El innegable magnetismo de las relaciones internacionales reside en el equilibrio. Un delicado juego de ajedrez donde cada movimiento, declaración y silencio tiene repercusiones a escala global. Sin embargo, en el panorama político actual de México, la sutileza diplomática parece haber sido sustituida por una estrategia desconcertante y, a todas luces, contradictoria. La presidenta Claudia Sheinbaum ha llegado al poder bajo la promesa de continuar el legado de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, y, lamentablemente para la estabilidad internacional del país, parece estar siguiendo al pie de la letra el manual de la injerencia desmedida.
En los discursos oficiales, frente a los destellos de las cámaras y el eco de los micrófonos, la postura del gobierno mexicano es férrea: la defensa inquebrantable de la soberanía nacional y la invocación constante al principio de no intervención. Se exige a potencias extranjeras, en particular a Estados Unidos, que se abstengan de inmiscuirse en los asuntos internos de México. Pero en las sombras de la geopolítica, la narrativa es drásticamente distinta. La realidad nos muestra a una administración que, lejos de mantener la neutralidad proclamada, se ha caracterizado por una actitud que coloquialmente se define como “metiche”; es decir, una intromisión activa e injustificada en las decisiones y crisis de otras naciones. Exigir soberanía para el territorio propio, pero practicar la intervención en el ajeno, se ha convertido en el peligroso estándar de la actual política exterior.
El peso de una herencia conflictiva y polarizante

Para comprender el origen de este comportamiento errático, es indispensable observar el terreno que López Obrador dejó preparado. Durante su sexenio, el presidente no tuvo reparos en generar tensiones diplomáticas con al menos once países. Desde conflictos en Bolivia, al enviar un avión militar para rescatar a Evo Morales tras su renuncia, hasta roces absurdos con potencias europeas como Austria y Francia por la restitución de piezas históricas.
La lista de agravios es extensa e incluye desencuentros con Panamá, por la insistencia en designar embajadores envueltos en escándalos de acoso sexual; con Perú, al desconocer al gobierno de Dina Boluarte y ofrecer asilo político a la familia del destituido Pedro Castillo; y con Argentina, lanzando ataques frontales contra el presidente Javier Milei por evidentes diferencias ideológicas. Incluso, la inacción se volvió un arma, como quedó demostrado con la vergonzosa neutralidad ante la guerra en Ucrania, negándose a imponer sanciones a Rusia y criticando el apoyo europeo a Kiev.
Pero quizás lo más alarmante de esta herencia fue la abierta simpatía y defensa de regímenes autoritarios en Cuba y Venezuela. El presidente López Obrador llegó a calificar la captura de figuras vinculadas al régimen venezolano como un atentado a la soberanía, y promovió recaudaciones de fondos para el gobierno cubano bajo dudosas asociaciones civiles que carecían de transparencia. Este es el campo minado que Claudia Sheinbaum heredó, y en lugar de desactivar las amenazas, ha optado por caminar directamente sobre ellas con los ojos cerrados.
El primer tropiezo internacional: La incomprensible ofensa a la Corona Española
El talante injerencista de la nueva administración no se hizo esperar, manifestándose incluso antes de que Sheinbaum cruzara el umbral del palacio presidencial. El primer gran conflicto internacional bajo su nombre se encendió de manera deliberada al excluir al rey Felipe VI de España de su ceremonia de toma de protesta, invitando únicamente al presidente del gobierno, Pedro Sánchez.
La justificación oficial fue tan endeble como antidiplomática: el monarca español no había respondido a una misiva enviada en 2019 donde se exigían disculpas formales por los abusos de la conquista ocurridos hace más de cinco siglos. Esta decisión no solo fue vista como una grave falta de protocolo, sino que el gobierno de España la calificó, con toda razón, de inaceptable e inexplicable. En consecuencia, Madrid decidió no enviar a ningún representante oficial a la investidura. Así, con un gesto de arrogancia histórica que nadie solicitó, Sheinbaum inauguró su mandato aislando a México de uno de sus socios comerciales y culturales más importantes de Europa.
Escudos humanos y el falso patriotismo frente a Estados Unidos

La retórica antiintervencionista vuelve a salir a la luz, paradójicamente, cuando se trata de proteger intereses partidistas. Recientemente, el Distrito Sur de Nueva York —la misma entidad judicial encargada de llevar casos de alto perfil como el de Nicolás Maduro— presentó cargos por delincuencia organizada contra una decena de funcionarios y exfuncionarios vinculados al partido oficialista mexicano.
Ante este escenario judicial extranjero, la respuesta de la presidenta fue, por decir lo menos, desproporcionada. Interpretando una acusación legal de una fiscalía estadounidense como un acto inminente de guerra o una invasión territorial a gran escala, Sheinbaum orquestó una agresiva campaña pública de victimización. Convocó a mítines masivos en las plazas públicas, arengando a sus simpatizantes a salir a las calles para defender “la patria, la soberanía y la transformación”.
Se intentó vender a la ciudadanía la falsa narrativa de que agencias extranjeras querían decidir el futuro de México, cuando en realidad se trataba única y exclusivamente de una investigación sobre presuntos vínculos criminales de individuos específicos. Esta burda manipulación del sentimiento nacionalista para encubrir y defender a presuntos delincuentes revela el uso faccioso de la política exterior. Y, de manera predecible, el tono beligerante se desvaneció con una rapidez asombrosa. A las pocas horas, frente a las posibles represalias comerciales de un personaje tan volátil como Donald Trump, la mandataria suavizó drásticamente su discurso en conferencia de prensa, asegurando que buscaba una relación excelente con el país vecino, demostrando así una preocupante inconsistencia, miedo a las verdaderas consecuencias y una falta de firmeza real en sus convicciones.
El estrepitoso y humillante ridículo en Colombia
Pero si los conflictos con España y Estados Unidos denotan una estrategia fríamente calculada para el consumo interno, la reciente intromisión en Colombia refleja una absoluta falta de pericia diplomática y un exceso de confianza desmedido. Tras los resultados preliminares de un preconteo en las elecciones colombianas que favorecían inicialmente a un candidato de extrema derecha, el candidato izquierdista y aliado ideológico, Gustavo Petro, denunció apresuradamente un presunto fraude electoral.
Sin esperar a que las autoridades institucionales colombianas resolvieran la controversia, ni respetar un mínimo la autonomía electoral del país sudamericano, Sheinbaum se precipitó a tomar los micrófonos. Con una imprudencia temeraria, respaldó ciegamente las graves acusaciones de Petro, pidiendo públicamente que se llegara hasta las últimas consecuencias frente a lo que calificó como un proceso turbio y poco transparente. El bochorno internacional alcanzó su punto máximo y más doloroso cuando Iván Cepeda, figura clave de la izquierda colombiana y presunto afectado directo del supuesto complot, desmintió categóricamente a la presidenta mexicana, aclarando que no existían dimensiones suficientes ni pruebas para hablar de un fraude.
La presidenta de México quedó exhibida frente a la prensa mundial como una comentarista desinformada y precipitada, opinando fervientemente sobre procesos democráticos ajenos mientras en casa elude responsabilidades críticas. Este episodio es la definición perfecta de la intromisión innecesaria y destructiva. Una mandataria no puede, ni debe bajo ninguna circunstancia, actuar como la tía entrometida de la familia que busca resolver pleitos en casas ajenas, organizando divorcios y dictando sentencias que absolutamente nadie le ha pedido solucionar.
El altísimo costo económico de una diplomacia impulsiva
