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Jackie Kennedy: Los Kennedy la Controlaron Toda su Vida… y le Robaron Hasta el Duelo

El 22 de noviembre de 1963, a bordo del Air Force One, un hombre puso la mano derecha sobre una Biblia y juró el cargo de presidente de los Estados Unidos. A su izquierda estaba Jaqueline Kennedy. Llevaba puesto el mismo traje rosa de Chanel que llevaba 3 horas antes, cuando la cabeza de su marido explotó sobre su regazo.

Alguien le había dicho que se cambiara. Ella respondió, “No quiero que vean lo que le hicieron a Jack. Ese traje nunca se lavó. Hoy está guardado en un archivo de Maryland con instrucciones de no mostrarlo al público hasta el año 3.3. La familia Kennedy se aseguró de ello. Como se aseguraron de tantas otras cosas, los Kennedy no la trataron como una viuda, la trataron como un activo político al que había que controlar.

Le organizaron el duelo, le escribieron las declaraciones, le dijeron cuándo llorar y cuándo parar. Y cuando por fin tomó una decisión completamente propia, la única decisión que fue solo suya en 30 años, la abandonaron como si hubiera traicionado algo que nunca le perteneció a ella. Ya que Lin Kennedy pasó su vida entera siendo la imagen de algo que otros construyeron.

Lo que nadie cuenta es lo que había detrás de esa imagen y lo que le costó mantenerla. Hay un traje rosa dentro de una caja de conservación en Maryland. Tiene manchas que no se lavaron. La familia Kennedy decidió que el mundo no podía verlo hasta dentro de 100 años. Y en esa decisión está todo lo que necesitamos saber sobre quiénes eran y sobre lo que le hicieron a ella.

Antes de que termine este vídeo, vas a descubrir qué hay grabado en unas cintas de cassete que los propios hijos de Jacki mantienen selladas hasta el año 2064. ¿Y por qué no quieren que el mundo las escuche todavía? Quédate. Para entender cómo una mujer así pudo vivir toda su vida siendo la imagen de algo que otros construyeron, hay que entender primero lo que estaba en juego.

No solo para ella, para todos. Porque Jackie Kennedy no era simplemente la esposa de un presidente, era el rostro de un proyecto político cuidadosamente diseñado por una de las familias más poderosas de Estados Unidos. Y las familias poderosas no abandonan sus proyectos, los administran, los controlan y cuando el proyecto empieza a tomar decisiones propias, actúan.

Lo que estaba en juego era la imagen de los Kennedy ante la historia, la canonización de un presidente asesinado. El mito de Camelot, esa versión idealizada de la Casa Blanca que la propia Jacki diseñó en una entrevista con palabras que eligió con precisión quirúrgica, convirtiendo el trauma más grande de su vida en el símbolo más poderoso de la política americana del siglo XX.

Lo que nadie preguntó entonces es si ella quería hacerlo, si alguien le había dado la opción de no hacerlo, si había tenido en algún momento de aquellos 4 días de noviembre un instante en que nadie le dijera lo que tenía que hacer o decir o sentir. La respuesta, si alguien hubiera querido buscarla, era no. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio.

Jacqueline Lee Bubier nace el 28 de julio de 1929 en Southampton, Nueva York, no en Manhattan. en Southampton, que en 1929 es lo que Southampton siempre ha sido. El lugar donde la clase alta de la costa, este, lleva a sus hijos a respirar aire salado y a aprender que el dinero se lleva con elegancia, no se exhibe.

Sus padres son John Blackjck Bubier, corredor de bolsa, encantador, guapo de una manera que los hombres de esa época sabían explotar. Y Janette Lee, fría como el mármol y calculadora como una contable, obsesionada con el dinero, el estatus y la posición social con una intensidad que a sus hijos les parecería sofocante de por vida.

Black Jack Bubier es el primer hombre que Jackie ama y el primero que le enseña sin proponérselo, que los hombres que más quieres son los que más te decepcionan. La adora con esa intensidad desmedida que tienen ciertos padres que no saben cómo querer de manera saludable, compensando el desastre de su vida privada con una devoción espectacular hacia sus hijas.

Blackjack bebe. Blackjack engaña a su mujer sistemáticamente y sin particular discreción. Blackjack vive por encima de sus posibilidades durante toda su vida y en 1929, cuando el mercado se derrumba pierde casi todo lo que tenía. Y sin embargo, Jacki lo mira como si fuera la persona más perfecta del mundo, porque para una niña de 4 años, la perfección de un padre se mide en una sola moneda.

Cuánto te mira. Y Blackjack la miraba. La miraba como si fuera lo único que valía la pena mirar en una habitación. Su madre, Janette, era otra cosa. Janette no miraba. Janet evaluaba. Janet calculaba si lo que veía era suficientemente conveniente, suficientemente útil, suficientemente adecuado para los planes que ella tenía.

Y los planes de Janet no incluían un marido borracho y arruinado con deudas que crecían cada mes. En 1940, cuando Jacki tiene 11 años, sus padres se divorcian. El divorcio de los bubier es de los que llenan las páginas de sociedad de los periódicos de Nueva York. escandaloso, amargo, público, con testigos que declaran sobre las infidelidades de Blackjack en términos que ningún niño debería escuchar, aunque ningún adulto parezca preocuparse de eso. Jackie lo oye todo.

Aquí aprende en ese proceso de 11 años lo que el mundo le irá confirmando el resto de su vida adulta, que en este mundo, para una mujer, la seguridad depende de lo que los hombres decidan y que la alternativa a esa dependencia no existe todavía. O si existe, nadie le ha dicho dónde encontrarla. Dos años después del divorcio, Janet se casa de nuevo, esta vez con Hug Auchin Clos, un hombre con el perfil opuesto a Blackjack en casi todos los sentidos que Janet considera importantes.

Dinero sólido, apellido respetable, mansiones en Newport y en Virginia y el tipo de aburrimiento estable que para una mujer como Janet no es una deficiencia, sino una virtud. Jackie y su hermana Lee pasan de la turbulencia de los bobier a la glacial estabilidad de los achinclos y Jacki aprende la segunda gran lección de su infancia, que la apariencia de una vida perfecta y la realidad de una vida perfecta son cosas completamente distintas y que la mayor parte de las personas que conocerá en su vida jamás querrán saber la diferencia. Estudia en

Miss Porter School en Connecticutat, en Bazar College, en la Sorbona de París, ese año en París que Jacki siempre recordará como el más libre de su vida cuando habla francés con fluidez y pasea sola por los cuáis del Sena y lee a Baudeler y Kamu y siente que el mundo es lo suficientemente grande como para que ella encuentre en él un lugar que sea solo suyo.

Es el año que pasa más cerca de ser simplemente una persona. No el proyecto de nadie, no la imagen de nadie. Solo Jacqueline Bubier, que tiene 20 años y habla cuatro idiomas y le gusta montar a caballo y escribir poesía y no tiene ninguna prisa por convertirse en lo que el mundo espera de ella.

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