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TRABAJÉ EN EE UU… Y NADIE CREYÓ QUE REGRESÉ RICA A MÉXICO

Me llamo Patricia Salazar, tengo 50 años y cuando regresé a Tepatitlán, después de 10 años en Estados Unidos, nadie me reconoció en el aeropuerto. Llevaba ropa que jamás hubiera podido comprar cuando me fui. Maletas llenas de cosas que para mí ya eran normales, pero que aquí seguían siendo un lujo.

Y en mi bolsa traía los papeles de mi propio salón de belleza en Phoenix, Arizona. Mis vecinos pensaron que me había ido a limpiar casas y que volvía derrotada. Mis primas creyeron que algún gringo me mantenía. Nadie, absolutamente nadie, imaginó que esa mujer que cruzó la frontera llorando a los 40 años, viuda, sola y sin un solo dólar en el bolsillo, regresaría convertida en dueña de su propio negocio.

Pero aquí estoy, y esta es mi historia real, sin adornos, sin mentiras. La historia de cómo el dolor más grande de mi vida me empujó a cruzar el desierto y como mis manos, esas mismas manos que temblaban de miedo en la oscuridad, construyeron todo lo que tengo ahora. Nunca pensé que mi vida cambiaría tan rápido, tan brutal. En Tepatitlán, yo era la esposa de Roberto, la mujer que siempre andaba sonriente en el mercado, la que tenía su saloncito modesto en la sala de su casa, atendiendo a las señoras del barrio.

Tenía 30 años cuando me casé con él, ya tarde para los estándares de mi mamá, pero yo no me quería casar con cualquiera. Roberto era electricista, trabajador, de esos hombres callados, pero buenos. No teníamos hijos. Lo intentamos durante años, pero nunca llegaron. Al principio me dolía ver a mis amigas con sus bebés, pero con el tiempo Roberto y yo aprendimos a ser felices solo nosotros dos.

Él me decía que yo era suficiente, que no necesitaba nada más en este mundo. Cuando cumplí 39 años, Roberto empezó con unos dolores en el estómago. Al principio pensamos que era gastritis, úlcera, algo normal. Fuimos al centro de salud y el doctor le dio unas pastillas, pero los dolores no se iban, al contrario, cada semana estaba peor.

Dejó de comer bien, empezó a bajar de peso. Yo lo veía y sentía como algo frío me apretaba el pecho, pero me decía a mí misma que no, que no podía ser nada grave, que mi Roberto era fuerte. Tardamos tres meses en conseguir una cita con un especialista en Guadalajara. Tres meses en los que lo vi consumirse frente a mis ojos.

Cuando por fin nos dieron los resultados, el médico ni siquiera supo cómo decirnos. Cáncer de páncreas, etapa avanzada. Le daban 6 meses, quizá menos. Recuerdo que me quedé sentada en esa silla de plástico verde del hospital, mirando las baldosas del piso y no podía llorar, no podía hacer nada.

Roberto me tomó de la mano y me dijo que todo iba a estar bien cuando era él quien se estaba muriendo. Los siguientes meses fueron la peor pesadilla que alguien puede vivir. Vendimos todo lo que teníamos de valor para pagar los tratamientos. Mis anillos, la televisión, hasta las herramientas de Roberto. Mi mamá nos prestó dinero.

Mis hermanas juntaron lo que pudieron, pero el cáncer no negocia. No le importa cuánto dinero tengas o cuánto ames a alguien. Roberto aguantó 8 meses. 8 meses de verlo sufrir, de bañarlo cuando ya no podía levantarse, de limpiarle la boca cuando vomitaba la poca comida que intentaba tragar, de abrazarlo en las noches cuando lloraba de dolor y me pedía perdón como si él tuviera la culpa de estar enfermo.

Murió un martes en la madrugada en nuestra cama con mi mano entre las suyas. Tenía 40 años y acababa de quedarme viuda, sin hijos, sin dinero y con deudas que no sabía cómo iba a pagar. El funeral fue sencillo porque no había para más. Mis vecinas llevaron comida. El padre de la parroquia no nos cobró la misa.

Durante semanas no pude ni siquiera peinar a las clientas que todavía llegaban a mi puerta. Me quedaba sentada en la mecedora de la sala mirando las paredes, pensando que mi vida había terminado a los 40 años. Pero las deudas no esperan el duelo. A los dos meses de que Roberto murió, empezaron a tocar la puerta.

¿Qué debíamos del hospital? ¿Que debíamos de la farmacia? ¿Que debíamos la renta de 3 meses? Porque todo se nos había ido en medicinas. Intenté trabajar de nuevo, pero en Tepatitlán ya casi nadie me buscaba. Las señoras sentían pena por mí y la pena no paga las cuentas. Empecé a vender tamales en las mañanas, a lavar ropa ajena, a hacer lo que fuera, pero no era suficiente. Nunca era suficiente.

Una tarde, mi prima Leticia vino a visitarme. Ella había regresado de California hacía unos meses después de estar allá 5 años. Traía dinero, ropa bonita y hablaba de cosas que para mí sonaban a otro planeta. me dijo que si yo quería, ella conocía a alguien que podía ayudarme a cruzar, que allá había trabajo para todos, que con lo que yo sabía hacer cortar cabello, podía ganar en una semana lo que aquí ganaba en un mes.

Al principio le dije que no, que yo no era de esas, que tenía miedo, pero ella me miró seria y me dijo algo que nunca se me va a olvidar. Patricia, el miedo se pasa, la pobreza no. Esa noche no pude dormir. Me quedé pensando en todo lo que había perdido, en Roberto, en la vida que habíamos planeado juntos y que se esfumó en 8 meses de agonía.

Pensé en mi mamá, que ya estaba grande y enferma del corazón. Pensé en mis deudas y pensé en mí, en que tenía 40 años y si no hacía algo ahora, iba a pasarme el resto de mi vida apenas sobreviviendo. A la mañana siguiente llamé a Leticia y le dije que sí, que quería intentarlo. Los preparativos fueron rápidos y aterradores.

Necesitaba $3,000 para el coyote. No los tenía. Tuve que pedirle prestado a un señor del pueblo que prestaba dinero, un tal don Esteban que todos conocían y al que todos le debían. me cobró intereses altísimos, pero qué más daba si de todas formas ya estaba hasta el cuello en deudas. Firmé papeles que apenas leí.

Prometí que mi mamá y mis hermanas responderían si yo no pagaba. Fue lo más irresponsable que he hecho en mi vida, pero también fue lo único que me quedaba. Me fui un jueves de octubre. No le dije a nadie, excepto a mi mamá y a Leticia. Mis vecinos pensaron que me había ido a Guadalajara a buscar trabajo. Empaqué una mochila pequeña con dos pantalones.

tres blusas, ropa interior, un suéter y la foto de mi boda con Roberto. No llevé nada más porque el coyote nos dijo que teníamos que viajar ligero. Me corté el cabello bien corto, casi como hombre, porque me dijeron que era más seguro así. Cuando me vi en el espejo no me reconocí. Ya no era Patricia, la esposa de Roberto.

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