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Evangélico compartió casa con un católico… 1 año de convivencia lo convirtió

 

 trabajaba en el área de coordinación de envíos internacionales. Eh, no era un trabajo glamoroso, pero pagaba bien. Tenía horarios predecibles, un jefe razonable, compañeros con los que podía tomar cerveza los viernes sin comprometerme demasiado. Me gustaba la sensación de estar construyendo algo, de tener un futuro medianamente claro.

Ahorraba para comprarme un auto. Pensaba en la posibilidad de pedir un crédito hipotecario en unos años. Los domingos iba a la comunidad cristiana Restauración y Vida Plena. Era una iglesia grande para los estándares evangélicos de Córdoba con casi 300 personas en el servicio principal. El edificio era un galpón reformado en el barrio de Alta Córdoba con paredes pintadas de blanco, una plataforma amplia al frente, luces de colores y un equipo de sonido que retumbaba en el pecho cuando la banda de alabanza tocaba. Yo era parte del equipo de

jóvenes. Ayudaba a organizar retiros, dirigía grupos pequeños de estudio bíblico. Participaba en las campañas de evangelización en las plazas. Me sentía importante, útil, parte de algo trascendente. Los líderes me decían que tenía unción para el liderazgo, que Dios tenía grandes planes para mí. Esas palabras me inflaban, me hacían sentir especial.

Conocí a Rocío en un retiro de Semana Santa en las Sierras. Ella cantaba en el grupo de alabanza. Tenía una voz clara y potente que me llamó la atención la primera noche del retiro. Era 2 años menor que yo. Estudiaba enfermería. Tenía ese tipo de belleza simple y sincera que no necesitaba maquillaje excesivo. Hablamos durante el fogón.

 me contó que había crecido en la iglesia, que sus padres eran líderes de matrimonios, que ella soñaba con servir en misiones internacionales algún día. Empezamos a salir dos semanas después del retiro. Fue una relación que todos en la iglesia celebraron. La pareja perfecta, decían, dos jóvenes con corazón para Dios.

 Orábamos juntos, leíamos la Biblia juntos, asistíamos a los cultos sentados uno al lado del otro. Todo parecía encajar perfectamente, pero entonces perdí el trabajo. Fue en febrero, un miércoles por la tarde. Me llamaron a la oficina del gerente regional. Pensé que era para discutir un proyecto nuevo. Cuando entré, había dos personas de recursos humanos sentadas junto a él.

 Supe inmediatamente que algo andaba mal. Lucas, lamentablemente tenemos que comunicarte que tu posición está siendo eliminada, dijo el gerente. Sin preámbulos. No es una reestructuración corporativa, no tiene que ver con tu desempeño. Simplemente están centralizando las operaciones en Buenos Aires.

 Me dieron una caja para empacar mis cosas, una carta de terminación, un cheque con la liquidación. Todo sucedió en menos de una hora. Salí del edificio sintiendo que el piso se movía bajo mis pies. Llamé a Rocío. Estaba en clase. No contestó. Llamé a mi madre. lloró al teléfono. “Vamos a orar”, dijo. “Dios va a proveerte algo mejor.

 Los primeros días después del despido fueron extraños. Me despertaba a la hora habitual, olvidando por un momento que no tenía a dónde ir. Luego la realidad me golpeaba. Pasaba las mañanas enviando currículums, las tardes actualizando perfiles en portales de empleo, las noches rogándole a Dios que abriera puertas.

 “Señor, vos conocés mi necesidad.” oraba en voz alta caminando por mi cuarto. Vos dijiste que no nos dejarías ni nos desampararías. Yo confío en vos. Yo sé que tenés un plan, pero necesito provisión. Necesito trabajo. Necesito que muevas las circunstancias. Pasaron semanas sin resultados, después meses.

 Las entrevistas que conseguía no se concretaban. Está sobrecalificado para esta posición. Buscamos a alguien con más experiencia en este sector específico. Te contactamos si surge algo. Respuestas educadas que significaban rechazo. Los ahorros se agotaban. Empecé a atrasarme en el alquiler. El dueño del apartamento y un señor mayor llamado Raúl, que vivía en el primer piso, fue paciente al principio.

No te preocupes, Lucas, págame cuando puedas. Pero después de tres meses su tono cambió. Necesito que te pongas al día o voy a tener que buscarte un reemplazo. Fue en Efolete. Fue en ese momento de desesperación que mi primo Javier apareció con una solución. “Tengo un amigo que necesita lugar”, me dijo un domingo después del culto.

 Está estudiando en el seminario diocesano. Es católico, pero es buena gente. Paga puntual. ¿Te sirve? Mi primer instinto fue rechazar la idea. Un católico, un seminarista. Toda mi vida me habían enseñado a desconfiar de la Iglesia Católica. Era la Iglesia de la tradición muerta, de los rituales vacíos, de la idolatría mariana.

 Pero la urgencia financiera pesaba más que mis prejuicios. ¿Cuánto puede pagar? Pregunté. Y así fue como Pedro llegó a mi vida. Cuando acepté que Pedro viviera en mi apartamento, dejé las reglas claras. Fue una conversación incómoda, pero necesaria. Yo estaba desesperado por dinero después de perder mi trabajo en la empresa de logística y Pedro necesitaba un lugar barato cerca del seminario diocesano.

 Mi primo Javier nos presentó en un asado un domingo por la tarde y una semana después, Pedro movió sus cosas a la habitación pequeña que daba al patio interior. “Mirá”, le dije mientras firmábamos el contrato de palabra en la mesa de la cocina. Yo respeto tu fe, pero este es mi espacio. Nada de imágenes católicas en la sala, nada de crucifijos en las paredes comunes.

 Tu cuarto es tuyo, hacé lo que quieras ahí dentro, pero la sala y la cocina son territorio neutral. ¿Entendido? Pedro asintió sin drama. Tenía esa manera tranquila de aceptar las cosas que yo todavía no sabía si interpretar como humildad o como indiferencia. Sin problema, Lucas, te agradezco que me recibas. Vivíamos en un segundo piso sin ascensor en el barrio de Alberdi en Córdoba.

 El edificio era de los años 60, con ese olor particular a humedad y cera para pisos que nunca se va completamente. Dos habitaciones, un baño con azulejos celestes descascarados, una cocina estrecha y una sala con un ventanal grande que daba a la calle Tucumán. El alquiler era razonable, pero yo no podía pagarlo solo.

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