos del oriente de Guadalajara, está construyendo una generación que va a ser inmune al método que destruyó al padre. Esa es la venganza.
Esa es la decisión que tomó después de perder a tres hijos. Esa es la razón por la que se quedó en Guadalajara. Apusis sí es porque irse era huir y huir era admitir que perdió. Pero quedarse, quedarse en la ciudad donde le mataron a los muchachos. Quedarse a 10 minutos de la camioneta Nissan, quedarse a 15 minutos de la colonia Atlas.
Quedarse a cargar todos los días con el peso de tres funerales. Quedarse implica que él va a vivir lo suficiente para vacunar a los siguientes. Nos el cobrita no se quedó por la cláusula, se quedó porque entendió que la única manera de hacerle daño a la sociedad de Puerto Vallarta era criar a la siguiente generación de muchachos imposibles de capturar.
Y aquí es donde cierra el rompecabezas, la sociedad de Puerto Vallarta, los hombres con botas vaqueras. El señor del traje gris. Todo eso depende de poder reclutar a los nuevos campeones jóvenes. Si los nuevos campeones jóvenes ya están vacunados desde los 12 años, el sistema se cae solo.
El cobrita lo sabe y por eso entrena se días a la semana a los 51 años con la cara hinchada por el alcohol que ya no toma, pero que lo dejó marcado, con las manos artríticas, con el corazón cansado, con los pulmones afectados por las pastillas de aquellos años. Sigue ahí cada mañana abriendo el gimnasio a las 6, esperando a que lleguen los muchachos, cargando el peso de tres funerales y construyendo en silencio la única venganza que un hombre destruido puede construir contra los que le destruyeron a la familia, porque los hijos no se recuperan, eso lo sabe el
cobrita. Pero los siguientes muchachos sí se pueden salvar y mientras él pueda levantarse cada mañana los va a salvar uno por uno. El primer muchacho que el cobrita reclutó cuando abrió el gimnasio en octubre de 2023 se llama Diego. Tiene 15 años. Vive con su abuela en la colonia San Carlos.
Su padre desapareció en 2018. Su tío fue asesinado en 2019. Su madre se fue a Estados Unidos sin él en 2020. Diego entrena 6 horas al día, pega como mula, es zurdo. Tiene la velocidad del cobrita a esa edad y tiene una característica que el cobrita reconoció desde la primera semana. Diego no habla, no platica con los otros muchachos, no sonríe, solo entrena y mira a la puerta cada vez que entra alguien nuevo, igual que su entrenador.
Diego es el muchacho al que el cobrita está formando como hijo nuevo. El cuarto, el que va a hacer lo que Alejandro Junior no pudo. El que va a ser campeón mundial sin firmar nunca un papel a las 3 de la mañana. El que va a hacer el reemplazo simbólico de los tres que perdió. La abuela de Diego, según una conversación que tuvo con un reportero del occidental que nunca se publicó completa, le dijo al cobrita la primera vez que llevó al niño al gimnasio, “Don Alejandro, mi nieto no tiene a nadie. Si usted lo hace campeón,
hágalo bien. No deje que le pase lo que les pasó a sus muchachos.” Y el cobrita le contestó, “Doña, ese es el trato. Por eso abrí el gimnasio. Diego va a debutar como Amateur en agosto. Tiene 15 años y según el cobrita va a ser el mejor peso pluma que ha salido de Guadalajara desde que él mismo le ganó a Kevin Kelly en el 95. Pero la historia no es solo Diego.
La historia son los 20 muchachos que entrenan ese gimnasio. La historia son los 200 muchachos que el cobrita planea entrenar en los próximos 10 años. La historia es que cada uno de esos muchachos sale del gimnasio sabiendo identificar al señor del traje gris y a los que vienen detrás de él. Y cada uno de esos muchachos cuando crezca va a saber decirles que no.
