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El día que MURIÓ Diego Maradona – Auge, Caída y Leyenda de D10S

 Para exponer los clarooscuros de un deportista tan genial como polémico, tenemos que ir más allá de los fanatismos y de la especulación. Nos vamos a mover entonces hasta el 25 de noviembre del 2020, el día que murió Diego Maradona. A veces quienes deberían cuidarnos no tienen realmente las mejores intenciones.

 Por eso es muy importante ser precavidos en todos los ámbitos. Por suerte, para proteger nuestra seguridad virtual existe SurK. Shark es una red privada virtual que cuida nuestra información online cifrando nuestros datos para que si intentan espiarnos no puedan ver lo que estamos haciendo ni desde dónde, incluso si estamos usando una red Wi-Fi pública.

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 Así que ya saben, no tienen ninguna excusa, bájenlo, úsenlo y después me cuentan cómo le fue. Comencemos. Diego Armando Maradona nace el 30 de octubre de 1960 en el Hospital Intersonal de Agudos Evita de la Nús, al sur del Gran Buenos Aires. Es el quinto de los ocho hijos del matrimonio entre Diego Maradona, padre, conocido en el barrio como Chitoro, y Dalma Salvador a Franco, a quien todos llaman tota.

 Poco después del nacimiento, la familia se instala en Villa Fiorito, una zona de barro y chapas en el partido de Lomas de Zamora, en el primer cordón del cinturón industrial de la capital argentina. El agua no siempre llega y el dinero tampoco. Los ocho hermanos comparten habitación y se reparten lo que hay que alcanza, pero nunca sobra.

 En ese paisaje crece el futuro número 10 de la selección argentina y referente del fútbol mundial. Sus primeras canchas son los potreros del barrio, espacios de tierra con pozos que en los días de lluvia se convierten en lagunas. Juega descalso con una pelota de trapo casi siempre, porque las de cuero en aquella época son casi inalcanzables para un chico pobre.

 Desde que aprende a caminar lo hace con la pelota pegada al pie. A los 9 años, en 1969, pasa la prueba para entrar a las divisiones infantiles de Argentino Juniors, un club de barrio de la Paternal en la ciudad de Buenos Aires. El equipo compuesto por niños en su edad se llama Los Cebollitas. En un año sin perder un solo partido llegan a 136 encuentros invictos.

 Diego tiene 10 años y ya aparece en el diario Clarín. En una nota periodística lo llaman crack, un término que define aquellos deportistas fuera de serie. La ciudad lo va descubriendo de a poco. Durante los entretiempos de los partidos del primer equipo de argentinos hace malabares con la pelota para entretener al público mientras los jugadores descansan.

 Ese pequeño gesto le vale una convocatoria al programa de televisión de mayor audiencia de la época, Sábados Circulares, conducido por Pipo Mancera. El niño de Fiorito aprende rápido que la cámara lo quiere y que él a la cámara también. Su carisma es tan natural como su habilidad futbolística. Es el inicio de un largo romance con los medios que le traería alegrías, pero también le daría golpes brutales.

 A los 11 años ya tiene un contrato simbólico con el club. Sus hermanos y sus padres van a todos los partidos a verlo jugar. Es una imagen idílica, casi romántica, pero no hay que confundirse. Hay ilusión y apoyo, pero la realidad es muy concreta. La familia Maradona no ve el fútbol como una habilidad simpática o un sueño inocente.

 Es la oportunidad para salir de las carencias económicas y la promesa de una vida digna. Una apuesta colectiva a la pierna izquierda del quinto hijo. En 1976, 10 días después de cumplir 16 años, Maradona debuta en primera división. El entrenador de argentinos, Juan Carlos Montes, lo hace entrar al campo en el segundo tiempo y le pide que haga un caño al primer defensor que encuentre.

Maradona cumple en la primera jugada ante el marcador central del Talleres de Córdoba y la hinchada local explota. Diego logra quedarse en el primer equipo y dos meses después anota su primer gol como profesional. En 1977 juega 49 partidos y marca 19 goles. En 1978, cuando Argentina organiza el Mundial y el técnico César Luis Menotti hace la lista final, Maradona queda afuera.

Según sus compañeros de concentración, llora toda la noche junto a un árbol. No le dan explicaciones y lo cierto es que no las necesita. Tiene 17 años y poca experiencia. Menoti lo considera demasiado verde para un torneo de ese nivel. El país en el que Diego crece está gobernado por una dictadura militar que asumió el poder en marzo de 1976.

El mundial del 78 se juega en ese contexto, con estadios llenos y miles de detenidos desaparecidos que están secuestrados en centros clandestinos. A pocos kilómetros de los mismos campos. Maradona vive esas dos realidades desde cierta distancia para bien y para mal. Al año siguiente gana el Mundial Juvenil de 1979 en Japón con la selección argentina sub-20, donde es elegido como el mejor jugador de todo el torneo.

 La selección que regresa es recibida por el dictador Jorge Videla y los demás militares en la Casa Rosada en un acto pensado para opacar la llegada de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que venía a investigar las violaciones a los derechos humanos cometidas durante esos últimos años. Maradona sube al palco, tiene 18 años y es casi seguro que no entiende todavía lo que significa estar parado ahí.

 Él solo piensa en el fútbol y en su familia de Villa Fiorito. Entre 1979 y 1981, en Argentino Junior, Maradona se convierte en el único jugador de la historia del fútbol argentino en ser máximo goleador del torneo durante cinco temporadas consecutivas. En 1981 ficha con Boca Juniors, el club de sus amores de la infancia.

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