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PEPE AGUILAR REVELA lo que ANTONIO le hizo a FLOR la noche del 14 de marzo de 1976

Pepe Aguilar no había llorado en el funeral de su madre, tampoco cuando firmó los papeles del acta de defunción, ni cuando eligió el vestido blanco con bordados plateados que Flor usaría en su último descanso. Pero el 19 de noviembre de 2020 a las 11:15 de la noche, sentado en el piso de madera del estudio de su madre con una carta entre las manos, Pepe Aguilar lloró como no lo hacía desde que tenía 8 años.

La carta olía a la banda y a tiempo guardado. El papel había amarillado en los bordes, pero la tinta azul permanecía nítida, casi desafiante. Flor la había escrito con su puño y letra, esa caligrafía elegante que aprendió en las escuelas de monjas de Salamanca, Guanajuato, cuando todavía era Guillermina Jiménez Ponce y nadie imaginaba que se convertiría en la reina de la canción ranchera.

En la esquina superior derecha había una fecha, 3 de febrero de 2019, casi 2 años antes de su muerte. Flor sabía que se estaba muriendo cuando escribió esas palabras. Sabía que había secretos que no podía llevarse a la tumba porque alguien tenía que entender por qué ella había elegido quedarse, por qué nunca se fue, por qué perdonó lo imperdonable.

La noche del 14 de marzo de 1976 comenzaba la carta sin preámbulos, sin suavizar el golpe. Tu padre llegó al rancho a las 9:37 minutos. Sé la hora exacta porque estaba viendo el reloj de la sala cada 5 minutos desde las 7 de la tarde esperándolo. Llevaba 4 días desaparecido. 4 días sin llamar, sin avisar, sin dar una explicación.

Tú tenías 8 años y me preguntabas cada mañana dónde estaba tu papá. Yo te decía que andaba en giras, en compromisos, en negocios, pero yo sabía, siempre supe. Pepe cerró los ojos y se transportó a esa noche. Recordaba haber estado en su cuarto dibujando caballos en un cuaderno que su madre le había comprado en Guadalajara. recordaba el sonido de la camioneta de su padre atravesando el portón principal del rancho.

Recordaba haber corrido hacia la ventana y ver las luces amarillas rasgando la oscuridad del camino de tierra. Recordaba haber bajado corriendo las escaleras para recibirlo, para abrazarlo, para sentir esa seguridad que solo la presencia de Antonio Aguilar le daba. Pero lo que vino después, lo que sucedió en los siguientes 30 minutos, era algo que Pepe había guardado en un rincón oscuro de su memoria durante 44 años.

Antonio no venía solo. Cuando la camioneta se detuvo frente a la entrada principal de la casa, Pepe ya estaba en el primer escalón del porche. Flor salió detrás de él, secándose las manos en el delantal bordado que usaba cuando cocinaba. Pepe notó algo raro en la postura de su madre. Estaba rígida, como si se estuviera preparando para recibir un golpe.

Antonio bajó del vehículo con esa sonrisa amplia que usaba en los escenarios, esa que mostraba todos sus dientes blancos y arrugaba las comisuras de sus ojos. Traía puesto un traje de charro negro con botonadura de plata, el mismo que había usado en su última presentación en el Auditorio Nacional. Olía a whisky y a perfume, que no era el de flor.

“Familia”, dijo Antonio con voz potente, como si estuviera anunciando su entrada a un palenque. Vengo a presentarles a alguien muy especial. Del lado del copiloto bajó una mujer. Pepe la recordaba perfectamente, aunque durante años intentó convencerse de que había inventado los detalles. Era joven, quizá 25 o 26 años.

Tenía el cabello negro y largo hasta la cintura, peinado con ondas perfectas, como las actrices de las telenovelas que su abuela veía en las tardes. Usaba un vestido rojo ceñido que terminaba justo arriba de las rodillas y zapatos de tacón alto color nude. Sus labios estaban pintados de un rojo intenso que coincidía exactamente con el tono del vestido.

Llevaba un collar de perlas falsas y aretes largos que brillaban con el reflejo de las luces del porche. La mujer sonrió con timidez calculada, bajando la mirada como si estuviera avergonzada. Pero Pepe notó como sus ojos recorrían rápidamente la fachada de la casa, evaluando, midiendo, calculando el valor de lo que veía. Flor no se movió.

Pepe recuerda haberla mirado en ese momento, buscando en su rostro alguna señal de qué debía hacer, si debía saludar, si debía correr hacia su padre. Pero Flor tenía los ojos fijos en la mujer del vestido rojo y su expresión era algo que Pepe nunca había visto antes. No era enojo, no era tristeza, era algo peor, era aceptación derrotada. Flor”, dijo Antonio subiendo los escalones del porche con la mujer tomada del brazo.

Ella es Mónica Santibáñez, es actriz, trabaja en Televisa. La conocí hace tres meses en una gala benéfica en la Ciudad de México y hemos estado colaborando en algunos proyectos. La pausa antes de la palabra colaborando fue tan obvia que hasta Pepe con 8 años entendió que había algo que no se estaba diciendo.

Mónica extendió la mano hacia Florisa que intentaba ser amigable, pero que no llegaba a sus ojos. Flor miró esa mano como si fuera una serpiente venenosa. Pasaron 3 segundos eternos. Cuatro. Cinco. Finalmente, Flor estrechó la mano de Mónica con un apretón breve, casi violento, y la soltó inmediatamente. “Mucho gusto”, dijo Floría que Pepe sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

El gusto es mío, señora Aguilar”, respondió Mónica con un acento que delataba origen norteño, quizá de Monterrey o de Saltillo. “Don Antonio me ha hablado tanto de usted. Es un honor conocer a la gran flor silvestre en persona.” Pepe escribiría después en sus propias memorias que en ese momento sintió náuseas.

Había algo profundamente equivocado en escuchar a esa mujer llamar don Antonio, a su padre con tanta familiaridad, en verla parada en el porche de su casa como si tuviera derecho a estar ahí, en presenciar cómo su padre miraba a esa mujer con una expresión que Pepe solo había visto dirigida hacia su madre en fotografías antiguas de cuando eran jóvenes.

Antonio rodeó a Flor por los hombros en un gesto que pretendía ser cariñoso, pero que se veía forzado, casi agresivo. “Mónica va a quedarse con nosotros unos días en el rancho.” Anunció como quien informa que ha comprado una vaca nueva. Está trabajando en un proyecto sobre la vida en los ranchos mexicanos para una telenovela que van a grabar el próximo año.

necesita investigar, conocer cómo vivimos, cómo nos organizamos. Le dije que no hay mejor lugar que nuestra casa para aprender sobre la verdadera vida ranchera. Floró sin decir nada. Sus labios estaban apretados en una línea delgada y blanca. Pepe podía ver como las manos de su madre temblaban ligeramente, aún húmedas del agua con la que había estado lavando los platos antes de salir.

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