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Farida de Egipto: El Rey la Repudió Tras Darle 3 Hijas… y Le Quitó Todo

tenía solo 17 años cuando se convirtió en la mujer más envidiada de todo oriente. Una corona sobre la cabeza, un palacio a sus pies y el corazón de un rey que la llamaba la única. 10 años más tarde, ese mismo rey la echaría de su propia casa delante del mundo entero. No por traición, no por escándalo, no por haber faltado a su deber, sino por una sola razón que ella jamás pudo controlar.

No le había dado un hijo varón. tres niñas, tres hijas hermosas, sanas, deseadas por todos, menos por la única ley que importaba en aquel reino. Y por eso, por algo que la naturaleza decidió y no ella, una reina adorada fue repudiada, borrada de los retratos oficiales y empujada hacia el olvido. Esta es la historia de Farida de Egipto, la reina que lo tuvo todo a los 17 y que aprendió en la soledad más absoluta que la dignidad no se hereda con una corona, se construye cuando ya no queda nada más que perder.

Para entender la caída, primero hay que entender la cumbre. Y la cumbre de Farida empezó en una ciudad bañada por el Mediterráneo en Alejandría, donde nació el 5 de septiembre de 1921 con un nombre que muy pocos recuerdan hoy, Safiná Zulficar. No nació princesa, no nació con sangre real corriendo por sus venas.

Era la hija de una familia distinguida, sí, pero de la nobleza administrativa, no de la dinastía. Su padre Jusf Sulficar Pasha era un hombre culto y respetado, un juez que llegaría a ocupar altos cargos en los tribunales del país. Su madre Zainab era una mujer elegante, refinada, vinculada de cerca a los círculos de la corte. Y fue precisamente esa cercanía la que, sin que nadie lo sospechara, terminaría cambiando el destino de aquella niña para siempre.

El Bulda, porque la madre de Safiná tenía relación con el entorno de la reina madre, con el mundo dorado del palacio, ese universo cerrado donde se decidía el futuro de un imperio entre tazas de té y conversaciones en voz baja. Safiná creció entre dos mundos. Por un lado, la educación europea más exquisita. estudió en colegios franceses, hablaba varios idiomas con fluidez, leía, pintaba, tocaba el piano, se movía con la naturalidad de quien ha sido formada para brillar en cualquier salón de Europa.

Por otro lado, la tradición de su tierra, el peso de las costumbres, la conciencia de que una mujer, por más educada que fuera, tenía un lugar marcado de antemano. Finasz era hermosa, de una belleza serena, de ojos grandes y mirada inteligente, y todos los que la conocían coincidían en algo. Aquella muchacha tenía una elegancia natural que no se aprende, que simplemente se tiene o no se tiene y ella la tenía.

Alejandría en aquellos años era una ciudad fascinante, un cruce de civilizaciones a orillas del Mediterráneo donde convivían egipcios, griegos, italianos, franceses e ingleses, una ciudad cosmopolita y vibrante que respiraba historia por cada uno de sus rincones. Allí creció Safinas en un ambiente privilegiado, rodeada de jardines, de música, de libros, de conversaciones en varios idiomas.

Su familia formaba parte de esa élite egipcia que miraba hacia Europa sin renunciar a sus raíces. Una élite que enviaba a sus hijas a los mejores colegios y las educaba para moverse con soltura tanto en un salón parisino como en una recepción de la corte de El Cairo. Safinas aprendió desde niña a comportarse con compostura, a dominar sus emociones, a mantener siempre la dignidad por encima de cualquier circunstancia.

Y esa educación, esa formación interior que entonces parecía solo un detalle de buena crianza, sería con el tiempo su tabla de salvación, el ancla que le impediría hundirse cuando la tormenta llegara a su vida. Pocas personas conocen hoy aquel nombre original, Safiná Zulficar, porque la historia lo enterró bajo el otro nombre, el nombre real, el nombre de reina.

Pero conviene recordarlo, porque en ese nombre olvidado vive la mujer que existió antes de la corona, la muchacha que tenía sueños propios, gustos propios, una vida que le pertenecía solo a ella antes de que el destino la convirtiera en propiedad de un trono. Safiná no soñaba con ser reina. Ninguna niña que crece en una familia de jueces y funcionarios sueña realmente con sentarse junto a un monarca.

Soñaba, como cualquier muchacha culta de su tiempo, con una vida hermosa, con el arte, con el amor, con formar una familia. Jamás imaginó que el destino la elevaría tan alto para luego dejarla caer desde una altura tan vertiginosa. Mientras tanto, en el trono de Egipto reinaba un joven que pronto se convertiría en una de las figuras más fascinantes y trágicas del siglo XX.

Faruk había subido al trono siendo casi un niño tras la muerte de su padre, el rey Fuad. Tenía apenas 16 años cuando se convirtió en rey de Egipto y de Sudán. Un muchacho guapo, encantador, educado en Inglaterra, sobre cuyos hombros recaía de pronto el destino de toda una nación. El pueblo lo adoraba. Las multitudes llenaban las calles para verlo pasar.

Era joven, era apuesto, era el símbolo de un Egipto que soñaba con la modernidad sin renunciar a su grandeza milenaria. Y un rey joven necesitaba, según todos los que lo rodeaban, una reina, una esposa que estuviera a la altura, que diera continuidad a la dinastía fundada por Mohammad Ali, esa dinastía que tenía una curiosa tradición.

Todos sus miembros llevaban nombres que comenzaban con la letra F. Fuad, Faruk, Faisa, Faica, Fauzia. La letra de la familia real. Aquel Egipto de finales de los años 30 era un país en plena efervescencia. Por un lado, conservaba el esplendor de su corte real, una de las más ricas y refinadas del planeta, heredera de siglos de historia y custodia de los tesoros de una civilización que había deslumbrado al mundo entero.

Por otro lado, era una nación que buscaba su lugar en el siglo XX, atrapada entre la influencia británica, las tensiones internas y el deseo de las nuevas generaciones de construir un futuro propio. joven Faruk encarnaba todas esas contradicciones. Representaba la esperanza de millones de personas que veían en él a un soberano moderno, cercano, capaz de devolverle a Egipto el orgullo de antaño.

Cuando aparecía en público, las multitudes coreaban su nombre con un fervor casi religioso. Era en aquellos primeros años el rey más popular que el país había tenido en mucho tiempo. Pero la popularidad, como bien sabemos, es un terreno traicionero y un trono ocupado tan joven, sin la madurez necesaria para resistir las tentaciones del poder absoluto, puede convertirse fácilmente en una trampa.

Faruk lo tenía todo demasiado pronto, el poder, la riqueza, la adoración y nadie le había enseñado a manejar semejante peso. Aquel muchacho encantador que conquistó a su pueblo y que enamoraría a Safiná llevaba dentro, sin saberlo, las semillas de su propia ruina. Pero en aquel momento luminoso de 1937, cuando sus ojos se posaron por primera vez en la joven sulficar, nada de eso era visible.

Solo había un rey joven y una muchacha hermosa, y entre ellos la chispa de lo que parecía ser una verdadera historia de amor. El encuentro entre Safinas y Faruk tiene los ingredientes exactos de un cuento de hadas, de esos que parecen escritos para hacernos creer que la felicidad es posible. Se cuenta que el joven rey la vio y quedó deslumbrado.

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