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Alicia de Battenberg: La Declararon Loca… y Salvó a una Familia Judía del Holocausto

 Va vestida enteramente de negro, como una viuda griega. Tiene los cabellos completamente blancos y una mirada que parece atravesar las paredes. Es la dueña de la casa. Llaman tres veces a la puerta. Es la señal acordada. Alicia abre. Detrás del umbral entra Rachel Cohen, una viuda judía cuyo esposo, antiguo diputado del parlamento griego, murió en el exilio.

Detrás de Rachel entran sus dos hijos, Tilde y Mitchell, con los ojos hundidos del hambre y del miedo. La Gestapo lleva semanas buscándolos por toda la ciudad. Si los encuentran allí en la casa de una mujer que es alemana de sangre, prima del propio Kaiser Guillermo II, prima del Sar Nicolás II, prima de medio continente europeo, las consecuencias serán inmediatas para todos.

 Pero Alicia tiene un plan. Les ha preparado una habitación interior sin ventanas donde nadie podría verlos desde la calle. Les ha dejado mantas, hay pan duro, un poco de queso, agua, lo poco que ha podido reunir en una ciudad donde la gente se desploma de hambre por las aceras. Cuando Rachel intenta darle las gracias en voz baja, Alicia, que solo entiende leyendo los labios, levanta una mano para detenerla. No hace falta hablar.

Las dos mujeres se miran a los ojos y en ese silencio absoluto queda sellado un pacto que ninguna de ellas romperá. La familia Cohen permanecerá escondida en aquella casa durante más de un año, pero pocas semanas después de aquella primera noche, alguien tocará la puerta de un modo muy distinto.

 No serán tres golpes suaves, serán golpes secos, autoritarios, en pleno día. Un alto oficial alemán pedirá hablar con la princesa Alicia de Grecia. ¿Querrá saber por qué una mujer de sangre noble alemana sigue viviendo en una Atena hambrienta y bombardeada en lugar de regresar al Rik, donde sus parientes la recibirían con honores.

 Querrá saber sobre todo si necesita algo. Lo que Alicia responderá esa tarde sigue siendo 80 años después una de las frases más sorprendentes de toda la Segunda Guerra Mundial. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, como una bisnieta de la reina Victoria terminó arriesgando su vida por una familia judía en una calle nevada de Grecia, hay que volver al principio, a una noche de invierno mucho más antigua, a un castillo y a una niña que nació diferente.

I Oh o Castillo de Winsor, 25 de febrero de 1885. En una de las habitaciones más privadas del castillo, una joven de 21 años está dando a luz a su primera hija. Se llama Victoria. Es princesa de Gess y del Rin, en lo que hoy llamaríamos Alemania. Pero más importante que todos esos títulos, es nieta favorita de la reina Victoria de Inglaterra.

 Y la reina Victoria, una anciana ya muy entrada en años, ha pedido estar presente en aquel parto. Es un detalle que solo se puede entender si se conoce el siglo XIX. Las cabezas coronadas de Europa son prácticamente una sola familia enorme. La reina Victoria es la abuela del continente. Sus hijos y sus nietos se sientan en los tronos de Inglaterra, Alemania, Rusia, Grecia, Suecia, España, Rumania, Noruega.

 Cada nacimiento real es un asunto político. Cada bebé que llega al mundo es una pieza más en un tablero diplomático que abarca toda Europa. La niña que nace esa noche se llama Victoria Alicia Isabel Julia María de Battenberg, pero todos la llamarán siempre por el segundo nombre. Alicia pesa lo que tiene que pesar, llora con la fuerza que se espera y la reina Victoria, una mujer dura, severa, que ha enterrado a su esposo y a su mejor amiga.

 Sostiene a la bebé en sus brazos arrugados y la besa en la frente. Nadie sospecha aún la verdad. Pasan los meses. Alicia crece. Es una niña hermosa, rubia, de ojos enormes y mirada despierta. Su madre, sin embargo, empieza a notar algo extraño. La pequeña no responde cuando la llaman desde la otra habitación. No gira la cabeza al oír un ruido fuerte.

 No reacciona ante la música de las cajas que su abuela le envía desde Londres. No se asusta con los ladridos de los perros de casa, ni con los gritos de los criados que corren por los pasillos. Le hacen pruebas, le acercan campanas, panderetas, instrumentos diversos. Nada. El diagnóstico llega cuando Alicia tiene 4 años y es tan claro como devastador.

 La niña es completamente sorda. Sorda de nacimiento, sin posibilidad alguna de oír. En aquella época, en 1889, ser sordo en una familia real era casi una condena. La sordera estaba asociada al estigma, a la deficiencia, al ocultamiento. Muchos niños sordos de buenas familias eran enviados a instituciones lejanas, olvidados, apartados de la vida pública.

 Pero la madre de Alicia decidió desde el primer día que su hija sería distinta. Le contrató a los mejores especialistas de Europa. Le enseñó a leer los labios, no solo en inglés, en alemán también. y más tarde en francés. Y cuando Alicia, años después fuera a vivir a Grecia, aprendería a leer los labios también en griego, cuatro idiomas leídos en los labios de los demás, por una niña a la que el mundo había considerado defectuosa.

 Hay una anécdota que cuentan sus biógrafos y que dice mucho de quién era ya Alicia desde niña. Un día, durante una comida familiar, los adultos hablaban de algo importante en voz baja, creyendo que la pequeña no se enteraba. Alicia los miraba uno por uno, leyéndoles los labios sin que se dieran cuenta. Cuando terminaron, intervino con una observación que detuvo la conversación entera.

 Había entendido cada palabra. Aquella niña silenciosa lo veía todo. Su infancia fue itinerante. Su padre, el príncipe Luis de Buttenberg, era oficial de la Marina Real Británica. La familia se desplazaba constantemente entre Inglaterra, Alemania y Malta, donde el padre tenía su base naval. Alicia aprendió desde muy temprano que el hogar no era un lugar fijo, sino una sensación, una sensación que tendría que llevar dentro, porque fuera todo cambiaba siempre.

 Los inviernos en el castillo de Heiligenberg, en Alemania eran fríos y silenciosos. Los pasillos olían a madera de pino quemada en las chimeneas. Alicia pasaba horas mirando los retratos de sus antepasados generales prusianos, princesas bárbaras, archiduques austriíacos, intentando descifrar quién había sido cada uno por la forma de su mirada en el lienzo.

 Los veranos, en cambio, los pasaba en Malta, en una casa con balcones blancos sobre el Mediterráneo. Allí, según las cartas que su madre escribía a la reina Victoria, la pequeña pasaba horas en el jardín descalza, observando a los lagartos correr entre las piedras calientes. En cada uno de esos lugares observaba a los demás con esa mirada extraña, intensa, que la caracterizaba.

 Cuando los adultos creían que la pequeña no podía entender, ella en realidad los descifraba. Aprendió pronto que el mundo está hecho de mentiras pequeñas, de cosas que se dicen en voz baja para que los demás no se enteren. Y aprendió que ella, la niña sorda, era la única que las veía todas. Esa lucidez salvaje, casi incómoda, la marcaría para toda la vida.

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