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Bachelet Defiende a la ONU… y Bukele la DESTRUYE en Segundos

 Nadie estaba preparado para lo que vendría después. Porque lo que Bukele dijo a continuación no solo derrumbó el argumento de Bachelet, sino que exhibió ante las cámaras del mundo entero décadas de incoherencias institucionales que muchos preferían no mencionar. Ginebra, Suiza, El Palacio de las Naciones, una estructura que ha sido escenario de crisis globales, negociaciones tensas y discursos históricos.

 Pero aquel día algo distinto flotaba en el ambiente. No sería un debate, sería una ejecución retórica. La sala estaba llena. Representantes de más de 50 países, activistas, periodistas internacionales, todos listos para escuchar el informe anual sobre derechos humanos en América Latina. Bachelet, invitada como oradora principal, tenía una reputación intachable, dos veces presidenta de Chile, médica.

 sobreviviente política de la dictadura de Pinochet, defensora de derechos humanos por décadas, pero en la tercera fila, con los brazos cruzados y una mirada que dejaba claro que no había ido a complacer a nadie. Estaba Bukele, presidente del Salvador, el líder que había enfrentado a las pandillas más peligrosas del continente, que había llenado cárceles con miles de criminales y reducido la tasa de homicidios a cifras históricas.

 y también el presidente más criticado por organismos internacionales, Bachelet, subió al estrado y su discurso empezó como se esperaba. habló de multilateralismo, de estándares internacionales, de la importancia de rendir cuentas y entonces, sin nombrarlo, pero señalándolo sin necesidad de hacerlo, dijo, “En la región hemos visto medidas que bajo el argumento de la seguridad violan garantías fundamentales.

 La ONU no puede permanecer en silencio.” Un murmullo cruzó la sala. Algunos asentían, otros dirigieron su mirada a Bukele esperando algún gesto, pero él seguía inmóvil con la calma de un depredador que espera el segundo exacto para atacar. Bachelet continuó, “Los derechos humanos no son negociables. No importa cuán grave sea la crisis, existen estándares que deben cumplirse.

La ONU está para recordar que ningún fin justifica cualquier medio.” Fue entonces cuando Bukele levantó la mano, no esperó su turno, no pidió permiso, simplemente se puso de pie y avanzó hacia el frente. El moderador trató de frenarlo, pero Bukele ya tenía el micrófono entre las manos.

 Presidenta Bachelette, dijo con una voz serena, pero afilada como un visturí. Permítame hacerle una pregunta. Bachelet lo observó con sorpresa y molestia. No estaba acostumbrada a interrupciones, mucho menos de un jefe de estado decidido a confrontarla. Bukele prosiguió. Usted habla de derechos humanos, de estándares, de protocolos, pero dígame, ¿dónde estaba la ONU cuando 20 salvadoreños eran asesinados cada día? ¿Dónde estaban sus protocolos cuando las pandillas controlaban el 90% de mi país? ¿Dónde estaban sus estándares cuando las madres

salvadoreñas no podían dejar salir a sus hijos sin miedo a que los reclutaran o los mataran? La sala quedó congelada. Ni un murmullo, ni una respiración. Bachelet intentó responder, pero Bukele no había terminado. Durante años mi pueblo sangró. Durante años su organización guardó silencio. Nadie vino a salvarnos. Nadie ofreció soluciones.

Nadie tendió una mano. Solo llegaban críticas, advertencias y exigencias de que El Salvador siguiera protocolos que habían fracasado una y otra vez mientras la sangre seguía corriendo en las calles. Y fue entonces cuando Bukel dijo algo que cambiaría para siempre la forma en que el mundo miraría a la ONU. Presidenta Bachelet, usted y su organización tienen un problema.

Defienden más a los criminales que a las víctimas. Les importa más el proceso que el resultado. Hablan de derechos humanos. Pero, ¿qué hay del derecho de un niño a caminar a la escuela sin ser extorsionado? ¿Qué hay del derecho de una madre a vivir sin miedo? ¿O esos derechos no cuentan porque no aparecen en sus manuales? La sala explotó como si alguien hubiera encendido una mecha invisible.

 Unos aplaudían, otros murmuraban indignados, mientras Bachelet, visiblemente golpeada por las palabras, intentaba recomponer su postura y responder. “Presidente Bukele”, dijo con voz firme, pero levemente quebrada. Nadie niegaved la situación en El Salvador, pero las soluciones no pueden venir a costa de violar derechos fundamentales.

 Bukele la miró fijamente, sin parpadear y repitió sus palabras en un tono que la sala. Violar derechos fundamentales. Presidenta, cuando llegué al poder, El Salvador era el país más peligroso del mundo que no estaba en guerra. Hoy es uno de los más seguros de América Latina. ¿Sabe cuántas madres ya no lloran a sus hijos? ¿Sabe cuántos jóvenes ahora piensan en un futuro y no en sobrevivir otro día? Pero claro, a la ONU le preocupa más que hayamos arrestado pandilleros que el hecho de que hemos salvado miles de vidas.

Bachelet intentó interrumpir, pero Bukele levantó la mano sin mirarla. “No he terminado”, dijo con un tono que hizo que incluso los traductores simultáneos se quedaran quietos. Usted afirma que la ONU existe para recordarnos que ningún fin justifica cualquier medio. Así que permítame recordarle algo.

 Cuando las víctimas son abandonadas por las instituciones que deberían protegerlas, cuando los criminales tienen más derechos que los inocentes. Cuando la burocracia internacional valora más un informe que la vida de un niño, esas instituciones pierden toda legitimidad moral. El ambiente estaba tan tenso que hasta el sonido de las cámaras fotográficas parecía ofensivo.

 Bachelé respiró profundo, luchando por no descomponerse. “Presidente Bukele, comprendo su frustración.” “No es frustración”, la interrumpió él sin elevar la voz, pero con una firmeza demoledora. Es claridad. claridad que ustedes en la ONU no tienen. Viven en oficinas cómodas en Ginebra escribiendo informes que nadie lee, mientras hay líderes que cada día deben tomar decisiones duras para salvar vidas y en vez de apoyo, lo único que recibimos son críticas, juicios y señalamientos desde la distancia. Desde el fondo de la sala,

un representante de Human Rights Watch trató de intervenir. Presidente Bukele, el debido proceso es fundamental. Bukele se giró hacia él con una lentitud calculada debido proceso. Dígaselo a las 80,000 víctimas de las pandillas en los últimos 20 años. Dígaselo a los empresarios que tuvieron que cerrar por extorsiones.

 Dígaselo a los niños obligados a unirse a las maras o morir. ¿Dónde estaba su debido proceso para ellos? El representante abrió la boca, pero ningún sonido salió. Bukele continuó esta vez señalando a toda la sala. Aquí les va la verdad que nadie quiere decir en voz alta. Muchas organizaciones internacionales de derechos humanos se han convertido en defensoras involuntarias de criminales.

No porque quieran protegerlos, sino porque defender a las víctimas es más difícil, requiere soluciones reales, trabajo, riesgos y siempre será más fácil criticar a un gobierno que enfrentarse al verdadero problema. Bachelet, intentando recuperar autoridad, murmuró, “Presidente Bukele, creo que está simplificando.

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