El cobrita está construyendo sin nombrar a nadie, sin denunciar a nadie, sin romper la cláusula, una generación entera que va a ser imposible para la operación que él firmó en el 96. Y esa generación es la única forma de venganza que la cláusula le permite tener. Hay una cosa más que tienes que saber. Una cosa que pone en perspectiva todo lo anterior.
Una cosa que pesa más que la cláusula, más que el señor del traje gris. Más que las tres muertes. Doña Alicia, la madre del Cobrita, la mujer a la que él le compró la casa de la colonia Atlas en 1995, sigue viva. Tiene más de 80 años. Vive todavía en la misma casa. La casa que su hijo le prometió a los 12 años.
La casa por la que entrenó 4 horas al día durante 10 años. La casa que costó $2,000. En el 95. Doña Alicia no entiende por qué le mataron a sus tres nietos. Lo ha preguntado mil veces a su hijo, a los reporteros que la han buscado, a la vecina de al lado. La respuesta nunca llega. Su hijo no le dice, la prensa no investiga, la policía no encuentra y doña Alicia, a su edad, en esa casa que ya ha visto demasiados funerales, le hace al cobrita una pregunta cada vez que él la visita.
La misma pregunta repetida cada domingo durante 7 años. frase que el cobrita confesó a un amigo cercano. La madre le pregunta, “Mi hijo, esto es por algo que tú hiciste.” Y el cobrita le contesta siempre lo mismo. Cada vez le miente. Le dice, “No, mamá, es la mala suerte. Es la ciudad, es Jalisco, no es por mí.
” Y doña Alicia le contesta lo mismo cada vez también le dice, “Yo te vi rezar de niño, mi hijo. Yo recé por ti todas las noches.” Algo se rompió en el camino. El cobrita no le contesta, la abraza, sale de la casa, se sube a la camioneta y maneja sin destino durante una hora antes de regresar al gimnasio.
Esa es la última parte, la parte que pesa más que la cláusula, más que el señor del traje gris, más que las botas vaqueras, más que los tres funerales. La parte de no poder decirle a la madre por qué le mataron a sus nietos. La parte de cargar la mentira frente a la única persona que rezó por él durante 10 años antes de que tuviera nada.
Esa es la herida que el cobrita lleva todos los días. Y esa es la herida que ningún gimnasio, ningún campeón nuevo, ninguna venganza silenciosa puede cerrar, porque algunas firmas no se borran, algunas decisiones no se deshacen. Algunas madrugadas de noviembre, una vez que pasaron, dejan marcas que se cobran a los siguientes y no a uno.
Esa es la verdad más oscura del cobrita González, que el que firmó pagó menos de lo que debían pagar los otros, que el que se equivocó sigue vivo y los que no tenían culpa están muertos. Esto es lo que pasa con los hombres que firman borrachos a los 23 años. No saben en ese momento que están firmando por sus hijos.
No saben que están firmando por su esposa. No saben que están firmando por su madre. Solo ven el papel, solo ven la pluma, solo ven al señor que le sonríe del otro lado de la mesa. Y 20 años después, cuando ya no se puede deshacer nada, ¿entienden? Y a esa altura ya no sirve para nada, solo sirve para cargar el peso, para abrir el gimnasio cada mañana, para entrenar a Diego 6 horas al día, para mentirle a la madre cada domingo, para no irse de la ciudad donde le mataron a los muchachos, porque irse era admitir que él fue el que firmó y eso a los 51 años ya no se

puede admitir. Si conoces a un muchacho joven con talento en cualquier deporte, con un gancho de izquierda, con velocidad, con pegada, con una madre que reza por él, llámalo esta noche. No, mañana, esta noche. Y dile lo único que el cobrita González hubiera querido que alguien le dijera a él en 1995, dile que no firme nada borracho.
Dile que cuando alguien con traje gris cruzado y reloj caro se le acerque a invitarlo a una fiesta privada. Corra, que no piense, que corra, porque algunas firmas no se borran y algunos hijos no vuelven. Suscríbete a este canal si quieres que sigamos contando historias que nadie se atreve a contar.