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LOLA BELTRÁN abofeteó a FLOR frente a 200 personas… La marca duró 3 días. El silencio duró 40 años

Cuando Lola Beltrán entró al salón del hotel Fénix esa noche traía puestos los aretes que Antonio Aguilar le había regalado en Acapulco 3 años atrás. Esmeraldas colombianas engarzadas en oro blanco de 14 kilates compradas en una joyería del Paseo de la Reforma, donde el dueño le sirvió champán francés y cerró las cortinas para que nadie los viera. Antonio los pagó en efectivo.

8,500 pesos que sacó de una cartera de piel de cocodrilo, mientras le prometía que algún día no tendría que esconderse para comprarle cosas, que algún día ella sería la única. Tres años después, Lola seguía usando esos aretes y Antonio seguía casado con Flor Silvestre. Nadie supo cómo se enteró Lola de la fiesta.

Su nombre no estaba en la lista de invitados que RC a Víctor envió tres semanas antes a los ejecutivos. productores y artistas del sello. No recibió la tarjeta dorada con letras en relieve que llegó a las casas de Pedro Infante Junior, de Jorge Negrete, de Lucha Villa. No estaba en el registro del ballet parking del hotel Fénix, donde un empleado anotaba cada automóvil que llegaba esa noche del 14 de junio de 1968.

Pero a las 11:17 de la noche, su Mercedes-Benz plateado modelo 1967 apareció frente a la entrada principal. El mismo carro que Antonio reconocería después entre 1000, porque él había acompañado a Lola a comprarlo en la agencia de Insurgentes Sur un martes de octubre del año anterior, el mismo carro donde habían pasado horas estacionados en calles oscuras de Coyoacán, hablando de un futuro que nunca iba a llegar.

El ballet que recibió las llaves esa noche se llamaba Esteban Morales. Tenía 24 años y 42 años después todavía recordaría con exactitud cómo Lola bajó del auto. vestido verde esmeralda que hacía juego perfecto con los aretes, tacones negros de gamusa que le daban exactamente 9 cm de altura, el cabello recogido en un chongo alto que dejaba su cuello completamente expuesto y una mirada que Esteban describiría en una entrevista para un blog de espectáculos en 2010 como la mirada de alguien que ya había tomado una decisión irreversible.

Lola le dio un billete de 20 pesos, no le pidió boleto de reclamo, no preguntó dónde estaría su carro cuando saliera. Simplemente caminó hacia la entrada del hotel con la espalda perfectamente recta y las manos sin temblar, como si fuera una presentación más en el Palacio de Bellas Artes.

Adentro, en el salón Guadalajara del tercer piso, la fiesta llevaba 3 horas y media. 3 horas y media de champaña, Don Periñón, servida en copas de cristal checoslovaco. 3 horas y media de canapés franceses que un chef importado desde la Ciudad de México había preparado durante dos días completos. 3 horas y media de música en vivo de la Orquesta Sinfónica de Jalisco tocando versiones instrumentales de los éxitos de RC a Víctor.

Antonio Aguilar estaba junto a la mesa principal. Traje negro de tres piezas hecho a la medida por el sastre Armando García en Polanco, corbata de seda italiana color vino, el pelo peinado hacia atrás con gomina importada que olía a bergamota y madera de cedro. En su mano derecha sostenía una copa de whisky Chivas regal que apenas había probado.

En su mano izquierda los dedos de Flor silvestre. Flor llevaba un vestido color marfil. Seda italiana bordada a mano por las monjas del convento de Santa Teresa en Querétaro. 4 pesos de tela y trabajo artesanal diseñados específicamente para disimular el embarazo de 4 meses y medio que cargaba.

Un vestido que funcionaba perfectamente para esconder la curva suave de su vientre. bajo las luces tenues del salón. Un vestido que no funcionaría en absoluto bajo la mirada experta de Lola Beltrán, porque Lola sabía, Lola siempre sabía. 3 horas antes, a las 8:26 de la noche, Remedios Vega había entrado a su camerino del Teatro Blanquita sin tocar la puerta.

Remedios, maquillista de medio mundo artístico, mujer que sabía todo antes de que pasara, que conocía secretos que ni los sacerdotes escuchaban en confesión. Remedios que cerró la puerta con seguro, se sentó en el diván de terciopelo rojo y dijo cinco palabras que destrozaron todo. Flor está embarazada otra vez.

Lola no lloró cuando lo escuchó. No gritó. No rompió el espejo de su tocador, ni aventó los frascos de Chanel número cinco que Antonio le había regalado. Simplemente se quedó quieta mirando su reflejo, viendo como su cara se transformaba en algo que ya no reconocía, algo duro, algo roto, algo peligroso.

Porque ese embarazo significaba algo muy específico. Significaba que las promesas que Antonio le había susurrado durante dos años completos eran mentira. las promesas de que ya no tocaba a Flor, de que dormían en camas separadas, de que solo seguían casados por los niños, por la imagen pública, por los contratos que los ataban, de que en cuanto los hijos crecieran un poco más, en cuanto pasaran las elecciones, en cuanto terminara la gira de Estados Unidos, todo cambiaría.

Mentiras, todas mentiras. Y Lola había creído cada una. Remedios le dio más detalles sin que Lola tuviera que preguntar. Flor estaba de 18 semanas exactas. Lo sabía porque la esposa del doctor Héctor Ramírez, el ginecólogo de Medio Polanco, era clienta fiel del salón de belleza, donde Remedios trabajaba los martes y jueves.

Y la esposa del doctor hablaba demasiado después del tercer tinte. Flor había ido a consulta el martes anterior, el 11 de junio. Llegó sola, sin Antonio, con lentes oscuros y un pañuelo cubriéndole el cabello, pero la recepcionista la reconoció de inmediato. Era imposible no reconocer a Flor Silvestre.

18 semanas significaba que Antonio la había embarazado a finales de enero. Finales de enero de 1968. Exactamente tres semanas después de que él y Lola habían pasado 4 días completos en Acapulco, escondidos en una suite del hotel Los Flamingos, planeando cómo sería su vida cuando finalmente pudieran estar juntos sin esconderse.

Lola le preguntó a Remedios cómo sabía de la fiesta en Guadalajara. Remedios sonrió de esa manera que tenía cuando sabía que estaba a punto de soltar información explosiva. No solo sabía de la fiesta, sabía que Antonio y Flor iban a anunciar el embarazo esa misma noche. Sabía que RC a Víctor había preparado un comunicado de prensa que se distribuiría al día siguiente en todos los periódicos nacionales.

Sabía que había fotógrafos de Televisa, de Excelsior, de novedades, esperando el momento exacto para capturar la imagen de la pareja perfecta, anunciando la llegada de su cuarto hijo. Su cuarto hijo. Mientras Lola seguía esperando que Antonio cumpliera, aunque fuera una de sus promesas, eso fue lo que la hizo tomar la decisión.

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